CAPITULO 28 #3
—Parece aprendido.
William levantó la vista.
Ella continuó:
—No estoy enfadada porque haya ayudado.
—Lo sé.
—Estoy enfadada porque no se preguntó si realmente necesitaba hacerlo.
William asintió lentamente.
—Tiene razón.
—Y eso me asusta.
—A mí también.
Frances no esperaba la respuesta.
Él dio un paso.
—Porque dentro de unos días estaré otra vez en Nueva York.
La voz se volvió más baja.
—Y sé que hay partes de mí que funcionan así allí.
Frances sintió el miedo que había comentado con Eleanor.
Ya empezaba.
Antes incluso de llegar.
—Entonces tendremos que verlo.
—Sí.
—No quiero que prometa que nunca volverá a hacerlo.
William sonrió apenas.
—Está aprendiendo.
—Mucho.
Él soltó una pequeña risa.
Frances levantó la mano hacia la herida de su ceja.
Se detuvo.
—¿Puedo?
William sintió algo cálido.
—Sí.
Ella tocó con cuidado la piel alrededor.
—Esto necesita limpiarse.
—No es nada.
Frances lo miró.
William cerró los ojos.
—Respuesta equivocada.
—Muchísimo.
Ella sonrió por primera vez.
El miedo comenzó a aflojarse.
—Estaba asustada.
William tomó su mano.
—Lo siento.
—No se disculpe por la tormenta.
—No.
Él sostuvo sus dedos.
—Me disculpo por actuar sin pensar si tenía que hacerlo.
Frances asintió.
Eso sí podía aceptar.
William la miró.
—Cuando lleguemos a Nueva York quizá vuelva a hacer cosas así.
—Probablemente.
—Eso no fue alentador.
—No intento serlo.
—Bien.
Frances sostuvo su mirada.
—Solo no espere que me quede callada.
William sonrió.
—Eso nunca ha estado entre mis expectativas.
Ella casi rio.
Él llevó su mano hacia los labios.
No llegó a besarla.
Frances sintió que la emoción regresaba.
—¿Puedo abrazarla?
—Sí.
William la atrajo.
Frances cerró los brazos alrededor de él con más fuerza de la habitual.
Durante unos segundos simplemente comprobó que estaba allí.
Vivo.
Caliente.
Real.
William apoyó la mejilla sobre su cabello.
—Estoy bien.
Frances se tensó.
Él sonrió.
—Eso era literal.
Ella soltó una risa contra su pecho.
—Lo odio.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También.
El barco volvió a moverse.
William la sostuvo mejor.
Y esta vez Frances no sintió miedo del océano.
Solo de todo lo que empezaba a comprender acerca del hombre al que amaba.
No porque estuviera descubriendo algo nuevo.
Sino porque comenzaba a verlo dentro de contextos donde sus viejas heridas podían volver a dirigirlo.
Y amar a William no significaría impedirlo siempre.
Significaría reconocerlo cuando ocurriera.
Y esperar que él también pudiera hacerlo.
***
Cuatro días después, poco antes del amanecer, William estaba en cubierta cuando apareció la costa.
No necesitó que nadie se la señalara.
La conoció.
Sintió algo antes de verla claramente.
Un cambio en el aire.
Una familiaridad absurda.
Una tensión dentro del pecho.
Nueva York.
Casa.
Pasado.
Futuro.
Todo mezclado.
Escuchó pasos detrás.
Frances.
No tuvo que volverse.
Ella se colocó a su lado.
Durante un momento ninguno habló.
El perfil de la ciudad comenzaba a revelarse bajo la luz gris.
Frances miró.
William miró a Frances.
Ella sintió su atención.
—No me mire.
—Es difícil.
—Quiero verla.
—Yo quiero verla a usted viéndola.
Frances sonrió.
—Eso es demasiado complicado.
—Estoy nervioso.
Ella volvió la cabeza.
William lo admitía sin humor.
Sin esconderlo.
—¿Por qué?
Él miró la costa.
—Porque ahora empieza la parte donde usted conoce todo aquello de lo que le hablé.
—Eso era el objetivo.
—Lo sé.
—¿Teme que no me guste?
—Sí.
—¿La ciudad?
William pensó.
—Todo.
Frances tomó su mano.
—No voy a decidir hoy.
Él sonrió.
—Bien.
—Ni mañana.
—Mejor.
—Quizá tampoco la próxima semana.
—Empieza a abusar.
Frances rio.
La ciudad se acercaba.
El puerto comenzó a tomar forma.
Barcos.
Muelles.
Edificios.
Movimiento.
Mucho más de lo que Frances había imaginado.
William respiró profundamente.
—Ahí está.
Ella siguió su mirada.
Nueva York.
El lugar que lo había hecho.
El lugar del que había escapado.
El lugar al que había regresado.
Frances apretó su mano.
—Muéstremela.
William volvió hacia ella.
La ansiedad seguía allí.
Pero también algo distinto.
Orgullo.
No arrogante.
Algo más íntimo.
—Toda.
Frances sonrió.
—Incluso lo feo.
—Especialmente lo feo.
Ella rio.
El barco continuó avanzando.
A cierta distancia, campanas y silbatos comenzaban a mezclarse con el ruido de la mañana.
William no sabía que en el muelle, mucho antes de lo necesario, Cornelius Vanderbilt ya esperaba.
No porque alguien se lo hubiera pedido.
No porque quisiera admitir interés.
Y mucho menos porque estuviera ansioso por conocer a la mujer inglesa que había conseguido que su hijo regresara a Nueva York por decisión propia y después volviera a marcharse sin convertir aquella partida en una guerra.
Cornelius simplemente esperaba.
Con Sophia a su lado.
George detrás.
Y una expresión que hacía imposible saber si estaba preparado para recibir a una futura nuera.
O para comenzar otra negociación.
Frances todavía no lo sabía.
William tampoco.
Pero mientras el Northern Star entraba lentamente en el puerto, una cosa comenzaba a quedar clara.
El océano había sido la parte fácil.