CAPITULO 27 #2
—Probablemente lo detestaré durante varios días después de escuchar el anuncio.
Ella rio débilmente.
—Pero no quiero que se equivoque.
—¿Cree que puedo?
Philip pensó.
—Con Vanderbilt, sí.
Frances arqueó una ceja.
Él sonrió.
—No porque sea un mal hombre.
—¿Entonces?
—Porque ambos tienen la alarmante costumbre de convertir cada emoción en un problema que necesita una solución.
Frances quedó inmóvil.
Era injustamente preciso.
—Eso no es verdad.
Philip la miró.
—Elaboró una lista para elegir marido.
—Fue una sola vez.
—Y Vanderbilt elaboró otra para evaluarlos.
Frances cerró los ojos.
—No debería conocer tantos detalles.
—Toda Inglaterra conoce esos detalles.
Ella rio.
Philip se inclinó hacia delante.
—Lo digo en serio.
Frances volvió a mirarlo.
—Usted siente algo y comienza a preguntarse qué significa dentro de cinco años. Él siente algo y comienza a construir una estrategia para evitar perderlo.
—Está cambiando.
—Lo sé.
—Yo también.
—También.
Philip sonrió.
—Por eso quizá funcione.
Frances sintió la emoción suavizarse.
—¿Qué consejo me daría?
—¿Ahora soy su consejero matrimonial?
—El puesto quedó disponible.
Philip rio.
—Vanderbilt jamás debería haberlo aceptado.
—Eso quedó demostrado.
Philip pensó durante varios segundos.
—No se enamore del progreso de un hombre.
Frances frunció el ceño.
—Explíquese.
—Es fácil amar a alguien mientras está mejorando por usted.
La frase produjo una incomodidad inmediata.
—William no cambia solo por mí.
—Bien.
Philip sostuvo su mirada.
—Asegúrese de que siga siendo cierto.
Frances escuchó.
—Si cada transformación depende de conservarla, el día que discutan o usted lo decepcione puede sentir que todo aquello dejó de tener sentido.
—No quiero ser responsable de convertirlo en alguien distinto.
—Entonces no lo sea.
Philip se recostó.
—Ámelo como es ahora y deje que lo que aún debe cambiar le pertenezca a él.
Frances permaneció en silencio.
Era muy parecido a lo que Eleanor le había advertido meses atrás.
No convertir el amor en una tarea de rescate.
—Gracias.
Philip sonrió.
—De nada.
Ella lo observó.
—¿Y usted?
—¿Qué conmigo?
—¿Qué hará ahora?
Él rio.
—Eso suena como si mi vida hubiese terminado porque usted no me eligió.
—No era mi intención.
—Lo sé.
Philip pensó.
—Volveré a Ashcombe. Terminaré el proyecto de la escuela.
Frances sonrió.
—¿Mary?
—Continuará estudiando.
—¿En serio?
—Hablé con su padre. Le pagaré una pequeña cantidad por el trabajo que perderá mientras ella estudia y, cuando tenga edad suficiente, puede ayudar con las cuentas de la finca si todavía desea hacerlo.
La alegría fue inmediata.
—Eso es maravilloso.
Philip la observó.
—Sabía que le gustaría.
—Muchísimo.
—Y quizá vuelva a Londres el próximo año.
—¿Para buscar esposa?
Philip hizo una mueca.
—Probablemente mi madre me obligará.
Frances rio.
—Espero que encuentre alguien.
—Yo también.
Su expresión se suavizó.
—Alguien que no esté pensando en un americano cada vez que intento besarla sería un comienzo excelente.
Frances sintió calor en el rostro.
—Philip.
Él rio.
—Tenía que decirlo una última vez.
—Fue cruel.
—Me lo he ganado.
Frances sonrió.
Philip se puso de pie.
Ella también.
Por un momento la despedida se volvió difícil.
No porque quisiera cambiar el pasado.
Sino porque Philip había formado parte importante de él.
—Fue una buena posibilidad —dijo Frances.
Él la miró.
—No diga eso si cree que me hará sentir mejor.
—No.
Ella respiró.
—Quiero decir que nunca fue un error considerarlo.
La expresión de Philip cambió.
—Gracias.
Frances sintió que los ojos se humedecían.
—Y siento haberlo herido.
—Eso sí puede decirlo.
Ella sonrió entre lágrimas.
Philip se acercó.
Abrió los brazos ligeramente.
—¿Puedo?
Frances asintió.
El abrazo fue breve.
Cálido.
Completamente distinto a William.
No menos sincero.
Cuando se separaron, Philip volvió a sonreír.
—Dígale a Vanderbilt que finalmente encontré el defecto principal de su lista.
—¿Otro?
—Sí.
—¿Cuál?
Philip tomó su sombrero.
—Evaluaba qué podían ofrecerle los hombres a usted.
Frances esperó.
—Nunca preguntaba qué podía ofrecer usted a cada uno.
La frase la sorprendió.
Philip continuó:
—Eso también importa. No solo quién la hace feliz. También con quién desea usted convertirse en alguien que da, construye y permanece.
Frances sintió que algo profundo se movía dentro de ella.
—Lo recordaré.
—Hágalo.
Philip caminó hacia la puerta.
Se detuvo.
—Buen viaje, Frances.
—Gracias.
—Y si Vanderbilt hace algo imperdonable...
Ella levantó una ceja.
Philip sonrió.
—No venga a buscarme inmediatamente. Déjeme por lo menos seis meses para recuperar dignidad.
Frances soltó una carcajada.
—Prometido.
Él inclinó la cabeza.
Y se marchó.
Frances permaneció mirando la puerta cerrada.
Otra despedida.
Otra vida posible cerrándose con dignidad.
Pero esta vez la tristeza tenía un peso diferente.
No dudaba.
Solo reconocía que cada elección verdadera dejaba algo atrás.
***
William encontró la casa en Washington Square a las cuatro de la tarde.
Y la odió durante exactamente siete minutos.
El exterior era demasiado sobrio.
La entrada necesitaba reparaciones.
Uno de los postigos estaba torcido.
El jardín trasero había sido descuidado durante al menos dos años.
—No —dijo al entrar.
George sonrió.
—Espera.
—No.
—Cinco minutos.
—Ya sé que no.
Subieron.
El salón del primer piso tenía ventanas grandes.
Demasiada luz.
Frances amaría la luz.
William se molestó consigo mismo.
Continuaron.
La biblioteca era pequeña.
Pero tenía una puerta hacia una terraza estrecha.
Frances podría leer allí.
William volvió a irritarse.
La cocina necesitaba renovaciones.
El comedor no era excesivamente grande.
El dormitorio principal daba al jardín.
Y al final del corredor había una habitación vacía con paredes claras que no parecía saber todavía qué quería ser.
William entró.
Se detuvo.
George permaneció en la puerta.
—Ah.
—No digas nada.
—No dije.
William caminó hacia la ventana.
Desde allí podía verse la parte superior de los árboles de la plaza.
No era Blackwood Hall.
No intentaba serlo.
Tampoco era la casa de Cornelius.
No tenía historia familiar.
No tenía muebles.
No tenía una sola decisión tomada por generaciones anteriores.
Estaba vacía.
William sintió algo.
Espacio.
Posibilidad.
—¿Cuánto? —preguntó.
El agente respondió.
George soltó un silbido.
William ni siquiera parpadeó.
—La quiero.
—¿No desea negociar?
William volvió hacia él.
—Sí.
George rio.
—Ahí está mi hermano.
La negociación tomó cuarenta minutos.
William consiguió reducir el precio lo suficiente como para sentirse moralmente satisfecho aunque la diferencia no alterara absolutamente nada en su fortuna.
Cuando el agente se marchó para preparar documentos, George se dejó caer sobre el marco de una puerta.
—Frances va a gustarle.
William lo miró.
—No la compré para Frances.
—Claro.
—George.
—La habitación vacía te convenció.
William guardó silencio.
Su hermano sonrió.
—Porque todavía puede convertirse en cualquier cosa.
William volvió la mirada hacia ella.
—Sí.
George dejó de bromear.
—¿Se lo dirás?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que sienta que ya estoy construyendo una vida alrededor de una respuesta que todavía no me dio.
George asintió.
—Eso es sorprendentemente sensato.
—Estoy empezando a arrepentirme de permitirte recuperarte.
—Madre se enfadaría.
William sonrió.
George se acercó a la ventana.
—¿Cuándo llegan?
—El martes.
—Sophia cuenta los días.
—Lo sé.
—Madre también.
William guardó silencio.
—Padre no.
William sonrió sin humor.
—Padre probablemente cuenta contratos.
George lo observó.
—Ya sabe quién es Frances.
—Por cartas y por todo lo que tú y Sophia decidieron contarle.
—Suficiente.
William apoyó una mano sobre el marco de la ventana.
—No la conoce.
—Lo hará pronto.
—Eso me preocupa.
George soltó una pequeña risa.
—A mí me preocupa por él.
William lo miró.
—No subestimes a padre.
—No.
George sonrió.
—Pero tampoco subestimes a una mujer que hizo que tú aprendieras a pedir permiso antes de hablar.
—Eso no ocurre.
—O tocar.
William cerró los ojos.
—Sophia te cuenta demasiado.
—Todos me cuentan demasiado.
El humor disminuyó.
George miró hacia la plaza.
—¿Qué harás si no le gusta?
La pregunta podía significar dos cosas.
Nueva York.
O Frances a Cornelius.
William eligió la primera.
—No lo sé.
—¿Y si le encanta?
Eso era casi más aterrador.
William sonrió.
—Tampoco.
George lo observó.
—Realmente estás cambiando.
—¿Por qué?
—Antes tendrías cinco planes para ambas posibilidades.
William pensó.
—Los tengo.
George comenzó a reír.
—Ah.
—Solo intento no utilizarlos todavía.
—Eso cuenta.
William miró una vez más la habitación vacía.
—Quiero que ella la vea.
—¿La casa?
—Sí.
—Pensé que no ibas a decirle.
—No diré que la compré pensando en nosotros.
George arqueó una ceja.
—Porque eso sería mentira.
William hizo una mueca.
—No completamente.
—William.
—Pensé en mí.
—Y en ella.
—Sí.
—Entonces dile la verdad.
William guardó silencio.
George continuó:
—Estás tan obsesionado con no presionarla que puedes terminar ocultando lo que realmente quieres.
Aquello era incómodo.
—No es lo mismo.
—Puede llegar a serlo.
William lo miró.
—Si Frances pregunta por qué escogiste esta casa, ¿qué vas a decir?
—Que tiene buena luz.
George soltó una carcajada.
—Cobarde.
William sonrió.
—Probablemente.
Pero cuando abandonó Washington Square esa tarde, la frase quedó acompañándolo.
No presionar.
No esconder.
Existía una línea entre ambas cosas.
Y todavía estaba aprendiendo dónde se encontraba.
***
La noche anterior a la partida, William cenó con los Vane.
No era una cena formal.
Precisamente por eso fue peor.
Porque la cercanía hacía que todo pareciera demasiado parecido a una familia.
Edward discutía con su padre acerca de la cantidad de equipaje.
Lady Beatrice intentaba determinar si había enviado instrucciones correctas para abrir la casa que ocuparían durante la estancia.
Eleanor había conseguido finalmente permiso para viajar bajo la protección de una tía viuda que se uniría al grupo en Liverpool.
Frances estaba sentada frente a William.