Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 23
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CAPITULO 23

W illiam descubrió a las nueve y veinte de la mañana siguiente que cortejar a una mujer inglesa sin recurrir a una fortuna resultaba mucho más complicado de lo que había previsto.

A las ocho había rechazado flores porque el arreglo parecía apropiado para un funeral.

A las ocho y cuarto había rechazado un segundo ramo porque contenía tantas rosas que incluso el florista admitió que podía interpretarse como una propuesta matrimonial.

A las ocho y media había considerado enviar libros hasta recordar que Montrose ya había utilizado aquel recurso con una eficacia irritante.

A las nueve decidió que no necesitaba llevar nada.

A las nueve y cinco cambió de opinión.

A las nueve y diez se encontró frente al escaparate de una pequeña tienda de papelería en Bond Street observando cuadernos, plumas y cajas de correspondencia como un hombre que jamás hubiese comprado un objeto en toda su vida.

—¿Busca algo especial, señor? —preguntó la dependienta.

William continuó mirando una serie de cuadernos encuadernados en piel.

—No estoy seguro.

—¿Un obsequio?

—Sí.

—¿Para una dama?

La pregunta parecía innecesaria, aunque William asintió.

—¿Es una ocasión particular?

Él pensó en Frances extendiendo la mano en el invernadero, en las reglas establecidas y en el acuerdo que comenzaría oficialmente a las diez de aquella mañana.

—Es el primer día de un cortejo.

La mujer abrió mucho los ojos.

—Oh.

William se tensó.

—¿Eso es malo?

—No. Solo esperaba que dijera cumpleaños.

—Yo también preferiría un cumpleaños.

La dependienta ocultó una sonrisa.

—Entonces quizá flores.

—Ya las descarté.

—Bombones.

—Demasiado predecible.

—Perfume.

—Demasiado íntimo.

La mujer lo observó durante un momento.

—Parece haber pensado bastante.

—Lamentablemente.

Ella señaló los cuadernos.

—¿Le gusta escribir?

William pensó en todas las cartas que habían cruzado el Atlántico.

—Mucho más de lo que esperaba.

—Entonces podría regalarle uno.

William tomó un pequeño volumen de piel azul oscuro. Era sencillo, elegante y lo bastante pequeño para llevarlo dentro de un bolso. Las páginas estaban completamente en blanco.

—¿Para qué?

—Para aquello que quiera escribir.

William volvió lentamente la vista hacia la mujer.

—Eso podría funcionar.

—Podemos grabar iniciales.

—No.

La respuesta fue inmediata.

No quería convertir el objeto en algo ceremonial ni pretender que ya tenía derecho a marcarlo con el nombre de Frances.

—Así está bien.

Pagó y salió de la tienda con la pequeña caja en el bolsillo de la chaqueta.

A las nueve y treinta y cinco entró en su carruaje.

A las nueve y cincuenta ya podía ver Blackwood Hall.

A las nueve y cincuenta y siete estaba frente a la puerta.

William miró el reloj.

Tres minutos.

Podía esperar.

Había pasado meses haciéndolo.

Tres minutos no representaban ninguna dificultad.

A las nueve y cincuenta y ocho bajó del carruaje.

El mayordomo abrió antes de que pudiera golpear.

—Señor Vanderbilt.

William miró el reloj del vestíbulo.

—Es posible que haya llegado ligeramente temprano.

El hombre observó el reloj.

—Dos minutos, señor.

—Exactamente.

—Lady Frances pidió que, si llegaba antes de las diez, esperara en el salón azul.

William entrecerró los ojos.

—¿Pidió específicamente eso?

—Sí, señor.

—¿Con qué anticipación?

—Hace aproximadamente una hora.

William sonrió.

Frances lo conocía demasiado bien.

—El salón azul, entonces.

Esperó allí exactamente ciento veinte segundos.

A las diez, la puerta se abrió.

Frances entró.

William se puso de pie.

Y durante un segundo olvidó que debía estar molesto por haber sido sometido a una prueba de puntualidad.

Ella llevaba un vestido de mañana color crema, bordado con pequeñas flores en tonos azules. El cabello estaba recogido de forma sencilla, sin las perlas ni adornos que utilizaba durante las veladas, y una cinta azul rodeaba su cintura.

No era un vestido preparado para impresionar.

William lo encontró devastador.

Frances cerró la puerta.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ella miró el reloj.

—Puntual.

—Llegué dos minutos antes.

—Lo sé.

—Eso fue cruel.

—Era la primera prueba.

William se llevó una mano al pecho.

—¿Ya existen pruebas?

—Naturalmente.

Él cerró los ojos.

Frances comenzó a reír.

—No puedo creer que continúe utilizando esa palabra contra mí.

—Es uno de los pocos beneficios que obtuve de nuestra primera convivencia.

William se acercó.

No demasiado.

La regla del día anterior continuaba presente.

—¿Está lista?

Frances arqueó una ceja.

—¿Para qué?

William se detuvo.

—Para nuestro primer día de cortejo.

—No sabía que existiera un programa.

—Todavía no.

—Eso me preocupa.

—A mí también.

Ella sonrió.

—¿Qué ha planeado?

William introdujo una mano en el bolsillo.

—Primero esto.

Sacó la pequeña caja.

Frances la observó.

—Regla número tres.

—No he gastado una cantidad absurda de dinero.

—Eso depende de su definición.

—Costó menos que sus zapatos.

Frances bajó la vista hacia sus zapatos.

—¿Cómo sabe cuánto cuestan?

William hizo una pausa.

—No lo sé.

—Entonces acaba de inventarlo.

—Era una estimación.

—Muy deficiente.

—Abra la caja antes de arruinar mi reputación financiera.

Ella tomó el paquete.

William observó sus manos mientras retiraba la cinta y abría la tapa.

El cuaderno apareció.

Frances quedó inmóvil.

—Está en blanco.

—Esa era la idea.

Ella levantó los ojos.

—¿Por qué?

William se metió ambas manos en los bolsillos porque, de otro modo, probablemente intentaría tocarla.

—Porque nuestras cartas terminaron convirtiéndose en el lugar donde decíamos cosas que no conseguíamos pronunciar frente a frente.

Frances bajó la mirada hacia las páginas.

—Pensé que quizá necesitaríamos continuar haciéndolo.

William sintió que la expresión de ella cambiaba.

No esperaba emoción.

Al menos no tanta.

—No tiene iniciales —dijo Frances.

—No quería decidir qué debía escribir en la cubierta.

Ella comprendió.

No lady Frances Vane.

No Frances Vanderbilt.

Nada que asumiera una respuesta que todavía no había dado.

Solo páginas.

Espacio.

Posibilidad.

—Gracias —murmuró.

William respiró.

—¿Aprobado?

Frances cerró el cuaderno.

—Primera prueba superada.

—Excelente.

—No se entusiasme.

—Demasiado tarde.

Ella sostuvo el regalo contra el pecho.

—¿Y ahora?

William sonrió.

—Ahora caminaremos.

Frances lo miró con abierta sospecha.

—¿Eso es todo?

—Estoy intentando aprender las costumbres inglesas. Me han explicado que cortejar consiste principalmente en caminar lentamente mientras una doncella finge que no escucha.

—Parece haber comprendido la esencia.

—Me resulta extraordinariamente ineficiente.

Frances rio.

—Alice está esperando en la terraza.

—Naturalmente.

William suspiró.

El jardín estaba cubierto por el sol suave de la mañana. Las lluvias de días anteriores habían dejado el césped brillante y los rosales comenzaban a abrirse por completo, llenando el aire de un aroma dulce que se mezclaba con el de la tierra húmeda.

Frances caminaba a su lado.

No tomaba su brazo.

William lo notaba constantemente.

También sabía que no debía ofrecerlo demasiado pronto, porque todo aquello formaba parte de la nueva dinámica que habían acordado: William no asumiría cercanía solo porque ya la había tenido.

El problema era que su cuerpo recordaba perfectamente la forma en que Frances encajaba contra él.

Su mente tampoco colaboraba.

—Está muy callado —dijo ella.

—Estoy intentando comportarme.

—No parece una actividad natural para usted.

—Es agotadora.

Frances sonrió.

Alice caminaba detrás a suficiente distancia para cumplir con las convenciones sin interferir realmente en la conversación.

William miró hacia el sendero.

—Quiero preguntarle algo.

—Eso suele ser peligroso.

—He pensado mucho en su pregunta acerca del hogar.

Frances dejó de sonreír.

No se detuvo, pero su paso disminuyó.

—¿Y?

—Todavía no tengo una respuesta completa.

—No esperaba una.

—Antes de conocerla, habría dicho Nueva York.

—¿Porque allí está su familia?

—Porque allí estaba todo lo que sabía.

William observó los árboles.

—Pero también pasé años pensando que debía marcharme para demostrar que podía existir fuera del lugar que mi padre había construido.

—Y ahora quiere volver voluntariamente.

—Sí.

—Eso debe de resultar extraño.

William rio suavemente.

—Extraordinariamente.

Frances esperó.

—Creo que hogar no es una ciudad —continuó—. Tampoco una casa.

—¿Entonces?

William la miró.

—Es el lugar donde uno puede regresar sin tener que demostrar quién es.

Frances quedó en silencio.

Él sabía que aquella respuesta no se limitaba a ella.

Pensaba también en George, en su madre y en Cornelius sentado junto a la cama de un hijo solo cuando nadie lo observaba.

Pensaba en Blackwood Hall, donde había llegado como un Vanderbilt problemático y terminado siendo simplemente William.

—En Nueva York siempre sentí que estaba rindiendo un examen —dijo—. Frente a mi padre, frente a mis hermanos, frente a socios que esperaban que demostrara si merecía el apellido. Aquí...

Hizo una pausa.

—Aquí también lo hizo —dijo Frances.

William la miró.

—Muchísimo.

—Mi padre lo interrogó ayer.

Él arqueó una ceja.

—¿Cómo lo sabe?

—Mamá.

—Las mujeres de esta familia poseen un sistema de inteligencia mejor que el de algunos gobiernos.

—¿Qué le preguntó?

—Varias cosas.

—William.

—No creo que debamos discutir los detalles.

Frances detuvo el paso.

Él también.

—¿Le pidió permiso para cortejarme?

—No exactamente.

—¿Qué significa no exactamente?

William suspiró.

—Me informó que no me expulsaría de la casa.

Ella abrió mucho los ojos.

—Eso es casi una bendición viniendo de papá.

—Eso pensé.

Frances intentó ocultar una sonrisa.

—¿Y qué más?

William sabía que podía convertir la conversación en una broma.

No lo hizo.

—Quería saber qué estaba dispuesto a ofrecerle.

La sonrisa desapareció.

—¿Y qué respondió?

—Que no tenía una vida terminada para ofrecer.

Frances bajó la mirada.

—Eso no debió gustarle.

—En realidad creo que fue la primera respuesta que le gustó.

William continuó caminando y ella retomó el paso.