CAPITULO 26
W illiam descubrió, al recorrer el corredor hacia el despacho de lord Londonderry, que existían muchas formas de demostrar valentía y que ninguna de ellas resultaba particularmente útil cuando uno estaba a punto de solicitar permiso para llevar a la hija soltera de un marqués al otro lado del Atlántico.
Había enfrentado acreedores furiosos, negociado con hombres que intentaban arruinarlo antes de que él pudiera hacer lo mismo con ellos y discutido con Cornelius Vanderbilt en habitaciones donde más de una persona había aprendido a no respirar demasiado fuerte.
Ninguna de esas experiencias parecía haberlo preparado para aquello.
Frances permanecía detrás.
No exactamente detrás de él, porque había decidido no acompañarlo, lo cual William todavía consideraba una traición cuidadosamente disfrazada de independencia femenina, pero sí en algún lugar de la casa donde probablemente disfrutaba imaginando su sufrimiento.
Llegó frente a la puerta.
Se detuvo.
Levantó la mano.
No golpeó.
Pensó en retroceder hasta la biblioteca, fingir que había olvidado algún detalle esencial y regresar en una hora.
La idea duró aproximadamente tres segundos.
Después recordó la conversación que acababa de tener con Frances.
Lo amo.
La frase volvió con la misma fuerza.
William cerró los ojos.
Aquello bastaba.
Golpeó.
—Adelante.
Entró.
Lord Londonderry estaba sentado detrás del escritorio revisando correspondencia. No levantó inmediatamente la cabeza, detalle que William reconoció como una forma deliberada de establecer quién controlaba aquella habitación.
Esperó.
Había aprendido algunas cosas.
Finalmente el marqués dejó la carta sobre la mesa.
—Vanderbilt.
—Milord.
—¿Frances lo expulsó del salón?
William parpadeó.
—No.
—Entonces ¿por qué está aquí?
—Porque necesito hablar con usted.
Lord Londonderry se recostó lentamente.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
—Depende de su perspectiva.
—La mía es la única que me preocupa en este despacho.
William sonrió apenas.
—Comprensible.
El marqués señaló una silla.
—Siéntese.
William obedeció.
Eso ya era extraño.
Meses atrás habría permanecido de pie solo para demostrar que nadie podía ordenarle nada. Ahora comprendía que algunas luchas eran demasiado inútiles para merecer esfuerzo.
Lord Londonderry lo observó.
—Bien.
William respiró.
Había preparado una frase.
La perdió.
Otra vez Frances.
—Quiero llevar a su hija a Nueva York.
El silencio fue tan absoluto que William escuchó el leve crujido de la madera dentro de la chimenea.
Lord Londonderry no cambió de expresión.
Eso resultaba peor.
—Comprendo —dijo finalmente.
William esperó.
Nada más.
—¿Eso es todo?
—Estoy considerando si debo llamar a un criado o dispararle personalmente.
William cerró los ojos un instante.
—Frances exageró menos de lo que esperaba acerca de las armas.
—No tengo ninguna aquí.
—Excelente.
—Todavía.
William decidió no mirar hacia las ventanas.
Lord Londonderry entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Explíquese.
Aquello podía hacerlo.
—No quiero llevarla sola.
El marqués arqueó una ceja.
—Me tranquiliza profundamente.
—Me gustaría que viajara con su madre, con usted si desea hacerlo, con Edward, con medio Londres si eso hace falta.
—Eso sería un barco demasiado grande.
William ignoró la observación.
—Quiero que conozca mi vida antes de decidir si puede compartirla.
El humor desapareció.
Lord Londonderry lo estudió.
—¿Le ha propuesto matrimonio?
—No.
—¿Por qué no?
La pregunta lo sorprendió.
—Pensé que eso sería precisamente lo que intentaría impedir.
—No responda con otra pregunta.
William apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Porque no quiero pedirle una respuesta antes de que vea lo que significa realmente aceptar.
—Podría explicárselo.
—No sería suficiente.
Lord Londonderry guardó silencio.
William continuó.
—Frances conoce a mi familia a través de mis historias y cartas. Sabe quién es mi padre, pero conocer a Cornelius en una descripción y sentarse frente a él durante la cena son experiencias completamente diferentes.
El marqués sonrió apenas.
—En eso coincidimos.
—También sabe que quiero dividir mi vida entre Nueva York e Inglaterra, pero no sabe qué representa Nueva York para mí. No conoce la empresa. No conoce el ritmo. No conoce las obligaciones que aparecerían aunque yo establezca límites.
—Ni lo que significaría para ella abandonar Inglaterra durante largos períodos.
—Exactamente.
William sintió un pequeño alivio.
—No quiero descubrir después de casados que ella odia la ciudad, que siente que perdió demasiado o que mi familia la hace miserable.
Lord Londonderry inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y si ocurre?
La pregunta ya había aparecido en su propia mente.
Muchas veces.
—Entonces tendremos que decidir qué hacer.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única verdadera.
William sostuvo su mirada.
—Podría decir que viviríamos aquí para siempre si Nueva York le desagrada.
Pero quizá dentro de cinco años eso destruya el proyecto que estoy construyendo y yo termine resentido.
Podría decir lo contrario y esperar que ella se adapte, pero entonces sería Frances quien podría terminar culpándome por haberla separado de su familia.
El marqués no habló.
—No tengo una solución preparada para un problema que todavía no existe —continuó William—. Lo que sí tengo es la intención de no resolverlo solo.
Lord Londonderry apoyó lentamente la espalda contra el sillón.
—Frances dijo que lo ama.
William quedó completamente quieto.
—¿Le dijo?
—No.
El marqués sonrió.
—Pero conozco a mi hija.
William intentó disimular la felicidad absurda que todavía le provocaba escuchar aquella palabra vinculada a Frances.
No funcionó.
Lord Londonderry lo notó.
—Parece satisfecho.
—Lo estoy.
—Eso tampoco responde a mi preocupación.
—¿Cuál?
—Que ambos estén enamorados y comiencen a considerar que eso convierte todo lo demás en detalles menores.
William entendió.
—No creo que sean menores.
—Bien.
—De hecho, me preocupan bastante.
—Mejor.
William arqueó una ceja.
—Esta conversación es extrañamente alentadora.
—No se acostumbre.
El marqués se levantó y caminó hacia una mesa lateral donde había una jarra de brandy.
—¿Quiere?
—Sí.
Lord Londonderry sirvió dos copas.
Entregó una.
William la aceptó.
Aquello parecía buena señal.
O preparación para una ejecución más civilizada.
—Cuando Beatrice y yo nos casamos —dijo el marqués— yo estaba convencido de que sabía exactamente cómo sería nuestro matrimonio.
William escuchó.
—Tenía propiedades. Obligaciones. Un título. Una vida establecida desde generaciones antes de mi nacimiento. Ella entraría en ella y ocuparía el lugar correspondiente.
—Eso suena peligroso.
—Lo fue.
Lord Londonderry bebió un sorbo.
—Mi esposa tardó menos de seis meses en explicarme que no se había casado conmigo para convertirse en mobiliario de una casa que ya existía.
William sonrió.
—Puedo imaginarlo.
—No, no puede.
El tono hizo que William riera.
El marqués también sonrió.
—Yo creía ser un hombre razonable.
—Eso suele ser el principio del problema.
—Exactamente.
Lord Londonderry regresó hacia el escritorio pero no volvió a sentarse.
—Beatrice quería pasar temporadas largas con su familia.
Yo consideraba que sus obligaciones estaban aquí.
Quería intervenir en ciertas decisiones de las propiedades.
Yo pensaba que no comprendía suficiente.
Quería educar a nuestros hijos de manera diferente a como se había hecho durante generaciones.
—¿Y qué hizo?
—Discutimos.
William esperó.
—Mucho.
—Eso parece familiar.
—Después aprendí.
Lord Londonderry miró hacia la ventana.
—No porque ella siempre tuviera razón.
—Eso seguramente le alegra admitirlo.
—Muchísimo.
William sonrió.
—Sino porque comprendí que un matrimonio no puede construirse invitando a una persona a ocupar un espacio que ya está completamente diseñado.
La frase golpeó exactamente donde debía.
Montrose había dicho algo parecido.
Frances también.
—Por eso quiero que vea Nueva York antes —dijo William.
—Lo sé.
El marqués volvió hacia él.
—Pero hay otra razón por la que debería hacerlo.
—¿Cuál?
—Porque usted también necesita verla allí.
William frunció el ceño.
—No comprendo.
—Frances aquí está rodeada de su familia. Sus amigos. Sus costumbres. Incluso cuando desafía las reglas, sabe cuáles son.
Lord Londonderry hizo una pausa.
—En Nueva York dependerá más de usted.
La responsabilidad se volvió inmediatamente más pesada.
—No quiero que dependa de mí para todo.
—No podrá impedirlo al principio.
William entendió.
Nueva ciudad.
Nuevas personas.
Otra sociedad.
Incluso una mujer tan independiente como Frances tendría momentos donde él sería el único punto conocido.
—Y ahí descubrirá usted quién es cuando alguien necesita más de lo que esperaba dar.
William bajó la mirada hacia la copa.
No había pensado exactamente de esa manera.
—También descubrirá quién es ella cuando no controle el entorno.
—Probablemente se enfadará.
—Mucho.
William sonrió.
Lord Londonderry también.
—Pero será útil.
—Entonces ¿me permite llevarla?
El marqués levantó una ceja.
—Todavía no.
William soltó aire.
—Claro.
—Quiero hablar con Beatrice.
—Naturalmente.
William sintió ganas de golpear algo.
—Y con Frances.
—Ella ya quiere ir.
—No me interesa lo que le dijo a usted.
William guardó silencio.
El marqués continuó:
—Quiero saber qué piensa cuando usted no está presente.
Aquello era justo.
Molestamente justo.
—Bien.
—Además, si viajamos...
William levantó la cabeza.
—¿Viajamos?
Lord Londonderry ignoró su entusiasmo.
—Si viajamos, no será inmediatamente después de la temporada.
—¿Por qué?
—Tengo asuntos que resolver aquí.
—Podemos esperar.
—Tres semanas.
William calculó.
Tres semanas.
Había esperado meses.
Podía soportarlo.
—Bien.
—Y no utilizará el viaje como una prolongación de un cortejo privado.
William frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa habitaciones separadas.
—Milord.
—Supervisión apropiada.
—Eso ya lo suponía.
—Y ninguna excursión absurda donde mi hija aparezca en algún lugar remoto únicamente acompañada por usted.