Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Prefacio #3
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Prefacio #3

—Sería seguro para ti. — Lady Loxley apretó débilmente su mano—. El amor vuelve generosa a una mujer cuando debería enseñarle a ser prudente. Yo habría perdonado menos a tu padre si no lo hubiese amado tanto.

Beatrice asintió.

—¿Qué más? —la animó.

—Cuando te cases, cuida de tu aspecto —continuó su madre—. Incluso dentro de tu propia casa. Arréglate el cabello, escoge con atención tus vestidos y no permitas que la familiaridad te vuelva descuidada. Un hombre que encuentra belleza a su lado tiene menos motivos para buscarla en otra parte.

—Tú siempre has sido hermosa.

—Hubo muchos días en que dejé de intentarlo.

—Porque estabas triste.

—La tristeza no retiene a un hombre.

Aquella frase se clavó en Beatrice con precisión.

Lady Loxley le acarició la mejilla.

—No quiero casarme… —le dijo su hija.

—Es el único modo que una mujer de tu posición tiene para asegurar su futuro.

No dejes que tu esposo te vea abatida demasiado a menudo.

Los hombres se sienten impotentes ante el dolor de una mujer y terminan huyendo de aquello que no comprenden y no saben recomponer.

Haz que tu hogar sea el lugar al que desee regresar.

Escúchalo. Averigua qué necesita antes de que tenga que pedirlo.

Conviértete en alguien imprescindible para él.

—¿Y si nadie se preocupa por lo que necesito yo?

La mano de su madre permaneció sobre su rostro.

—Guarda una parte de ti que no dependa de ningún hombre.

Beatrice contuvo el aliento.

—¿Cómo?

—Ten siempre algo propio. Unas monedas que él ignore, una llave que solo tú poseas, una habitación donde puedas cerrar la puerta o una amistad a la que acudir cuando te falte el valor.

Yo tuve una casa durante un tiempo, allí nací y crecí.

Fui feliz y me hubiese gustado que tú la hubieses conocido.

Debí asegurarme de que nadie pudiera arrebatármela, pero cuando una mujer se casa, nada le queda.

Los ojos de Beatrice se llenaron de lágrimas.

—Ay, mamá, había pensado que no querías ver la verdad de tu vida, pero siempre has sido consciente de quién era mi padre… —murmuró llena de angustia.

Lady Loxley la contempló como si pudiera ver a la mujer en la que se convertiría.

—Cásate, haz que tu marido te ame y trata de ser feliz. Consigue lo que yo no pude lograr. Enseña a tu hija a hacer lo mismo, Beatrice. Y jamás confíes en un hombre.

La joven asintió y cogió de nuevo el cepillo. Terminó de peinar el cabello de su madre y se lo recogió con una cinta azul. Después humedeció un paño en agua perfumada y se lo pasó por sus mejillas. La condesa le pidió un poco de polvo de arroz. Beatrice se lo aplicó con delicadeza.

—¿Estoy presentable? —preguntó su madre.

—Estás preciosa.

—Siempre has sido una niña bondadosa.

—No lo he dicho por bondad.

Lady Loxley miró hacia la puerta.

—Creo que él regresará pronto.

Beatrice siguió la dirección de sus ojos. El corredor permanecía en silencio.

—Sí —respondió, incapaz de arrebatarle aquella última esperanza—. Estoy segura de que lo hará.

Su madre dejó escapar el aire.

—Cuando llegue, dile que…

—Mamá…

—Dile que lo he amado hasta mi último aliento.

Beatrice bajó la cabeza para que no viera su expresión triste.

—Se lo diré.

—Y tú prométeme que lo harás mejor que yo.

Beatrice le cubrió con ambas manos los dedos de su madre.

—Te lo prometo.

Lady Loxley pareció tranquilizarse. Cerró los ojos, agotada por el esfuerzo de aquella conversación. Beatrice permaneció a su lado mientras el fuego disminuía y las velas iban consumiéndose. De vez en cuando, su madre abría los ojos y miraba hacia la puerta.

Lord Loxley no apareció.

Poco después de las dos, la respiración de la condesa comenzó a espaciarse. Beatrice comprendió que ya no había nada que pudieran hacer. Se metió en la cama, rodeó a su madre con los brazos y apoyó la mejilla sobre su hombro, como había hecho durante las tormentas cuando era pequeña.

—Estoy aquí —le susurró—. No estás sola.

Los labios de lady Loxley se movieron.

Beatrice se inclinó para escucharla.

—Cuida… de ti misma mejor de lo que yo… lo hice conmigo misma.

Fue lo último que dijo.

La lluvia cesó antes del amanecer. Lord Loxley regresó cuando las velas se habían consumido casi por completo. Beatrice oyó el carruaje, el golpe inseguro de la puerta principal y la voz de su padre quejándose porque algún criado había salido a recibirlo demasiado tarde.

El conde subió la escalera con pasos pesados.

Cuando entró en la habitación, llevaba el cuello de la camisa desabrochado, una mancha de carmín en el chaleco y el aroma dulzón de un perfume femenino prendido en la ropa.

Su apuesto rostro mostraba el cansancio satisfecho de un hombre que había pasado una noche muy agradable.

Se detuvo al ver la cama.

—¿Ha partido ya?

Beatrice seguía sentada junto a su madre.

—Hace tres horas.

Lord Loxley observó a su condesa durante unos segundos, pero no se acercó a besarla ni tocó la mano que descansaba sobre las mantas.

—Fue una buena esposa. Harás bien en seguir su ejemplo.

Beatrice no alegó nada al respecto. Se juró que no se casaría hasta que fuese irremediable y que no se convertiría en su madre.

¿Sería el destino un aliado para la joven?