Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 28 #2
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CAPITULO 28 #2

—Esta ruta reduce tiempo entre Nueva York y Liverpool si usamos barcos más rápidos y centralizamos ciertos contratos.

Frances examinó los números.

—¿Por qué este costo aumenta?

William siguió su dedo.

—Seguro.

—¿Por qué?

—Más velocidad significa mayor riesgo según algunos aseguradores.

—Pero si disminuye el tiempo de viaje, también disminuye exposición.

William quedó quieto.

Frances levantó la vista.

—¿Qué?

—Nada.

—Está haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Mirarme como si hubiera dicho algo sorprendente.

William apoyó el codo sobre la mesa.

—Tiene razón.

—¿Sobre qué?

—No había utilizado ese argumento.

Frances volvió a mirar el papel.

—¿No es obvio?

—Ahora sí.

Ella sonrió.

—Entonces debería negociar de nuevo.

—Eso haré.

William tomó una pluma y anotó algo.

Frances lo observó.

No estaba fingiendo interés para complacerla.

Realmente iba a utilizar su idea.

Aquello produjo una satisfacción mucho más profunda de lo esperado.

—¿Puedo ver lo demás?

William le entregó otra hoja.

—Esto es sobre almacenamiento.

Frances comenzó a leer.

Durante la siguiente hora discutieron cifras.

No romance.

No matrimonio.

Negocios.

Y, sin embargo, Frances sintió una intimidad inesperada.

William no simplificaba explicaciones.

No se mostraba condescendiente.

Cuando ella no comprendía algo, explicaba.

Cuando ella cuestionaba una decisión, respondía.

Cuando no tenía respuesta, lo admitía.

En un momento Frances señaló una proyección.

—Esto supone que los precios permanecen estables.

—Sí.

—¿Y si no?

William sonrió.

—Entonces perdemos dinero.

—Excelente planificación.

—Gracias.

Frances rio.

—¿No debería tener una segunda proyección?

William la miró.

—Eso acaba de decir George.

—Entonces George también tiene razón algunas veces.

—No se lo diga.

Ella sonrió.

William tomó otra hoja.

—Podríamos hacer un escenario con caída del diez por ciento.

—Y otro con quince.

—Eso sería pesimista.

—Eso sería prudente.

William la observó.

—Definitivamente se casaría bien con un empresario.

La frase salió sola.

Silencio.

Frances bajó lentamente la mirada.

William cerró los ojos.

—No he dicho eso.

—Lo ha dicho.

—Era una observación general.

—Por supuesto.

—Frances.

Ella sonrió.

—Continúe con el escenario del quince por ciento.

William la miró unos segundos más.

Después obedeció.

Pero su sonrisa permaneció.

***

A mitad del viaje, la convivencia comenzó a cambiar cosas pequeñas.

Frances aprendió que William dormía poco cuando estaba preocupado.

Él descubrió que ella escribía en el cuaderno azul cada noche.

No preguntó qué.

Casi nunca.

Frances descubrió que George podía vencer a Edward en cualquier juego de cartas y que ambos se habían convertido en amigos con una rapidez que prometía problemas futuros.

Lord Londonderry y William pasaban horas hablando sobre comercio.

Lady Beatrice observaba a todos.

Y Eleanor, como siempre, parecía saber exactamente qué ocurría antes que el resto.

Una noche, Frances y Eleanor permanecieron en cubierta después de la cena.

El viento era suave.

Las luces del barco iluminaban apenas el agua.

—Estás distinta —dijo Eleanor.

Frances la miró.

—¿Cómo?

—Más tranquila.

—Estoy en medio del océano.

—Precisamente.

Frances sonrió.

—Pensé que estaría peor.

—También yo.

Silencio.

Eleanor apoyó los brazos sobre la baranda.

—¿Lo amas más?

Frances soltó una pequeña risa.

—Eso no parece medible.

—Todo parece medible para ti.

—Ya no tanto.

Eleanor sonrió.

—Eso responde.

Frances miró hacia el agua.

—Estoy viendo cosas que no conocía.

—¿De William?

—Sí.

—¿Buenas?

—Algunas.

—¿Malas?

Frances pensó.

—Todavía no muchas.

—Llegarán.

Ella miró a Eleanor.

Su amiga sonrió.

—No porque sea William. Porque es una persona.

Frances asintió.

—Eso es lo que intento recordar.

—¿Te preocupa Nueva York?

—Mucho.

—¿Cornelius?

—Más.

Eleanor rio.

—A mí me intriga.

—No será usted quien quizá tenga que llamarlo suegro.

La palabra apareció.

Eleanor volvió lentamente la cabeza.

Frances cerró los ojos.

—No diga nada.

—No he dicho.

—Lo piensa.

—Muchísimo.

Frances rio.

—Todos empiezan a hablar como William.

—Eso es preocupante.

Permanecieron en silencio.

—¿Qué pasará si no te gusta Nueva York? —preguntó Eleanor.

Frances respiró.

—No lo sé.

—¿Y si te encanta?

—Tampoco.

—Bien.

Frances sonrió.

—¿Por qué bien?

—Porque hace unos meses ya tendrías una respuesta para ambas cosas.

—William dice lo mismo.

—Entonces tiene razón.

Frances miró hacia la puerta que llevaba al interior.

William no estaba allí.

Aun así pensó en él.

—Tengo miedo de que en Nueva York vuelva a convertirse en alguien que necesita demostrar cosas.

Eleanor la observó.

—¿Y qué harás si ocurre?

—No sé.

—Eso no es verdad.

Frances pensó.

—Se lo diré.

—Bien.

—Y si no escucha...

La posibilidad dolió.

Eleanor esperó.

—Entonces tendremos un problema real.

—Exactamente.

Frances la miró.

—No está intentando tranquilizarme.

—No.

—Gracias.

Eleanor sonrió.

—Para eso tienes a William.

Frances rio.

—William es terrible tranquilizando.

—Entonces están condenados.

Ambas comenzaron a reír.

***

En el decimocuarto día apareció una tormenta.

No una tormenta peligrosa, según el capitán.

Eso no impidió que Frances considerara homicida al hombre que había pronunciado la frase mientras el barco entero se inclinaba de una manera que ningún objeto construido por seres humanos debería inclinarse.

Los pasajeros fueron enviados a sus camarotes.

William permaneció fuera demasiado tiempo.

Frances lo supo porque lo buscó.

Al principio intentó fingir que no estaba preocupada.

Después dejó de fingir.

Encontró a George en el corredor.

—¿Dónde está William?

George frunció el ceño.

—Pensé que estaba contigo.

—No.

El miedo llegó demasiado rápido.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—George.

—Probablemente está hablando con el capitán.

—¿Por qué?

George dudó.

Mala señal.

—Hay un problema con parte de la carga.

Frances sintió que la sangre descendía.

—¿Qué problema?

—Se movió.

—¿Y él qué tiene que ver?

—Es su carga.

Frances lo miró.

—No me diga que está abajo.

George levantó las manos.

—No creo.

—¿No cree?

Ella ya caminaba.

—Frances.

—¿Dónde?

—No puedes ir.

—Entonces dígame.

George intentó detenerla.

—William sabe lo que hace.

—Esa frase no tiene ninguna utilidad.

El barco volvió a moverse.

Frances se sostuvo contra la pared.

—Está en la cubierta inferior —admitió George—. Con el capitán y varios hombres.

Frances sintió una furia inmediata que cubrió el miedo.

—Voy a matarlo.

George sonrió débilmente.

—Haz fila.

Pasaron veinte minutos.

Después treinta.

Frances permaneció en el salón principal porque un oficial le prohibió acercarse más.

Lord Londonderry intentó tranquilizarla.

No funcionó.

Lady Beatrice le tomó la mano.

Tampoco.

Cuando William finalmente apareció, mojado, con el cabello pegado a la frente y una pequeña herida sobre una ceja, Frances sintió tantas emociones al mismo tiempo que solo consiguió quedarse inmóvil.

Él la vio.

Sonrió.

Error.

—Está todo bien.

Frances caminó hacia él.

William dejó de sonreír.

—Frances.

Ella lo golpeó en el pecho.

No fuerte.

Pero suficiente.

—¡Idiota!

El salón entero quedó en silencio.

William parpadeó.

—Eso parece justo.

—¿Qué estaba haciendo?

—Había que asegurar...

—¡No me importa la carga!

La voz se quebró.

William cambió inmediatamente.

—Frances.

—Estaba abajo mientras el barco...

No terminó.

El miedo encontró finalmente una salida.

Los ojos se llenaron de lágrimas.

William se acercó.

—Estoy bien.

—No diga eso.

—Pero...

—No diga que está bien como si eso borrara que podía no estarlo.

William quedó quieto.

Aquello era más profundo que el accidente.

Frances respiró temblando.

—¿Por qué tuvo que ir usted?

Él abrió la boca.

Cerró.

La respuesta automática habría sido porque era mi responsabilidad.

Pero Frances no preguntaba eso exactamente.

—Creí que debía hacerlo.

—¿Porque la carga era suya?

—Sí.

—¿No había hombres capacitados?

William miró hacia el capitán.

Sí.

Los había.

Frances vio la respuesta.

—Entonces ¿por qué?

William sintió una incomodidad distinta.

Más peligrosa.

—Porque...

Se detuvo.

Cornelius.

Aquella voz antigua.

Si algo es tuyo, respondes tú.

No delegas aquello que importa.

No permites que otro arregle tus errores.

William comprendió antes de decirlo.

Había reaccionado como siempre.

No porque fuera necesario.

Porque necesitaba demostrar control.

—Porque pensé que debía estar allí —repitió, pero ahora sonaba diferente.

Frances lo observó.

—Eso no es suficiente.

No había reproche cruel.

Solo miedo.

—Lo sé.

William miró alrededor.

Demasiadas personas.

—¿Podemos hablar en otro sitio?

Frances asintió.

Él la condujo hacia un pequeño salón lateral.

La tormenta continuaba golpeando el barco.

Cuando cerró la puerta, Frances se volvió.

—No quiero ser una mujer que le pide que evite todo riesgo.

—Lo sé.

—Ni que abandone sus responsabilidades.

—También.

—Pero necesito saber que distingue entre responsabilidad y esa necesidad suya de demostrar que puede soportarlo todo.

William sintió la frase entrar.

Exactamente donde debía.

—No lo hice.

—¿Qué?

—No distinguí.

Frances quedó quieta.

William se pasó una mano por el rostro.

—Cuando dijeron que la carga se había desplazado, ni siquiera pensé en si debía bajar.

—Simplemente fue.

—Sí.

—¿Por qué?

William miró el suelo.

—Porque mi padre habría ido.

Frances guardó silencio.

Ahí estaba.

Cornelius todavía no estaba en el barco.

Pero sí.

Dentro de William.

—¿Quería demostrarle algo aunque no estuviera aquí?

Él rio sin humor.

—Parece absurdo cuando lo dice.

—No.

Frances se acercó.