Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 26 #4
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CAPITULO 26 #4

Frances sintió que la pregunta atravesaba todo el rodeo.

—Sí.

La palabra salió antes de que pudiera suavizarla.

Lord Londonderry quedó inmóvil.

Ella también.

Era la primera vez que lo decía.

No quiero.

No podría.

No quizá.

Sí.

—Todavía no me lo ha pedido —añadió.

La voz salió más baja.

Su padre se acercó y tomó el asiento frente a ella.

—Pero si lo hiciera.

Frances respiró.

Pensó en Nueva York.

En Cornelius.

En perder temporadas con su familia.

En construir algo que todavía no tenía forma.

Pensó en William mirándola desde el otro lado del salón.

En sus discusiones.

En sus cartas.

En la forma en que ahora preguntaba antes de tocarla.

—Creo que diría que sí.

Lord Londonderry cerró los ojos un instante.

Frances sintió miedo.

—¿Eso le preocupa?

Él abrió los ojos.

—Muchísimo.

Ella intentó sonreír.

—Eso no parece una bendición.

—Porque eres mi hija.

La respuesta fue tan sencilla que Frances sintió que algo se aflojaba dentro de ella.

—Si te casaras con Philip me preocuparía.

—Menos.

—Probablemente.

Ella rio.

—Con Montrose también.

—Mucho menos.

—Papá.

Lord Londonderry sonrió.

Después se puso serio.

—Pero no porque Vanderbilt sea peor hombre.

Frances esperó.

—Porque su vida está más lejos.

Aquello era lo que realmente dolía.

—Lo sé.

—Nueva York no es una propiedad a dos días de distancia.

—No.

—Si tienes hijos allí...

Frances sintió calor en el rostro.

Su padre continuó como si no lo notara.

—No podremos aparecer cada semana.

—Lo sé.

—Tu madre fingirá que eso no la afecta y después llorará durante meses.

Frances sintió que sus propios ojos comenzaban a arder.

—Papá.

—Y Edward probablemente encontrará una excusa absurda para cruzar el océano tres veces al año.

Ella rio entre lágrimas.

—Eso podría ser peor.

—Muchísimo.

Lord Londonderry sonrió con tristeza.

—Eso es lo que me preocupa.

Frances comprendió.

No William.

La distancia.

El cambio.

El hecho inevitable de que amar a alguien también reorganizara todos los otros amores de su vida.

—No quiero perderlos.

Su padre tomó su mano.

—No lo harás.

—Pero cambiará.

—Sí.

Frances respiró temblorosamente.

—Eso es lo que mamá dijo.

—Tu madre suele tener razón de formas particularmente irritantes.

Ella sonrió.

—Entonces ¿me permite ir?

Lord Londonderry la observó durante un largo momento.

—Sí.

Frances sintió una mezcla inmediata de alegría y miedo.

—¿En serio?

—Con condiciones.

Ella cerró los ojos.

—Naturalmente.

Su padre levantó una ceja.

Frances empezó a reír.

—Lo siento.

—Vanderbilt.

—Sí.

Lord Londonderry negó.

—Ese hombre va a arruinar mi vocabulario.

Frances rio más fuerte.

Cuando el humor disminuyó, su padre continuó:

—Tu madre irá.

—Bien.

—Yo también.

Frances abrió mucho los ojos.

—¿Usted?

—¿Parece sorprendente?

—Muchísimo.

—Quiero conocer a Cornelius Vanderbilt.

Frances sintió un escalofrío de diversión.

—Eso podría terminar muy mal.

—Por eso voy.

—Papá.

—También quiero ver el proyecto de William.

La explicación tenía sentido.

—¿Edward?

Lord Londonderry suspiró.

—Insiste.

—Por supuesto.

—Y sospecho que Eleanor encontrará alguna razón para viajar.

Frances sonrió.

—¿Le molestaría?

Su padre la miró.

—No mientras Edward no haga ninguna estupidez.

—Entonces debería prohibirle el viaje.

—Lo consideré.

Frances rio.

Lord Londonderry apretó suavemente su mano.

—Ve a Nueva York.

Ella volvió a ponerse seria.

—Conócelo allí.

—Lo haré.

—No al hombre que intenta cortejarte.

Frances frunció el ceño.

—¿A quién entonces?

—Al que aparece cuando vuelve a ser hijo de Cornelius Vanderbilt.

Aquello coincidía exactamente con lo que William quería mostrarle.

—Y deja que él conozca quién eres cuando no estás aquí.

—¿Qué significa eso?

—Lo descubrirás.

Frances sintió una inquietud pequeña.

Pero no desagradable.

Su padre sonrió.

—Después, si todavía quieres casarte con él...

Frances esperó.

Lord Londonderry suspiró.

—Intentaré no dispararle.

Ella comenzó a reír.

Se levantó y rodeó el escritorio para abrazarlo.

Su padre quedó rígido solo un instante antes de devolverle el abrazo.

—Gracias.

—Todavía no me agradezcas.

—¿Por qué?

—Tengo que pasar varias semanas con Cornelius Vanderbilt.

Frances rio contra su hombro.

—Quizá se hagan amigos.

Lord Londonderry se apartó inmediatamente.

—No abuses de mi generosidad.

Ella sonrió.

Pero mientras salía del despacho, la emoción comenzó a crecer de una forma nueva.

Nueva York.

Ya no era una idea escrita en una carta.

Ni una posibilidad futura.

Iba a ir.

Conocer la casa donde William había crecido.

La familia que lo había convertido en quien era.

Los lugares donde había aprendido a huir.

Y la vida que quizá, algún día, también podría pertenecerle.

Frances caminó hacia su dormitorio.

El cuaderno azul continuaba sobre la mesa.

Lo abrió.

Escribió una sola frase.

Voy a Nueva York.

Después pensó.

Y añadió:

Y por primera vez no quiero saber exactamente qué ocurrirá cuando llegue.

Cerró el cuaderno.

Tres semanas.

En tres semanas cruzaría el Atlántico.

Y al otro lado estaría Cornelius Vanderbilt.

Frances sonrió lentamente.

Quizá William no era el único que debía preocuparse.