Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 29 #2
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CAPITULO 29 #2

Cornelius formuló una pregunta.

William intervino.

No porque su padre hubiese hecho algo malo.

Porque estaba preparado para que lo hiciera.

Aquella sería la dificultad.

No solo defenderla cuando fuera necesario.

Saber cuándo no necesitaba hacerlo.

Lady Beatrice fue presentada a la señora Vanderbilt poco después.

Frances vio de inmediato que ambas mujeres se agradaban.

Eso probablemente representaba un peligro mayor que cualquier conflicto entre los hombres.

Sophia llevó a Frances hacia las habitaciones preparadas para ella.

William intentó seguirlas.

Sophia se volvió.

—No.

William se detuvo.

—Solo voy a mostrarle...

—Yo sé dónde está la habitación.

—Quería hablar con ella.

—Hablaste durante dieciocho días.

Frances ocultó una sonrisa.

—Sophia.

—No.

William miró a Frances.

—¿Está de acuerdo con esto?

Ella pensó.

—Sí.

Traición.

—Bien.

Sophia sonrió.

—Nos vemos en la cena.

William señaló a su hermana.

—No le cuentes historias.

—No sé a cuáles te refieres.

—Todas.

Frances rio mientras Sophia la conducía escaleras arriba.

William permaneció abajo.

Cornelius apareció a su lado.

—Le obedeces.

William se volvió.

Aquello sonaba demasiado parecido a una provocación.

—La escucho.

—No dije que fuera malo.

William quedó quieto.

Cornelius comenzó a caminar hacia su despacho.

—Ven.

William lo siguió.

Porque aparentemente había regresado a Nueva York y en menos de una hora ya estaba otra vez caminando detrás de su padre hacia una habitación donde nunca ocurría nada sencillo.

***

Cornelius cerró la puerta del despacho.

William permaneció de pie.

—Siéntate.

No lo hizo.

Cornelius lo miró.

William se dio cuenta.

Mal comienzo.

Tomó asiento.

Su padre se colocó detrás del escritorio.

—El informe de Liverpool llegó.

William esperó.

Negocios.

Aquello era fácil.

—¿Y?

—El asegurador aceptó revisar la prima.

William sintió satisfacción.

—Bien.

—George dijo que la idea vino de lady Frances.

William cerró los ojos.

—George habla demasiado.

—¿Es verdad?

William volvió a mirarlo.

—Sí.

Cornelius apoyó una mano sobre un documento.

—Fue una buena observación.

—Lo sé.

—¿Tiene experiencia comercial?

—Estudió bastante. Y comprende números.

—Eso no responde.

William sintió que la irritación empezaba.

—¿Qué quiere saber?

Cornelius lo observó.

—Si opinó porque entiende el negocio o porque tú querías hacerla sentir incluida.

William se puso rígido.

Ahí estaba.

—Entendió el problema.

—Bien.

Cornelius bajó la mirada hacia el documento.

—Entonces quizá pueda revisar el resto de las proyecciones.

William tardó varios segundos en comprender.

—¿Qué?

Su padre levantó la vista.

—Si tiene capacidad, úsala.

William lo miró.

—¿Está hablando en serio?

—No acostumbro hacer bromas sobre cifras.

—Pensé que...

Se detuvo.

Cornelius esperó.

William comprendió lo que había estado a punto de decir.

Pensé que intentaría menospreciarla.

Otra batalla preparada.

Otra respuesta que su padre no había provocado.

—Nada.

Cornelius lo observó demasiado tiempo.

—Has venido preparado para pelear conmigo.

William sintió la mandíbula endurecerse.

—No.

—Sí.

—Padre.

—Llevas una hora anticipando ataques que todavía no he hecho.

La precisión irritó porque era verdad.

William se levantó.

—Entonces quizá porque tengo motivos históricos.

Cornelius no cambió de expresión.

—También.

La admisión detuvo la siguiente frase.

William quedó de pie.

—No voy a fingir que no interferí demasiado en tu vida —continuó Cornelius—. Tampoco voy a fingir que siempre estabas equivocado al resistirte.

William no sabía qué hacer con aquello.

Su padre raramente ofrecía terreno sin exigir algo a cambio.

—Pero si has traído a esa mujer aquí esperando que yo la rechace para que puedas demostrar nuevamente que no necesitas mi aprobación, ahórranos tiempo.

William sintió el golpe.

—No la traje para eso.

—Espero que no.

—Ella quiso venir.

—Lo sé.

Cornelius se levantó.

—Y espero que tampoco conviertas cada opinión mía en un intento de controlarte.

William lo miró.

—Eso dependerá de sus opiniones.

Una sombra de sonrisa apareció.

—Ahí estás.

William casi respondió.

Se detuvo.

Respiró.

Frances.

No todas las conversaciones eran guerras.

—Voy a intentarlo.

Cornelius pareció sorprendido.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—Bien.

Silencio.

William miró hacia los papeles.

—¿Eso es todo?

—No.

Naturalmente.

Cornelius caminó hacia una mesa lateral.

—Compraste una casa.

William cerró los ojos.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Nueva York no es tan grande como crees.

—George.

—No.

William pensó.

—El agente.

—Tampoco.

—Entonces...

Cornelius levantó una ceja.

William desistió.

—Sí. Compré una casa.

—En Washington Square.

—Sí.

—Buena zona.

William esperó la crítica.

No llegó.

—Necesita reparaciones —dijo Cornelius.

—Lo sé.

—Podrías haber comprado algo mejor.

Ahí.

William sintió la reacción.

—No quería algo mejor.

Cornelius lo observó.

William continuó antes de que aquello se convirtiera en una lucha.

—Quería esa.

Su padre inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

William pensó en responder porque puedo.

Viejo reflejo.

Después pensó en Frances.

En la habitación vacía.

—Porque todavía no está terminada.

Cornelius frunció el ceño.

William sonrió apenas.

—No lo entenderá.

—Prueba.

La palabra hizo que William se tensara.

Cornelius se dio cuenta.

—Explícalo.

Mejor.

William respiró.

—Toda mi vida viví en lugares que ya tenían un significado antes de que yo entrara. Esta casa. Las propiedades. Incluso mis habitaciones pertenecían a la familia antes que a mí.

Cornelius escuchó.

—Quería algo que no tuviera una historia que yo debiera continuar o combatir.

El padre permaneció en silencio.

—La casa de Washington Square está casi vacía.

—Eso suele arreglarse con muebles.

William soltó una pequeña risa.

—Exactamente.

Cornelius lo miró.

—¿La compraste por ella?

Pregunta directa.

William no esquivó.

—No.

Pausa.

—Pero pensé en ella.

Cornelius asintió.

William esperaba alguna observación.

No llegó inmediatamente.

—Bien.

—¿Bien?

—Sería peor comprar una casa para una mujer que todavía no aceptó casarse contigo.

William sintió calor.

—No hemos hablado de eso.

Cornelius levantó una ceja.

—Has cruzado el Atlántico dos veces por ella y la has traído aquí con sus padres.

William lo miró.

—La sutileza nunca fue tu fortaleza.

—Tampoco la suya.

Cornelius casi sonrió.

William sintió algo extraño.

Normalidad.

Un tipo de conversación que años atrás habría sido imposible.

Y precisamente por eso bajó la guardia.

Error.

—¿Cuándo vuelves a Inglaterra? —preguntó Cornelius.

William se tensó.

—No lo sé.

—Necesito que estés aquí al menos ocho semanas.

Todo lo anterior desapareció.

—¿Qué?

—La ruta entra en fase de negociación final.

—Lo sé.

—Entonces sabes que tu presencia es necesaria.

William sintió el antiguo enojo subir.

—Dijimos seis meses para demostrarla.

—Y todavía lo digo.

—También sabía que iba a pasar tiempo en Inglaterra.

—Antes de que adelantaras negociaciones.

William se levantó.

—No voy a quedarme ocho semanas.

Cornelius apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—No te he preguntado.

Ahí estaba.

El tono.

La orden.

El pasado completo entrando por una sola frase.

—Entonces se equivocó.

Cornelius endureció el rostro.

—William.

—No.

—Si quieres dirigir esta operación, debes estar donde se necesita.

—Y si quiero dirigirla, también decido cómo.

—No cuando todavía utilizas mi capital.

William sintió que cada músculo se tensaba.

—Sabía que llegaría esto.

Cornelius frunció el ceño.

—¿Qué?

—La condición.

—No es una condición.

—Siempre lo es.

La puerta del pasado se abrió completamente.

—Me da una oportunidad y después la utiliza para decidir dónde debo estar, cuánto tiempo y qué parte de mi vida puede esperar porque su negocio es más importante.

Cornelius dio un paso.

—Nuestro negocio.

—Su negocio.

—Al que regresaste voluntariamente.

—Para construir algo propio dentro de él.

—Entonces compórtate como un hombre que quiere construirlo.

La frase golpeó.

William rio sin humor.

—Y ahí estamos otra vez.

Cornelius lo miró.

—¿Dónde?

—Nunca es suficiente.

—No he dicho eso.

—No necesita.

—William.

—Siempre hay una nueva prueba.

Cornelius golpeó una mano sobre el escritorio.

—¡Porque los negocios no se detienen mientras decides dónde quieres besar a una mujer!

Silencio.

Absoluto.

William sintió algo romperse.

No porque Cornelius hubiese mencionado a Frances.

Porque había reducido todo aquello.

Toda la vida que William intentaba construir.

A una distracción.

—No vuelva a hablar de ella así.

Cornelius respiraba más fuerte.

—No he insultado a lady Frances.

—La convirtió en algo que me aparta del trabajo.

—Ahora mismo lo hace.

William dio un paso hacia el escritorio.

—Ella es parte de mi vida.

—Entonces encuentra una manera de manejar ambas cosas.

—Eso intento.

—No parece.

La ira se volvió casi familiar.

Cómoda.

Peligrosa.

William supo exactamente qué podía decir.

Podía abandonar el proyecto.

Podía decirle que se quedara con su dinero, su compañía y sus rutas.

Podía salir.

Había hecho versiones de aquello durante toda su vida.

La frase llegó a sus labios.

No la pronunció.

Frances.

No convertir una reacción contra Cornelius en una decisión sobre el futuro de ambos.

William respiró.

Una vez.

Dos.

Cornelius lo observó.

—No voy a responder ahora.

Su padre pareció desconcertado.

—¿Qué?

—Necesito saber por qué son ocho semanas.

—Te lo acabo de decir.

—No.

William sostuvo su mirada.

—Me dijo que me necesita aquí. Quiero saber para qué exactamente.

Cornelius permaneció quieto.

William continuó:

—Qué reuniones. Qué contratos. Qué decisiones no puede manejar George o alguien más. Y qué parte realmente requiere que yo esté físicamente en Nueva York.

Cornelius no respondió.