Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 29
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CAPITULO 29

W illiam vio a su padre antes de que Frances pudiera distinguirlo entre la multitud. No porque Cornelius Vanderbilt fuera el hombre más alto del muelle.

Ni el mejor vestido.

Ni siquiera el que ocupaba la posición más visible.

Simplemente era imposible que William no supiera dónde estaba.

Había pasado demasiados años entrando en habitaciones y localizándolo sin necesidad de buscar.

Cornelius permanecía cerca de uno de los edificios del puerto, vestido de oscuro, con las manos detrás de la espalda y esa expresión severa que parecía considerar cualquier demostración pública de emoción una forma innecesaria de espectáculo.

Sophia estaba a su lado.

Ella sí agitaba una mano.

George, unos pasos detrás, hizo lo mismo con mucho menos entusiasmo y bastante más ironía.

William sintió que el cuerpo reaccionaba antes que la mente.

Los hombros se tensaron.

La mandíbula también.

Frances, a su lado, lo notó.

—¿Es él?

William no preguntó a quién se refería.

—Sí.

Frances observó hacia el muelle.

—No parece particularmente aterrador.

William soltó una risa breve.

—Déle cinco minutos.

Ella volvió la cabeza.

—Está haciendo eso.

—¿Qué cosa?

—Preparándose para una batalla que todavía no ha comenzado.

William abrió la boca.

Cerró.

Frances apretó ligeramente su mano.

No como advertencia.

Como recordatorio.

El viaje había terminado.

Ahora comenzaba aquello para lo que ambos habían cruzado.

William respiró.

—Tiene razón.

—Lo sé.

—Eso no ayuda.

—No pretendía ayudar.

Él sonrió.

El barco terminó de acercarse al muelle y la actividad alrededor de ellos aumentó. Criados aparecieron para reunir equipaje, Edward intentó bajar antes de que se colocara correctamente la pasarela y lord Londonderry lo sujetó por el cuello del abrigo con una eficacia que sugería práctica.

Lady Beatrice observó Nueva York con una mezcla de curiosidad y aprobación cautelosa.

—Ha crecido —dijo.

William volvió hacia ella.

—¿Ha estado antes?

—Dos veces.

—No lo mencionó.

—Nunca preguntó.

Frances sonrió.

William la miró.

—Toda su familia disfruta ocultándome información.

—Solo la interesante.

La pasarela fue asegurada.

William sintió el cambio de manera casi física.

Había llegado.

No como la vez anterior.

Entonces había desembarcado solo, cargado con miedo por George y una furia antigua que había vuelto a aparecer antes incluso de llegar a casa.

Ahora estaba junto a Frances.

Su padre esperaba abajo.

Y William descubrió que aquello era mucho más difícil.

—Vamos —dijo Frances.

Él la miró.

Ella no parecía aterrorizada.

Naturalmente.

Cornelius todavía no había hablado.

William respiró otra vez.

Descendieron.

Sophia fue la primera en romper cualquier posibilidad de una recepción solemne.

—¡William!

Lo abrazó antes de que él pudiera protegerse.

—Hola, Soph.

—Llegaste.

—Eso suele ocurrir al final de un viaje.

Sophia se apartó y le golpeó el brazo.

—Continúas insoportable.

—Me alegra que nada haya cambiado.

Después Sophia miró a Frances.

Y su expresión se transformó.

Frances sintió una repentina timidez que no había experimentado frente a ninguna dama londinense.

Aquella mujer había leído sobre ella.

Había escuchado historias.

Había visto a William durante las semanas en que él mismo todavía intentaba comprender qué sentía.

—Lady Frances.

Sophia dio un paso.

—Finalmente.

Frances sonrió.

—Espero que eso sea algo bueno.

—Extraordinario.

Y, para sorpresa de Frances, Sophia la abrazó.

No un saludo ceremonioso.

Un abrazo.

William cerró los ojos.

—Sophia.

—Calla.

Frances soltó una risa.

—Me alegra mucho conocerla.

Sophia se apartó y la examinó.

—También a mí.

Después miró a William.

—Es demasiado buena para ti.

—Llevas cuarenta segundos conociéndola.

—Me bastaron veinte.

George se acercó.

—Yo necesité quince.

Frances rio.

William miró a su hermano.

—Te recuperaste demasiado.

George le estrechó la mano y después lo abrazó brevemente.

—También me alegra verte.

William sintió algo profundo.

Más profundo de lo que quería mostrar allí.

George estaba de pie.

Más delgado.

Pero vivo.

Durante un instante el muelle desapareció.

William apretó su hombro.

—Te ves horrible.

George sonrió.

—Tú también.

Frances observó a los dos.

Y comprendió que había algunas emociones que William todavía expresaba mejor mediante insultos.

Entonces llegó Cornelius.

No se había movido hasta ese momento.

Simplemente esperó.

William lo vio acercarse.

La antigua tensión regresó.

Frances sintió cómo la mano de William se cerraba apenas.

Cornelius se detuvo frente a su hijo.

—William.

—Padre.

Nada más.

No abrazo.

No estrechamiento inmediato de manos.

Frances comprendió de golpe todo lo que las cartas nunca podían explicar.

Sophia había recibido a William como alguien que había regresado.

Cornelius lo recibía como si todavía necesitara establecer qué significaba aquello.

Después el hombre dirigió la atención hacia Frances.

Los ojos eran más claros de lo que ella había imaginado.

Y mucho más observadores.

—Lady Frances Vane.

No era pregunta.

—Señor Vanderbilt.

Cornelius inclinó la cabeza.

—Bienvenida a Nueva York.

—Gracias.

La examinó.

No de forma grosera.

Pero sí con una precisión que Frances conocía demasiado bien.

William hacía lo mismo.

O había hecho.

De repente supo exactamente de dónde provenía.

Cornelius miró a su hijo.

—No exagerabas.

William frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Que es pelirroja.

Frances parpadeó.

Sophia se llevó una mano a la boca.

George miró hacia otro lado.

William cerró los ojos.

—Padre.

Cornelius volvió hacia Frances.

—Mi hijo no suele describir adecuadamente a las personas.

Frances sintió una sonrisa.

—También tiene dificultades para evaluarlas.

Cornelius la observó un segundo más.

Después algo casi imperceptible apareció en su expresión.

¿Diversión?

—Eso he oído.

William abrió los ojos.

—George.

—No fui yo —respondió su hermano.

Sophia levantó una mano.

—Yo sí.

William miró al cielo.

Cornelius se volvió hacia lord Londonderry.

La transformación fue inmediata.

Los dos hombres se saludaron con una cortesía que parecía perfectamente civilizada y, al mismo tiempo, una evaluación comercial.

—Marqués.

—Vanderbilt.

—Agradezco que haya acompañado a su familia.

—No habría permitido lo contrario.

Cornelius miró brevemente a William.

—Comprensible.

William sintió el comentario.

Frances también.

Lord Londonderry sonrió.

—Mi hija es perfectamente capaz de decidir dónde viajar.

—Naturalmente.

William soltó aire por la nariz.

Frances le dirigió una mirada.

No.

Todavía no.

Cornelius continuó:

—Pero un padre puede querer ver adónde va.

Londonderry sostuvo su mirada.

—Exactamente.

William observó a ambos.

—Esto va a ser insoportable.

Frances casi rio.

Cornelius lo escuchó.

—¿Dijiste algo?

—No.

—William —murmuró Frances.

Él la miró.

Ella sonreía.

—Respire.

Cornelius vio el intercambio.

Y esa vez Frances estuvo segura de que lo notó todo.

***

El trayecto desde el puerto hasta la residencia Vanderbilt fue una sucesión de descubrimientos.

Frances había esperado ruido.

William se lo había advertido.

No había esperado aquella clase de ruido.

Carruajes.

Vendedores.

Caballos.

Campanas.

Voces.

Construcciones.

Calles enteras que parecían estar haciendo algo al mismo tiempo.

Londres podía ser caótica.

Nueva York parecía estar convencida de que detenerse equivalía a morir.

Frances permanecía junto a la ventana del carruaje.

William la observaba desde el asiento de enfrente.

—No me mire.

—Otra vez.

—Quiero ver.

—Y yo quiero saber qué piensa.

—No se lo diré todavía.

William hizo una mueca.

Sophia, sentada junto a Frances, sonrió.

—Hace eso todo el tiempo.

—¿Qué?

—Intenta obtener respuestas antes de que las personas las hayan formulado.

Frances miró a William.

—Lo sé.

Él se sintió injustamente rodeado.

—Estoy aquí.

—También lo sabemos —dijo Sophia.

George, frente a ella, rio.

William dirigió la mirada hacia la ventana.

—Extrañaba muchísimo a mi familia.

Frances sonrió.

El carruaje giró hacia una avenida más ancha.

—¿Eso es Broadway? —preguntó.

William volvió inmediatamente hacia ella.

—Sí.

La irritación desapareció.

Frances notó el orgullo.

—Le gusta.

—Mucho.

—Pensé que decía que era demasiado ruidosa.

—Lo es.

—¿Entonces?

William miró hacia afuera.

—Es difícil de explicar.

Frances esperó.

—Cuando era más joven venía aquí cuando quería sentir que mi padre no era lo más grande del mundo.

Sophia lo miró.

Él pareció darse cuenta de que había dicho algo más íntimo de lo previsto.

—Hay demasiada gente haciendo demasiadas cosas —continuó—. Uno puede desaparecer.

Frances pensó en la palabra.

Desaparecer.

Otra vez.

William había usado la ciudad para escapar incluso sin marcharse de ella.

—¿Y ahora?

Él la miró.

Frances señaló la calle.

—¿Todavía viene para desaparecer?

William pensó.

—No lo sé.

La respuesta pareció sorprenderlo a él mismo.

Frances sonrió.

—Entonces tendremos que averiguarlo.

Cornelius viajaba en otro carruaje.

William se alegró.

También se sintió culpable por alegrarse.

No duró demasiado.

***

La residencia Vanderbilt impresionó a Frances menos por su tamaño que por la forma en que parecía anunciar quién vivía allí.

Todo era sólido.

Caro.

Elegido para durar.

Los interiores no buscaban la delicadeza de muchas casas aristocráticas inglesas. Había más madera oscura, más objetos nuevos, más señales de riqueza reciente y orgullosa.

No había retratos de antepasados observando desde paredes.

Aquello fue lo primero que Frances notó.

No generaciones.

Solo presente.

Fortuna construida.

No heredada.

Cornelius entró detrás de ellos.

—Imagino que es diferente a Inglaterra.

Frances se volvió.

—Mucho.

William se tensó.

Cornelius lo vio.

—No he preguntado si es peor.

—Tampoco ella lo dijo.

Frances volvió hacia William.

—Puedo responder sola.

Silencio.

Sophia miró a George.

George se mordió el interior de la mejilla.

William sintió calor en el cuello.

—Lo sé.

Frances sostuvo su mirada un instante.

Después volvió hacia Cornelius.

—Es distinta. Eso es lo interesante.

Cornelius asintió.

No parecía ofendido.

William sí parecía avergonzado.

Frances comprendió algo.

Había ocurrido tan rápido que casi no lo había visto.