CAPITULO 22 #4
El cuerpo de William era exactamente como lo recordaba y, al mismo tiempo, diferente porque ahora no existía urgencia ni despedida. Él no intentaba besarla antes de marcharse.
Solo la sostenía.
—Extrañé esto —murmuró ella.
William apoyó el rostro contra su cabello.
—Eso cuenta como la segunda cosa.
Frances sonrió contra su pecho.
—Tramposo.
—Americano.
—No son sinónimos.
—Depende de a quién pregunte.
Permanecieron abrazados unos segundos más.
Después Frances retrocedió.
William la soltó inmediatamente.
Otra de aquellas pequeñas diferencias.
—Montrose viene mañana —dijo ella.
William apretó los labios.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Su padre disfruta proporcionándome información que pone a prueba mi madurez.
—Entonces debería dejar de preguntarle.
—No.
Ella rio.
—Quiero seguir recibiéndolo.
William asintió.
—Bien.
La palabra salió como si le costara físicamente.
Frances lo observó.
—No parece bien.
—No lo es.
—Entonces no diga que sí para parecer noble.
William reflexionó.
—De acuerdo. Detesto que continúe cortejándola.
—Mejor.
—Deseo que mañana llueva tanto que su carruaje no pueda salir de Londres.
—William.
—Pero no le pediré que lo rechace.
Frances sonrió.
—Mucho mejor.
—Eso es lo máximo que conseguirá hoy.
—Lo aceptaré.
William tomó aire.
—Y mañana comenzaré oficialmente.
—¿Comenzará qué?
—Mi cortejo.
—Ah.
—No ponga esa cara.
—¿Qué cara?
—La que hace cuando está a punto de inventar una regla.
Frances sonrió.
—Pensaba establecer algunas.
—Naturalmente.
Ella levantó una ceja.
William cerró los ojos.
—Lo siento. Se me escapó.
—Primera regla: no utilizará a mi familia para obtener información sobre Montrose.
—Inaceptable.
—William.
—De acuerdo.
—Segunda: no investigará sus finanzas, amantes, propiedades ni enfermedades familiares.
—Ya lo hice.
Frances lo miró.
—Antes.
—Antes.
—Entonces no seguirá investigando.
—Bien.
—Tercera: no intentará impresionarme gastando cantidades absurdas de dinero.
—Eso elimina varias ideas.
—Precisamente.
—¿Existe un límite?
—Si necesita preguntar, es demasiado.
William suspiró.
—Los ingleses realmente convierten el romance en una actividad innecesariamente complicada.
—Y cuarta.
—¿Hay más?
—Sí.
Frances se acercó apenas.
—No me bese sin preguntar.
La ligereza desapareció.
William sostuvo su mirada.
—Nunca más.
La certeza con que lo dijo produjo un estremecimiento.
Frances respiró.
—Bien.
Él no se movió.
—¿Existe una quinta?
Ella pensó.
—Sí.
William pareció resignado.
—Adelante.
—No me pregunte si lo amo.
La expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque quiero decirlo cuando lo sepa, no porque usted necesite oírlo.
William la observó largamente.
Después asintió.
—Acepto.
Frances sonrió.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Él extendió la mano.
—¿Lo formalizamos?
Ella recordó el primer apretón en Blackwood Hall.
Aquel absurdo pacto donde William debía ayudarla a encontrar esposo.
Colocó su mano sobre la de él.
—Esta vez espero mejores resultados.
William cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Yo también.
—¿Y qué obtiene usted de este acuerdo?
La pregunta lo hizo sonreír.
Había sido la misma que ella formuló meses atrás.
Entonces William no sabía la respuesta.
Ahora sí.
—La oportunidad de demostrarle que puedo ser el hombre que describí en aquella lista.
Frances sintió que la emoción volvía.
—Eso parece una tarea considerable.
—Soy muy bueno resolviendo problemas.
—Yo no soy un problema.
William levantó su mano y besó suavemente los nudillos.
—No.
Sus ojos encontraron los de ella.
—Es la primera cosa en mi vida que no quiero resolver.
Frances dejó de respirar.
—Quiero construirla.
La frase quedó entre ambos.
No un hogar.
No un matrimonio.
Todavía no.
Una vida.
Ella apretó los dedos alrededor de los suyos.
—Entonces tendrá que empezar mañana.
William sonrió.
—A primera hora.
—No antes de las diez.
—Nueve.
—Diez.
—Nueve y media.
—Eso no es negociar.
—Es exactamente negociar.
Frances rio.
—Diez.
William suspiró.
—Diez.
Ella soltó su mano.
—Buenas noches, señor Vanderbilt.
—Todavía son las seis.
—Necesito prepararme para la cena.
—¿No estoy invitado?
Frances fingió pensarlo.
La expresión de William pasó de diversión a alarma.
—Frances.
Ella sonrió.
—Naturalmente.
William cerró los ojos.
—Voy a odiar esa palabra durante el resto de mi vida.
Frances salió riendo.
William permaneció en el salón observando la puerta por la que había desaparecido.
Mañana podía cortejarla.
Montrose continuaba siendo un problema.
Frances todavía no le había dicho que lo amaba con certeza.
Y nada estaba garantizado.
Curiosamente, William jamás se había sentido más tranquilo.
Porque por primera vez en toda aquella historia, el futuro no dependía de una lista, una apuesta ni de quién llegara primero.
Dependía de lo que fueran capaces de construir cuando ninguno de los dos estuviera intentando escapar.
Y William Vanderbilt tenía exactamente hasta las diez de la mañana siguiente para descubrir cómo comenzaba un americano a cortejar a una inglesa sin utilizar una cantidad absurda de dinero.
Aquello, decidió mientras sonreía para sí, podía resultar la tarea más difícil de su vida.