CAPITULO 26 #3
—Eso descubrí.
—¿Cómo?
—Me lo dijo.
Frances cerró los ojos.
—Voy a mudarme.
—Nueva York parece conveniente.
Ella lo miró.
William sonrió.
—Demasiado pronto.
—Muchísimo.
Frances le dio un pequeño golpe en el pecho.
William atrapó suavemente su mano.
No la soltó.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Depende.
—¿Qué escribió en el cuaderno?
Ella intentó retirar la mano.
Él la soltó inmediatamente.
—No.
—Una palabra.
—No.
—Una frase.
—William.
—¿Algo sobre mí?
Frances sonrió.
—Tal vez.
Él se acercó.
—¿Bueno?
—No siempre.
—Eso es cruel.
—Está prohibido leerlo.
—Nunca lo haría sin permiso.
Frances lo creyó.
Y eso hizo que la sonrisa desapareciera lentamente.
William vio el cambio.
—¿Qué?
Ella miró hacia el cuaderno.
—Escribí ayer que estaba enamorada de usted.
William dejó de respirar.
Frances sintió el rubor aumentar.
—Antes de decírselo.
—¿En serio?
—Sí.
Él observó el pequeño volumen azul como si acabara de convertirse en un objeto sagrado.
—Quiero ese cuaderno cuando muramos.
Frances abrió mucho los ojos.
—Eso es terriblemente morboso.
—Quiero decir dentro de setenta años.
—Mejor.
William sonrió.
—¿Podré leerlo algún día?
Ella pensó.
—Quizá.
—¿Después de casarnos?
Frances lo miró.
Él se congeló.
—Eso fue accidental.
—No pareció.
—Estoy intentando mejorar.
Ella comenzó a reír.
William también.
La palabra matrimonio ya no los aterrorizaba de la misma manera.
Todavía era enorme.
Pero empezaba a pertenecer al futuro en lugar de ser una amenaza.
Frances volvió hacia la ventana.
—Nueva York.
William se colocó a su lado.
—Sí.
—Nunca he estado.
—Lo sé.
—¿Es tan ruidosa como dicen?
—Más.
—¿Sucias las calles?
—Algunas.
—¿Y la casa de sus padres?
William sonrió.
—Demasiado grande.
—Eso viniendo de un hombre criado entre mansiones inglesas resulta preocupante.
—Mi madre intentará hacer que coma constantemente.
—Eso me agrada.
—Sophia hará preguntas inapropiadas.
—También me agrada.
—George probablemente intentará contarle historias sobre mi infancia.
Frances sonrió.
—Eso me encanta.
William la miró.
—Mi padre intentará impresionarla.
—No funcionará.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Ella rio.
—¿Y usted?
—¿Qué conmigo?
—¿Qué hará cuando vuelva a Nueva York con una mujer inglesa enamorada de usted?
William la observó durante un largo momento.
La pregunta parecía humorística.
No lo era completamente.
—Intentaré no convertirme otra vez en el hombre que era antes de marcharme.
Frances negó.
—Respuesta incorrecta.
William frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque acaba de hacerlo otra vez.
—¿Qué?
—Convertirse en advertencia.
Él cerró los ojos.
—Maldita sea.
Frances rio.
William también.
—Bien.
Respiró.
—Intentaré mostrarle mi ciudad.
—Mejor.
—Llevarla a los lugares que me gustan.
—Bien.
—Discutir con mi padre delante de usted al menos una vez.
—Eso parece inevitable.
—Y besarla en algún sitio donde George no pueda aparecer.
Frances se ruborizó.
—William.
—¿Eso cuenta como planificación demasiado específica?
—Muchísimo.
—Entonces lo borraré.
—No he dicho eso.
El silencio apareció.
William giró lentamente el rostro.
Frances continuaba mirando hacia la ventana.
Pero sonreía.
—Lady Frances.
—Señor Vanderbilt.
—Está jugando con fuego.
—Usted empezó.
William rio.
Y durante los minutos siguientes hablaron de Nueva York.
No de grandes decisiones.
De cosas pequeñas.
El puerto.
Las calles.
Los puestos de fruta.
El ruido de Broadway.
Los inviernos.
El río Hudson.
Los lugares donde William había escapado de joven cuando quería permanecer lejos de Cornelius.
Frances escuchó con una atención que él no había esperado.
Le preguntó por los barcos.
Por las mujeres de la sociedad neoyorquina.
Por las diferencias entre una temporada inglesa y una americana.
Por la forma en que las familias ricas educaban a sus hijas.
Por los teatros.
Por los mercados.
Por los barrios donde vivían los inmigrantes.
William se sorprendió descubriendo cuánto quería mostrarle.
No una ciudad perfecta.
La suya.
La ciudad que había amado y odiado casi en partes iguales.
La conversación se extendió hasta que una campana anunció que faltaba poco para el té.
Frances miró hacia el reloj.
—Llevamos casi dos horas.
William hizo una mueca.
—Otra vez demasiado poco.
—Eso dice siempre.
—Porque es verdad.
Ella sonrió.
William se volvió completamente hacia ella.
—Frances.
—¿Sí?
—Estoy muy feliz.
La sencillez la dejó sin respuesta.
No parecía una frase propia de él.
Precisamente por eso resultaba más poderosa.
—Yo también.
William sonrió.
—Eso es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque empiezo a acostumbrarme.
Frances sintió una ternura profunda.
—Tal vez pueda hacerlo.
William bajó la mirada.
—¿Acostumbrarme?
—A ser feliz.
Él levantó los ojos.
Frances sostuvo su mirada.
—Sin pensar inmediatamente qué va a destruirlo.
William quedó inmóvil.
No existía una respuesta ingeniosa.
Por una vez no la buscó.
Solo tomó la mano de Frances y la llevó a sus labios.
La besó lentamente.
—Estoy aprendiendo.
Ella sonrió.
—Bien.
La puerta se abrió sin aviso.
Edward entró.
William no soltó inmediatamente la mano de Frances.
Edward se detuvo.
Miró sus manos.
Después sus rostros.
—Ah.
Frances cerró los ojos.
—No.
—No he dicho nada.
—Vas a hacerlo.
—Probablemente.
William soltó la mano de Frances.
—¿Qué quieres?
Edward sonrió.
—Padre me envió.
William se tensó.
—¿Por qué?
—Quiere hablar con Frances.
Ella miró a su hermano.
—¿Ahora?
—Sí.
Edward dirigió la mirada hacia William.
—A solas.
William suspiró.
—Naturalmente.
Frances empezó a reír.
Él la señaló.
—No utilice esa palabra.
Edward los observó.
—Definitivamente me he perdido algo.
—Muchísimo —respondió Frances.
William tomó su sombrero.
—Entonces supongo que debo marcharme.
Frances lo acompañó hacia la puerta.
Edward permaneció incómodamente cerca.
William lo miró.
—¿Podrías darnos treinta segundos?
—No.
—Edward.
—Papá dijo que la llevara inmediatamente.
Frances suspiró.
William sonrió.
—Esto es lo que me espera durante el resto de mi vida.
La frase salió sin que la pensara.
Los tres quedaron en silencio.
William parpadeó.
Frances sintió que el corazón se detenía.
Edward sonrió lentamente.
—Interesante.
William cerró los ojos.
—Vete.
—Con mucho gusto.
Edward salió.
Milagrosamente.
William volvió hacia Frances.
—No quise decir...
—Sí quiso.
Él abrió los ojos.
Frances sonreía.
—Solo que todavía no pensaba decirlo en voz alta.
William la observó.
—¿Le molesta?
Ella negó.
—No.
—Bien.
Un silencio suave apareció.
William quiso besarla.
La puerta podía abrirse otra vez.
Frances parecía haber pensado lo mismo.
—Mañana —dijo.
—¿A qué hora?
Ella rio.
—No sé.
—Frances.
—Le enviaré una nota.
—Eso es cruel.
—Sobrevivirá.
William levantó una ceja.
—Después de la nota de anoche, no estoy seguro.
Frances sonrió.
—Buenas tardes, William.
Él tomó su mano.
—Buenas tardes.
Se inclinó.
Besó sus nudillos.
Y salió.
Frances permaneció observando el corredor vacío unos segundos.
Después caminó hacia el despacho de su padre.
Esta vez no estaba nerviosa.
No demasiado.
Porque sabía exactamente qué quería decirle.
Y por primera vez no necesitaba una lista para hacerlo.
***
Lord Londonderry la esperaba de pie junto a la ventana.
Cuando Frances entró, él señaló el sillón.
—Cierra la puerta.
Ella obedeció.
—William dice que hablaron.
—Sí.
—Y supongo que quiere preguntarme por Nueva York.
—Entre otras cosas.
Frances tomó asiento.
Su padre permaneció de pie.
—¿Quieres ir?
—Sí.
La respuesta inmediata produjo un pequeño movimiento en su expresión.
—¿Por qué?
—Porque quiero conocer su vida.
—Podría contártela.
—No es lo mismo.
Su padre asintió.
—¿Planeas casarte con él?