CAPITULO 22
L a presencia de Montrose en el salón consiguió que Frances comprendiera, antes siquiera de entrar, que aquella tarde sería mucho más complicada de lo que había imaginado.
No porque temiera al duque. Montrose no era un hombre que utilizara el enojo para castigar a otros ni parecía sentir la necesidad de demostrar su superioridad cada vez que encontraba oposición.
Precisamente por eso resultaba difícil. Philip había representado una vida conocida, tranquila y cercana a todo aquello que Frances había aprendido a considerar adecuado; Montrose ofrecía algo distinto, una existencia de mayor exposición, influencia y responsabilidades públicas, pero seguía siendo una vida inglesa, construida sobre reglas que ella entendía.
William era el único de los tres capaz de convertir cada certeza en una pregunta.
Y ahora los dos hombres se encontraban bajo el mismo techo.
Frances caminó por el corredor intentando ignorar el hecho de que su mano todavía conservaba el calor de la de William.
Había dejado de tocarla varios minutos atrás y, sin embargo, sentía los dedos como si él continuara allí.
También recordaba demasiado claramente la forma en que había pronunciado la palabra enamorándome, casi por accidente, y la honestidad desnuda con que después confirmó que era verdad.
No había respondido.
William no se lo había pedido.
Aquello debería haberla tranquilizado.
No lo hacía.
La puerta del salón estaba abierta. Montrose permanecía junto a la chimenea conversando con lord Londonderry, mientras la marquesa ocupaba un sofá y fingía revisar correspondencia con una concentración que Frances conocía demasiado bien. Su madre escuchaba cada palabra.
El duque levantó la vista cuando ella entró.
La sonrisa que apareció en su rostro fue leve, pero auténtica.
—Lady Frances.
—Su Gracia.
Montrose se acercó, tomó la mano que ella le ofrecía y se inclinó sobre los dedos.
Frances sintió inmediatamente la comparación.
No porque quisiera hacerla.
Porque su cuerpo la hizo por ella.
El beso de Montrose sobre su guante fue correcto, cálido y completamente predecible. No hubo aquella corriente desordenada que había recorrido su brazo cuando William apenas le sostuvo la mano en el invernadero.
El recuerdo resultó tan inoportuno que Frances tuvo que esforzarse para no mirar hacia la puerta.
Montrose lo notó.
No preguntó.
Aquello era una de las cualidades que más admiraba en él: veía mucho más de lo que decía.
—Espero no haber llegado en un momento inconveniente —comentó.
—En absoluto.
Su padre tosió.
Frances lo miró.
Lord Londonderry observó la chimenea con inocencia.
—¿Ocurre algo, papá?
—Nada.
La marquesa levantó los ojos del papel.
—Tu padre ha desarrollado una tos muy selectiva durante los últimos minutos.
—El clima —respondió él.
—Estamos dentro de la casa —repuso Frances.
—La humedad inglesa penetra las paredes.
Montrose ocultó una sonrisa.
Frances comprendió inmediatamente que ambos padres sabían exactamente quién se encontraba en el invernadero.
Su madre también.
Toda la casa sabía.
Perfecto.
—Creí que permanecía en Londres esta tarde —dijo Frances al duque.
—Así era. Una reunión terminó antes de lo previsto y decidí aprovechar la oportunidad de visitarla antes de regresar.
—Qué conveniente —murmuró su padre.
—Henry —advirtió la marquesa.
—¿Qué? He dicho que era conveniente.
Frances cerró los ojos durante un instante.
William realmente había infectado a toda su familia.
Montrose, sin conocer el origen de aquella palabra convertida en arma, pareció decidir que lo más prudente era ignorarla.
—Traje algo que quizá le interese —dijo.
Tomó de una mesa cercana un pequeño volumen encuadernado en cuero oscuro.
Frances lo aceptó.
—¿Qué es?
—Un informe sobre las escuelas para niñas que se están organizando en algunas propiedades del norte. Después de nuestra conversación pensé que podría interesarle conocer otros modelos.
Frances abrió el libro.
Había anotaciones en los márgenes.
No simples subrayados, sino observaciones breves acerca de financiación, planes de estudio y posibles obstáculos administrativos.
—¿Lo leyó?
—Sí.
—Completo.
—No habría marcado las páginas al azar.
Ella sonrió.
—No todos los caballeros leen antes de regalar un libro.
—Entonces debería escoger mejor los caballeros que acepta como pretendientes.
La frase fue deliberada.
No agresiva.
Pero tampoco inocente.
Frances levantó la vista.
Montrose sostenía su mirada con una expresión tranquila.
Sabía.
No los detalles, quizá, pero sabía que algo había cambiado.
—Es un consejo arriesgado viniendo de uno de ellos —respondió.
—Confío en mi capacidad para sobrevivir a una evaluación rigurosa.
Su padre volvió a toser.
Esta vez Frances no lo miró.
La marquesa se puso de pie.
—Henry, necesito tu opinión acerca de la lista de invitados del viernes.
—No tienes una lista.
—La tendré cuando lleguemos al despacho.
El conde abrió la boca.
Su esposa lo tomó del brazo.
—Ahora.
Montrose inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa mientras ambos abandonaban el salón.
Frances los siguió con la mirada.
—Mi familia parece haber perdido toda sutileza.
—No creo que alguna vez la haya poseído.
—Esa observación podría perjudicar seriamente sus posibilidades.
—Entonces negaré haberla formulado.
La puerta se cerró.
No estaban completamente solos; Alice se encontraba en una habitación contigua y dos criados podían aparecer en cualquier momento, pero la retirada de sus padres transformó la conversación.
Montrose indicó el sofá.
Frances tomó asiento.
Él ocupó el sillón frente a ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Ha regresado —dijo finalmente el duque.
No era necesario preguntar a quién se refería.
Frances apoyó el libro sobre el regazo.
—Sí.
—Hoy.
—Llegó a Inglaterra hace algunos días.
—Pero vino aquí hoy.
—Sí.
Montrose asintió lentamente.
No parecía sorprendido.
—Lo vi.
Ahora sí Frances levantó la cabeza con rapidez.
—¿Dónde?
—Su carruaje en la entrada cuando llegué. No fue difícil deducirlo.
—Podría haber sido cualquier visitante.
—Su padre estaba sonriendo.
Frances frunció el ceño.
—¿Y eso qué demuestra?
—Lord Londonderry jamás sonríe de esa forma cuando recibe a un visitante ordinario.
—No sabía que estudiaba las expresiones de mi padre.
—Desde que intento cortejar a su hija, considero una actividad prudente aprender cuándo está a punto de expulsarme.
Frances rio.
La sonrisa de Montrose se mantuvo apenas unos segundos.
—¿Vanderbilt sigue aquí?
La pregunta fue directa.
—Sí.
—Comprendo.
—No ha preguntado dónde.
—Supongo que si quisiera que lo supiera ya me lo habría dicho.
Frances estudió al hombre frente a ella.
Había algo ligeramente diferente en él. No inseguridad. Montrose probablemente había tenido muy pocas ocasiones para sentirla desde que heredó el ducado. Era cautela.
Por primera vez, el americano había dejado de ser una posibilidad distante y se había convertido en un hombre real dentro de la misma casa.
—Me pidió permiso para cortejarme —dijo Frances.
Montrose no cambió de expresión.
Solo apoyó con mayor firmeza una mano sobre el brazo del sillón.
—¿Y usted se lo concedió?
—Sí.
El silencio se prolongó.
—Gracias por decírmelo.
La respuesta la sorprendió.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperaba?
Frances no sabía.
Quizá una pregunta.
Un reproche.
Una declaración más firme de sus propias intenciones.
—No lo sé.
Montrose la observó.
—Vanderbilt siempre fue una posibilidad. La diferencia es que ahora está físicamente presente.
—Eso cambia muchas cosas.
—Sí.
—¿No le molesta?
El duque soltó una risa breve.
—Lady Frances, soy un hombre. Naturalmente me molesta.
Ella lo miró.
Montrose parpadeó.
—¿He cometido otra vez el error con esa palabra?
La sorpresa hizo que Frances riera.
—Sí.
—Empiezo a comprender que Vanderbilt tiene una influencia inquietante sobre esta familia.
—No sabe cuánto.
—Entonces reformularé. Me molesta mucho.
La honestidad suavizó algo en Frances.
—Pero —continuó él— no poseía ninguna promesa suya antes de que regresara. No la poseo ahora. No tengo derecho a exigir que rechace a otro hombre para facilitarme el cortejo.
—William dijo casi lo mismo.
Montrose guardó silencio.
Frances se arrepintió de inmediato.
—Lo siento.
—No.
El duque levantó una mano.
—No quiero que mida cada palabra para evitar mencionarlo. Eso convertiría cada conversación en algo falso.
Era exactamente lo que Philip había hecho.
La nobleza de ambos hombres comenzaba a resultar profundamente inconveniente.
—Él tampoco me pidió exclusividad —explicó Frances.
Montrose sonrió apenas.
—Eso sí me sorprende.
—No pareció disfrutar diciéndolo.
—Eso me resulta más creíble.
Frances bajó la mirada hacia el libro.
—No sé qué hacer.
La confesión salió antes de que pudiera detenerla.
Montrose no respondió inmediatamente.
—¿Quiere mi opinión?
Frances levantó los ojos.
—Eso sería bastante extraño.
—No necesariamente. Vanderbilt comenzó como su consejero matrimonial. Tal vez todos sus pretendientes terminemos ejerciendo funciones adicionales.
—No creo que usted acepte bien el puesto.
—Probablemente despediría a todos los demás candidatos.
Ella sonrió.
—Entonces no sería objetivo.
—Nunca he afirmado serlo.
La ligereza desapareció lentamente del rostro del duque.
—Pero puedo decirle algo.
Frances esperó.
—No decida todavía.
Aquello sí la sorprendió.
—Creí que intentaría convencerme de lo contrario.
—Quiero que me elija.
La frase le recordó inmediatamente a William.
Montrose vio algo en su expresión.
—Él dijo lo mismo.
No fue una pregunta.
Frances no mintió.
—Sí.
El duque exhaló.
—Empiezo a comprender por qué resulta tan difícil competir con un hombre al que nunca he conocido.
—No quiero que esto se convierta en una competencia.
—Para usted no lo es.
Montrose inclinó ligeramente el cuerpo hacia delante.
—Para nosotros inevitablemente sí. No porque sea un premio, sino porque dos hombres desean construir un futuro con la misma mujer. Sería absurdo fingir que nuestras decisiones no estarán influidas por la existencia del otro.
—Eso es precisamente lo que temo.
—¿Qué?