CAPITULO 24
A las cuatro menos diez de la tarde siguiente, William ya estaba frente a la residencia de los Vane.
No consideró que aquello contradijera su promesa de llegar a las cuatro.
Técnicamente, todavía no había entrado en la casa.
Permanecía dentro del carruaje, observando la puerta principal mientras intentaba decidir si diez minutos de anticipación podían interpretarse como entusiasmo razonable o como una demostración poco digna de ansiedad.
El cochero no ayudaba.
Había mirado hacia atrás dos veces.
William decidió ignorarlo.
A las tres y cincuenta y tres consultó el reloj.
A las tres y cincuenta y cinco lo volvió a consultar.
A las tres y cincuenta y siete abrió la puerta.
—Señor —dijo el cochero—, todavía faltan tres minutos.
William lo miró.
El hombre bajó inmediatamente la cabeza.
—No he preguntado.
—No, señor.
William descendió.
A las tres y cincuenta y ocho estaba frente a la puerta.
El mayordomo abrió.
La expresión del hombre cambió apenas al reconocerlo.
—Señor Vanderbilt.
William miró hacia el reloj del vestíbulo.
—Dos minutos.
—Sí, señor.
—Podría esperar afuera.
—Lady Frances indicó que, si llegaba antes de las cuatro, debía hacerlo pasar al salón.
William entrecerró los ojos.
—¿Esta vez no al salón azul?
—No, señor.
—Progreso.
El mayordomo decidió que aquello no necesitaba respuesta.
William entró.
La residencia londinense de los Vane era muy distinta a Blackwood Hall.
Más pequeña, aunque solo según los estándares de una familia capaz de llamar pequeña a una casa con tres salones, una biblioteca, dos comedores y suficientes dormitorios para alojar a una delegación diplomática.
El espacio se sentía más formal, más adecuado a la temporada, y William comprendió que allí Frances estaba mucho más cerca de aquella sociedad que durante meses había intentado abandonar parcialmente.
También allí Montrose poseía ventaja.
El pensamiento apareció sin invitación.
Lo apartó.
Madurez.
Otra vez aquella palabra insoportable.
La puerta del salón se abrió a las cuatro en punto.
Frances entró.
William se puso de pie y olvidó de inmediato cualquier razonamiento relacionado con duques, horarios o dignidad.
Ella llevaba un vestido de tarde color azul grisáceo, más elegante que el de la mañana anterior pero todavía sencillo. El cabello estaba recogido con unas pequeñas horquillas de plata y varios rizos se habían soltado junto a sus sienes.
—Puntual —dijo.
William miró el reloj.
—Exactamente.
—Llegó antes.
—Eso no cuenta si no me vio.
Frances arqueó una ceja.
—El mayordomo me informó.
—Ese hombre comienza a resultar peligroso.
Ella sonrió.
—Buenos días.
—Son las cuatro.
—Entonces buenas tardes.
—Mucho mejor.
William se acercó.
Se detuvo a la distancia correcta.
Frances lo observó hacerlo.
Aquel pequeño detalle ya empezaba a convertirse en una costumbre entre ambos.
Él no asumía.
Ella decidía.
—¿Qué ha planeado hoy? —preguntó.
—Nada.
Frances parpadeó.
—¿Nada?
—Estoy intentando demostrar que puedo visitarla sin organizar una estrategia.
—Eso parece sospechosamente estratégico.
William sonrió.
—Sabía que diría eso.
—Entonces sí lo planeó.
—Solo la ausencia de planificación.
—Lo cual constituye planificación.
William suspiró.
—Creo que jamás ganaré una discusión con usted.
—Eso también demuestra progreso.
Frances caminó hacia una mesa donde había una bandeja de té.
—¿Desea?
—Sí.
Ella comenzó a servir.
William la observó.
No porque preparar té fuese una actividad particularmente fascinante, sino porque había algo extraño en verla realizar un gesto tan ordinario después de haber pasado meses imaginando escenas extraordinarias.
Cartas.
Barcos.
Reencuentros.
Declaraciones.
La vida real, al parecer, también contenía cucharitas.
Frances levantó la vista.
—Está mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
William dudó.
—Porque me gusta verla hacer cosas normales.
Ella quedó inmóvil con la tetera suspendida.
—Eso es probablemente el cumplido más extraño que me ha hecho.
—Lo sé.
—¿Qué considera normal?
—Esto.
William señaló alrededor.
—Preparar té. Buscar un libro. Discutir con Edward acerca de algo absurdo. Cosas que no parecen importantes hasta que uno pasa meses lejos.
Frances terminó de servir.
—En sus cartas nunca mencionó extrañar el té.
—Porque no lo extrañaba.
Ella rio.
Le entregó una taza.
—¿Qué extrañaba?
William la recibió.
—Ya le dije algunas cosas.
—Mi risa.
—Sí.
—Discutir conmigo.
—Eso lo dijo usted.
—Mi presencia.
—Definitivamente.
Frances tomó asiento.
William ocupó el sillón frente a ella.
—También extrañaba saber que podía encontrarla en algún lugar de una casa.
Ella dejó la taza sobre el platillo.
—¿Qué significa eso?
—En Nueva York podía recibir una carta suya, leerla diez veces y después continuar sin saber qué estaba haciendo usted en ese momento. Aquí...
William miró hacia la puerta.
—Podía bajar una escalera y encontrarla discutiendo con su padre. Entrar en la biblioteca y verla fingiendo leer. Salir al jardín y descubrir que estaba caminando demasiado rápido porque algo la preocupaba.
Frances sintió una emoción lenta instalarse en el pecho.
—Eso parece bastante específico.
—Tuve tiempo para pensarlo.
—Dieciocho días de barco.
—Y varias semanas antes.
Ella sonrió.
—Yo también imaginaba qué hacía.
William arqueó una ceja.
—¿En Nueva York?
—Sí.
—¿Qué imaginaba?
Frances pensó.
—Trabajando.
—Decepcionantemente preciso.
—Discutiendo con su padre.
—Todavía más.
—Preocupado por George.
William bajó ligeramente la mirada.
—Sí.
—Y algunas veces...
Se detuvo.
Él esperó.
—¿Qué?
Frances sintió que la curiosidad de William aumentaba.
—No importa.
—Ahora importa muchísimo.
—No.
—Frances.
Ella sostuvo la taza frente a sí.
—Algunas veces imaginaba que había otra mujer.
William dejó de moverse.
—¿Otra mujer?
Frances sintió inmediatamente lo absurda que sonaba la confesión.
—No importa.
—Importa de una manera extraordinaria.
—William.
—¿Estaba celosa?
Ella le dirigió una mirada.
—No sonría.
William intentó no hacerlo.
Fracasó.
—No estoy sonriendo.
—Lo está haciendo incluso con los ojos.
—No sabía que podía.
—Puede.
William apoyó la taza.
—No había ninguna otra mujer.
Frances sostuvo su mirada.
—No tenía derecho a preguntar.
—No.
—Por eso nunca lo hice.
—Pero lo pensaba.
—Algunas veces.
William se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Mucho?
—No abuse.
Él rio.
Frances intentó mantener la dignidad.
—Usted conocía mujeres en Nueva York.
—Sí.
—Y antes de Inglaterra...
—También.
El tono cambió.
Ya no era una conversación ligera.
Frances había sabido que William no era un hombre inexperto. Nada en su forma de comportarse sugería lo contrario. Había llevado una vida muy distinta a la de los caballeros ingleses que se presentaban públicamente como impecables mientras mantenían otras relaciones fuera de los salones.
Pero saberlo de manera abstracta y hablarlo con él eran cosas diferentes.
—¿Estuvo enamorado alguna vez? —preguntó.
William no esperaba la pregunta.
Frances vio la sorpresa.
—No tiene que responder.
—Sí.
Ella quedó inmóvil.
William negó de inmediato.
—No. Quiero decir que sí voy a responder.
Frances sintió que la tensión disminuía apenas.
—No —dijo él—. Nunca.
—¿Seguro?
William pensó.
—Creí estarlo una vez.
—¿Qué ocurrió?
Él se reclinó en el sillón.
—Tenía veintitrés años. Ella se llamaba Catherine.
Frances sintió un pequeño pinchazo ridículo.
William lo vio.
—No ponga esa expresión.
—No tengo ninguna expresión.
—Tiene exactamente la misma que cuando mencioné a la instructora de baile.
—Continúe.
William ocultó una sonrisa.
—Catherine pertenecía a una familia vinculada a uno de los socios de mi padre. Era hermosa, inteligente y sabía exactamente cómo comportarse en cada habitación.
—Eso no suena como usted.
—Precisamente por eso me fascinaba.
Frances escuchó.
—Durante varios meses pensé que estaba enamorado. Nos veíamos en reuniones, bailábamos, paseábamos y nos besamos varias veces.
Frances miró su taza.
William se detuvo.
—¿Quiere que continúe?
—Sí.
La respuesta fue quizá demasiado rápida.
Él siguió.
—Después mi padre comenzó a considerar una alianza comercial con el suyo y alguien decidió que nuestro matrimonio sería conveniente.
Frances levantó la vista.
—¿Y?
—Descubrí que la posibilidad me aterrorizaba.
—Porque no la amaba.
—En aquel momento pensé que era porque no quería casarme con nadie.
William entrelazó las manos.
—Catherine tampoco quería casarse conmigo.
—Eso debe de haber sido bueno.
—Lo habría sido si ambos hubiésemos tenido valor para decirlo antes.
—¿No lo hicieron?
—No. Pasamos semanas evitando una conversación hasta que ella conoció a otro hombre.
Frances sintió una extraña familiaridad en la historia.
—¿Lo amaba?
—Sí.
—¿Y usted?
—Me enfadé.
—Naturalmente.
William la miró.
Frances sonrió.
Él continuó.
—Pensé que estaba celoso porque la amaba. Después comprendí que estaba furioso porque ella había elegido antes de que yo pudiera decidir si quería hacerlo.
Frances guardó silencio.
Era el William que había conocido.
El hombre que confundía perder con amar.
—¿Qué hizo?
—Algo estúpido.
—Eso también parece familiar.
William sonrió sin humor.
—Intenté recuperarla.
—¿Aunque no la quería?
—Quería ganar.
La honestidad de la respuesta dolió incluso años después.
—¿Y ella?
—Me dijo que era un idiota.
—Me agrada Catherine.
William rio.
—A mí también, ahora.
—¿Se casó con el otro hombre?
—Sí. Tienen dos hijos.
Frances sintió alivio.
Ridículo.
Profundo.
—¿Y cuándo supo que no estaba enamorado?
William la miró.
—Cuando ella se marchó y lo que más me molestó fue que hubiese tomado una decisión sin mí.
Frances comprendió.
—Conmigo fue diferente.
No era una pregunta.
William no intentó fingir modestia.
—Muchísimo.
—¿Cómo lo supo?
Él sostuvo su mirada.
—Porque cuando usted aceptó a Philip, mi primer impulso fue apartarlo.
Frances arqueó una ceja.
—Eso no parece diferente.
—No. Espere.
William tomó aire.
—La diferencia llegó después. Cuando comprendí que podía ser feliz con él.
La expresión de Frances cambió.
—Entonces no quería ganar.
—Quería.
—William.
—No he dicho que me volviera santo.
Ella sonrió.