CAPITULO 26 #2
William pensó en varias ideas que acababan de morir.
—De acuerdo.
—No parece convencido.
—Estoy ajustando planes que técnicamente todavía no existían.
Lord Londonderry entrecerró los ojos.
—Vanderbilt.
—Acepto.
—Bien.
El marqués volvió a sentarse.
William creyó que la conversación había terminado.
Entonces llegó la pregunta que realmente importaba.
—¿Qué hará si Cornelius Vanderbilt no la acepta?
William no necesitó pensar.
—No necesita aceptarla.
Lord Londonderry lo estudió.
—Es su padre.
—Sí.
—Y continúa siendo parte central de su negocio.
—Sí.
—Entonces no puede fingir que su opinión carece de consecuencias.
—No lo hago.
William apoyó la copa sobre el escritorio.
—Pero tampoco voy a convertir su aprobación en condición para mi matrimonio.
—Es fácil decirlo aquí.
—Lo sé.
—A miles de kilómetros.
—También.
Lord Londonderry no apartó la mirada.
William comprendió que necesitaba algo más.
—Mi padre puede complicar las cosas.
—Muchísimo.
—Puede retirar apoyo al proyecto.
—Sí.
—Puede intentar hacerme elegir.
—Probablemente lo hará.
William sintió el peso de esas posibilidades.
Ya no como una abstracción.
Si Cornelius odiaba la idea de Frances, podía convertir cada negociación en una guerra. Podía cuestionar el tiempo que William pasara en Inglaterra. Podía usar la empresa como instrumento de presión.
El antiguo William habría respondido que abandonaría todo.
Que construiría otra cosa.
Que demostraría que no necesitaba a nadie.
Ahora entendía que aquello también podía ser una reacción infantil.
—No sé exactamente qué haré hasta saber qué intenta —dijo.
El marqués esperó.
—Pero sí sé algo.
William sostuvo su mirada.
—No le permitiré hacer que Frances pague por mi necesidad de demostrarle algo.
Lord Londonderry quedó inmóvil.
—Si tengo que abandonar la compañía, será porque sea la decisión correcta para nuestra vida, no porque quiera desafiarlo.
—¿Y si quedarse es la decisión correcta?
—Me quedaré.
—Aunque Frances prefiera que lo deje.
William pensó.
—Entonces tendremos una discusión muy larga.
Lord Londonderry sonrió.
—Eso suena menos romántico.
—Empiezo a sospechar que el matrimonio consiste principalmente en conversaciones inconvenientes.
—Ahora sí está aprendiendo.
William bebió el resto del brandy.
—Entonces.
El marqués lo miró.
—¿Entonces qué?
—¿Puedo decirle a Frances que usted no me disparó?
—Puede decirle que todavía lo estoy considerando.
William rio.
Se puso de pie.
Lord Londonderry también.
Por un momento ambos permanecieron frente a frente.
La relación entre ellos había cambiado de una manera extraña.
William ya no era solo el americano arrogante al que el marqués había permitido permanecer en Blackwood Hall por curiosidad y utilidad comercial.
Tampoco era todavía familia.
Pero la posibilidad estaba allí.
Y ambos lo sabían.
—Vanderbilt.
William se detuvo.
—¿Sí?
—Una cosa más.
—Siempre hay una cosa más.
Lord Londonderry ignoró el comentario.
—No lleve a mi hija a Nueva York para convencerla de que puede vivir allí.
William frunció el ceño.
—Entonces ¿para qué?
—Para descubrir si puede.
El significado se asentó lentamente.
—Hay una diferencia.
—Sí.
El marqués se acercó.
—Si convierte cada experiencia en una demostración de lo maravillosa que sería su vida americana, Frances lo notará.
—Ella nota todo.
—Exactamente.
—Entonces dejaré que Nueva York se defienda sola.
Lord Londonderry sonrió.
—Eso probablemente sea suficiente.
William abrió la puerta.
Antes de salir se volvió.
—Milord.
—¿Qué?
—Gracias.
El marqués levantó una ceja.
—Todavía no he dicho que sí.
—No me expulsó.
—Sus estándares continúan siendo preocupantemente bajos.
William sonrió.
—Funcionaron bien la última vez.
Y salió antes de que el hombre pudiera responder.
***
Frances estaba en la biblioteca.
Naturalmente.
William la encontró sentada junto a la ventana con el cuaderno azul abierto sobre el regazo y una pluma en la mano.
Cuando él entró, lo cerró inmediatamente.
William se detuvo.
—¿Qué escribe?
—Nada.
—Eso es evidentemente falso.
—No es asunto suyo.
—Yo compré el cuaderno.
Frances levantó una ceja.
—Precisamente para que escribiera lo que quisiera.
—Cometí un error grave.
—Demasiado tarde.
William caminó hacia ella.
Frances examinó su rostro.
—Está vivo.
—Apenas.
—¿Cómo fue?
Él se dejó caer en el sillón frente a ella.
—Su padre disfruta demasiado interrogándome.
—Lo sé.
—Eso parece hereditario.
—También.
—Creo que intentó asustarme con historias matrimoniales.
Frances sonrió.
—¿Sobre mamá?
—Sí.
—Entonces le cae bien.
William parpadeó.
—¿Qué?
—Papá no habla de su matrimonio con cualquiera.
—Eso habría sido información útil antes de entrar.
—Habría disminuido la tensión.
—Exactamente.
—Entonces no habría sido divertido.
William la miró.
—Toda esta familia necesita ayuda.
Frances rio.
—¿Qué dijo del viaje?
—Que hablará con su madre.
—Eso esperaba.
—Y con usted.
—También.
—Y que si vamos será dentro de aproximadamente tres semanas.
Frances sintió la emoción regresar.
—Entonces no dijo que no.
—No.
William sonrió.
—Eso es lo más cercano a una aprobación que obtuve.
Ella cerró el cuaderno.
—¿Qué más?
William dudó.
—Muchas cosas.
—William.
—Preguntó qué haría si mi padre no la acepta.
La sonrisa desapareció.
Frances dejó el cuaderno sobre una mesa.
—¿Y qué dijo?
William se inclinó hacia delante.
—Que no necesita aceptarla.
Ella sintió algo parecido a alivio y preocupación al mismo tiempo.
—Eso suena sencillo.
—No lo es.
—Lo sé.
—Cornelius puede convertirlo en un problema.
—También lo sé.
William la miró.
—No quiero prometerle que será fácil.
—Deje de decirme eso.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que no será fácil.
William quedó sorprendido.
Frances continuó:
—Lo sé.
Su tono no era irritado exactamente.
Era más profundo.
—Sé que su padre puede ser difícil. Sé que Nueva York será distinta. Sé que tendremos que discutir dónde vivir, cuánto tiempo pasar en cada país y cómo encajar nuestras familias.
William guardó silencio.
—No necesito que me recuerde cada cinco minutos que amarlo puede ser complicado.
Él sintió que las palabras golpeaban de una forma inesperada.
—Solo intento ser honesto.
—Lo sé.
Frances se levantó.
Caminó hacia la ventana.
William observó su espalda.
—Pero existe una diferencia entre ser honesto y advertirme constantemente como si algún día pudiera acusarlo de haberme engañado.
Él quedó inmóvil.
Aquello era exactamente lo que estaba haciendo.
No conscientemente.
Pero sí.
Estaba construyendo una defensa anticipada.
Si Frances algún día era infeliz, William podría decir: se lo advertí.
Una protección.
Otra forma de mantener una salida.
Se puso de pie.
—Tiene razón.
Frances se volvió.
No esperaba una aceptación tan rápida.
William caminó hacia ella.
—Creo que estoy intentando asegurarme de que nunca pueda decir que no sabía en qué se metía.
—Eso es imposible.
—Sí.
—Ni siquiera usted sabe exactamente en qué se está metiendo conmigo.
William sonrió.
—Eso me aterroriza cada día.
Frances quiso contener la risa.
No pudo.
Él se acercó un poco más.
—¿Qué debería decir entonces?
Frances pensó.
—Que tendremos problemas.
—Los tendremos.
—Y que los resolveremos cuando aparezcan.
William respiró.
—Los resolveremos cuando aparezcan.
—Mucho mejor.
—Eso parece peligrosamente optimista.
—No dije que los resolveremos bien.
William soltó una carcajada.
Frances sonrió.
—Solo que no quiero entrar en este matrimonio hipotético...
William levantó una ceja.
Ella se detuvo.
—No diga nada.
—No iba a hacerlo.
—Sí iba.
—Muchísimo.
Frances negó.
—No quiero empezar una vida con usted sintiendo que cada dificultad futura ya tiene una advertencia adjunta.
William comprendió.
—Bien.
Pausa.
—Entonces no más advertencias.
—No he dicho eso.
—Frances.
—No me oculte problemas reales.
—Eso sería absurdo.
—Solo deje de presentarlos como razones por las que todavía podría arrepentirme.
William la miró.
Había algo dolorosamente preciso en aquella observación.
Él llevaba semanas insistiendo en que Frances debía elegir libremente, pero quizá una parte de él todavía esperaba que eligiera no hacerlo.
Porque entonces perderla dolería.
Pero no tendría que enfrentar lo que significaba conservarla.
La posibilidad de fallarle.
—Estoy asustado —dijo.
Frances quedó quieta.
William casi nunca pronunciaba aquella frase.
—¿De qué?
Él tardó.
—De que me ame más de lo que merezco.
Ella sintió que el corazón se apretaba.
—Eso no le corresponde decidirlo.
—Lo sé.
—Entonces no lo haga.
William bajó la mirada.
—Cuando George enfermó pensé muchas veces que si moría sería en parte culpa mía.
—Eso no era verdad.
—No completamente.
—William.
—Me marché durante años.
Frances se acercó.
—Porque estaba enfadado.
—Porque era cobarde.
—No.
Él levantó los ojos.
Frances sostuvo su mirada.
—No convierta cada error que cometió antes de conocerme en prueba de que inevitablemente hará lo mismo conmigo.
William sintió que la frase entraba demasiado profundo.
—No quiero repetirlos.
—Entonces no lo haga.
—Parece sencillo cuando lo dice.
—No lo es.
Frances dio otro paso.
—Pero usted no es el único que tiene miedo.
William guardó silencio.
—Yo también puedo fallarle.
—Frances.
—Puedo odiar Nueva York.
—Sí.
—Puedo descubrir que soy terrible viviendo lejos de mi familia.
—Sí.
—Puedo volverme insoportable cuando tengamos que decidir dónde pasar Navidad.
William sonrió.
—Eso lo considero garantizado.
Ella lo miró.
—William.
—Lo siento.
Frances intentó mantener la seriedad.
—Puedo cometer errores.
—Lo sé.
—Entonces deje de comportarse como si usted fuera el único riesgo en esta relación.
Aquello lo desarmó por completo.
William la observó durante varios segundos.
Después sonrió lentamente.
—Eso fue extrañamente romántico.
Frances rio.
—No era la intención.
—Funcionó.
Él levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo?
Ella asintió.
William acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.
El gesto era simple.
Pero Frances sintió el calor recorrerle el cuello.
—Hay algo que no le dije a su padre.
—¿Qué?
William sonrió apenas.
—Que usted dijo que me ama.
Frances sintió las mejillas arder.
—Él ya lo sabe.