Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 27
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CAPITULO 27

L as tres semanas siguientes tuvieron una cualidad extraña.

No fueron tranquilas. Tampoco particularmente agitadas.

Simplemente estuvieron llenas de despedidas que todavía no eran despedidas, preparativos que Frances fingía considerar normales y una conciencia cada vez más intensa de que cada día que pasaba la acercaba a una vida que hasta hacía poco solo había imaginado desde la seguridad de Inglaterra.

Nueva York había comenzado siendo una palabra.

Después se convirtió en cartas.

En historias de William sobre calles demasiado ruidosas, negocios que jamás dormían y una familia capaz de amarse con la misma intensidad con que se hacía daño.

Ahora tenía fecha.

Barco.

Baúles.

Y una madre que llevaba cuatro días discutiendo con una modista porque consideraba imposible viajar al otro lado del Atlántico con solo seis vestidos de noche.

—No voy a asistir a seis bailes por semana —protestó Frances desde el centro del dormitorio mientras Alice sostenía frente a ella dos capas de viaje.

Lady Beatrice, sentada junto a la ventana, ni siquiera levantó la cabeza de una lista.

—Eso dices ahora.

—Mamá.

—Nueva York tiene sociedad.

—Lo sé.

—Y Vanderbilt.

Frances sintió el calor ascender por su rostro.

—Eso no tiene ninguna relación con mis vestidos.

—Naturalmente.

Frances cerró los ojos.

Aquella palabra había dejado de pertenecer únicamente a William y comenzaba a utilizarse en su contra dentro de toda la familia.

—La azul —decidió Alice.

Frances la miró.

—¿Qué?

—La capa azul, milady. Para el barco.

—Gracias.

Lady Beatrice marcó algo en la lista.

—Y la verde.

—¿Por qué necesito dos?

—Porque puede llover.

—Si llueve, la azul también se moja.

Su madre levantó la cabeza.

—Ese razonamiento explica por qué no te permito preparar sola tu equipaje.

Frances intentó responder.

No encontró nada suficientemente respetuoso.

Alice disimuló una sonrisa.

En la habitación contigua se escuchó un golpe fuerte seguido por la voz de Edward.

—¡No pienso llevar eso!

Lady Beatrice cerró los ojos.

Frances sonrió.

—¿Qué ocurre?

Un criado apareció en la puerta.

—Lord Edward se niega a permitir que empaquen su abrigo de piel.

—Vamos en verano —gritó Edward desde la otra habitación.

Lady Beatrice levantó la voz.

—¡Y regresaremos cuando el clima pueda haber cambiado!

—¡Nueva York no es Siberia!

Frances comenzó a reír.

Su madre se puso de pie.

—Vuelvo enseguida.

—No lo mates.

—No prometo nada.

Lady Beatrice salió.

Alice esperó hasta que los pasos desaparecieron.

—¿Está nerviosa?

Frances miró hacia el espejo.

La pregunta no necesitaba aclaración.

—Sí.

—Por el viaje.

—Entre otras cosas.

Alice dobló cuidadosamente la capa.

Frances permaneció inmóvil.

En los últimos días había aprendido que la felicidad y el miedo podían convivir de una forma casi irritante.

William la visitaba cada tarde.

Algunas veces apenas una hora.

Otras permanecía hasta la cena.

Habían paseado, discutido, leído juntos, hablado sobre Nueva York y evitado deliberadamente hablar demasiado sobre matrimonio.

No porque el tema hubiese desaparecido.

Precisamente porque estaba en todas partes.

Cada vez que William decía nuestra casa y corregía la frase demasiado tarde.

Cada vez que Frances preguntaba algo sobre la empresa que solo tendría importancia si algún día realmente compartía aquella vida.

Cada vez que sus padres lo observaban durante la cena como si evaluaran no ya a un pretendiente, sino a un posible miembro permanente de la familia.

Nada estaba decidido formalmente.

Y, sin embargo, casi todo parecía estar avanzando hacia una conclusión inevitable.

Aquello era lo que más asustaba a Frances.

No dudar de William.

Sino comenzar a imaginarlo dentro de cada parte del futuro.

—¿Qué otras cosas? —preguntó Alice.

Frances volvió hacia ella.

—No sé cómo será verlo allá.

—¿Distinto?

—Tal vez.

La doncella continuó doblando ropa.

—El señor Vanderbilt parece bastante igual en todas partes.

Frances sonrió.

—No lo ha visto con su padre.

—No.

—Yo tampoco.

Eso era exactamente el problema.

Conocía la versión que William había construido lejos de Cornelius.

Había escuchado relatos acerca del hombre que era antes.

El hijo orgulloso.

El joven empeñado en convertir cada orden paterna en una provocación.

El hombre que había confundido independencia con distancia y libertad con la capacidad de marcharse.

Pero no lo había visto regresar al lugar donde todos esos mecanismos habían nacido.

Frances se acercó a la ventana.

Abajo, Londres continuaba como si nada estuviera cambiando.

Carruajes.

Vendedores.

Caballeros caminando hacia clubes.

Damas bajo sombrillas.

Su ciudad.

Su mundo.

—Quizá sea diferente —dijo.

Alice se colocó a su lado.

—¿Y si lo es?

Frances pensó.

—Entonces tendré que decidir si también puedo amar a ese William.

Alice guardó silencio.

Era una forma extraordinariamente sencilla de decir algo que Frances llevaba semanas complicando.

***

William tenía problemas de naturaleza completamente diferente.

—No.

El agente inmobiliario parpadeó.

—Señor Vanderbilt, ni siquiera ha visto el comedor.

—No.

—La propiedad tiene seis dormitorios.

—Demasiados.

—Me dijo que quería espacio para una familia.

William se volvió lentamente.

—No dije cuántos miembros.

El hombre lo observó con cautela.

William pasó una mano por el cabello.

—Lo siento.

—No hay problema, señor.

Sí lo había.

Era la quinta casa que rechazaba en tres días.

La primera había sido demasiado cercana a la residencia de Cornelius.

La segunda demasiado ostentosa.

La tercera tenía una escalera que le recordaba exactamente a la casa donde había crecido.

La cuarta estaba frente a una avenida que Sophia había considerado insoportablemente ruidosa.

Ahora la quinta poseía seis dormitorios y aquello, por alguna razón, le había parecido una declaración prematura acerca de hijos que Frances todavía ni siquiera había aceptado tener con él.

El agente abrió la boca.

William levantó una mano.

—No diga nada.

El hombre la cerró.

George, sentado junto a una ventana al otro extremo del salón, comenzó a reír.

William lo miró.

—Tú no estabas invitado.

—Precisamente por eso vine.

George se levantó.

Se había recuperado casi por completo, aunque todavía estaba algo más delgado y los médicos continuaban prohibiéndole esfuerzos que ignoraba con gran regularidad.

—La casa es bonita.

—Eso no significa nada.

—Está cerca del parque.

—También.

—Tiene un jardín.

—Pequeño.

—Frances vive la mayor parte del tiempo en Londres.

William se volvió.

—Eso no significa que quiera un jardín miserable.

George sonrió.

—No estás comprando una casa para Frances.

—Exactamente.

—Eso es lo que dices desde la primera.

William lo miró.

El agente inmobiliario decidió estudiar intensamente el techo.

—Quiero una casa donde yo pueda vivir —dijo William.

—Solo.

—Por ahora.

George sonrió.

—Y que casualmente pueda gustarle a una mujer inglesa pelirroja que llegará en menos de una semana.

—Eso es secundario.

—Naturalmente.

William cerró los ojos.

—Esa palabra ya debería estar prohibida en dos continentes.

George rio.

El agente continuó mirando el techo.

William se acercó a una ventana.

La casa era buena.

Eso era precisamente lo irritante.

No tenía nada objetivamente malo.

Pero no podía imaginar a Frances allí.

Y se odiaba un poco por utilizar aquel criterio.

—¿Qué buscas realmente? —preguntó George.

William permaneció de espaldas.

—No sé.

—Sí sabes.

—No.

George se acercó.

—Quieres una casa que no pertenezca a padre.

—Eso es evidente.

—Y que tampoco parezca escogida para demostrar que no pertenece a padre.

William se volvió.

La precisión lo molestó.

—Continúa.

George sonrió.

—Quieres un lugar donde puedas entrar sin sentir que estás actuando.

William no respondió.

—Y quieres que Frances pueda entrar y cambiar cosas sin sentir que está invadiendo.

Eso sí.

Exactamente.

William miró alrededor otra vez.

El salón era demasiado perfecto.

Paneles oscuros.

Muebles seleccionados por una familia que había vivido allí durante décadas.

Retratos.

Cortinas pesadas.

Una casa terminada.

Otra vez aquella palabra.

Terminada.

Montrose.

Frances.

Él.

—No es esta —decidió.

El agente suspiró discretamente.

William se volvió.

—La próxima.

—Tenemos una en Washington Square.

George levantó las cejas.

—Esa podría gustarte.

—¿Por qué?

—Menos pretenciosa.

William miró al agente.

—Vamos.

***

A aquella misma hora, Frances recibió una visita inesperada.

Philip Ashcombe llegó poco después del almuerzo.

No habían estado a solas desde que su cortejo terminó.

Frances sintió una punzada de aprensión cuando el mayordomo anunció su presencia, pero Philip entró con la misma serenidad que siempre había poseído y una expresión ligeramente divertida.

—Lady Frances.

—Philip.

Él arqueó una ceja.

—Eso suena peligrosamente amistoso.

—Pensé que después de todo podía utilizar su nombre.

—Le concederé el privilegio.

Frances sonrió.

Philip tomó asiento.

—He venido a despedirme.

—¿Se marcha?

—A Yorkshire durante algunas semanas.

—No sabía.

—Decidí adelantar el viaje.

Frances comprendió.

La temporada ya no tenía demasiado que ofrecerle.

—Lo siento.

Philip negó.

—No lo haga.

—No me refiero solo...

—Lo sé.

Sonrió.

—Y realmente estoy bien.

Frances quiso creerle.

Probablemente era cierto en gran parte.

—Escuché que viajará a Nueva York.

La noticia ya circulaba.

—Sí.

Philip inclinó la cabeza.

—Vanderbilt es extraordinariamente eficiente.

—No fue idea suya únicamente.

—Eso me tranquiliza.

Frances sonrió.

—Quiero conocer su vida.

—Tiene sentido.

Philip guardó silencio un momento.

—¿Va a casarse con él?

La pregunta la tomó desprevenida aunque ya había respondido algo similar a su padre.

—Todavía no me lo ha pedido.

Philip sonrió.

—Eso no responde.

Frances bajó la mirada.

—Creo que sí.

Cuando volvió a levantarla, había tristeza en los ojos de Philip.

No devastación.

Pero sí la confirmación definitiva de una esperanza que probablemente había mantenido escondida.

—Entonces espero que lo haga bien.

Frances sintió un nudo en la garganta.

—Philip.

—No estoy siendo heroico.

Él soltó una pequeña risa.