CAPITULO 23 #2
—Le dije que quiero una casa propia en Nueva York. No una residencia dentro de la sombra de mi padre. Que quiero establecer otra aquí si el proyecto funciona y si usted desea pasar parte del año en Inglaterra.
Frances escuchaba sin interrumpir.
—También le dije que no prometo renunciar a todo por usted.
Ella volvió la cabeza.
—Qué romántico.
William sonrió.
—Su padre reaccionó mejor.
—Eso me preocupa.
—Le expliqué que no quiero hacer sacrificios grandiosos y después convertirme en un hombre que la culpe por aquello que perdió.
Frances quedó completamente quieta.
William avanzó un paso antes de notar que ya no caminaba.
Se volvió.
Ella lo observaba con una expresión que no podía interpretar.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿A mi padre?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—Frances.
Ella soltó una risa suave.
—Lo siento.
William se acercó nuevamente.
—No quiero prometerle una vida donde nunca tenga que renunciar a nada. Sería mentira.
La sonrisa desapareció.
—Tampoco espero eso.
—Lo sé.
—Si me caso, abandonaré ciertas posibilidades.
William sintió el efecto inmediato de aquellas palabras.
Si me caso.
No con él.
No todavía.
—También yo —dijo.
—Nueva York continuará siendo importante para usted.
—Sí.
—Y su familia.
—Siempre.
—No quiero que algún día me mire y piense que lo aparté de ellos.
William sostuvo su mirada.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que ninguna decisión importante sea únicamente su culpa o únicamente la mía.
Frances lo observó.
—Eso suena difícil.
—Muchísimo.
—No es una gran estrategia de seducción admitirlo.
—Estoy probando la sinceridad. Parece producir mejores resultados.
Ella sonrió.
—A veces.
Volvieron a caminar.
Esta vez Frances fue quien extendió la mano hacia su brazo.
William dejó de respirar.
No dijo nada.
Ella apoyó los dedos sobre su manga como si fuera lo más natural del mundo.
William miró hacia delante.
—¿Está bien? —preguntó Frances.
—Perfectamente.
—Parece haber olvidado caminar.
—No estaba preparado.
—Solo tomé su brazo.
—Lo sé.
—Hemos hecho cosas mucho menos inocentes.
William volvió la cabeza.
—No debería recordármelo mientras intento respetar sus reglas.
El rubor apareció lentamente en las mejillas de Frances.
Una victoria minúscula.
William decidió disfrutarla sin comentarios.
Caminaron durante varios minutos en silencio. No era el silencio incómodo que habían compartido después de casi besarse junto al lago meses atrás. Ahora había una intimidad tranquila, construida sobre las cartas y la certeza de que ninguno necesitaba llenar cada pausa.
Llegaron a la rosaleda.
Frances se detuvo frente a un arbusto de flores pálidas.
—Philip me regaló un libro.
William sintió que el nombre todavía despertaba una respuesta automática.
Mucho menos violenta que antes.
Pero presente.
—Lo recuerdo.
—Lo escogió porque sabía que me interesaban las plantas cuando era niña.
William observó las rosas.
—Fue un buen regalo.
—Sí.
Frances retiró la mano de su brazo.
—Y Montrose me trajo ayer el informe sobre escuelas.
—También un buen regalo.
—Está aprendiendo.
—Estoy sufriendo en silencio.
Ella sonrió.
—No le cuento esto para ponerlo celoso.
—Lo sé.
William guardó las manos dentro de los bolsillos.
—¿Entonces por qué?
Frances tocó uno de los pétalos.
—Porque ambos recordaron cosas sobre mí o descubrieron intereses que yo podía desarrollar.
Volvió hacia él.
—Y usted me regaló páginas vacías.
William sintió un primer impulso de preocupación.
—¿Eso fue malo?
—No.
Frances negó.
—Creo que fue la primera vez que alguien me regaló algo sin decidir antes para qué debía utilizarlo.
La emoción en su voz eliminó el miedo.
—Podría escribir recetas —dijo William.
Ella arqueó una ceja.
—No sé cocinar.
—Entonces ya descubrimos una incompatibilidad seria.
Frances rio.
—¿Usted sí?
—No.
—Excelente. Moriremos de hambre.
—Tenemos dinero. Alguien cocinará.
—Ahí está el Vanderbilt.
William sonrió.
—Pensé que lo había perdido.
Frances lo observó.
—No quiero que lo pierda.
La frase fue sencilla.
Aun así lo atravesó.
—¿Qué cosa?
—Esa parte de usted.
—La arrogancia.
—No toda.
—Qué decepción.
Ella sonrió.
—Quiero que cambie aquello que lo hace infeliz. No quiero que se convierta en otra persona para parecer más adecuado.
William sintió que algo dentro de él se ablandaba.
—Eso podría aplicarse también a usted.
Frances frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué debo cambiar?
—Nada porque yo lo decida.
—Respuesta prudente.
—Pero creo que pasó años intentando ser razonable incluso cuando deseaba cosas poco razonables.
Ella desvió la mirada.
—Tal vez.
—Escoger esposo mediante una lista fue un ejemplo particularmente alarmante.
—Esa lista fue útil.
—Terminó conmigo como consejero.
—Exactamente. Demuestra que el sistema tenía fallas.
William rio.
La observó un momento.
—¿Y ahora?
Frances volvió hacia él.
—¿Ahora qué?
—¿Todavía cree que debería escoger esposo con la cabeza antes que con el corazón?
La pregunta modificó la expresión de ella.
William se arrepintió de inmediato.
—No tiene que responder.
—No.
Frances miró las flores.
—Quiero hacerlo.
Respiró profundamente.
—Creo que confundía el miedo con inteligencia.
William permaneció quieto.
—Veía matrimonios que comenzaban con pasión y terminaban mal, así que concluí que la pasión era peligrosa.
—A veces lo es.
—Sí. Pero también lo es escoger a alguien únicamente porque parece incapaz de herirnos.
William recordó las palabras que le había dicho meses atrás.
No acepte nunca solo porque un hombre sea incapaz de hacerla desdichada.
—Philip me habría cuidado —continuó Frances—. Habría respetado mis opiniones. Podríamos haber construido algo bueno.
—Sí.
Pronunciarlo ya no dolía como antes.
—Pero cuando imaginaba esa vida —dijo ella— sentía tranquilidad.
William esperó.
—Con usted siento muchas cosas.
Una sonrisa involuntaria apareció.
—Algunas probablemente ilegales.
—William.
—Lo siento.
Frances intentó no sonreír.
—Siento miedo.
La diversión desapareció de él.
—¿De mí?
—A veces.
William quedó completamente quieto.
Ella vio la reacción.
—No de que me haga daño deliberadamente.
—Entonces ¿de qué?
Frances buscó las palabras.
—De cuánto puede importarme.
La respuesta eliminó cualquier preparación que William tuviera.
—Cuando Philip se retiró, estuve triste —continuó—. Mucho. Pero sabía que sobreviviría. Cuando usted se marchó a Nueva York...
Se detuvo.
—No sabía qué hacer con la ausencia.
William sintió que la garganta se cerraba.
—Frances.
—No termine la conversación solo porque se ha vuelto incómoda.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Ella inspiró.
—Eso es lo que todavía me asusta. La posibilidad de entregar tanta parte de mi felicidad a otra persona.
William comprendió.
Quizá mejor que nadie.
—También me asusta.
Frances levantó la vista.
—¿Sí?
—Durante años evité exactamente eso.
—Lo sé.
—Pensaba que no pertenecer a nadie significaba ser libre.
—Y ahora.
William la miró.
—Ahora creo que la libertad también puede ser escoger a quién permitimos importarnos.
Frances sintió que los ojos comenzaban a humedecerse.
—Eso fue peligrosamente romántico.
—No se acostumbre.
Ella soltó una risa suave.
William sintió el impulso de tocarla.
No lo hizo.
Frances lo vio.
La regla.
Siempre la regla.
—Puede tomar mi mano —dijo.
William parpadeó.
—No he preguntado.
—Estoy adelantándome.
Él extendió la mano.
Frances colocó la suya sobre ella.
William entrelazó lentamente los dedos.
No había guantes.
La mañana era cálida y Frances había salido sin ellos.
El contacto directo fue tan inesperadamente íntimo que ambos quedaron en silencio.
William rozó con el pulgar el dorso de su mano.
—Esta parte del cortejo inglés empieza a gustarme.
—Eso no está permitido en todos los paseos.
—No arruine mi entusiasmo.
Frances sonrió.
Caminaron hacia el lago.
Cuando llegaron al mismo lugar donde meses atrás ella había perdido el equilibrio y él la había atrapado, ambos disminuyeron el paso.
William miró el charco inexistente.
—Aquí casi cometimos un error.
—Yo casi caí.
—No me refería a eso.
El color apareció en el rostro de Frances.
—Lo sé.
William no la miró directamente.
—Quise besarla.
—También lo sé.
—Y creo que usted quería que lo hiciera.
Frances guardó silencio.
—Eso ya no importa —añadió él rápidamente.
—Sí quería.
William volvió la cabeza.
Ella parecía avergonzada y desafiante al mismo tiempo.
—No sabía qué significaba —dijo.
—Yo tampoco.
—Pensé que era atracción.
—Lo era.
—No únicamente.
William cerró un poco más los dedos alrededor de los suyos.
Frances miró hacia el lago.
—¿Sabe qué fue lo peor?
—¿Qué?
—Que después me dijo que continuara con Philip.
William hizo una mueca.
—Estaba intentando ser honorable.
—Era horrible.
—También.
Ella rio.
—Me hizo pensar que había imaginado todo.
William se detuvo.
—¿En serio?
Frances asintió.
La culpa apareció en su rostro.
—Lo siento.
—Ya nos hemos disculpado suficiente por nuestras primeras semanas.
—No creo que exista una cantidad suficiente.
—William.
—Bien.
Continuaron caminando.
A cierta distancia, Alice se sentó sobre un banco y abrió un libro, dándoles una privacidad cuidadosamente administrada.
William miró hacia ella.
—Su doncella parece mucho más relajada que durante nuestros primeros paseos.
—Alice sabía antes que yo lo que estaba ocurriendo.
—Eso no resulta tranquilizador.
—Las doncellas saben todo.
—He comenzado a sospecharlo.
Frances volvió hacia él.
—Tengo una pregunta.
—Adelante.
—¿Por qué decidió regresar cuando lo hizo?
William la observó.
Podía responder negocios.
George estaba recuperado.
El proyecto necesitaba presencia inglesa.
Todas eran ciertas.
No eran la razón completa.
—Porque recibí la noticia de que Philip se había retirado.
Frances abrió los ojos.
William sonrió.
—No me mire así. No dije que fuera la única razón.
—¿Entonces vino porque quedó libre el puesto?
—Eso suena espantoso.
—Es exactamente lo que acaba de decir.
—No.
William se detuvo frente a ella.
—Volví porque comprendí que estaba esperando tener cada respuesta antes de hacerlo.
—¿Y Philip?
—Cuando supe que había terminado el cortejo, entendí algo.
—¿Qué?