Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 22 #2
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CAPITULO 22 #2

—Que terminen observándose entre ustedes y olviden observarme a mí.

El duque quedó inmóvil.

Frances continuó, porque una vez comenzado ya no sabía cómo detenerse.

—Philip jamás hizo eso. Incluso cuando estaba celoso de William, me preguntaba qué quería yo. William tuvo que aprenderlo. Y usted...

Se detuvo.

—Yo todavía no he sido evaluado —completó Montrose.

—No es eso.

—Sí lo es.

No había enojo en su voz.

—Y tiene razón.

Se reclinó nuevamente.

—He pensado bastante en Vanderbilt desde que escuché hablar de él. Más de lo razonable para un hombre al que no conozco. Sé que es americano, rico, hijo de un empresario poderoso y suficientemente insolente como para elaborar una lista de candidatos para una mujer de la que terminó enamorándose.

Frances sintió que el corazón se alteraba.

—¿Quién le contó eso último?

—No necesitaba que nadie lo hiciera.

—No lo conoce.

—No. Pero conozco el comportamiento de los hombres.

Hizo una pausa.

—Y conozco su rostro cada vez que mencionan su nombre.

Frances bajó la vista.

Montrose la observó con una serenidad que hacía imposible esconderse detrás de una sonrisa.

—¿Lo ama?

La pregunta cayó entre ambos.

Frances sintió que la respiración se detenía.

No era la primera vez que se la formulaban.

Eleanor.

Su madre.

Ella misma.

Pero ahora venía de un hombre que tenía derecho a saber si estaba entrando en una batalla perdida.

—No se lo he dicho —respondió.

—No he preguntado si se lo dijo.

Frances apretó las manos sobre el libro.

William había pronunciado la palabra enamorándome.

Había reconocido que era verdad.

Ella todavía podía refugiarse en un tiempo verbal imperfecto.

Estoy enamorándome.

Como si el proceso continuara abierto y existiera una salida antes de llegar al final.

Montrose esperó.

No la presionó.

Eso fue precisamente lo que la obligó a responder.

—Creo que sí.

El duque cerró los ojos apenas un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, no había sorpresa.

Solo una tristeza controlada.

—Entonces mi posición es peor de lo que esperaba.

—No quiero engañarlo.

—No lo hace.

—Pero sigo permitiendo que me corteje.

—También.

Frances sintió culpa.

—¿Eso es injusto?

Montrose pensó antes de responder.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Podría llegar a amarme?

La pregunta la hirió por su parecido con la que Philip había formulado.

Y la respuesta tampoco era sencilla.

Frances no podía afirmar que fuera imposible. Montrose le atraía. Disfrutaba de su conversación, respetaba su inteligencia y percibía en él profundidades que todavía no había descubierto. Bajo otras circunstancias quizá habría aceptado conocerlo durante meses y algo habría crecido.

Pero William existía.

No como una fantasía.

Ya no como una posibilidad escrita desde Nueva York.

Estaba en el invernadero.

Había tocado su mano.

La había mirado y dicho que estaba enamorándose de ella.

—No lo sé —respondió.

Montrose asintió.

—Entonces todavía no me retiraré.

Frances levantó la vista.

—¿Aunque acabo de decir que probablemente amo a otro hombre?

—Ha dicho que cree amarlo.

—No es una diferencia muy grande.

—Para mí es la diferencia entre ninguna oportunidad y una muy pequeña.

—Eso parece una forma terrible de cortejar.

Montrose sonrió.

—Nunca he sido un hombre particularmente optimista.

—Podría terminar herido.

—Eso ya era una posibilidad cuando comencé.

—Philip dijo algo parecido.

—Empiezo a odiar a Philip.

Frances rio.

Montrose también.

La conversación se suavizó apenas.

Hasta que unos pasos resonaron en el corredor.

No eran los de un criado.

Frances lo supo antes de que la figura apareciera en la puerta.

William.

Se detuvo en el umbral.

Por un segundo absolutamente nadie habló.

William llevaba todavía la misma chaqueta oscura del invernadero y una expresión serena que Frances ya conocía lo suficiente para detectar la tensión debajo. Su mirada encontró primero a Frances.

Después a Montrose.

El duque se puso de pie.

Frances sintió la absurda tentación de esconder el libro debajo de un almohadón como si aquello pudiera hacer desaparecer toda la situación.

William entró.

—Perdone la interrupción.

No parecía arrepentido.

Montrose lo observó con interés.

—Señor Vanderbilt, supongo.

William inclinó la cabeza.

—Su Gracia.

Frances se levantó.

—William.

Sus ojos volvieron hacia ella.

Solo un instante.

Pero aquel instante fue suficiente para que Montrose percibiera exactamente lo que había intentado comprender durante semanas.

—Estaba buscando a lord Londonderry —explicó William.

Frances arqueó una ceja.

—Está en el despacho.

—Eso me han dicho.

—El despacho está en la dirección contraria.

William la miró.

—La casa es grande.

Montrose sonrió.

—He sufrido dificultades similares durante mis primeras visitas.

William volvió hacia él.

—Me tranquiliza saber que la arquitectura inglesa confunde incluso a quienes crecieron aquí.

—Algunas casas resultan más interesantes cuando uno se pierde.

El tono continuaba siendo cortés.

Demasiado cortés.

Frances conocía suficiente a ambos para detectar la prueba que acababa de comenzar.

William señaló el libro entre las manos de Frances.

—Veo que ha recibido otro regalo.

Montrose sostuvo su mirada.

—Un informe sobre educación femenina.

—Una elección inteligente.

—Eso esperaba.

—Lady Frances aprecia a los hombres que leen los regalos antes de entregarlos.

Frances volvió lentamente la cabeza hacia William.

—¿Cómo sabe que él lo leyó?

William observó las anotaciones visibles en los márgenes.

—Tiene marcas.

Montrose sonrió.

—Observador.

—Una mala costumbre.

—Según he oído, una bastante desarrollada.

Ahí estaba.

La lista.

William no pareció avergonzado.

—Espero que lo que haya oído fuese exagerado.

—En realidad, resultaba bastante entretenido.

—Entonces definitivamente fue exagerado.

Frances dio un paso entre ambos.

—Voy a detener esta conversación antes de que alguno intente descubrir cuánto paga el otro por transportar trigo.

Montrose soltó una risa.

William cerró los ojos.

—¿También él sabe lo del trigo?

—Toda Inglaterra lo sabe —respondió Frances.

—No volveré a elaborar una lista mientras viva.

—Eso ya lo prometió.

—Ahora lo prometo con mayor convicción.

Montrose observaba el intercambio con una expresión que Frances no consiguió interpretar.

No era celos exactamente.

Era comprensión.

Por primera vez veía aquello que las cartas y rumores no podían describir.

La familiaridad.

El lenguaje privado.

La manera en que Frances olvidaba medir cada respuesta con William.

—Creo que finalmente entiendo —dijo el duque.

Ambos volvieron hacia él.

William levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Montrose miró a Frances.

No respondió inmediatamente.

—Por qué resulta tan difícil competir con usted.

La sonrisa de William desapareció.

Frances sintió que la tensión cambiaba.

—No competimos —dijo William.

Montrose arqueó una ceja.

—Eso me sorprende.

—Lady Frances no es un resultado que pueda ganar.

—Estamos de acuerdo.

—Entonces no existe competencia.

—Existe, aunque ninguno tenga derecho a decidir el resultado.

William guardó silencio.

Montrose continuó:

—Ambos pretendemos cortejarla. Ambos esperamos que nos elija. Podemos fingir que la existencia del otro no influye o comportarnos como adultos y reconocerla.

Frances observó a William.

Esperaba ironía.

No llegó.

—Tiene razón —dijo él.

Montrose pareció genuinamente sorprendido.

William se metió una mano dentro del bolsillo de la chaqueta.

—Y detesto admitirlo.

—Eso me tranquiliza.

—No demasiado. Continúo deseando que desarrolle algún defecto grave.

Frances lo miró.

—William.

—Estoy siendo sincero.

Montrose rio.

—¿Qué clase de defecto espera?

William reflexionó.

—Deudas serían útiles.

—No tengo.

—Juego.

—Moderadamente.

—Amantes.

Frances abrió los ojos.

—William.

Montrose la miró antes de responder.

—Ninguna actualmente.

El silencio se volvió espeso.

Frances sintió calor en el rostro.

William inclinó la cabeza.

—La palabra actualmente necesita una explicación.

—No —intervino Frances—. No la necesita.

—Como pretendiente me parece información relevante.

—Como hombre a punto de ser expulsado de mi casa debería abandonar ese tema.

Montrose ocultó una sonrisa.

William levantó las manos.

—De acuerdo.

Frances lo observó con severidad.

—Ha estado en Inglaterra menos de una semana.

—Tres días en Londres.

—Y ya necesita corrección.

—Eso demuestra consistencia de carácter.

Montrose soltó una carcajada.

Fue la primera risa completamente libre que Frances le había escuchado.

William lo miró.

—No debería alentarlo.

—Empiezo a comprender por qué los Vane lo mantienen cerca.

—No estoy seguro de que lo hagan voluntariamente.

—William —dijo Frances.

Esta vez había diversión en su voz.

Él la miró.

Y el mundo volvió a reducirse durante un instante.

Montrose lo vio.

Frances supo que lo vio porque el duque dejó de sonreír apenas una fracción de segundo.

Entonces se acercó a ella.

—Debo regresar a Londres.

Frances asintió.

—Gracias por el libro.

—Me alegra que le interese.

Montrose tomó su mano y la besó.

El gesto fue deliberadamente correcto.

Nada más.

William no se movió.

Frances notó que sus hombros se tensaron, pero mantuvo la expresión serena.

Montrose soltó la mano de Frances y volvió hacia él.

—Señor Vanderbilt.

—Su Gracia.

—Espero que podamos conversar de nuevo.

William levantó una ceja.

—Eso suena peligrosamente sincero.

—Lo es.

Montrose hizo una pausa.

—Me gustaría conocer al hombre que ha conseguido que lady Frances compare a todos nosotros con un americano.

Frances sintió deseos de desaparecer.

William, en cambio, sonrió.

—Y a mí me gustaría conocer al duque que cruzó media Inglaterra para entregarle un informe sobre educación femenina.

—No fue media Inglaterra.

—Eso empeora la historia.

Montrose soltó otra breve risa.

Después su expresión se volvió seria.

—No pienso retirarme solo porque haya regresado.

La tensión reapareció.

William sostuvo su mirada.

—No esperaba que lo hiciera.

—Bien.

—Pero tampoco espere que facilite su tarea.

—Tampoco.

Frances abrió la boca.

Ambos la miraron.

—¿Han terminado?

William pensó.

—Por ahora.

Montrose asintió.

—Coincido.