Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 27 #3
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CAPITULO 27 #3

Y cada pocos minutos alguno de los dos se encontraba mirando al otro.

—Dejen de hacerlo —dijo Edward.

Frances volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué cosa?

Edward señaló entre ella y William.

—Mirarse.

William tomó vino.

—No sé de qué hablas.

—Lo hacen desde que empezamos a cenar.

Frances sintió calor.

Lady Beatrice ocultó una sonrisa.

Lord Londonderry siguió comiendo como si no escuchara.

Edward continuó:

—Resulta inquietante.

—Entonces mira tu plato —dijo Frances.

—Lo intento, pero siento la tensión.

William casi se atragantó con el vino.

Lord Londonderry levantó lentamente los ojos.

—Edward.

—¿Sí?

—Come.

—Sí, papá.

Silencio.

Duró quince segundos.

—¿Han decidido dónde se alojará Vanderbilt durante el viaje? —preguntó Edward.

William cerró los ojos.

Frances bajó la cabeza.

Su padre apoyó los cubiertos.

—Edward.

—Solo pregunto.

—En un camarote —respondió William.

—Eso esperaba.

—Lejos del de tu hermana.

Edward sonrió.

—Eso también esperaba.

—Edward —dijeron tres personas al mismo tiempo.

Eleanor comenzó a reír.

La cena descendió rápidamente hacia el caos.

Y William descubrió que lo disfrutaba.

Eso era lo extraño.

Cornelius habría considerado aquella mesa ruidosa.

Desorganizada.

Demasiado libre.

En casa de los Vanderbilt, las cenas familiares podían ser afectuosas, pero también existía siempre la sensación de que el patriarca ocupaba el centro aunque permaneciera en silencio.

Aquí el centro cambiaba.

Una broma de Edward.

Una observación de Beatrice.

Frances contradiciendo a su padre.

Londonderry fingiendo irritación mientras servía más vino a su esposa.

Nada parecía depender de una sola voluntad.

William se encontró pensando en hijos.

El pensamiento llegó sin aviso.

Un niño riendo en una mesa así.

Cabello rojizo quizá.

Una niña con la mirada de Frances y una tendencia genética a discutir que probablemente los llevaría a la tumba antes de los cincuenta.

William bajó la copa.

Demasiado.

No debía pensar tan lejos.

Frances lo estaba mirando.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Ella entrecerró los ojos.

—Eso no es verdad.

—Más tarde.

Frances lo estudió.

William sintió miedo de que pudiera leerle la mente.

—¿Algo malo?

—No.

Muy lejos de ello.

—Entonces dígamelo.

—Después.

—William.

Él sonrió.

—Está aprendiendo lo que se siente cuando no le cuentan algo inmediatamente.

Frances lo miró.

—Lo castigaré por eso.

William casi respondió algo inapropiado.

Recordó al padre de ella sentado a cuatro lugares.

Bebió vino.

—Espero con temor.

La mirada de Frances confirmó que sabía exactamente qué había evitado decir.

Aquello no ayudó.

***

Después de la cena salieron a la terraza.

No solos.

Nunca completamente.

Pero Edward había desaparecido con Eleanor bajo la excusa muy poco convincente de buscar una partitura, los marqueses conversaban dentro del salón y Alice permanecía cerca de las puertas.

La noche estaba cálida.

Frances apoyó las manos sobre la balaustrada.

William se colocó a su lado.

—Mañana.

—Sí.

—¿Está nerviosa?

—Mucho.

—Yo también.

Ella lo miró.

—Usted vuelve a casa.

William pensó.

—Sí.

Pero la palabra tenía un significado más confuso que antes.

—¿Le parece casa todavía?

Él tardó.

—Creo que sí.

—Eso no sonó convincente.

—Porque estoy intentando entender qué significa.

Frances guardó silencio.

William miró hacia el jardín.

—Compré una casa.

Ella volvió rápidamente la cabeza.

—¿Qué?

Él sonrió.

—En Nueva York.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Hoy?

—Sí.

Frances abrió los ojos.

—Eso parece una decisión importante para mencionar después del postre.

—No sabía cómo hacerlo.

—Podría haber comenzado con compré una casa.

—Eso hice.

Ella rio.

—¿Por qué?

William sintió la tensión aparecer.

Aquí estaba la línea.

No presionar.

No esconder.

—Porque no quiero vivir con mi padre.

—Eso ya lo sabía.

—Y porque encontré un lugar que sentí mío.

—¿Cómo es?

—Necesita reparaciones.

—Eso le gusta.

—Mucho.

—¿Grande?

—No demasiado.

—¿Jardín?

—Pequeño.

Frances sonrió.

—Parece decepcionado.

—Todavía puede arreglarse.

—William.

Él rio.

—Tiene una biblioteca pequeña.

—Eso es grave.

—Podría ampliarse.

—Mucho mejor.

William la observó.

—Y una habitación vacía.

Frances arqueó una ceja.

—Todas las casas sin muebles tienen habitaciones vacías.

—No de esa forma.

Ella esperó.

William respiró.

—Entré y pensé que podía convertirse en cualquier cosa.

Frances sintió que la ligereza desaparecía.

Él continuó:

—Y pensé que eso me gustaba porque no parecía estar comprando una vida que alguien más ya había decidido.

El significado llegó.

—William.

—No la compré para usted.

Frances sintió algo pequeño romperse.

Él lo vio.

—Eso ha sonado peor de lo que quería.

—Bastante.

William cerró los ojos.

—Déjeme terminar.

Ella esperó.

—La compré para mí.

Frances asintió.

—Pero pensé en usted mientras la escogía.

La herida desapareció.

William continuó antes de perder valor.

—Pensé si le gustaría la luz. Si odiaría el jardín. Si tendría suficiente espacio para libros. Pensé que podía entrar allí y cambiar cosas.

Frances sintió que los ojos comenzaban a arder.

—No quise decírselo porque pensé que parecería que ya estoy construyendo una vida esperando que usted simplemente entre en ella.

—¿Y ahora?

—George me dijo que esconderlo también sería una forma de decidir por usted.

Frances sonrió.

—Empiezo a apreciar a George.

—No demasiado.

Ella rio.

William se volvió hacia ella.

—No quiero que la casa signifique nada que usted no quiera que signifique.

Frances lo observó.

—Pero sí significa algo para usted.

—Sí.

—¿Qué?

William pensó.

—Que quiero dejar de vivir como si siempre estuviera preparado para irme.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Frances sintió que toda la conversación se reducía a eso.

No la casa.

No Nueva York.

Permanecer.

William había construido toda su identidad alrededor de la capacidad de marcharse.

Ahora estaba comprando paredes.

—Quiero verla —dijo.

Él sonrió.

—Bien.

—Y quiero opinar.

—Eso me preocupaba.

—Sobre todo.

—Lo esperaba.

Frances se acercó un poco.

—¿Qué pensó durante la cena?

William recordó.

La mesa.

La risa.

El niño imaginado.

Sintió inmediatamente que no estaba preparado.

—Nada.

Ella lo miró.

—William.

—Es demasiado pronto.

—Eso aumenta mi curiosidad.

—No.

—Me dijo que no escondería cosas.

—Esto no es esconder.

—¿Qué es?

—Posponer.

Frances cruzó los brazos.

William suspiró.

—Pensé en hijos.

El silencio fue absoluto.

Frances dejó de respirar.

Él miró hacia el jardín porque no soportaba verla.

—No de manera específica.

Eso empeoraba cada palabra.

—Quiero decir...

—William.

Él cerró los ojos.

—Pensé en una mesa como esa.

Frances no dijo nada.

—Y en niños.

La voz se volvió más baja.

—Nuestros.

Ahí estaba.

La palabra.

Frances sintió que algo cálido y aterrador se extendía por su pecho.

William volvió hacia ella.

—Sé que es demasiado pronto.

—Deje de decir eso.

Él se detuvo.

Frances respiró.

—¿Cómo eran?

William parpadeó.

—¿Qué?

—Los niños.

Él la miró como si no entendiera.

Frances sonrió con nerviosismo.

—Ya que decidió imaginarlos, al menos quiero saber.

William soltó una risa incrédula.

—Uno tenía su cabello.

Los ojos de Frances se llenaron de lágrimas.

—Eso es poco práctico.

—Muchísimo.

—¿Niño o niña?

—No sé.

—Eso es una imaginación deficiente.

William comenzó a sonreír.

—También había una niña.

—Ah.

—Con su carácter.

Frances hizo una mueca.

—Pobre de nosotros.

—Exactamente.

Ella rio.

William la observó.

La emoción volvió.

—No quiero que eso sea una promesa —dijo.

Frances asintió.

—Lo sé.

—Ni una expectativa.

—También.

—Solo...

—Un pensamiento.

William respiró.

—Sí.

Frances sostuvo su mirada.

—Yo también los he imaginado.

Él quedó completamente inmóvil.

Ella sintió vergüenza inmediata.

—No muchas veces.

William continuó sin moverse.

—Quizá dos.

—Frances.

—O tres.

Él se acercó un paso.

—¿Cuántos?

Ella rio nerviosa.

—¿Cuántos qué?

—Niños.

—No lo sé.

—Eso es evasivo.

—Usted comenzó.

William sonrió.

—Dos.

—¿Dos?

—Quizá tres.

—Eso es una negociación.

—Estoy practicando.

Frances rio.

William levantó una mano.

Esperó.

Ella asintió.

Él tocó suavemente su mejilla.

—Mañana cruzaremos un océano.

—Sí.

—La primera vez que la vi estaba llegando de uno.

Frances sonrió.

Boston.

El puerto.

La insolencia.

—Y me cayó horrible.

—Eso no es verdad.

—Muchísimo.

—Estaba fascinada.

—Quería golpearlo.

—La línea es sorprendentemente fina.

Frances rio.

William se acercó un poco más.

—¿Puedo besarla?

Ella sintió el pulso acelerar.

—Sí.

El beso comenzó despacio.

No necesitaban urgencia.

William apoyó una mano en su cintura y Frances pasó los brazos alrededor de su cuello.

Durante unos segundos todo lo demás desapareció.

El viaje.

Las preguntas.

Cornelius.

La distancia futura.

Solo el presente.

William profundizó el beso apenas.

Frances se acercó.

Él soltó una respiración contra sus labios.

—Deberíamos detenernos.

—Probablemente.

Ninguno lo hizo.

William la besó otra vez.

Y otra.

Hasta que un ruido deliberadamente fuerte apareció detrás de las puertas de la terraza.

Ambos se separaron.

Lord Londonderry se encontraba dentro del salón.

No los miraba.

Pero había dejado caer un libro con demasiada precisión.

Frances cerró los ojos.

William apoyó la frente contra la suya.

—Creo que su padre quiere matarme.

—Siempre.

—Eso resulta extrañamente tranquilizador.

Ella soltó una risa.

William besó su frente.

—Hasta mañana.

Frances negó.

—Viajamos juntos.

—Lo sé.

—Entonces no tiene sentido despedirse.

William la miró.

—Quizá por eso me gusta decirlo.

Ella entendió.

Durante años, despedirse había significado para él irse.

Ahora podía significar simplemente hasta mañana.

—Hasta mañana —dijo.

William sonrió.

—Hasta mañana.

Y se marchó.

Frances permaneció unos minutos más en la terraza.

Al día siguiente comenzaría el viaje.

Pero no era el océano lo que más le preocupaba.

Era lo que encontrarían al otro lado.

Porque William regresaría a Nueva York con una casa propia, un proyecto que empezaba a pertenecerle y una mujer a la que amaba.

Y Cornelius Vanderbilt tendría que decidir qué hacía con un hijo que, por primera vez, parecía dispuesto a quedarse sin obedecer.