Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 24 #4
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CAPITULO 24 #4

—¿Controlador?

—Mucho.

—No parece.

—Porque durante el cortejo estoy haciendo un esfuerzo extraordinario.

Frances casi sonrió.

Montrose continuó:

—Cuando heredé el título tenía diecinueve años. Todo estaba fuera de control: deudas antiguas, propiedades mal administradas, una madre que deseaba marcharse a Francia y decenas de hombres mayores que pensaban que podían manejarme.

—Entonces aprendió a controlar cada cosa.

—Sí.

—¿Incluidas las personas?

—A veces.

No intentó justificarlo.

—¿Cómo?

—Organizando. Decidiendo antes. Creyendo que, si sé cuál es el resultado correcto, no existe razón para permitir que otros compliquen el camino.

Frances pensó en sí misma.

En la lista matrimonial.

En la necesidad de escoger con inteligencia para evitar cualquier resultado incierto.

—Eso tampoco parece tan distinto de mí.

Montrose sonrió.

—Tal vez por eso nos entendemos.

—¿Y en un matrimonio?

—Ese es el problema.

El duque respiró.

—Podría prometerle que jamás intentaría decidir por usted.

—¿Sería verdad?

—No.

La respuesta franca la sorprendió.

—Lo intentaría.

Montrose sostuvo su mirada.

—Y necesitaría que usted me lo señalara cada vez.

Frances sintió respeto.

No era una declaración perfecta.

Era mejor.

—William también tiene defectos que requerirían corrección constante.

—Estoy seguro.

—Eso pareció alegrarlo.

—Un poco.

Ella rio.

Montrose la contempló.

—¿Ve?

—¿Qué?

—Esto es lo peligroso.

—¿Mi risa?

—No.

Su expresión se volvió más suave.

—Que podría amar esta versión de nosotros.

Frances sintió un golpe lento en el pecho.

No esperaba aquello.

—Montrose...

—No voy a pedirle nada esta noche.

—Pero...

—Tampoco voy a fingir que solo siento curiosidad.

Él se acercó un paso.

No la tocó.

—Me estoy enamorando de usted.

Frances quedó completamente inmóvil.

La misma expresión.

Las mismas palabras que William había pronunciado en el invernadero.

Pero provenientes de otro hombre.

Y la reacción dentro de ella fue completamente distinta.

Con William había sentido vértigo.

Miedo.

Alegría.

Una especie de reconocimiento inevitable.

Con Montrose sintió ternura.

Dolor.

Y una culpa inmediata.

Aquello era una respuesta.

No completa.

Pero sí importante.

El duque vio algo cambiar en su rostro.

Retrocedió antes de que ella tuviera que hacerlo.

—No diga nada.

Frances sintió que los ojos se humedecían.

—No quiero herirlo.

Montrose sonrió.

—Empiezo a sospechar que esa posibilidad llegó antes que mi primera visita.

—No debería seguir cortejándome si...

—No terminaré esta conversación en medio de un balcón durante la velada de lady Pembroke.

Su tono recuperó parte de la ironía.

Frances casi rio.

—Tengo algo de dignidad.

—Philip también dijo eso.

Montrose cerró los ojos.

—Empiezo a odiarlo de nuevo.

Ella rio.

Él sonrió.

Pero la tristeza permanecía.

—Terminemos la noche —dijo—. Mañana hablaremos.

Frances asintió.

—De acuerdo.

Montrose ofreció el brazo.

Ella lo aceptó.

Cuando regresaron al salón, Frances supo que algo había cambiado.

No porque Montrose hubiese confesado sus sentimientos.

Porque ella ya sabía que no podía responderlos de la misma forma.

Podía haber sido feliz con él.

Quizá extraordinariamente feliz.

Pero la vida no ofrecía la oportunidad de elegir dentro de un mundo donde William no existiera.

William existía.

Y Frances estaba comenzando a comprender que eso modificaba todas las demás posibilidades.

William no durmió.

No porque estuviera preocupado.

Según se dijo.

Simplemente tenía trabajo.

Muchísimo trabajo.

Documentos urgentes.

Cuentas.

Contratos.

Correspondencia.

La coincidencia de que consultara el reloj cada veinte minutos era irrelevante.

A medianoche cerró un informe.

A la una abrió otro.

A la una y cuarto comprendió que había leído la misma página tres veces.

Dejó el papel.

—Ridículo.

Se sirvió whisky.

No ayudó.

Imaginó a Montrose bailando con Frances.

Habían bailado muchas veces.

No significaba nada.

Imaginó la mano del duque en su cintura.

William bebió.

Madurez.

Detestaba aquella palabra.

A las dos escuchó un carruaje detenerse en la calle.

Se levantó inmediatamente.

No podía ser Frances.

Vivía varias calles más lejos.

Volvió a sentarse.

Unos minutos después alguien golpeó la puerta del despacho.

William frunció el ceño.

—Adelante.

El mayordomo entró.

—Disculpe la hora, señor.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado un mensajero.

El corazón de William se aceleró.

—¿De quién?

El hombre extendió una pequeña nota.

William reconoció la letra.

Frances.

La tomó.

Solo contenía tres líneas.

William:

No necesito esperar hasta mañana para darle mi impresión general.

Montrose es un hombre extraordinario.

Y durante toda la noche comprendí algo que me asusta mucho más que cualquiera de sus virtudes.

Mañana.

Frances.

William leyó la nota dos veces.

Después una tercera.

No decía qué había comprendido.

Podía ser algo bueno.

Podía ser terrible.

Mañana.

Miró el reloj.

Las dos y veinte.

Faltaban más de doce horas hasta su visita.

William apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Esta mujer va a matarme.

Pero sostuvo la nota entre los dedos durante el resto de la noche.