CAPITULO 22 #3
—Maravilloso —murmuró Frances—. Qué alivio saber que mis pretendientes pueden establecer treguas sin mi intervención.
Montrose sonrió.
—No fue una tregua.
—No me ayude.
William tuvo la prudencia de no hablar.
El duque se despidió de la familia y abandonó Blackwood Hall pocos minutos después.
Frances permaneció en el salón junto a la ventana observando cómo el carruaje desaparecía por la avenida.
No porque lamentara su partida.
Porque necesitaba unos segundos para reorganizar sus pensamientos.
William se encontraba detrás.
No se había marchado.
Tampoco intentó acercarse.
Frances lo sabía sin volverse.
—Puede respirar —dijo finalmente.
—Estaba respirando.
—Muy poco.
—Montrose tiene una cara irritantemente razonable.
Frances se volvió.
William estaba apoyado contra el respaldo de un sillón, con los brazos cruzados.
—Eso no es un defecto.
—No. Lo he comprobado.
—¿También investigó su fortuna?
—Sí.
Frances abrió los ojos.
—William.
—Antes de prometer que abandonaría las listas.
—¿Y?
William hizo una mueca.
—Considerable.
—¿Deudas?
—Ninguna relevante.
—¿Juego?
—Poco.
—¿Amantes?
—Frances.
Ella sonrió.
—Ahora la pregunta le incomoda.
—Cuando la formula usted, sí.
—¿Por qué?
William sostuvo su mirada.
—Porque no quiero imaginar qué respuesta considera aceptable.
La ligereza disminuyó.
Frances caminó lentamente hacia él.
—No tengo una respuesta.
—Eso es peor.
—William.
—Lo sé.
Él dejó caer los brazos.
—Estoy intentando comportarme.
—Lo ha hecho bastante bien.
—¿Bastante?
—No interrogó al duque sobre amantes durante más de treinta segundos.
—Merezco reconocimiento.
Frances rio.
William la observó.
Algo en su expresión cambió.
—Lo extrañé —dijo.
Ella dejó de reír.
Él tampoco sonrió.
—Eso.
—¿Mi risa?
—Sí.
William se acercó un paso.
—En las cartas podía imaginarla. Pero no era lo mismo.
Frances sintió que el aire se volvía más pesado.
—También extrañé cosas.
—¿Cuáles?
Ella arqueó una ceja.
—No sea codicioso.
—Acabo de cruzar el Atlántico. Creo que merezco al menos dos.
—Eso no estaba incluido en nuestro acuerdo.
—Todavía no hemos elaborado uno nuevo.
—Creí que había abandonado los contratos.
—Las listas. Los contratos pueden resultar útiles.
Frances sonrió.
—Extrañé discutir con usted.
—Eso cuenta como una.
—Y...
Se detuvo.
William esperó.
La Frances que había existido antes de las cartas habría cambiado de tema.
La mujer que había escrito al otro lado del océano decidió no hacerlo.
—Extrañé sentir que podía decir algo horrible y usted no decidiría que eso me convertía en una mujer horrible.
William dejó de respirar.
Frances continuó:
—Con Philip aprendí que podía ser escuchada. Con Montrose aprendo que puedo ser respetada incluso cuando cuestiono a un hombre acostumbrado a que nadie lo haga. Pero con usted...
Se detuvo de nuevo.
—¿Conmigo?
—Con usted jamás sentí que tuviera que ser agradable para conservar su interés.
La expresión de William se suavizó.
—Eso se debe a que durante nuestras primeras conversaciones hizo todo lo posible por ser desagradable y yo continué apareciendo.
Frances soltó una pequeña risa.
—Eso no era exactamente lo que quería decir.
—Lo sé.
William dio otro paso.
—Y es una de las razones por las que me enamoré de usted.
Otra vez aquella palabra.
Esta vez no accidental.
Frances sintió que el corazón se cerraba alrededor de ella.
William no retiró la declaración.
No la convirtió en broma.
Solo permaneció allí.
—No tiene que decirlo cada vez que quiere ganar una discusión —murmuró.
—No intento ganar.
—Eso también es nuevo.
—Muchísimo.
Frances bajó la mirada.
William estaba tan cerca que podía alcanzar su mano con apenas mover los dedos.
No lo hizo.
Él tampoco.
—Montrose me preguntó si lo amo —dijo.
La tensión en William fue inmediata.
—¿Qué respondió?
Frances levantó los ojos.
—¿Quiere saberlo?
—No.
Ella parpadeó.
William soltó el aire.
—Sí. Desesperadamente. Pero no sé si tengo derecho a preguntarlo.
—Es mi pretendiente.
—Eso me concede derecho a cortejarla, no a exigir confesiones.
Frances lo observó largamente.
—Le dije que creo que sí.
William quedó completamente inmóvil.
Ella sintió la necesidad inmediata de aclarar.
—Que creo que lo amo a usted.
Nada.
Ni sonrisa.
Ni palabra.
Por un instante William pareció haber dejado de funcionar.
—William.
Él cerró los ojos.
Cuando los abrió había tanta emoción contenida que Frances sintió que la garganta se cerraba.
—No diga eso si todavía no está segura.
—Por eso dije creo.
—Es una palabra peligrosísima.
—¿Por qué?
—Porque me da suficiente esperanza para volverme insoportable.
Frances sonrió.
—Eso no sería una novedad.
William rio, pero la risa se quebró apenas.
—Dios.
Pasó una mano por el cabello.
—Pensé en este momento durante semanas y, ahora que ocurre, no tengo nada inteligente que decir.
—Eso sí es histórico.
—No lo arruine.
Frances rio de nuevo.
William la miró.
—¿Puedo abrazarla?
La pregunta le robó la sonrisa.
No porque no deseara hacerlo.
Porque era tan sencilla.
Tan diferente a la forma en que todo había comenzado.
Frances asintió.
—Sí.
William avanzó.
No fue un abrazo apasionado.
No al principio.
La rodeó lentamente, como si aún existiera una posibilidad de que ella cambiara de opinión. Frances apoyó las manos contra su pecho y sintió el latido violento debajo de la tela.
Después apoyó la mejilla contra él.
William cerró los brazos.
Y algo dentro de ambos cedió.
Meses de distancia.
Cartas.
Miedo.
El océano entero pareció desaparecer.
Frances cerró los ojos.