Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 25
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CAPITULO 25

L a nota que Frances había enviado pasada la medianoche produjo exactamente el efecto que esperaba.

Lo supo antes incluso de verlo.

A las once de la mañana siguiente, Edward apareció en la biblioteca con una expresión de diversión imposible de ocultar y se dejó caer en el sillón frente a ella sin pedir permiso.

—William ha enviado tres mensajes desde las ocho.

Frances levantó lentamente la vista del libro.

—¿A quién?

—A mí.

—¿Por qué a ti?

—Porque aparentemente considera que soy una fuente de información útil cuando está desesperado.

—Eso dice muy poco de su criterio.

—El primer mensaje preguntaba si habías desayunado.

Frances cerró el libro.

—¿Qué tiene que ver eso con nada?

—No lo sé. Le respondí que probablemente sí.

—¿Probablemente?

—No estaba aquí.

—Vives en esta casa.

—No significa que observe tus hábitos alimenticios.

Frances apoyó una mano sobre la frente.

—¿Qué preguntó después?

Edward sonrió.

—Si Montrose había permanecido hasta muy tarde.

—¿Y qué respondiste?

—Que no sabía.

—Bien.

—Mentí.

Frances levantó la cabeza.

—Edward.

—Sabía que regresaste antes de la una.

—¿Se lo dijiste?

—No.

La indignación disminuyó.

—Gracias.

—Le dije que un caballero no debía solicitar detalles acerca de la velada de una dama utilizando a su hermano como espía.

Frances lo observó con sorpresa.

—Eso fue sorprendentemente correcto.

Edward sonrió.

—Después le cobré cinco libras por la información.

Frances cerró los ojos.

—Eres horrible.

—Él pagó.

—Eso lo empeora.

—Yo diría que demuestra compromiso.

Frances lanzó el libro sobre la mesa.

—¿Y el tercer mensaje?

Edward adoptó una expresión de inocencia.

—Preguntó a qué hora podía venir.

Frances sintió que el corazón se aceleraba pese a sí misma.

—Le dije dos y media —continuó Edward.

—¡Edward!

—Era la hora acordada.

—No necesitabas responder por mí.

—Si no lo hacía, habría aparecido a las siete de la mañana.

Frances no pudo discutir aquello.

—¿Y vendrá?

—Probablemente ya esté en algún carruaje dando vueltas alrededor de la manzana para no llegar temprano.

Ella intentó no sonreír.

No lo consiguió.

Edward la observó.

—Ah.

Frances volvió a abrir el libro.

—No hagas ese sonido.

—¿Qué sonido?

—El que haces cuando crees haber descubierto algo.

—No lo he descubierto. Es demasiado evidente.

—¿Qué cosa?

Edward guardó silencio.

Frances levantó la mirada.

La sonrisa de su hermano había desaparecido.

—Que ya lo elegiste.

El corazón le golpeó una sola vez.

Fuerte.

—No.

—Frances.

—No he tomado una decisión definitiva.

—Tal vez no la has pronunciado.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Edward se inclinó hacia delante.

—Por eso no te estoy diciendo que rechaces a Montrose hoy. Solo que no conviertas la falta de una declaración formal en una excusa para fingir que sigues exactamente donde estabas hace un mes.

Frances bajó los ojos.

Su hermano tenía razón y aquello resultaba particularmente irritante viniendo de Edward.

—Montrose viene esta mañana —dijo.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿William lo sabe?

—No.

Edward sonrió.

—Excelente.

Frances lo miró.

—No vas a decírselo.

—No.

—Promételo.

—Lo prometo.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Por qué parece tan complacido?

—Porque quiero observar qué ocurre cuando William descubre por sí mismo que no controla todas las piezas del tablero.

—Creí que lo apreciabas.

—Muchísimo.

—Eso es una forma extraña de demostrarlo.

—La amistad masculina es compleja.

—No. Ustedes son ridículos.

Edward se puso de pie.

—Probablemente.

Se dirigió hacia la puerta.

—Por cierto.

Frances sintió peligro.

—¿Qué?

—Eleanor sale a montar esta tarde.

—Eso no me concierne.

—Conmigo.

Frances sonrió lentamente.

Edward abrió la puerta.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Muchísimo.

—Frances.

—Naturalmente.

Edward cerró la puerta desde el otro lado.

La carcajada de ella lo siguió por el corredor.

Montrose llegó poco antes del mediodía.

No llevaba flores.

Ni libros.

Ni ningún objeto destinado a impresionar.

Solo él.

Frances comprendió de inmediato que aquella visita sería diferente.

El duque pidió hablar con ella en el salón pequeño. La marquesa permaneció en la habitación contigua y, por primera vez, Frances no sintió ninguna incomodidad por la formalidad. La conversación de la noche anterior necesitaba límites claros.

Montrose esperó hasta que ella tomó asiento.

Él permaneció de pie unos segundos más.

Después eligió el sillón frente al sofá.

No demasiado cerca.

Frances notó el gesto.

—Dormí mal —dijo el duque.

No era la apertura que esperaba.

—Lo siento.

—No fue culpa suya.

Frances arqueó una ceja.

Montrose sonrió ligeramente.

—No completamente.

Ella casi rio.

—Yo tampoco dormí demasiado.

—¿Por Vanderbilt?

La pregunta fue directa.

Frances pensó en la nota que había enviado después de regresar de la velada.

—En parte.

El duque asintió.

—Entonces supongo que estamos ambos en desventaja esta mañana.

—¿Por qué?

—Porque usted ha tenido tiempo para pensar y yo también.

Frances sintió un pequeño miedo.

—¿Y qué pensó?

Montrose apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Que ayer formulé una pregunta equivocada.

—¿Cuál?

—Si Vanderbilt no existiera, si me elegiría.

Frances recordó su respuesta.

Posiblemente.

—No era una pregunta justa —continuó—. Las personas no se enamoran dentro de mundos hipotéticos.

—No.

—Y tampoco debería utilizar la ausencia de otro hombre para imaginar una vida donde yo gane por descarte.

La palabra ganar regresó.

Frances no lo corrigió.

—¿Entonces?

Montrose respiró profundamente.

—Quiero saber si todavía desea que continúe cortejándola.

Frances quedó inmóvil.

Había esperado que él dijera que se retiraría.

No que le entregara la decisión de manera tan directa.

—No estoy seguro de poder hacerlo con la misma serenidad después de lo que me dijo anoche —añadió.

—Que creo amar a William.

—Sí.

El nombre no produjo hostilidad.

Solo cansancio.

—Pero también sé que usted no ha aceptado ninguna propuesta y que Vanderbilt apenas comenzó a cortejarla formalmente.

—Eso es cierto.

—Así que no voy a retirarme simplemente porque el camino se haya vuelto más difícil.

Frances lo observó.

—Pero tampoco quiero permanecer si mi presencia solo sirve para retrasar una decisión que ya tomó.

Aquello dolió.

Porque se acercaba demasiado a la verdad.

—No lo he decidido todo —dijo.

—No he preguntado eso.

Montrose sostuvo su mirada.

—¿Desea que la bese algún día?

Frances dejó de respirar.

La pregunta era casi idéntica a aquella que había enfrentado con Philip.

Solo que ahora sabía la respuesta antes de pensar.

No.

La claridad llegó con tanta rapidez que sintió culpa.

Montrose lo vio.

Frances cerró los ojos un instante.

—No.

Cuando volvió a mirarlo, él permanecía absolutamente quieto.

—Gracias —dijo.

No parecía agradecido.

Pero sí aliviado por no tener que adivinar.

Frances sintió que la garganta se cerraba.

—Podría cambiar.

Montrose sonrió con tristeza.

—No diga eso para protegerme.

—No intento...

—Sí.

Levantó una mano.

—Y lo agradezco.

Frances guardó silencio.

—Ayer pensé que quizá necesitaba tiempo —continuó—. Que Vanderbilt había regresado y usted todavía estaba bajo el efecto de meses de cartas, distancia y un reencuentro esperado. Pensé que si me mantenía cerca podría recordarle que también existe una vida posible conmigo.

—Existe.

—Lo sé.

—Y sería una buena vida.

—También lo sé.

Montrose sonrió.

—Mi vanidad continúa perfectamente sana, no se preocupe.

Frances rio a pesar de las lágrimas.

Él la observó.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Mi risa?

—No.

Hizo una pausa.

—Nunca he conseguido que olvide a Vanderbilt.

Frances sintió el golpe.

—No es culpa suya.

—No.

Montrose negó.

—Y tampoco de él.

Se recostó en el sillón.

—Anoche, cuando hablábamos en el balcón, hubo varios minutos donde usted estuvo completamente presente conmigo.

Frances recordó.

La pregunta sobre sentirse inútil.

El consejo de simplemente quedarse.

—Sí.

—Me permití pensar que quizá eso era suficiente para comenzar.

Frances sintió dolor.

—Pero después le dije que me estaba enamorando de usted.

Montrose sonrió sin humor.

—Y su rostro me dio una respuesta antes que sus palabras.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

—No.

Él se puso de pie.

Frances levantó la cabeza, alarmada.

—No se marcha todavía.

Montrose caminó hacia la ventana.

—No pienso hacer una salida dramática.

—Bien.

—Tengo una reputación que proteger.

Frances rio débilmente.

El duque miró hacia los jardines.

—¿Sabe qué es lo más irritante?

—¿Qué?

—Que Vanderbilt tenía razón sin estar presente.

—Eso debe de doler.

—Profundamente.

Montrose volvió hacia ella.

—Usted no necesitaba encontrar al mejor hombre.

—No.

—Necesitaba descubrir con quién podía construir la vida que deseaba.

Frances asintió.

—Y yo pasé demasiado tiempo intentando mostrarle la mía.

Ella frunció el ceño.

—No hizo nada malo.

—No.

—Me preguntó qué deseaba. Escuchó mis opiniones.

—Sí.

—No intentó convertirme en una duquesa perfecta.

Montrose sonrió.

—Todavía no tuvimos tiempo.

Frances arqueó una ceja.

Él soltó una pequeña risa.

—Era una broma.

—Espero.

—Pero quizá ahí esté mi defecto.

El duque regresó al sillón, aunque no volvió a sentarse.

—Tengo una vida demasiado terminada.

Frances recordó la conversación con William.

Philip sabía exactamente dónde viviría.

Montrose también.

William no.

—Eso no es un defecto.

—No en general.

Montrose la miró.

—Pero puede serlo para usted.

Frances no supo qué responder.

—La propiedad, la política, Londres, las temporadas en Escocia, las obligaciones del ducado... todo está organizado desde antes de que una esposa exista.

—Podríamos haberlo cambiado.

—Sí.

—Usted dijo que estaba dispuesto.

—Y lo estoy.

Montrose hizo una pausa.

—Pero habría sido usted entrando en mi vida y modificando lo necesario.

Frances sintió que las palabras encajaban.

—Vanderbilt le está ofreciendo construir una que todavía no existe.

No había admiración en la voz del duque.

Pero sí reconocimiento.

—Eso no significa que resulte mejor —añadió—. Puede fracasar de maneras mucho más espectaculares.

Frances soltó una risa.

—Gracias.

—Solo intento mantener algo de ventaja.

Ella sonrió.

Montrose volvió a ponerse serio.

—¿Lo ama?