Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 25 #2
65%

CAPITULO 25 #2

Esta vez Frances no se escondió detrás del creo.

La respuesta llevaba demasiado tiempo esperando.

—Sí.

La palabra fue suave.

Pero completamente segura.

Montrose cerró los ojos.

Frances sintió lágrimas descender por sus mejillas.

—Sí —repitió, quizá más para ella misma que para él—. Lo amo.

El duque abrió los ojos.

Algo se había terminado.

No de manera violenta.

No con una gran escena.

Solo mediante una verdad que ya no podía cambiar de forma.

Montrose asintió.

—Entonces mi cortejo termina aquí.

Frances sintió que las lágrimas aumentaban.

—Lo siento.

—Yo también.

Él sonrió.

—Muchísimo, de hecho.

Frances soltó una risa entre lágrimas.

—No debería hacerme reír.

—Es mi último intento por convertirme en una memoria favorable.

—Ya lo es.

Aquello hizo que el humor desapareciera.

Montrose se acercó.

No demasiado.

—No quiero su compasión.

—No se la estoy dando.

—Bien.

—Lo admiro.

—Eso es mucho mejor.

Frances se puso de pie.

Quedaron frente a frente.

—Quiero decir algo antes de marcharme —dijo él.

Ella esperó.

—No permita que el hecho de amarlo convierta cada sacrificio en algo automáticamente correcto.

Frances quedó inmóvil.

Montrose continuó:

—Vanderbilt puede ser el hombre que ama y aun así pedirle algún día algo que no debería conceder.

—Lo sé.

—Espero que sí.

—Y usted también habría podido hacerlo.

Montrose sonrió.

—Definitivamente.

—Por eso habría discutido con usted.

—Frecuentemente.

—Y habría ganado algunas veces.

—No abuse de la fantasía.

Frances rio.

La tristeza se volvió más llevadera.

Montrose extendió la mano.

Ella la tomó.

Él se inclinó sobre sus dedos.

El último beso fue exactamente igual a los anteriores.

Correcto.

Elegante.

Sin fuego.

Frances lo sintió con una claridad que ya no podía ignorar.

Cuando el duque se enderezó, todavía sostuvo su mano un momento.

—Espero que Vanderbilt comprenda qué acaba de ganar.

Ella negó suavemente.

—No ha ganado nada.

Montrose sonrió.

—Bien.

Soltó sus dedos.

—Entonces quizá haya aprendido más de él de lo que me gustaría admitir.

Frances sintió otra lágrima escapar.

—¿Podremos ser amigos?

Montrose hizo una mueca.

—Esa pregunta resulta ofensiva inmediatamente después de rechazar a un hombre.

Ella rio.

—Lo siento.

—Pregunte dentro de seis meses.

—¿Y entonces?

—Probablemente sí.

Frances asintió.

Montrose se dirigió a la puerta.

Antes de abrirla, se volvió.

—Por cierto.

—¿Sí?

—Su americano tiene un defecto que no aparecía en la lista.

Frances sonrió.

—¿Cuál?

—Llegó primero al lugar donde usted se permite ser imperfecta.

La frase la dejó sin respuesta.

Montrose inclinó la cabeza.

—Eso es muy difícil de superar.

Y salió.

Frances permaneció de pie en medio del salón durante varios minutos.

No se sentía feliz.

No todavía.

Había perdido otra posibilidad.

Una buena.

Tal vez extraordinaria.

Y comprender que no la quería lo suficiente no eliminaba la tristeza de saber qué tipo de vida acababa de cerrar.

Su madre entró sin decir nada.

Frances la miró.

—Terminó.

La marquesa asintió.

—Lo imaginé.

—Lo amo.

Fue la primera vez que lo dijo delante de otra persona.

Su madre sonrió.

—También lo imaginé.

Frances comenzó a llorar.

Lady Beatrice la abrazó.

—No esperaba que doliera.

—Elegir siempre duele un poco cuando las dos posibilidades eran buenas.

—Montrose habría sido un esposo excelente.

—Probablemente.

—Philip también.

—Sí.

Frances rio entre lágrimas.

—Eso parece terriblemente injusto.

—¿Qué?

—Pasé años pensando que nadie era adecuado y ahora he tenido que rechazar a dos hombres buenos porque amo al más complicado.

Su madre soltó una risa.

—Eso también es bastante típico de la vida.

Frances apoyó la cabeza en su hombro.

—William viene a las dos y media.

—Lo sé.

Ella se apartó.

—¿Cómo?

—Edward.

Frances cerró los ojos.

—Voy a mudarme a un lugar donde nadie conozca a mi hermano.

—William probablemente te seguirá.

La sonrisa apareció antes de que pudiera evitarla.

—Probablemente.

—¿Vas a decírselo?

Frances sabía exactamente a qué se refería.

Lo amo.

—No sé.

Su madre arqueó una ceja.

—Acabas de decirlo.

—A ti.

—¿Es más difícil decírselo al hombre?

—Mucho.

—¿Por qué?

Frances pensó.

—Porque cuando se lo diga, algo cambiará.

—Sí.

—Y no podré esconderme detrás del cortejo.

—No.

—Ni Montrose.

—No.

—Ni Philip.

—Tampoco.

Su madre tomó su rostro entre las manos.

—Entonces quizá eso sea precisamente lo que debe ocurrir.

Frances cerró los ojos.

—Todavía quedan preguntas.

—Siempre quedarán.

—Nueva York.

—Sí.

—Su padre.

—También.

—La compañía.

—Sí.

—Los hijos.

La marquesa sonrió.

—Eso probablemente puede esperar.

Frances sintió calor en las mejillas.

—Mamá.

—Solo estoy diciendo que no es necesario solucionar los próximos veinte años antes de reconocer lo que sientes hoy.

Aquella era precisamente la enfermedad de Frances.

Intentar vivir las consecuencias antes de permitir el deseo.

—Voy a cambiarme —dijo.

Su madre sonrió.

—¿Para William?

—Para mí.

Lady Beatrice levantó una ceja.

Frances rio.

—Y quizá un poco para William.

A las dos y cuarto, William ya estaba dentro del carruaje.

A las dos y dieciséis decidió que había aprendido de la mañana anterior y no consultaría el reloj.

A las dos y diecisiete lo consultó.

A las dos y veinte el cochero dejó escapar un suspiro.

William lo escuchó.

—¿Algún problema?

—Ninguno, señor.

—Bien.

Silencio.

—Puede avanzar más despacio si estamos demasiado cerca.

El cochero volvió ligeramente la cabeza.

—Estamos a dos calles, señor.

—Exactamente.

—A la velocidad actual llegaremos en cuatro minutos.

William miró el reloj.

—Necesito llegar en diez.

—Sí, señor.

El carruaje redujo tanto la velocidad que una anciana caminando por la acera los adelantó.

William cerró los ojos.

—No tanto.

—Sí, señor.

La mujer del exterior volvió la cabeza hacia el carruaje con curiosidad.

William decidió que algún día compraría un caballo y eliminaría a los cocheros de sus cortejos.

Llegó exactamente a las dos y media.

Entró.

El mayordomo lo condujo hasta el salón pequeño.

William sabía que Montrose había visitado a Frances aquella mañana.

Edward no se lo había dicho.

Esta vez la información había llegado por una vía mucho más indigna.

Lady Eleanor.

La mujer había coincidido con un conocido de Montrose, quien había mencionado casualmente la visita. Eleanor informó a William mediante una nota que terminaba con:

No pregunte qué ocurrió.

Intente demostrar que puede sobrevivir treinta minutos sin investigar.

William había considerado quemarla.

No la nota.

A Eleanor.

Estaba intentando mejorar.

Esperó.

Frances llegó cuatro minutos después.

William se puso de pie.

Y olvidó inmediatamente a Montrose.

Vestía de verde.

El color que, según ella misma le había recordado, él decía que la hacía parecer enfadada.

No era cierto aquella tarde.

La hacía parecer viva.

El tono profundo resaltaba el cobre de su cabello y la claridad de sus ojos, mientras una hilera de pequeños botones descendía por el cuerpo del vestido hasta la cintura.

William sintió que la capacidad de formular oraciones lo abandonaba.

Frances cerró la puerta.

—Buenas tardes.

Él parpadeó.

—Sí.

Ella esperó.

William se aclaró la garganta.

—Buenas tardes.

Una sonrisa apareció.

—¿Está bien?

—No.

Frances alzó las cejas.

—¿Qué ocurre?

William señaló vagamente hacia ella.

—Eso.

—¿Mi vestido?

—Sí.

—Es verde.

—Lo había notado.

—Dijo que el verde me hacía parecer enfadada.

—Me equivoqué.

Frances sonrió.

—¿En serio?

William se acercó dos pasos.

—Muchísimo.

Ella sintió que el rubor aparecía.

—Pensé que hoy traería flores.

—Regla número tres.

—No prohíbe las flores.

—Estoy ahorrando recursos para cuando cometa un error grave.

Frances rio.

—Planificación prudente.

William se detuvo frente a ella.

—¿Cómo está?

La pregunta era sencilla.

Pero no sonaba casual.

Frances comprendió que sabía algo.

No los detalles.

Quizá solo que Montrose había estado allí.

—Triste —respondió.

William no ocultó la sorpresa.

Ella tampoco la explicación.

—Montrose terminó su cortejo esta mañana.

La reacción atravesó el rostro de William en varias etapas.

Alivio.

Culpa.

Preocupación.

Y finalmente una clase de cuidado que Frances reconoció de inmediato.

—¿Está bien? —preguntó.

No dijo por qué.

No preguntó qué había sucedido.

Solo eso.

¿Está bien?

Frances sintió que el corazón se estrechaba.

—Sí.

Pausa.

—No.

William asintió.

—¿Quiere hablar?

Ella caminó hacia el sofá.

—Sí.

William la siguió y tomó el sillón frente a ella.

Frances lo miró.

—Está demasiado lejos.

La frase se le escapó.

William levantó las cejas.

Ella sintió calor.

—Quiero decir...

—Comprendí.

Él no sonrió.

Se levantó y eligió el extremo opuesto del sofá, dejando espacio suficiente entre ambos.

Frances agradeció que no convirtiera aquello en una victoria.

—Montrose es un buen hombre —dijo.

—Sí.

—Podría haberlo amado.

William sintió el golpe.

No lo ocultó por completo.

—Sí.

Frances lo miró.

—¿No va a discutir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si cree que podría haberlo amado, no tengo derecho a decirle que está equivocada solo para sentirme mejor.

La respuesta hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

William permaneció quieto.

—Me dijo que mi problema era que ya lo había visto fallar a usted.

William frunció levemente el ceño.

Frances explicó la conversación.

La diferencia entre Montrose mostrando su mejor versión y William apareciendo ante ella con defectos, errores, celos y vergüenzas ya expuestas.

Cuando terminó, William miró sus manos.

—Es un hombre inteligente.

—Muchísimo.

—Eso sigue resultando irritante.

Frances sonrió entre lágrimas.

—También me dijo que su vida estaba demasiado terminada.

William levantó la cabeza.

Ella continuó:

—Que yo habría entrado en ella y cambiado lo necesario, pero que usted...

Frances se detuvo.

William esperó.

—Usted me está pidiendo que construya una conmigo.

El silencio se volvió profundo.

—Eso es lo que intento —dijo.

—Lo sé.

Frances tomó aire.

—Y creo que por fin comprendí qué fue lo que me asustó de usted desde el principio.

William se puso tenso.

—¿Qué?

—Que no podía saber cómo terminaría.

Él casi sonrió.

—Eso suele ocurrir con las personas.

—Yo no funcionaba así.

—Lo sé.