Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2)
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Prefacio
Todo tiene un principi o
Lady Beatrice Loxley, a sus dieciséis años, iba a descubrir esa noche que una mujer podía estar exhalando su último aliento y, aun así, preocuparse por el aspecto que le ofrecería a su esposo cuando fuese a verla.
Esa había sido siempre su madre, una dama dedicada en cuerpo y alma a su marido.
¿Qué había conseguido con tal adoración?
Nada más que decepción, tristeza y humillación.
El médico fue compasivo y no había pronunciado sus peores temores en voz alta, aunque la expresión con la que guardó sus instrumentos de trabajo resultó más elocuente que cualquier diagnóstico. Su madre no sobreviviría a esa noche y Beatrice lo sabía.
Su padre, el conde de Loxley, estaba a punto de salir de casa.
Beatrice lo interceptó al pie de la escalera para comunicarle que la salud de la condesa había empeorado.
Lord Loxley escuchó las palabras mientras terminaba de ponerse un guante; luego su mirada se cruzó con la de su hija y le preguntó a Beatrice si su madre se encontraba consciente y la joven le respondió que sí, que la condesa deseaba verlo.
Beatrice creyó que subiría de inmediato.
Su padre se limitó a informarle de que regresaría en cuanto pudiese, después se colocó el sombrero, se observó en el espejo del vestíbulo y se marchó sin mirar atrás.
Un carruaje lo esperaba en la calle. Beatrice se acercó a la puerta y escuchó una carcajada femenina y el sonido de la portezuela del vehículo al cerrarse.
La hija del conde permaneció inmóvil varios segundos, preguntándose cómo un hombre podía ser tan poco caritativo. La lluvia golpeaba las ventanas de la fachada y el reloj del vestíbulo acababa de dar las nueve y cuarto.
— Milady … —La doncella de su madre esperaba unos peldaños más arriba. Tenía los ojos enrojecidos y sostenía entre las manos un paño limpio—. La condesa pregunta por usted y por el conde.
Beatrice subió sin contestar. Su madre tendría que seguir contentándose solo con su presencia.
La habitación de lady Loxley estaba iluminada por cuatro velas y el fuego pequeño de la chimenea.
Habían cerrado las cortinas para contener el frío, aunque el aire conservaba una humedad desagradable.
Sobre la mesa se amontonaban frascos, cucharillas, una taza de caldo intacta y una copa con agua que tampoco había sido tocada por la enferma.
La condesa yacía en el centro de la cama, empequeñecida bajo las mantas.
Beatrice conocía cada transformación que la enfermedad le había provocado a su querida madre.
Había visto hundirse sus mejillas, afinarse sus manos y desaparecer el brillo de sus cabellos.
Durante las últimas semanas, la piel de su madre había adquirido una palidez casi transparente que hacía resaltar las sombras de los párpados.
Seguía siendo hermosa. Beatrice no comprendía por qué nadie parecía advertirlo.
Ah, pero el declive de su amada madre comenzó justo cuando decidió casarse con el que siempre sería el amor incondicional de su vida.
¿Cómo podía haberse hecho algo así una mujer?
El amor estaba destinado a salvar, no a apagar progresivamente la luz de una esposa.
Beatrice creía que ya no le quedarían más lágrimas que derramar.
No había llorado delante de su madre ni una sola vez cuando la evidencia de su próxima partida hacia la eternidad comenzó a manifestarse. Ella sería fuerte por la condesa.
—Aquí estoy, mamá —le dijo al tiempo que se acercaba a la cama y le sostenía la mano. Los dedos estaban fríos, aunque la fiebre le seguía ardiendo bajo la piel.
Lady Loxley abrió los ojos.
—¿Dónde está tu padre?
Beatrice pensó en que le hubiese gustado gritarle a Loxley. Abofetearlo también; no obstante, decidió que lo mejor era traerle paz a su querida madre.
—Ha estado aquí hace cinco minutos, ¿no lo recuerdas? —le mintió.
—Sí, es cierto —aseguró sin dudar—. Siempre ha sido el hombre más encantador y apuesto del mundo —dijo su madre, para después toser con fuerza.
—Y tú siempre has sido una belleza consumada.
—Mi niña… —Levantó la mano y le acarició el rostro. Beatrice cerró los ojos para contener el torrente de lágrimas que amenazaba con salir—. Eres bonita también.
—Gracias.
—Algún día encontrarás a un hombre del que te enamorarás perdidamente como me ocurrió a mí. ¿Tu padre ha salido esta noche?
Beatrice podría haberle mentido. Llevaba toda la semana haciéndolo, así que decidió decirle alguna verdad.
—Sí —admitió—. Ha dicho que volverá en cuanto pueda.
Su madre cerró los ojos y respiró con dificultad.
El dolor se reflejó en su rostro durante un instante, hasta que logró dominarlo.
A continuación, abrió los ojos para mostrar una lucidez que dejó a Beatrice asombrada.
Su madre parecía otra mujer. Era como si la muerte le estuviese concediendo unos minutos más de cordura plena.
—Es un hombre ocupado, siempre lo ha sido.
Los negocios lo han mantenido lejos de mí.
Hay que comprender a los hombres, hija mía.
Ellos tienen sus deberes y nosotras solo estamos aquí para ayudarlos a lidiar con la realidad.
La obligación de una esposa es dedicarse a su marido, no lo olvides, Beatrice.
—Mi padre debería estar aquí contigo —se le escapó—. Su obligación en estos momentos es velar por ti, demostrarte cuánto le importas. —No pudo soportarlo más y dejó salir todo lo que sentía.
Lady Loxley volvió la cabeza hacia ella y la miró con ternura y le dedicó una sonrisa.
Fue una sonrisa débil, pero conservaba la dulzura que había conseguido sobrevivir a muchos años de decepciones.
Beatrice recordaba a su madre riendo en los jardines de la finca campestre donde ambas habían vivido apartadas de Londres.
Allí su madre había paseado entre rosales, tocado el piano por las tardes y leído junto a las ventanas abiertas mientras el aire movía las cortinas.
Su padre había vendido aquella propiedad y aquello fue el principio del fin.
Les comunicó la decisión cuando el acuerdo estaba cerrado.
Alegó que el mantenimiento de la casa costaba demasiado dinero, aunque Beatrice sabía que él necesitaba los fondos porque las arcas se estaban vaciando a causa de sus vicios con las mujeres.
Su madre regresó a Londres sin protestar.
A partir de entonces, la enfermedad avanzó con más prisa.
Lady Loxley adoraba a su esposo, eso era incuestionable, pero estar cerca de él la había acabado matando.
—Tu padre siempre ha detestado las habitaciones donde hay enfermos, es natural que no quiera estar aquí.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué lo has amado tanto? ¿Por qué lo has defendido a toda costa? Te he querido con toda mi alma, he tratado de ser una buena hija para ti, pero no lo comprendo, de verdad que no.
—Y lo has sido, mi niña, pero le entregué mi corazón a tu padre y yo creo en la lealtad.
Nunca hubiese podido dejar de amarlo. Sé cómo ha sido mi vida, pude haber sido más feliz, lo entiendo…
—tosió de nuevo—. Yo lo he amado con todo mi corazón porque tú fuiste el regalo que él me dio.
¿Cómo no podría amar a un hombre que me regaló algo tan precioso como tú, Beatrice?
Ella la entendió. Su madre no era tan ingenua como Beatrice siempre había creído.
Comprendía al fin que la condesa era plenamente consciente de la vida que había llevado junto al hombre con el que se casó, y también era consciente de que no habría cambiado ni una sola cosa en caso de haber podido regresar al pasado para modificar el futuro.
Su madre la amaba y por ella no habría alterado su existencia jamás.
El sollozo que había estado conteniendo escapó de su boca y la joven se echó sobre la cama con cuidado para abrazar a su dulce madre.
—No te merece. Nunca te ha merecido. Tú eres una estrella, demasiado brillante para un hombre de negro corazón.
Te quiero, madre. Yo sí te he querido con toda mi alma, y solo deseo que con mi cariño te haya bastado para ser feliz.
A él lo odio con todas mis fuerzas. Detesto a mi padre por lo que es, por quién es, por no haberme querido nunca, pero sobre todo por no haberte sabido apreciar en todo lo que vales.
Me había jurado que te traería paz… He fracasado.
Te he fallado como él. Sé que Dios te está llamando a su lado y yo no debería estar haciendo que tu partida sea difícil. Perdóname, mamá.
La doncella soltó un sonido ahogado junto a la chimenea. Seguro que también estaba llorando. Su madre la contempló con una pequeña sonrisa en los labios.
—Eres demasiado joven para estar tan enfadada. Tu padre nos quiere… a su manera. Los hombres son así, mi niña.
Beatrice negó con la cabeza y la presión que sentía en el pecho se volvió insoportable.
—Nunca me casaré. He visto lo que el matrimonio te ha hecho, no puedo permitir que el amor me lleve a la tumba.
—La muerte me acecha; puedo sentirla. Estoy preparada para irme, pero antes quiero que me prometas que buscarás la felicidad. Yo he sido feliz, Beatrice. Lo he amado y te tenía a ti. No podía haber pedido más.
—No puedes dejarme sola con él. Por favor, mamá, no te vayas…
Su madre movió los dedos dentro de su mano.
—Mi pobre niña.
—No quiero que me compadezcas. Quiero que te pongas bien.
Lady Loxley aguardó hasta que Beatrice se atrevió a mirarla de nuevo y le dijo:
—Necesito pedirte algo.
—Lo que sea.
—Ayúdame a arreglarme el cabello.
Beatrice parpadeó un par de veces desconcertada.
—¿Ahora?
—Está enredado.
—Mamá…
—Tu padre podría regresar y quiero que me recuerde como la mujer que una vez fui.
La incredulidad dio paso a una rabia tan intensa que Beatrice retiró la mano.
—Estás sufriendo, apenas puedes respirar y él se ha marchado a pesar de que sabe que tú lo reclamarías. No quiero que sigas pensando en él.
—Mi esposo no ha causado mi enfermedad.