Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Prefacio #2
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Prefacio #2

—Te obligó a volver a una ciudad que detestas.

Ha vendido tus joyas, se ha gastado tu dinero y lleva años corriendo detrás de otras mujeres.

Quizá no haya provocado la fiebre, pero ha conseguido que dejes de querer levantarte cada mañana.

¿No lo entiendes? Él te ha destruido. No lo ames, mamá.

¡No puedes amarlo más! —gritó desesperada.

La doncella bajó la mirada y salió de la habitación con discreción, llevándose con ella la bandeja del caldo. Lady Loxley no reprendió a su hija. Su silencio resultó más duro.

Beatrice se levantó y caminó hacia la ventana.

Detrás de las cortinas, todo Londres continuaba con su vida.

En alguna parte de la ciudad, su padre estaría alzando una copa, sonreiría a sus compañeros de correrías, contaría una anécdota divertida y se comportaría como un hombre sin ninguna preocupación.

Todo ello mientras mantenía en su regazo a una mujer bonita que lo alabaría por los regalos que recibía de él.

—Perdóname —murmuró Beatrice.

—No tienes que disculparte por amarme. Entiendo cómo te sientes.

Regresó junto a la cama.

Sobre el tocador descansaba un cepillo de plata que había pertenecido a la madre de lady Loxley. Beatrice lo recogió y se sentó junto a la almohada. Con mucho cuidado, comenzó a desenredar los cabellos apagados por la enfermedad.

Su madre cerró los ojos.

—Cuando eras pequeña, solías esconderte debajo de ese tocador.

—Lo recuerdo.

—Asegurabas que vivirías allí para siempre y que solo saldrías cuando te ofrecieran pastel.

—Era una niña de principios muy firmes.

La condesa dejó escapar una risa que terminó convertida en tos. Beatrice dejó el cepillo a un lado y le acercó la copa de agua. Su madre bebió un sorbo diminuto.

—Sigues teniendo principios firmes —dijo—. Eso puede protegerte o convertir tu vida en una lucha interminable.

—Prefiero luchar.

—Ahora lo dices porque aún no conoces el cansancio que provoca amar a alguien durante años.

Beatrice dejó la copa en la mesa.

—No quiero amar a nadie como tú amas a mi padre.

Una sombra pasó por el rostro de su madre.

—Yo tampoco habría querido amarlo de este modo si hubiese sabido lo que me esperaba —le confesó al fin.

—Entonces ¿por qué sigues haciéndolo?

Lady Loxley tardó en contestar.

—No elegimos a quién amar, aunque nos decepcione.

Una mujer no siempre puede ordenarle a su corazón que abandone aquello que eligió cuando era joven.

Tu padre era el hombre más hermoso que yo había conocido.

Cuando entraba en un salón, todos lo miraban.

Las mujeres encontraban cualquier excusa para hablar con él y yo me sentía orgullosa de que, entre todas ellas, hubiese reparado en mí.

Hubo una época en la que él solo tenía ojos para mí.

Beatrice continuó cepillándole el cabello. Los movimientos lentos le permitían controlar el temblor de las manos.

—Reparó en tu dote también —advirtió con suavidad.

—Por supuesto que sí. Él tenía que asegurar nuestro futuro.

—La defensa carecía de firmeza, aunque su madre necesitaba creerla y Beatrice no tuvo el valor para discutir—.

Me hacía reír —continuó lady Loxley—. Sabía convertir una tarde corriente en una aventura y lograba que me sintiera extraordinaria cuando me miraba.

Durante los primeros meses pensé que aquella atención duraría toda la vida. Luego perdió el interés.

—La culpa no fue tuya.

—Podría haberme esforzado más.

El cepillo se quedó suspendido en el aire.

—Has pasado años esforzándote.

—Me retiré al campo.

—Porque él te había humillado.

—Dejé que otras mujeres ocuparan mi lugar.

Allí me sentía tranquila, Beatrice, pero un matrimonio no se conserva desde una finca apartada.

Él se rindió, sí, pero yo también lo hice.

Permití que la tristeza se instalara en mí.

Dejé de preocuparme por mis vestidos, por mi cabello, por las cenas que le gustaban…

—tosió—. Cuando regresaba a visitarnos, se encontraba a una esposa abatida que solo sabía hacerle preguntas que él no deseaba responder.

Beatrice depositó el cepillo sobre las mantas.

—Encontraba a la mujer a la que había herido.

—Los hombres no suelen querer contemplar las consecuencias de sus actos.

—Eso no significa que una esposa tenga que ocultarlas para resultarles agradable.

—Sé que te parece injusto.

—Lo es.

Su madre volvió a sonreír. Había orgullo en aquella expresión, mezclado con tristeza.

—Escúchame. No quiero que cometas mis equivocaciones.

—No pienso casarme. Ya te lo he dicho.

—Tendrás que hacerlo. Tu padre se encargará de ello cuando llegue el momento.

Beatrice sintió que la piel se le erizaba. Para la joven, el matrimonio era una amenaza ligada a vestidos, visitas formales y caballeros a quienes apenas conocía. Nunca había pensado que su padre pudiera intervenir más allá de presentarle candidatos o expresar una preferencia.

—Entonces tendré que escoger a mi esposo antes de que mi padre lo haga por mí —declaró.

—Eso sería lo más adecuado.

Lady Loxley se humedeció los labios.

—Busca a un hombre de aspecto sencillo.

Beatrice creyó haberla oído mal.

—¿Sencillo?

—Conozco a mi marido. Él no te obligará a casarte pronto.

—La condesa evitó decirle que su esposo usaría la dote de su hija si los fondos menguasen y que por ese motivo no tendría prisa en deshacerse de ella—.

Busca a un hombre que no llame la atención.

No te dejes conquistar por el caballero que mejor sonría, que baile con mayor elegancia o que sepa decir exactamente lo que deseas escuchar.

Las virtudes que deslumbran a una muchacha también atraen a todas las demás. No cometas mis errores.

—Un hombre puede ser poco agraciado y comportarse como un miserable.

—Por supuesto; por eso asegúrate de que sea decente, aunque te convendrá elegir a uno a quien las mujeres no persigan. La fidelidad resulta más sencilla cuando nadie ofrece tentaciones —insistió.

Beatrice no estaba convencida de que la virtud funcionara de ese modo, pero su madre hablaba con un conocimiento que le impidió contradecirla.

—¿Qué más?

—Procura que te ame más de lo que tú lo amas a él. Así estarás a salvo.

La lluvia golpeó con fuerza los cristales.

—Eso sería cruel para él.