Capítulo 1
La hora de la verdad
Lady Beatrice Loxley había escogido aquella noche el vestido menos favorecedor que pudo encontrar sin provocar que su doncella se negase a asistirla.
La seda azul grisácea poseía buena calidad, el corte resultaba apropiado y ninguna dama podría acusarla de haberse presentado en el salón de su amiga Aurelia, condesa de Harrowmere, con un atuendo inapropiado.
Sin embargo, carecía de bordados, apenas mostraba la curva de sus hombros y el color apagaba los reflejos caoba de su cabello.
Beatrice había rechazado las perlas que Aurelia le ofreció y también la cinta verde que habría resaltado sus ojos.
Llevaba los rizos recogidos con una sencillez bastante severa y unos guantes blancos sin adorno alguno.
El resultado era exactamente el que deseaba.
Se veía agradable. Correcta y fácil de olvidar.
—Tuviste que haberte puesto las perlas —la regañó Aurelia.
Beatrice apartó la mirada del salón de baile para observar a su amiga.
Lady Harrowmere vestía de color zafiro y llevaba varias esmeraldas que le adornaban el cuello, aunque lo que más llamaba la atención de su persona era la expresión de plena felicidad que aparecía en su rostro cada vez que veía a su esposo, cosa que estaba sucediendo en esos momentos, dado que la condesa estaba observando a su conde desde su posición.
Un año atrás, Beatrice había visto cómo Aurelia se negaba a enamorarse de su marido.
En esos momentos Damian Dargrove, conde de Harrowmere, conversaba con el duque de Ravensholt cerca de las puertas de la terraza, y su esposa no conseguía pasar más de unos minutos sin buscarlo con la mirada.
Lord Harrowmere sufría la misma debilidad que su mujer, pues Damian estaba escuchando al duque, aunque su atención regresaba constantemente hacia Aurelia con una intensidad que rozaba la indiscreción.
Beatrice suspiró. Dos de sus grandes amigas habían encontrado, sin pretenderlo en verdad, el amor.
Y ambas eran madres. Georgiana le había dado un hijo a su marido, Charles, y Aurelia, una preciosa niña a Damian, Clara.
—No necesito joyas —comentó Beatrice.
—No he dicho que las necesites. Sí, que debiste ponértelas. ¿Qué hay de malo en estar un poco más bonita para llamar la atención del caballero adecuado, amiga mía?
Beatrice levantó una ceja muy sardónica.
—¿Y tú me lo estás preguntando? ¿La misma mujer que se hubiese vestido con un saco de harina con tal de que no la mirasen más de la cuenta la temporada pasada?
Aurelia hizo un aspaviento.
—Eso fue completamente diferente. Además, Damian hubiese venido a mí, aunque me hubiera vestido como una mendiga.
—Precisamente —le dijo Beatrice.
—Oh, está bien. Entiendo lo que quieres decir, pero sí argumentaré que no hay nada de malo en que te elijan por ti misma y no por la calidad de tu belleza.
—Puede ser —estuvo casi de acuerdo Beatrice—. Sin embargo, yo no quiero que se interese por mí ningún caballero que se dé ínfulas de ser un adonis.
—Pero ¿tenías que ponerte un vestido tan poco favorecedor?
Una cosa es tratar de ser corriente y otra ahuyentar a cualquiera que valga la pena —se quejó Aurelia—.
Supongo que acabaría perdiendo el tiempo si tratase de quitarte las ideas que tienes en la cabeza.
Haz lo que desees; discutir contigo es una causa perdida, como lo es hacerlo con mi hermana Cecily.
Beatrice le sonrió.
—¿Ves? Me conoces muy bien.
Aurelia soltó un profundo suspiro.
Beatrice tenía cuatro amigas capaces de dar sermones con una facilidad bastante irritante.
Aurelia era una de ellas; la hermana de la condesa, llamada Cecily, era otra; y Lavinia y Georgiana completaban aquel círculo que durante los últimos años se había convertido en la familia elegida que ninguna de ellas había tenido la fortuna de recibir al nacer.
Cecily se encontraba junto a la mesa del ponche, hablando con dos jóvenes caballeros a quienes probablemente estaba interrogando con la sutileza de un magistrado.
Lavinia bailaba con un barón escocés y parecía divertirse a costa de él.
Georgiana, duquesa de Ravensholt, conversaba con una viuda de avanzada edad mientras vigilaba de reojo a su esposo, igual de enamorada que Aurelia y bastante menos dispuesta a disimularlo.
Las cuatro apoyaban a Beatrice.
Aurelia incluso había organizado aquel baile para que ella y Cecily conocieran a caballeros adecuados sin verse obligadas a soportar la intervención de sus respectivos padres. Beatrice agradecía el esfuerzo, aunque la gratitud comenzaba a resultarle tan pesada como cualquier deuda.
Había pasado casi un año desde que su vida cambió por segunda vez.
Durante la temporada anterior, el conde de Loxley había acordado su matrimonio con el vizconde Aldrich, un hombre que había enterrado a varias esposas en circunstancias sobre las que nadie parecía desear formular preguntas incómodas.
Los accidentes ocurrían. Las enfermedades también.
Cuando un caballero poseía una gran fortuna y suficiente influencia, la sociedad encontraba de mal gusto examinar con demasiado interés la frecuencia con la que enviudaba, más cuando ninguna de sus anteriores esposas le había dado descendencia.
Beatrice no había aceptado aquel compromiso. Su padre se había ocupado de todo sin solicitar su opinión, y Aldrich anunció el acuerdo en los periódicos como si ella hubiese prestado su consentimiento con entusiasmo.
Después intervino lord Harrowmere para salvarla.
Aurelia la cobijó bajo su ala, Damian hizo desaparecer el compromiso y lord Loxley perdió la autoridad para obligarla a casarse.
Nadie le explicó cómo había ocurrido exactamente todo aquello.
Beatrice tampoco formuló las preguntas pertinentes, pese a que había pensado en ellas muchas veces.
No era estúpida. Hacía tiempo que su padre había añadido el alcohol y las apuestas elevadas a su antigua devoción por las mujeres siempre dispuestas a recibirlo en sus lechos a cambio de dinero, vestidos o joyas.
Lord Harrowmere, por su parte, había sido uno de los jugadores más audaces de Londres.
Su habilidad para las cartas era tan conocida como el método implacable con el que cobraba las deudas de juego.
Beatrice podía imaginarse el resto. El compromiso con el vizconde terminó con tanta rapidez como había comenzado, y Beatrice pasó de encontrarse sometida a lord Loxley a vivir bajo la protección del conde de Harrowmere.
Prefería no averiguar qué palabras se pronunciaron, qué documentos cambiaron de manos ni en qué momento su nombre apareció sobre una mesa junto a las cartas y el dinero.
La vergüenza no debía ser suya, aunque imaginarse cómo sucedió todo no impedía que la sintiese.
Damian había abandonado el juego desde entonces.
Su matrimonio con Aurelia había comenzado como un acuerdo de conveniencia y se había transformado en algo completamente real y feliz.
El Conde Oscuro —tal y como habían apodado a lord Harrowmere— estaba enamorado de su esposa.
Beatrice lo advertía en su mirada, en su manera de acercarse a ella y en el cuidado con el que escuchaba incluso sus protestas más airadas.
Georgiana también amaba al duque de Ravensholt, y el duque le correspondía con una devoción que había sobrevivido al matrimonio, a la luna de miel y a varios meses de convivencia, pues Georgiana tenía un carácter bastante insoportable, cosa que Beatrice negaría si se lo preguntasen.
Dos de sus amigas habían encontrado buenos esposos. Beatrice se alegraba por ellas. Incluso comenzaba a aceptar que los matrimonios felices podían existir fuera de los cuentos destinados a muchachas que soñaban con príncipes azules. Eso no significaba que se creyera destinada a protagonizar uno.
—Lord Calder ha llegado —anunció Aurelia.
Beatrice siguió la dirección de su mirada.
El vizconde Calder, Edgar Tredwell, acababa de entrar en el salón.
Tenía alrededor de cuarenta años, era de estatura mediana y en su cabello castaño empezaban a distinguirse algunas hebras grises.
Su rostro resultaba agradable sin que poseyera ningún rasgo memorable.
Vestía un frac marrón oscuro, un chaleco beige y el pañuelo de la corbata estaba anudado con gran elegancia.
No parecía interesado en atraer la atención de nadie.
De hecho, ninguna dama volvía la cabeza al verlo.
Beatrice sintió que una parte de la tensión abandonaba sus hombros.
El vizconde Calder era exactamente el hombre en el que había puesto sus ojos.
—Es bastante puntual —observó.
—Una cualidad arrebatadora —murmuró Aurelia con ironía.
—No seas malvada.
—No lo soy. Es un caballero impecable, Beatrice. Tan solo me pregunto el motivo por el que no se ha casado antes. ¿Tú qué opinas?
La aludida mantenía la vista fija en Calder.
—Tal vez me estuviese esperando a mí.
Había hablado con él en varias ocasiones durante la temporada anterior, antes de que su padre anunciara el compromiso con Aldrich.
Calder se había mostrado cortés y agradable con ella.
No monopolizaba las conversaciones, sabía escuchar sin dirigir la mirada hacia el escote de la dama más próxima y no tenía la costumbre de convertir cualquier observación en una oportunidad para hablar de sí mismo, tal y como solía hacer Loxley.
Su nombre jamás había aparecido relacionado con una actriz, una mujer casada ni una viuda de reputación dudosa. No se le conocían deudas. Sus propiedades producían rentas suficientes, bebía con moderación y jugaba a las cartas únicamente cuando las normas de una velada lo exigían.
Beatrice le había pedido expresamente a Aurelia que lo invitase.
Esa noche quería mover ficha de una vez por todas con él. No tenía la menor idea de cómo dejaría claro su interés en él, pero era el momento de ser más directa. Si Calder demostraba ser tan agradable como parecía, ella se encargaría de que comprendiera que aceptaría que la cortejase.