Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 23 #3
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CAPITULO 23 #3

—Que usted estaba tomando decisiones mientras yo seguía preparando una vida perfecta antes de presentarme.

William sostuvo su mirada.

—Y pensé que podía perder meses construyendo una casa, organizando rutas y demostrando independencia para llegar después y descubrir que usted ya había elegido otra cosa.

Frances no habló.

—No quiero convertirme en un hombre que siempre llega cuando todo está resuelto.

La frase tenía algo más profundo.

Cornelius.

George.

Incluso Frances.

William había pasado gran parte de su vida reaccionando después de que otros tomaran decisiones.

—Entonces regresé antes de estar listo —dijo.

Ella sonrió suavemente.

—Eso tuvo que dolerle.

—Muchísimo.

—¿Todavía no está listo?

—No.

—Bien.

William arqueó una ceja.

—¿Bien?

—No quiero un marido terminado.

Él dejó de respirar.

La palabra marido apareció entre ellos.

Frances también pareció darse cuenta.

—Quiero decir...

—No.

William sonrió lentamente.

—Por favor, continúe.

—No voy a continuar.

—Acaba de decir marido.

—Era hipotético.

—Mi palabra favorita.

Frances intentó retirar la mano.

William la soltó de inmediato, aunque continuó sonriendo.

—Es insoportable.

—Lo sé.

—Y acaba de perder puntos.

—¿Cuántos tenía?

—Muy pocos.

—Eso parece estadísticamente improbable.

Frances negó mientras retomaba el camino.

William la alcanzó.

—No quiero un hombre terminado —repitió ella finalmente—. Creo que parte de mi miedo con usted era que todavía estaba construyéndose. Philip sabía exactamente dónde viviría, qué propiedad administraría y qué clase de vida quería. Montrose también.

—Y yo no.

—No.

—Eso no parece una ventaja.

Frances lo miró.

—Empiezo a pensar que puede serlo.

William permaneció en silencio.

—Porque yo tampoco sé exactamente qué vida quiero —continuó—. Solo sabía qué vida no deseaba.

—Entonces podríamos equivocarnos juntos.

—Eso tampoco es una buena estrategia de seducción.

—Tengo otras.

Frances sintió el calor ascender por su cuello.

William vio el efecto.

—No estaba hablando de eso.

—No dije nada.

—Lo pensó.

—Probablemente.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

William rio.

El sonido llegó hasta Alice, quien levantó la vista del libro y sonrió discretamente antes de volver a leer.

Frances continuó caminando.

—Mañana Montrose me acompañará a una velada.

William dejó de reír.

—Pensé que era esta noche.

—Mañana.

—Ah.

—¿Qué significa ese sonido?

—Nada.

—William.

—Significa que tenía esperanza de que fuese esta noche y hubiese olvidado hacerlo.

Frances sonrió.

—No.

—Podría enfermar.

—No lo hará.

—Los duques parecen delicados.

—Montrose no.

—Lamentablemente.

Frances lo estudió.

—¿Vendrá?

—¿A la velada?

—Sí.

William se metió las manos en los bolsillos.

—No estaba invitado.

—Puedo pedir a lady Pembroke que lo incluya.

—Eso sería utilizar su influencia en favor de un pretendiente.

—¿Le molesta?

—En absoluto.

Frances rio.

—Entonces vendrá.

—Sí.

—¿Y se comportará?

William hizo una pausa.

—Defina comportarse.

—No interrumpirá mis danzas.

—Eso es razonable.

—No utilizará a Edward para descubrir cuántas le he concedido a Montrose.

William evitó su mirada.

Frances se detuvo.

—¿Ya se lo preguntó?

—Solo de manera casual.

—¡William!

—Eso fue antes de la regla.

—La regla se estableció ayer.

—Pregunté anoche.

Frances lo miró con abierta indignación.

—Eso es después.

—Técnicamente estábamos en una zona temporal ambigua.

Ella soltó una carcajada.

—No puedo creerlo.

—Le prometí que no volveré a hacerlo.

—¿Y qué dijo Edward?

William sonrió.

—No voy a responder.

—Porque sabe que se enfadará.

—Exactamente.

Frances negó con la cabeza.

—Mañana bailaré con Montrose.

—Lo sé.

—Y quizá con otros.

—Menos agradable, pero también lo sé.

—¿Y usted?

William la miró.

—Espero que conmigo.

La sencillez de la respuesta la tomó desprevenida.

—No baila bien.

—He estado practicando.

Frances abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

William pareció arrepentirse inmediatamente de haberlo admitido.

—Nada.

—Ha estado practicando.

—Tal vez.

—¿Con quién?

—Una instructora.

Frances sintió algo que no esperaba.

Celos.

Pequeños.

Ridículos.

Completamente irracionales.

William lo vio.

Una sonrisa lenta apareció.

—Oh.

—No.

—Está celosa.

—No lo estoy.

—Frances.

—Era una pregunta.

—Una pregunta formulada con una expresión homicida.

Ella retiró la mano.

—No quiero saberlo.

—Tiene sesenta años.

Frances se detuvo.

William comenzó a reír.

—Eso no es gracioso.

—Muchísimo.

—No estaba celosa.

—Naturalmente.

Frances lo empujó en el hombro.

William rio con mayor fuerza.

—Deje de hacerlo.

—Imposible.

—Está arruinando su primer día.

—Al contrario. Se ha vuelto extraordinario.

Frances intentó mantener la seriedad.

No lo consiguió.

Terminó riendo con él.

Cuando el humor disminuyó, William la miró con una ternura que cambió de nuevo el ambiente.

—Practiqué porque usted dijo que tendría que bailar conmigo.

Frances bajó la vista.

—Eso fue antes.

—Lo sé.

—Podría haber olvidado la promesa.

—Yo no.

—William.

—No necesitaba volverme excelente. Solo quería dejar de pisarle los pies.

Frances sonrió.

—Eso es considerado.

—Añádalo a mi lista de cualidades.

—No hay lista.

—Mal momento para abandonarlas.

Ella volvió a reír.

Llegaron a la terraza poco antes del mediodía.

Dos horas.

Habían caminado durante casi dos horas sin que Frances lo notara.

William tampoco.

Alice se adelantó hacia la casa.

Frances se detuvo antes de subir los escalones.

—Creo que su primera visita oficial ha terminado.

William miró hacia la puerta.

—¿Ya?

—Dos horas.

—Eso parece insuficiente.

—Es el objetivo.

—Los ingleses realmente diseñaron este sistema para torturar personas.

—Mañana puede intentarlo de nuevo.

William sonrió.

—¿A las diez?

—Tengo compromisos.

—¿Once?

Frances pensó.

—Montrose viene a buscarme a las siete.

William endureció la mandíbula.

—Eso no responde.

Ella ocultó una sonrisa.

—Puede venir a las cuatro.

—Tres.

—Cuatro.

—Tres y media.

—William.

—Cuatro.

Frances sonrió.

—Bien.

Él permaneció frente a ella.

Ninguno parecía dispuesto a terminar.

Frances sostuvo el cuaderno contra el pecho.

—Gracias por esto.

—Úselo para lo que quiera.

—Tal vez escriba una nueva lista.

William hizo una mueca.

—Eso sería cruel.

—Pretendiente número uno: americano.

—Buen comienzo.

—Arrogante.

—Opinable.

—Celoso.

—Temporalmente.

—Mal bailarín.

—Información desactualizada.

Frances sonrió.

—Persistente.

William la miró.

—Mucho.

La ligereza disminuyó.

Frances bajó la vista.

—Y honesto.

Aquello lo sorprendió.

Ella añadió:

—Ahora.

William sostuvo su mirada.

—Estoy aprendiendo.

—Lo sé.

Durante un instante ninguno habló.

William deseaba besarla.

Frances lo supo.

No porque él se moviera.

Porque sus ojos descendieron apenas hacia su boca y regresaron inmediatamente.

No preguntó.

Aquella mañana no.

Y Frances agradeció que no lo hiciera.

Todavía necesitaba que el beso no se convirtiera en el centro de aquel nuevo comienzo.

—Hasta mañana —dijo.

William asintió.

—Hasta mañana.

Frances subió el primer escalón.

—Y William.

—¿Sí?

Ella volvió el rostro.

—Puede reservarme una danza.

La expresión de él cambió.

—¿Solo una?

—Empiece por sobrevivir a esa.

William sonrió.

—Acepto el desafío.

—No es un desafío.

—Todo mejora cuando lo es.

Frances negó con la cabeza y entró en la casa.

William permaneció en la terraza varios segundos después de que la puerta se cerrara.

El primer día había salido sorprendentemente bien.

No había utilizado dinero de manera absurda.

No había interrogado a nadie.

No había insultado a Montrose.

No había intentado besarla.

Y Frances le había concedido una danza.

Un progreso notable.

Caminó hacia el carruaje con una sonrisa.

Hasta que recordó que al día siguiente tendría que verla bailar con Montrose antes o después de hacerlo con él.

La sonrisa disminuyó.

Madurez.

Respiró profundamente.

La palabra comenzaba a resultarle ofensiva.

Frances abrió el cuaderno esa noche.

Había esperado hasta que todos se retiraron y Alice terminó de ayudarla a prepararse para dormir. La casa estaba en silencio, las ventanas abiertas permitían entrar el aire fresco de la noche y una sola vela iluminaba el escritorio.

Colocó el pequeño cuaderno azul frente a ella.

Página en blanco.

Exactamente como William había prometido.

Tomó la pluma.

No sabía qué escribir.

Durante varios minutos observó el papel hasta que finalmente colocó la fecha en la esquina superior.

Después:

Primer día del cortejo de William Henry Vanderbilt.

Se detuvo.

Aquello parecía una lista.

Sonrió.

Añadió:

Llegó dos minutos temprano.

Pretendió que eso era puntualidad.

Regalo: un cuaderno en blanco.

Acierto inesperado.

Frances apoyó la barbilla en una mano.

Después de un momento continuó:

No intentó impresionarme.

No intentó convencerme de que Montrose es inferior.

No pidió que dijera aquello que todavía no sé si puedo decir.

Me habló de su padre.

De Nueva York.

Del miedo a renunciar y luego arrepentirse.

Hoy comprendí que William no ha regresado con respuestas terminadas.

Curiosamente, eso me tranquiliza.

Porque yo tampoco las tengo.

La pluma quedó suspendida.

Pensó en el momento junto al lago.

En la forma en que él esperaba antes de cada acercamiento.

En cómo había tomado su mano solo después de recibir permiso.

Frances escribió:

Me pregunté durante meses si el hombre del que me enamoré existía realmente o si lo construí entre cartas y ausencia.

Hoy descubrí que existe.

La palabra la detuvo.

Enamoré.

No enamorándome.

Enamoré.

Frances miró la frase.

No la tachó.

Continuó:

Eso no significa que vaya a escogerlo.

Todavía.

Mañana veré a Montrose.

Quiero hacerlo.

Y esa verdad también importa.

Cerró el cuaderno.

El corazón le latía más rápido.

William había dicho que aquellas páginas podían contener cualquier cosa.

No sabía que quizá terminarían conteniendo la respuesta antes de que Frances tuviera valor para pronunciarla.

Dejó el cuaderno dentro del cajón del escritorio.

Apagó la vela.

Y mientras caminaba hacia la cama comprendió que el verdadero peligro de aquel cortejo no era que William consiguiera convencerla.

Era que quizá ya no necesitaba hacerlo.