Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 24 #3
62%

CAPITULO 24 #3

Frances abrió los ojos.

William todavía mantenía una mano en su cintura.

La retiró lentamente.

—Creo que debería marcharme.

—Probablemente.

Ninguno se movió.

—Montrose llega a las seis y media —recordó William.

Frances arqueó una ceja.

—¿Está intentando arruinar el momento?

—Intento recordar por qué debo irme.

Ella sonrió.

—Mañana.

—¿A qué hora?

Frances pensó.

—Después del almuerzo.

—Una.

—Tres.

—Dos.

—Dos y media.

William suspiró.

—Acepto.

Frances rio.

Él tomó su mano.

La besó.

Esta vez sobre los dedos.

Correcto.

Casi inocente.

—Diviértase esta noche.

Ella lo miró.

—¿Lo dice en serio?

William pensó.

—Sí.

—¿Aunque sea con Montrose?

Él cerró los ojos.

—No abuse de mi crecimiento personal.

Frances sonrió.

William abrió la puerta.

Antes de salir se volvió.

—Frances.

—¿Sí?

—No voy a preguntarle mañana si pensó en mí mientras estaba con él.

Ella lo estudió.

—Bien.

William asintió.

—Pero si desea decírmelo voluntariamente, no intentaré impedirlo.

Frances soltó una carcajada.

—Váyase.

William salió sonriendo.

Montrose llegó exactamente a las seis y media.

Frances llevaba un vestido color vino, con los hombros descubiertos y pequeñas cuentas negras bordadas alrededor del escote. Alice había recogido su cabello dejando caer varios rizos sobre la nuca y colocado unos pendientes de rubíes que pertenecían a la marquesa.

Cuando Frances descendió la escalera, encontró al duque esperando en el vestíbulo.

Montrose levantó la vista.

Y por primera vez desde que lo conocía pareció olvidar qué decir.

La reacción produjo una satisfacción completamente distinta a la que sentía con William.

No menos agradable.

Solo diferente.

—Lady Frances.

—Su Gracia.

Montrose se acercó.

—Está extraordinaria.

—Gracias.

El duque ofreció el brazo.

Ella lo aceptó.

Al tocarlo no sintió culpa.

Aquello importaba.

William había decidido no acudir precisamente para que pudiera vivir ese momento sin su mirada sobre ella.

Frances pensaba respetar esa confianza.

Subieron al carruaje.

Durante los primeros minutos hablaron de la velada, de lady Pembroke y de algunos invitados que probablemente asistirían. Montrose parecía relajado, aunque Frances notó que la observaba más de lo habitual.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada.

—Eso no es verdad.

El duque sonrió.

—Empieza a conocerme.

—Lo intento.

Montrose guardó silencio unos segundos.

—Vanderbilt no viene esta noche.

Frances sintió una punzada.

—No.

—Pensé que asistiría.

—También yo.

—¿Cambió de opinión?

—Sí.

—¿Por qué?

Frances dudó.

No quería compartir una conversación íntima con William como si se tratara de un dato para otro pretendiente.

Pero tampoco deseaba mentir.

—Creyó que sería mejor que pudiera pasar una velada con usted sin sentir que él observaba.

Montrose quedó inmóvil.

—Eso fue...

Se detuvo.

Frances esperó.

—Considerado.

Pareció dolerle admitirlo.

—Sí.

Montrose dirigió la vista hacia la ventana.

—El americano está complicándome mucho la tarea.

Frances sonrió.

—No creo que lo haga deliberadamente.

—Eso es lo peor.

Ella rio.

El carruaje continuó avanzando.

Después Montrose preguntó:

—¿Lo besó?

Frances volvió lentamente la cabeza.

El duque inmediatamente levantó una mano.

—No necesita responder.

—Entonces ¿por qué preguntó?

Montrose soltó aire.

—Porque soy menos noble de lo que he intentado parecer.

La honestidad la desarmó.

—Y porque ha cambiado algo desde ayer.

Frances no respondió.

Él miró sus manos.

—No necesito detalles.

—Bien.

—Pero necesito saber si mi cortejo continúa teniendo sentido.

Aquella pregunta merecía una respuesta.

Frances pensó en el beso.

En William preguntando.

En la certeza que había sentido al darle permiso.

—Sí —dijo.

Montrose la miró.

—¿Sí?

—Continúa teniendo sentido.

—Eso no significa que mis posibilidades sean buenas.

—No.

La franqueza pareció divertirlo y herirlo al mismo tiempo.

—Agradezco que no intente tranquilizarme.

—He aprendido que las verdades cómodas rara vez ayudan.

—¿De él?

Frances pensó.

—En parte.

Montrose asintió.

—Entonces aprovecharé esta noche.

—Eso suena amenazante.

—Solo pretendo bailar con usted.

—¿Solo?

—Y conversar.

—Muy peligroso.

—Tengo fama de ser devastador durante una conversación razonable.

Frances sonrió.

La velada de lady Pembroke estaba llena cuando llegaron.

Montrose la condujo al interior con la seguridad de un hombre acostumbrado a entrar en cualquier salón y modificar inmediatamente la atención de quienes lo ocupaban. Frances sintió las miradas. Sabía lo que significaba llegar del brazo de un duque que llevaba semanas mostrando interés.

Rumores.

Expectativas.

Posibilidades.

Meses atrás aquello habría pesado enormemente sobre su decisión.

Ahora solo era ruido.

Montrose solicitó la primera danza.

Frances aceptó.

Cuando comenzó la música y su mano se apoyó sobre la de él, se obligó a permanecer completamente presente.

No pensar en William.

No comparar.

Solo descubrir qué sentía.

Montrose la guiaba con facilidad. Bailaba extraordinariamente bien y conversaba sin necesidad de llenar cada silencio.

—Está pensando demasiado —dijo.

Frances lo miró.

—¿Cómo lo sabe?

—Su frente se arruga.

—Eso es una observación poco halagadora.

—No he dicho que sea desagradable.

—William también dice que mi expresión cambia cuando pienso.

Montrose soltó un suspiro.

—Cinco minutos.

—¿Qué?

—Llevamos cinco minutos y ya apareció.

Frances sintió culpa.

—Lo siento.

—No se disculpe.

El duque la hizo girar.

—Intente otra vez.

Ella sonrió.

—¿Qué desea saber de mí que todavía no sabe?

Montrose pensó.

—Qué la hace sentirse inútil.

La pregunta la sorprendió.

—¿Inútil?

—Todos hablamos demasiado de capacidades. Usted desea intervenir en propiedades, educación, decisiones y asuntos familiares. Quiero saber qué ocurre cuando no es buena en algo.

Frances casi perdió el paso.

—Eso es cruel.

—Es una pregunta.

—No me gusta sentirme inútil.

—Eso ya lo supuse.

—Toco mal el piano cuando estoy nerviosa.

—Eso es encantador, no inútil.

—No sé cocinar.

Montrose sonrió.

—Podemos contratar cocineros.

—William dijo lo mismo.

El duque cerró los ojos.

Frances rio.

—Lo siento.

—Continuemos.

Ella buscó una respuesta verdadera.

—No sé consolar a las personas.

Montrose la miró.

La ligereza desapareció.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque siempre intento resolver.

—¿En lugar de escuchar?

—Sí.

Frances pensó en George enfermo, en William explicando el miedo de llegar demasiado tarde.

—Cuando alguien está triste quiero hacer algo. Cambiarlo. Encontrar una solución.

—Eso no necesariamente es malo.

—A veces no existe solución.

—No.

—Y entonces no sé qué hacer.

Montrose permaneció en silencio varios pasos.

—Quedarse —dijo.

Frances levantó los ojos.

—¿Qué?

—Cuando no pueda arreglarlo, puede quedarse.

Las palabras la golpearon.

William había regresado a Nueva York porque George lo necesitaba.

No podía curarlo.

Solo estar allí.

Frances sintió algo cambiar en la forma en que veía al duque.

Había profundidad.

Calidez.

Y una tranquilidad que podía convertirse, con tiempo, en algo importante.

—Eso fue una buena respuesta —dijo.

Montrose sonrió.

—Añádala a mi lista.

Frances rio.

La danza continuó.

Y por primera vez consiguió terminar una conversación completa con Montrose sin que William apareciera en cada pensamiento.

Eso también importaba.

Cuando la música terminó, el duque acompañó a Frances hacia un balcón abierto.

El aire nocturno estaba fresco.

Londres brillaba más allá de los jardines.

—¿Puedo hacer otra pregunta? —dijo Montrose.

—Después de la anterior debería preocuparme.

—Es menos filosófica.

—Adelante.

Él la observó.

—Si Vanderbilt no existiera, ¿me elegiría?

Frances dejó de respirar.

La pregunta parecía sencilla.

No lo era.

Podía imaginar un mundo donde jamás hubiera chocado con William en Boston. Habría regresado a Inglaterra, conocido nuevamente a Philip y quizá terminado el cortejo de manera distinta. Después aparecería Montrose.

Inteligente.

Respetuoso.

Atractivo.

Un hombre capaz de desafiarla sin intentar reducirla.

¿Lo habría elegido?

Tal vez.

—Posiblemente —respondió.

Montrose cerró los ojos durante un instante.

—Eso debería alegrarme.

—¿No lo hace?

—No.

Volvió la vista hacia Londres.

—Porque Vanderbilt existe.

Frances no podía negarlo.

—Sí.

Montrose permaneció junto a la balaustrada.

—Creo que empiezo a comprender cuál es mi verdadero problema.

—¿Cuál?

Él volvió hacia ella.

—No compito con sus cualidades.

—Dije que no...

—Sé que no quiere esa palabra.

Montrose levantó una mano.

—Déjeme terminar.

Frances guardó silencio.

—No se trata de que él sea más divertido, rico o compatible. Podría demostrar que soy igual o mejor en cualquiera de esos aspectos y no cambiaría nada.

El corazón de Frances se tensó.

—Entonces ¿qué?

Montrose la observó con una tristeza serena.

—Usted ya lo ha visto fallar.

Frances parpadeó.

—No comprendo.

—Ha visto al peor Vanderbilt.

—No creo que...

—Conoce sus errores. Sabe que puede ser arrogante, impulsivo, orgulloso y que una vez perjudicó a otro hombre solo para desafiar a su padre. Lo ha visto celoso. Lo vio marcharse. Lo vio ocultarle una verdad.

Frances permaneció inmóvil.

—Y aun así lo ama.

La palabra ya no podía esconderse.

Montrose continuó:

—Yo todavía estoy mostrándole mi mejor comportamiento.

Aquella afirmación cambió algo.

—Eso no es justo para usted —dijo Frances.

—Es verdad.

—No conozco solo sus virtudes.

—No conoce mis peores defectos.

—Entonces dígame uno.

Montrose sonrió con tristeza.

—Ese sería un intento demasiado evidente de imitar a Vanderbilt.

—No tiene que imitarlo.

—Precisamente.

El duque la miró durante varios segundos.

—Soy controlador.

La confesión la sorprendió.