CAPITULO 25 #3
—Quería respuestas antes de empezar.
—También lo sé.
—Y usted era una pregunta.
William la observó.
Frances sintió que la voz se volvía más baja.
—Philip era una respuesta razonable.
—Sí.
—Montrose era una respuesta extraordinaria.
William tragó saliva.
Ella sonrió suavemente.
—Usted sigue siendo una pregunta.
—Eso no parece favorable.
—Déjeme terminar.
William cerró la boca.
Frances respiró.
—Pero es la única que quiero responder.
Él quedó completamente inmóvil.
Ninguno habló.
Frances sintió el corazón tan fuerte que casi dolía.
William apoyó una mano sobre el sofá.
No se acercó.
—Frances.
Ella lo miró.
—No diga nada todavía.
—Eso va a matarme.
Una risa temblorosa escapó de ella.
William sonrió apenas.
Frances reunió valor.
Tenía un cuaderno donde ya había escrito la palabra.
Lo había dicho a Montrose.
Lo había dicho a su madre.
Ya no existía ninguna razón válida para esconderla del único hombre que necesitaba escucharla.
—Ayer escribió que no debía preguntarme si lo amo.
William asintió lentamente.
—Fue su regla.
—Lo sé.
—Y prometí respetarla.
—Entonces no pregunte.
Él dejó de respirar.
Frances se acercó apenas.
—Solo escuche.
William la miró con una atención tan intensa que ella tuvo que apartar la vista un instante.
Después volvió.
—Lo amo.
No hubo música.
Ni grandes gestos.
Solo dos palabras.
Y William Vanderbilt, un hombre que había enfrentado a su padre, cruzado océanos y negociado fortunas sin permitir que nadie lo viera perder el control, se quedó completamente inmóvil.
Frances sintió miedo.
—William.
Él cerró los ojos.
Respiró.
Cuando los abrió estaban húmedos.
La visión la desarmó.
—Dígalo otra vez.
Frances sonrió entre lágrimas.
—Eso parece una exigencia.
—Una súplica.
—William.
—Por favor.
Ella acercó una mano a su rostro.
Él inclinó la cabeza hacia la caricia.
—Lo amo.
William cerró los dedos alrededor de su muñeca con cuidado.
No para detenerla.
Para sostener aquella mano allí.
—Dios.
Frances soltó una pequeña risa.
—Esperaba una respuesta más elegante.
—Tenía discursos.
—Siempre tiene discursos.
—Han desaparecido.
Ella sonrió.
William besó el interior de su palma.
—Yo también la amo.
Frances sintió que las lágrimas caían libremente.
William continuó:
—No enamorándome.
La observó.
—No creo.
Otra vez besó su mano.
—La amo.
Frances cerró los ojos.
Todo aquello que había sido duda durante meses pareció asentarse.
No resolverse.
Solo encontrar nombre.
Amor.
Cuando abrió los ojos, William seguía mirándola.
—¿Puedo abrazarla?
Frances soltó una risa húmeda.
—Sí.
Él la acercó.
Esta vez no hubo cautela excesiva.
Tampoco urgencia.
Frances se acomodó contra su pecho y William la sostuvo como si hubiera esperado toda su vida para saber exactamente qué hacer con sus brazos.
Durante varios minutos ninguno habló.
No necesitaban.
El sonido del corazón de William bajo su mejilla parecía suficiente.
Hasta que él murmuró:
—Quiero pedirle algo.
Frances levantó la cabeza.
La expresión de William había cambiado.
Más seria.
—No una propuesta.
Ella sintió que algo dentro de ella, ridículamente, se decepcionaba.
William lo vio.
Una sonrisa lenta apareció.
—¿Está decepcionada?
—No.
—Frances.
—No abuse.
Él rio.
—No voy a proponerle matrimonio hoy.
—Bien.
—Eso ha sonado terriblemente poco sincero.
Ella se apartó ligeramente.
—Acabo de decirle que lo amo. No significa que espere una propuesta cinco minutos después.
—Excelente.
—Aunque...
William esperó.
Frances negó.
—Nada.
—No.
—William.
—Dígalo.
Ella sintió calor.
—Pensé que quizá...
—¿Sí?
—Que nuestro cortejo tendría una finalidad relativamente obvia.
La sonrisa de William creció.
—Extraordinariamente.
Frances le dio un pequeño golpe en el pecho.
—No se burle.
—No me burlo. Estoy intentando conservar este momento para utilizarlo cuando se haga la difícil después.
—No pienso hacerme la difícil.
—Eso espero.
Ella lo miró.
William recuperó la seriedad.
—Quiero que venga a Nueva York.
Frances quedó inmóvil.
No era la pregunta que esperaba.
—¿Qué?
—No para vivir.
—William...
—Escuche primero.
Ella guardó silencio.
—No quiero pedirle que se case conmigo antes de que conozca la parte de mi vida que todavía no ha visto.
Frances sintió que la sorpresa cedía ante la comprensión.
—Mi familia —continuó—. La ciudad. La compañía. La casa donde crecí. Mi padre.
—Especialmente su padre.
—Especialmente mi padre.
William tomó ambas manos.
—Usted me conoció aquí, donde podía convertirme en la versión de mí que deseaba ser sin enfrentar todos los días aquello que me había formado. Quiero que me vea allá.
—¿Y si no me gusta?
El miedo apareció en los ojos de William.
No lo escondió.
—Entonces necesitaremos saberlo antes de casarnos.
La palabra quedó entre ellos.
Esta vez ninguno fingió que era hipotética.
—¿Antes de casarnos? —repitió Frances.
William sonrió apenas.
—Estoy intentando no proponerle matrimonio.
—Lo hace bastante mal.
—Esto es una declaración de intención.
—Muy diferente.
—Muchísimo.
Frances rio.
Él volvió a ponerse serio.
—Quiero que vaya con su familia. Su madre conoce Nueva York y supongo que no tendrá objeción en regresar durante unas semanas.
—Mi padre.
—Probablemente me disparará.
—Edward tiene peor puntería.
—Eso me tranquiliza.
Frances sonrió.
—¿Y qué espera que vea?
William pensó.
—Todo.
—Eso es muy amplio.
—Quiero que vea cómo trabajo. Cómo es George cuando no está muriendo. Que conozca a mi madre y descubra que es responsable de buena parte de mis defectos más aceptables.
—¿Y Cornelius?
William sostuvo su mirada.
—Quiero que lo conozca antes de decidir si puede formar parte de una familia donde él siempre tendrá alguna influencia.
Frances agradeció que no minimizara aquella dificultad.
—¿Y si intenta decidir por nosotros?
—Lo hará.
—William.
—Estoy siendo sincero.
—¿Y qué hará usted?
La respuesta llegó sin demora.
—Recordarle que puede opinar y que nosotros podemos ignorarlo.
Frances sintió una sonrisa.
—Eso no será sencillo.
—No.
—¿Y dónde me alojaría?
—Con mi madre, si su familia lo considera apropiado.
—¿No en su casa propia?
William arqueó una ceja.
—Todavía estoy comprándola.
—Pensé que los Vanderbilt podían comprar una casa en una tarde.
—Podemos. Escoger una que no me recuerde a mi padre está llevando más tiempo.
Frances rio.
—¿Cuándo?
—Después de terminar la temporada.
—Eso es pronto.
—No tiene que decir sí ahora.
William tomó aire.
—Piénselo.
Aquella palabra.
La libertad de pensar.
La ausencia de presión.
Frances se sintió extrañamente emocionada.
—Quiero ir.
William quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Quiero conocer Nueva York.
—Frances.
—No he dicho que vaya a vivir allí.
—Lo sé.
—Ni que acepte casarme con usted.
—Lo sé.
—Ni siquiera ha hecho una propuesta.
—Me lo recuerda con una frecuencia alarmante.
Ella rio.
—Pero quiero conocer su vida.
William la miró durante un largo momento.
—Entonces iremos.
Frances sonrió.
—Tendrá que pedir permiso a mi padre.
La expresión de William se descompuso.
—Pensé que ya había sobrevivido a esa parte.
—Eso fue para cortejarme.
—Su padre tiene demasiadas jurisdicciones.
Frances rio.
—Y ahora tendrá que explicarle que quiere llevar a su hija soltera al otro lado del océano.
William palideció ligeramente.
—¿Cuánto aprecia su padre las armas de fuego?
—Bastante.
—Edward exageró su mala puntería.
—Muchísimo.
William cerró los ojos.
Frances comenzó a reír.
Él la miró.
—Disfruta demasiado de esto.
—Muchísimo.
—Bien.
William se puso de pie.
—Vamos.
Frances parpadeó.
—¿Dónde?
—A hablar con su padre.
—¿Ahora?
—Sí.
—William.
—Si espero, pasaré toda la noche imaginando formas de evitarlo.
Frances también se levantó.
—Pensé que había dejado de escapar.
—Por eso vamos ahora.
Ella sintió ternura.
—Está bien.
William tomó aire.
—¿Vendrá conmigo?
Frances pensó en acompañarlo hasta la puerta del despacho.
Después negó.
—No.
William la miró con traición.
—¿Por qué?
—Porque quiero escuchar qué le dice cuando no estoy ahí para ayudarlo.
—Eso es cruel.
—Es otra prueba.
—Creí que después de la declaración de amor terminarían las pruebas.
Frances sonrió.
—Naturalmente.
William cerró los ojos.
—Esa maldita palabra.
Ella rio.
Él caminó hacia la puerta.
Antes de salir se volvió.
—Frances.
—¿Sí?
William la observó como si todavía necesitara comprobar que aquello había ocurrido.
—Dígalo una vez más.
Ella sonrió.
—No abuse.
—Solo esta vez.
Frances caminó hasta él.
Se puso de puntillas.
Y en lugar de hablar, lo besó.
William quedó completamente inmóvil por la sorpresa.
Frances apenas rozó sus labios y retrocedió.
—Eso tendrá que bastar.
Él la miró.
—No ha dicho nada.
—Aprenda a interpretar.
William sonrió lentamente.
—La amo.
Frances sintió el calor regresar.
—Vaya a hablar con mi padre.
Él abrió la puerta.
—Si no regreso en veinte minutos, llame a un médico.
—¿Para usted o para papá?
William pensó.
—Para ambos.
Frances rio mientras él desaparecía por el corredor.
Solo cuando quedó sola comprendió lo que acababa de ocurrir.
Había terminado con Montrose.
Había dicho a William que lo amaba.
Había aceptado viajar a Nueva York.
Todo en una sola mañana.
La antigua Frances habría necesitado listas, análisis y semanas de deliberación.
La nueva todavía tenía miedo.
Pero empezaba a comprender que tomar una decisión sin conocer cada resultado no significaba actuar sin inteligencia.
A veces solo significaba confiar.
Y por primera vez, Frances estaba dispuesta a descubrir qué ocurría después.
No porque William le hubiese prometido una vida perfecta.
Precisamente porque no lo había hecho.