CAPITULO 24 #2
—Pero había algo peor que perder.
—¿Qué?
William tardó un momento.
—Que usted escogiera una vida correcta porque tenía miedo de esperar algo más.
Frances sintió que la emoción volvía.
—Incluso si ese algo más no era usted.
—Al principio pensé que sí.
William sonrió con cansancio.
—Después comprendí que podía no serlo. Tal vez existiera otro hombre. Alguien que aún no conocíamos.
—Montrose.
—No utilice su nombre mientras intento ser romántico.
Frances rio.
—Lo siento.
William también sonrió.
—Cuando regresé a Nueva York y supe que Philip continuaba cortejándola, odié la idea. Pero no deseaba que lo rechazara solo para esperarme.
—Eso me sorprendió.
—A mí más.
Frances lo observó durante unos segundos.
—Entonces ¿cómo sabe que ahora está enamorado y no simplemente intentando ganar otra vez?
William no respondió enseguida.
La pregunta era importante.
Frances necesitaba saberlo.
Él también.
—Porque podría perderla y lo que más me preocuparía sería si está bien.
La sencillez de la respuesta eliminó toda defensa.
—No digo que sería generoso —añadió—. Probablemente bebería durante varias semanas y George tendría que impedir que insultara al hombre que escogiera.
Frances soltó una risa húmeda.
—Pero no intentaría destruir su matrimonio para demostrar que cometió un error.
La sonrisa desapareció de ella.
William continuó:
—Y tampoco pensaría que dejó de ser la mujer que amo solo porque no me eligió.
El silencio se hizo profundo.
Frances bajó lentamente la mirada.
No sabía qué responder.
Quizá porque aquellas palabras se acercaban demasiado a la clase de amor que había estado buscando sin saber nombrarlo.
Un hombre que no la poseyera incluso cuando la amara.
Un hombre para quien su elección siguiera siendo suya.
—Gracias por contármelo —dijo finalmente.
—No estaba seguro de que la historia de Catherine mejorara mis posibilidades.
—No todo lo que me diga tiene que hacerlo.
William sonrió.
—Eso también es nuevo para mí.
Frances levantó la taza.
—¿Le escribió mientras estaba en Inglaterra?
—¿Catherine?
—Sí.
—Una vez. Para felicitarme por el proyecto comercial.
—¿Y usted respondió?
William percibió nuevamente aquella sombra de celos.
—Sí.
Frances lo miró.
Él sonrió.
—Le dije gracias.
—Nada más.
—Frances.
—Solo pregunto.
—También mencioné que estaba enamorado de una mujer inglesa particularmente difícil.
Ella dejó la taza demasiado rápido.
—¿Qué?
William parecía divertido.
—No utilicé su nombre.
—Eso no mejora la situación.
—Catherine preguntó por qué no me había casado todavía.
—¿Y usted decidió hablarle de mí?
—Brevemente.
Frances sintió calor en el rostro.
—¿Qué dijo?
—Que la compadecía.
—La detesto.
William comenzó a reír.
—Pensé que le agradaba.
—He cambiado de opinión.
—También dijo que esperaba que usted tuviera mejor puntería que ella.
Frances frunció el ceño.
—¿Puntería?
—Una vez me lanzó una copa.
Frances lo contempló.
—Cada vez me agrada más.
William rio.
La puerta se abrió.
Edward entró sin anunciarse.
—Ah. Están aquí.
Frances cerró los ojos.
—¿Dónde esperabas encontrarnos?
—No sabía que William ya había llegado.
William consultó el reloj.
—Llegué exactamente a las cuatro.
Edward lo miró.
—A las tres cincuenta y ocho.
William se volvió lentamente hacia Frances.
Ella sonrió con inocencia.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó William.
Edward señaló al mayordomo invisible detrás de la puerta.
—La casa habla.
—Necesito despedir personal en una residencia que ni siquiera me pertenece.
Edward tomó una manzana de un frutero.
—¿Cómo va el cortejo?
—Fuera —dijo Frances.
—Solo vine a avisar que Montrose adelantó la hora.
William dejó de sonreír.
—¿Qué hora?
Edward mordió la manzana.
—Seis y media.
Frances frunció el ceño.
—Dijo siete.
—Envió una nota. Lady Pembroke adelantó la recepción de algunos invitados.
William miró el reloj.
Las cinco menos cuarto.
Una hora y cuarenta y cinco minutos.
—Comprendo —dijo.
Frances detectó inmediatamente la decepción.
—No tiene que marcharse todavía.
William la miró.
—Necesitará prepararse.
—No necesito una hora y cuarenta y cinco minutos para vestirme.
Edward tosió.
Frances volvió hacia él.
—¿Qué?
—Nada.
—Sal.
Edward sonrió.
—William, ¿quieres acompañarme al club?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estoy siendo cortejado.
Frances abrió mucho los ojos.
William se dio cuenta.
—Cortejando.
Edward soltó una carcajada.
—Eso explica muchísimo.
William lo señaló.
—Fuera.
—Esta tampoco es tu casa.
—Estoy considerando comprarla.
Frances se levantó.
—¡Los dos fuera!
Edward salió riendo.
William permaneció.
Ella lo miró.
—También usted.
—Pensé que se refería a Edward.
—Dije los dos.
—Estaba enfadada.
—Sigo estándolo.
William se puso de pie.
—Entonces debería irme.
La decepción regresó, pequeña pero visible.
Frances la vio.
—Puede volver mañana.
—Eso dependerá de cuántas reglas nuevas aparezcan.
—William.
Él sonrió.
—Vendré.
Frances acompañó sus pasos hacia la puerta.
Antes de que la alcanzara, habló.
—Espere.
William se volvió.
Ella permanecía junto al sofá.
La pregunta parecía costarle.
—¿Quiere verme con Montrose esta noche?
William sintió inmediatamente la respuesta verdadera.
No.
No quería verla bajar la escalera del brazo del duque.
No quería imaginarlo sentado frente a ella en un carruaje ni observarlo reclamar danzas mientras William permanecía entre invitados.
Pero aquello no era exactamente lo que Frances había preguntado.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque puede asistir a la velada.
—Lo sé.
—Pensaba invitarlo.
—Ayer dijo que lo haría.
—Sí.
Frances dudó.
—Pero ahora no sé si sería justo.
William comprendió.
No para él.
Para ella.
Si William asistía, Frances pasaría toda la noche consciente de que él observaba cada conversación con Montrose.
Quizá terminaría midiendo sus reacciones para protegerlo.
Eso destruiría exactamente la libertad que él aseguraba querer concederle.
—No iré —decidió.
Frances pareció sorprendida.
—¿No?
—No.
—Pero dijo...
—Cambié de opinión.
Ella lo observó.
—¿Por qué?
William sonrió apenas.
—Porque quiero que sepa cómo se siente cuando está con Montrose sin preguntarse qué estoy pensando al otro lado del salón.
Frances quedó inmóvil.
Aquella respuesta costaba.
William lo sentía.
Pero era correcta.
—¿Está seguro?
—Absolutamente no.
Ella casi sonrió.
—Entonces...
—Voy a pasar la noche imaginándolo apoyando una mano en su cintura durante cada danza.
—William.
—Estoy intentando ser sincero.
Frances rio.
—Pero no iré.
Ella sostuvo su mirada.
—Gracias.
—No me agradezca. Mañana exigiré un informe detallado.
—No.
—General.
—Tampoco.
—Una impresión.
Frances pensó.
—Eso podría concedérselo.
William sonrió.
—Excelente.
Caminó hacia la puerta.
Esta vez Frances lo siguió.
Cuando llegaron al vestíbulo, él tomó el sombrero que el mayordomo le ofrecía.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
William se colocó el sombrero.
Frances lo observó.
Estaba a punto de marcharse.
Por alguna razón, no quería que aquel segundo día terminara así.
—William.
Él volvió hacia ella.
—¿Sí?
Frances respiró.
—Puede besarme.
El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso el mayordomo pareció dejar de existir.
William no se movió.
—¿Qué?
Ella sintió que todo el valor que había reunido comenzaba a desaparecer.
—No lo haga repetir.
—Necesito estar seguro de que no estoy imaginándolo.
—No lo imagina.
Los ojos de William descendieron hacia su boca.
Volvieron a subir.
—Frances.
—Sí.
—Montrose llegará en menos de dos horas.
Ella sintió una punzada de irritación.
—Lo sé.
—¿Y quiere que la bese antes de verlo?
La pregunta no era una provocación.
Era una advertencia.
Frances comprendió lo que él intentaba evitar.
Que el beso se convirtiera en una forma de marcarla antes de que otro hombre llegara.
—No quiero que me bese porque Montrose viene.
—Bien.
—Quiero que lo haga porque llevo dos días esperando que pregunte.
William cerró los ojos.
Apenas un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, toda la ligereza había desaparecido.
—Entonces voy a preguntar.
Frances sintió el pulso en la garganta.
William dio un paso.
No más.
—¿Puedo besarla?
El corazón le golpeaba demasiado fuerte.
Pero la respuesta era sencilla.
—Sí.
William se acercó.
Esta vez no hubo urgencia.
No la tomó inmediatamente entre sus brazos.
Primero levantó una mano y rozó con los dedos el costado de su rostro.
Frances inclinó ligeramente la mejilla hacia aquella caricia.
William esperó.
Incluso entonces.
Hasta que ella dio el último pequeño paso.
Sus labios se encontraron.
El primer beso fue suave.
Mucho más suave que el de despedida.
William apenas rozó su boca, como si todavía temiera que una presión excesiva pudiera romper el permiso que acababa de recibir.
Frances cerró los ojos.
El recuerdo de aquella noche regresó.
Pero esto era diferente.
No había un carruaje esperando.
Ningún hermano enfermo.
Ningún océano.
William comenzó a apartarse.
Frances cerró los dedos sobre su chaqueta.
Él se detuvo.
Ella lo besó de nuevo.
La respiración de William cambió.
Una mano descendió hasta su cintura, pero no la atrajo completamente. Esperó otro instante.
Frances redujo la distancia por él.
Eso fue todo.
La prudencia terminó.
William la rodeó con un brazo y profundizó el beso con una intensidad que había mantenido contenida desde su regreso.
Frances sintió aquel fuego conocido, pero ahora no llevaba miedo mezclado.
Sabía lo que estaba haciendo. Sabía quién la besaba.
Sabía que podía detenerlo y que William se apartaría en el mismo instante.
Precisamente por eso no quiso detenerlo.
Sus manos subieron hasta sus hombros.
William la besó lentamente, sin la desesperación de la despedida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para aprender otra vez su boca.
Frances sintió que las rodillas se debilitaban.
Él la sostuvo.
Una risa mínima escapó contra sus labios.
William se apartó apenas.
—¿Qué?
Frances respiraba demasiado rápido.
—Nada.
—Se rio.
—No.
—Lo sentí.
Ella apoyó la frente contra la de él.
—Pensé que había practicado los bailes.
William sonrió.
—Eso también.
Frances soltó una risa.
Él la besó una tercera vez, breve y casi juguetona.
Después se apartó.
De verdad.