Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 28
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CAPITULO 28

E l puerto de Liverpool estaba cubierto por una neblina ligera cuando llegaron. Frances había imaginado muchas veces cómo sería aquel momento.

Durante las últimas tres semanas, de hecho, lo había imaginado con una insistencia que empezaba a irritarla.

Había pensado que sentiría emoción, miedo, quizá una clase de nostalgia anticipada.

Había imaginado a William junto a ella, sonriendo con esa seguridad americana que parecía aumentar cada vez que se encontraba cerca de un barco.

Nada de eso ocurrió exactamente.

Lo primero que sintió fue frío.

Después ruido.

Mucho ruido.

Hombres gritando instrucciones, carros avanzando entre equipajes, familias despidiéndose, criados intentando mantener baúles juntos y marineros corriendo por pasarelas como si el mundo entero dependiera de que una cuerda determinada llegara al lugar correcto.

Y después vio el barco.

El Northern Star se alzaba frente a ellos con una magnitud que hacía parecer pequeñas a las personas reunidas en el muelle.

Frances se quedó inmóvil.

William, a su lado, lo notó.

—¿Está bien?

Ella continuó mirando.

—Es mucho más grande de lo que esperaba.

—Eso suele ser una buena característica en un barco.

Frances volvió lentamente la cabeza.

William sonreía.

—No empiece.

—Solo intento aliviar la tensión.

—No estoy tensa.

—Naturalmente.

Ella cerró los ojos.

—Empiezo a odiar esa palabra tanto como usted.

William sonrió con satisfacción.

—Progreso.

Lord Londonderry apareció detrás de ellos acompañado por un criado.

—Vanderbilt.

William se volvió.

—Milord.

—¿Todo el equipaje está embarcado?

—Casi.

—¿Casi?

William miró hacia la montaña de baúles pertenecientes a la familia Vane.

—Estoy intentando comprender por qué necesitan trasladar media Inglaterra a Nueva York.

Lady Beatrice, que se encontraba unos pasos atrás, levantó la voz.

—Porque no pienso llegar a casa de su madre sin ropa adecuada.

William hizo una reverencia ligera.

—Milady, mi madre la apreciará aunque llegue con una sola maleta.

—Entonces su madre es una mujer poco razonable.

Frances soltó una carcajada.

William la miró.

Había algo diferente en su expresión.

Más ligero.

Casi joven.

El puerto parecía despertarlo.

Frances lo notó inmediatamente.

Aquí estaba una versión distinta.

No todavía Nueva York.

Pero sí más cerca del mundo al que pertenecía.

William se movía entre marineros y agentes con una facilidad que no mostraba en los salones ingleses.

Daba instrucciones sin arrogancia, pero con autoridad.

Conocía términos que Frances apenas comprendía, revisaba documentos, señalaba equipajes y parecía saber exactamente qué persona debía responder cada pregunta.

No era el hombre que esperaba fuera del salón para no llegar dos minutos antes.

No era el consejero matrimonial.

Ni siquiera el pretendiente.

Era William Vanderbilt.

Hombre de negocios.

Americano.

Hijo de una familia que había hecho fortuna precisamente con barcos, rutas y movimiento.

Frances lo observó hablar con el capitán.

El hombre le estrechó la mano con familiaridad.

—¿Lo conocía? —preguntó Edward a su lado.

Frances negó.

—No lo sé.

William rio ante algo que dijo el capitán.

Frances sintió una pequeña distancia.

Ridícula.

Apenas unos metros.

Pero real.

Por primera vez lo estaba viendo en un espacio donde ella no conocía las reglas.

Edward la miró.

—Estás haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Pensar demasiado.

—No.

—Sí.

Frances respiró.

—Solo lo estoy observando.

Edward siguió su mirada.

—Parece cómodo.

—Mucho.

—Eso es bueno.

Ella asintió.

Sí.

Era bueno.

Y extrañamente inquietante.

William regresó poco después.

—Todo listo.

Lord Londonderry lo miró.

—¿Seguro?

—Completamente.

El marqués observó el barco.

—No me gusta depender de una máquina y demasiada agua.

William sonrió.

—Es una descripción bastante precisa del comercio moderno.

—No me tranquiliza.

Lady Beatrice tomó el brazo de su esposo.

—Henry, hemos viajado antes.

—No con Edward.

Edward levantó una ceja.

—¿Qué tengo que ver?

—Demasiado.

William rio.

Frances también.

El grupo comenzó a caminar hacia la pasarela.

William se retrasó apenas.

Frances lo notó.

Ella también.

Durante unos segundos quedaron detrás.

—¿Lista? —preguntó él.

Frances miró el barco.

—No.

William sonrió.

—Excelente.

Ella lo miró.

—¿Excelente?

—Yo tampoco lo estaba la primera vez que fui a Inglaterra.

Frances guardó silencio.

—Pensé que iba a demostrar algo —continuó—. No sabía exactamente qué.

—¿A su padre?

—Principalmente.

—¿Y lo hizo?

William pensó.

—No de la forma que esperaba.

Frances sonrió.

Él extendió la mano.

No la tomó.

Solo la dejó entre ambos.

Ella miró los dedos.

Después los suyos.

Y colocó la mano sobre la de él.

William cerró suavemente los dedos.

—No tiene que saber qué va a encontrar.

—Lo sé.

—Ni decidir nada todavía.

—También.

—Solo suba al barco.

Frances soltó una pequeña risa.

—Eso suena demasiado sencillo.

—Es la parte sencilla.

Ella levantó la vista.

—¿Y la difícil?

William sonrió.

—Empieza después.

Frances debería haberse preocupado.

En cambio, apretó su mano.

Y subió.

***

El primer día fue soportable.

El segundo también.

El tercero, Frances decidió que el océano era una invención diseñada específicamente para castigar a las personas que creían poseer estómagos razonablemente firmes.

William la encontró en cubierta poco después del amanecer.

Ella estaba sentada envuelta en una capa, mirando el horizonte con una expresión que habría intimidado a hombres más sensatos.

Él se acercó con cautela.

—Buenos días.

Frances no respondió.

William se sentó a su lado.

—¿Quiere que vuelva más tarde?

—No.

—Eso no sonó como una invitación.

—Si se mueve demasiado, lo odiaré.

William quedó completamente quieto.

—Entendido.

El barco subió sobre una ola.

Frances cerró los ojos.

William observó el perfil pálido de su rostro.

—¿Ha comido algo?

Ella lo miró.

Fue suficiente.

—Bien. Pregunta equivocada.

Frances volvió al horizonte.

—Alice dice que debo intentarlo.

—Alice tiene razón.

—No la apoye.

William sonrió.

—No lo haré.

Silencio.

Otra ola.

Frances respiró lentamente.

William recordó la primera vez que había hecho el cruce en dirección contraria.

Él no había sufrido mal de mar, pero George sí, durante un viaje familiar años atrás, y había aprendido que cualquier consejo resultaba ofensivo cuando el cuerpo de otra persona estaba intentando rebelarse contra el océano.

—Puedo contarle algo humillante —ofreció.

Frances apenas giró la cabeza.

—¿Sobre usted?

—Naturalmente.

Ella casi sonrió.

—Adelante.

William miró hacia el agua.

—Cuando tenía dieciséis años intenté conducir uno de los pequeños barcos de mi padre.

—¿Intentó?

—Esa palabra será importante.

Frances se acomodó ligeramente.

—¿Tenía permiso?

William la miró.

—Frances.

—Claro que no.

—Exactamente.

Ella cerró los ojos otra vez.

—Continúe.

—George me dijo que no sabía hacerlo.

—Eso debió garantizar que lo intentara.

—Ve por qué la amo.

Frances sintió una pequeña sonrisa.

William continuó.

—Salí con dos amigos. Todo iba perfectamente hasta que dejó de hacerlo.

—¿Qué ocurrió?

—Encajamos el barco contra un banco de arena.

Frances abrió los ojos.

—¿Nada más?

—Durante seis horas.

—Eso no parece tan terrible.

—La marea bajó.

Ella esperó.

William sonrió.

—El barco quedó inclinado.

Frances comenzó a imaginarlo.

—¿Cuánto?

—Suficiente para que uno de mis amigos creyera que moriríamos.

Una risa débil escapó de ella.

William sintió una victoria.

—¿Y usted?

—Sabía que no moriríamos.

—¿Cómo?

—No lo sabía.

Frances rio de verdad.

El movimiento hizo que inmediatamente se llevara una mano al estómago.

William se tensó.

—Lo siento.

—No vuelva a hacerme reír.

—Intentaré ser aburrido.

—Eso será difícil.

Él sonrió.

Permanecieron allí.

No hablando mucho.

Solo juntos.

William no intentó distraerla constantemente. No le dijo que el malestar pasaría. No insistió en llevarla abajo. Simplemente permaneció sentado.

Frances lo notó después de un rato.

—No tiene que quedarse.

—Lo sé.

—Tiene trabajo.

—También.

—Entonces vaya.

William miró el horizonte.

—No quiero.

Ella lo observó.

—No puede arreglar esto.

—También lo sé.

Frances recordó a Montrose.

Cuando no pueda arreglarlo, puede quedarse.

La frase apareció con tanta claridad que sintió algo extraño.

Dos hombres distintos habían enseñado la misma lección.

Solo que uno de ellos estaba allí, aplicándola sin siquiera saberlo.

Frances apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de William.

Él quedó inmóvil.

Después acomodó apenas el cuerpo para que pudiera descansar mejor.

—¿Así está bien?

—Sí.

—No me moveré.

—Más le vale.

William sonrió.

Durante casi una hora permanecieron así.

El mar continuó agitado.

Frances continuó sintiéndose miserable.

Pero ya no tanto.

***

Al cuarto día, el océano se calmó.

Frances también.

Para el sexto, comenzó a disfrutar partes del viaje.

Descubrió que las mañanas en cubierta eran hermosas cuando no deseaba morir. El aire tenía una claridad distinta, y el horizonte parecía tan inmenso que resultaba imposible no pensar en lo pequeñas que eran ciertas preocupaciones dentro de él.

William trabajaba varias horas cada día.

Eso fue otra revelación.

Frances sabía que era un hombre de negocios.

Pero verlo trabajar era diferente.

No se limitaba a firmar papeles y dar órdenes.

Leía.

Calculaba.

Corregía.

Interrogaba.

Discutía con agentes que viajaban en el mismo barco y revisaba informes sobre rutas, tiempos, costos, seguros y puertos.

Una tarde, Frances apareció en uno de los salones pequeños del barco y lo encontró rodeado de documentos.

William levantó la vista.

—Estoy trabajando.

Ella miró las hojas.

—Lo veo.

—Eso era una advertencia.

—No necesito permiso para entrar en un salón público.

William sonrió.

—Ese tono me resulta familiar.

Frances se acercó.

—¿Qué es?

Él miró los documentos.

Por costumbre, casi respondió algo vago.

Después recordó todo lo que había prometido.

—Proyecciones de carga para la nueva ruta.

Frances tomó asiento frente a él.

—Explíqueme.

William levantó las cejas.

—¿En serio?

—Sí.

—Puede ser aburrido.

—Déjeme decidir.

Él sonrió.

—Bien.

Giró una de las hojas.