Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

La perspectiva le produjo un vacío en el estómago.

A sus veintidós años, había llegado el momento de casarse.

Lord Harrowmere ya mantenía una casa en Londres, varias propiedades, una esposa y a Cecily, la hermana menor de Aurelia.

Aquel hombre jamás le había hecho sentir que su presencia supusiera una molestia y probablemente podría sostener a una docena de damas sin advertir la diferencia en sus cuentas.

Aun así, Beatrice no deseaba continuar dependiendo de su generosidad.

Damian y Aurelia le habían repetido que formaba parte de su familia.

Ella los creía, sin embargo, deseaba disponer de un hogar propio antes de que su padre encontrara algún resquicio legal, algún acreedor ambicioso o alguna nueva manera de obtener provecho de la hija a la que todavía consideraba una posesión.

¿Cuándo podría Loxley volver a pagar una deuda ofreciéndola a ella como moneda de cambio?

Ni tan siquiera un hombre tan poderoso como Damian podría mantenerla a salvo de las garras de su padre, más cuando Loxley se había dado cuenta de que ella tenía tanto valor —a pesar de que no contase con una dote— para cualquier hombre despiadado.

La Pluma Indiscreta —una columna social anónima salvo para quienes la escribían— les había enseñado que la información otorgaba cierta ventaja.

Aurelia, Cecily, Lavinia, Georgiana y ella alimentaban aquellos escritos con rumores escogidos cuidadosamente; advertencias ocultas bajo frases elegantes y verdades que los hombres preferirían no ver publicadas.

Gracias a la palabra escrita habían conseguido algo de dinero, influencia y un conocimiento bastante preciso de las miserias que se ocultaban detrás de muchos títulos y apellidos ilustres. Ellas eran la Pluma Indiscreta .

La sociedad lo juzgaba todo. Ellas habían aprendido a sacar ventaja de los chismes malintencionados.

La Pluma Indiscreta podía protegerlas de algunos peligros, aunque no podía concederle a Beatrice independencia. Para eso necesitaba un marido.

Un hombre agradable.

Un esposo sensato.

Alguien que no despertase suspiros al atravesar un salón y que, una vez casado, no tuviera que rechazar a cada mujer que encontrara en su camino.

Nunca olvidaría las palabras de su madre.

Beatrice había pasado cinco años tratando de seguir aquellos consejos.

Había evitado sacar partido de su aspecto, escogido colores discretos y permitido que sus amigas atrajeran las miradas en los bailes.

No se consideraba especialmente bonita. Poseía unos ojos agradables, un cabello difícil de dominar y un rostro que podía resultar dulce bajo una iluminación generosa.

Nada que obligara a un caballero a detenerse cuando existían en Londres mujeres mucho más deslumbrantes.

Así lo prefería.

No quería que un hombre se acercara a ella por su belleza y se marchara en cuanto otra dama más hermosa captase su atención.

Conquistaría a su futuro esposo mediante la amabilidad, la conversación, la capacidad de escucharlo y la paz que pudiera ofrecerle.

Cuando estuviesen casados, se ocuparía de que él siempre encontrara en su hogar cuanto necesitara.

—Vas a asustarlo si continúas estudiándolo como si tuvieras la intención de incluirlo en la próxima columna que escribamos —dijo Aurelia.

—Estoy satisfecha con mi elección. Él me conviene.

—Ha entrado hace menos de un minuto y ¿ya te muestras tan segura?

—Un minuto puede revelar mucho.

—Eso diría Damian.

Beatrice miró hacia lord Harrowmere.

El conde se había separado del duque de Ravensholt y avanzaba hacia ellas.

Varias personas se apartaron discretamente de su camino.

Su reputación seguía causando cierta inquietud, aunque durante el último año había conseguido abrir muchas de las puertas que antes se cerraban ante él gracias a Aurelia.

Damian llegó junto a su esposa y posó una mano en la parte baja de su espalda. La condesa alzó el rostro hacia él. La intimidad de aquel gesto hizo que Beatrice apartara la vista.

—Calder ha llegado —comentó Aurelia.

Lord Harrowmere observó al vizconde con la misma expresión que utilizaba para evaluar una inversión de dudoso rendimiento.

—No esperaba menos. Me dijiste que lo querías aquí y me esforcé mucho por convencerlo de que viniese. Es un poco… demasiado perfecto. No me agrada su santurronería.

—Prometiste ser amable con él. Y la perfección, amor mío, no es ningún descalificativo.

—He prometido comportarme por Beatrice, pero como me sermonee…

—Damian —lo regañó.

—Está bien, seré amable con él.

Beatrice le sonrió y le dijo:

—Gracias.

—No tienes que dármelas —respondió el conde—.

La última vez que alguien eligió por ti, tu padre intentó entregarte a Aldrich.

Considero que mi desconfianza está justificada.

No quisiera averiguar que Calder no es lo que parece y que mi esposa me acusase de no haber averiguado lo necesario sobre tu pretendiente.

—Esta vez lo he escogido yo, aunque todavía no es mi pretendiente.

Damian volvió a fijarse en Calder.

—Espero que esté a la altura. Ravensholt lo aprueba; yo tengo mis dudas.

Aurelia le dio un pequeño toque en el brazo.

—Ve a sociabilizar y deja de mirarlo como si fuese un insecto. El pobre hombre no sabe todavía el modo en el que lo escrutáis Beatrice y tú.

—Tiene suerte de que no lo arroje por la ventana.

—¿Por qué harías algo así con Calder?

—Porque podría hacerlo.

—Oh, Damian, eres imposible —le afeó su esposa.

Beatrice dejó escapar una risa. Damian sonrió y se alejó después de inclinarse hacia su esposa para decirle algo al oído. Aurelia se ruborizó.

—No quiero saberlo —aseguró Beatrice.

—No iba a contártelo.

—Gracias a Dios.

—Aunque podría resultarte instructivo ahora que estás buscando esposo.

—Aurelia.

La condesa se rio y enlazó su brazo con el de ella.

—Ven. Vayamos a buscar a lord Calder, hablaremos con él y después encontraré una excusa respetable para dejaros solos.

—Es un buen plan.

—Desde luego que sí, pero trata de no hacer algo indebido; Damian se toma muy a pecho las obligaciones con sus protegidas y podría sufrir una apoplejía si decides huir con él esta noche.

Ambas se echaron a reír. Luego comenzaron a avanzar entre los invitados.

Calder se encontraba a pocos pasos. Al reconocer a Beatrice, le dedicó una sonrisa moderada, agradable y completamente exenta de la clase de encanto que había arruinado la vida de su madre. Aquella muestra no hizo que su corazón se acelerase y la dama lo consideró una señal excelente.

El vizconde se inclinó ante ellas.

— Lady Harrowmere, lady Beatrice, esperaba tener la oportunidad de saludarlas.

—Milord —respondió Aurelia—, me alegra que haya aceptado nuestra invitación.

—Ha sido muy amable al enviármela.

Sus ojos se detuvieron en Beatrice durante el tiempo exacto que exigía la cortesía.

— Lady Beatrice, confío en que se encuentre bien.

—Perfectamente, milord. Gracias.

—La última vez que hablamos, estaba leyendo un estudio sobre las mejoras agrícolas en Norfolk. ¿Llegó a terminarlo?

Beatrice experimentó una satisfacción tranquila. Calder recordaba su conversación y no había comenzado alabando su vestido, sus ojos ni el color de su cabello.

—Lo terminé. El autor era más optimista que preciso, aunque algunas de sus observaciones tenían mérito.

—Me gustaría conocer su opinión.

—Entonces necesitaríamos una conversación bastante larga.

—No encuentro inconveniente.

Aurelia apretó suavemente el brazo de Beatrice antes de soltarla.

Todo estaba saliendo bien.

Calder era atento, predecible y fácil de comprender. Beatrice podría construir una vida tranquila a su lado. Quizá no llegara a amarlo con la desesperación con la que su madre había amado a lord Loxley, y precisamente por eso tendría alguna posibilidad de ser feliz.

El mayordomo anunció a otro invitado desde la entrada del salón:

—Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven.

La reacción fue inmediata.

Varias conversaciones se interrumpieron.

Dos muchachas se volvieron con tanta rapidez que sus abanicos chocaron.

Una dama casada se llevó la mano al cabello y otra enderezó los hombros.

Incluso Aurelia miró hacia la entrada con curiosidad, en especial porque a ese caballero no lo había invitado.

Beatrice no necesitó hacerlo para saber qué clase de hombre acababa de llegar.

La atención del salón se había desplazado hacia él del mismo modo que las flores se volvían en busca del sol.

Ella se negó a contemplarlo y se obligó a mantener los ojos sobre lord Calder.

—¿Decía que deseaba conocer mi opinión sobre el libro? —preguntó.

El vizconde no respondió enseguida.

También él estaba mirando hacia la entrada.

Beatrice terminó cediendo y volvió la cabeza.

El marqués de Rosehaven avanzaba entre los invitados vestido de azul oscuro y plata.

Era alto, rubio y poseía un rostro de una belleza tan evidente que parecía concebido para justificar cada uno de los temores de lady Loxley.

Saludaba con una sonrisa luminosa, segura y extraordinariamente peligrosa.

Las mujeres lo seguían con los ojos y los caballeros se apartaban para dejarlo pasar.

Beatrice sintió una antipatía inmediata hacia él.

Rosehaven recorrió el salón con la mirada. Entonces la vista de él se posó en ella. La sonrisa del marqués cambió para adquirir un interés que Beatrice no habría advertido de no haber estado observándolo con tanta atención.

Edmund Bellgrave, lord Rosehaven, dejó de escuchar a un caballero que le daba la bienvenida, y, ante la consternación de Beatrice, comenzó a caminar directamente hacia donde ella se encontraba.

¿Por qué?