CAPITULO 21 #4
—Bienvenido a Inglaterra.
Él sonrió.
—No.
Frances frunció ligeramente el ceño.
William apretó apenas sus dedos.
—Bienvenido habría sido lo que esperaba escuchar hace meses.
—¿Y ahora?
Él la miró durante un largo momento.
—Ahora esperaba volver a usted.
Frances sintió que las lágrimas finalmente escapaban.
William levantó la mano libre por instinto, pero se detuvo antes de tocar su rostro.
Esperó.
Siempre aquella nueva espera.
Frances inclinó apenas la mejilla hacia su mano.
Eso fue suficiente.
William la tocó.
Con suavidad.
El pulgar recogió una lágrima.
No hubo beso.
No todavía.
Solo sus manos unidas y aquella caricia que contenía más intimidad que el beso impulsivo que había cambiado todo meses atrás.
Frances cerró los ojos.
Y comprendió algo que llevaba demasiado tiempo intentando convertir en una pregunta complicada.
Había echado de menos a William.
No únicamente sus cartas.
No únicamente la forma en que la hacía reír.
Lo había echado de menos a él.
Cuando volvió a abrir los ojos, William seguía allí.
Esperando.
—Quiero pedirle algo —dijo él.
Frances sintió que el corazón aceleraba.
—¿Qué?
William dejó caer lentamente la mano de su rostro, pero no soltó la otra.
—Permítame cortejarla.
Ella lo observó.
—¿Oficialmente?
—Oficialmente.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—¿Con flores?
—Si es obligatorio.
—Visitas.
—Sobreviviré.
—Bailes.
William hizo una mueca.
—Empieza a abusar de mi desesperación.
Frances rio.
—¿Y ninguna lista?
—He abandonado las listas.
—Eso sí demuestra crecimiento.
William sonrió.
Después volvió a ponerse serio.
—No le pido exclusividad.
Frances sabía cuánto le costaban esas palabras.
—Montrose puede continuar cortejándola si eso es lo que desea.
—¿Y usted aceptará eso?
—No.
Ella arqueó una ceja.
William corrigió:
—Lo soportaré.
Frances rio otra vez.
—Eso parece más honesto.
—Pero quiero una oportunidad real. No como consejero. No como amigo. No como el hombre al que besó una noche y después envió al otro lado del océano.
—Yo no lo envié.
—Detalles.
—Su hermano casi murió.
—Detalles importantes.
Frances negó con una sonrisa.
William respiró profundamente.
—Quiero cortejarla como un hombre que espera convertirse en su esposo.
La palabra esposo eliminó la sonrisa.
Frances lo miró.
William no retrocedió.
Tampoco avanzó.
Solo esperó.
Esta vez ella sabía exactamente qué estaba ofreciendo.
No matrimonio.
Todavía no.
La posibilidad de construirlo.
Juntos.
Frances cerró los dedos alrededor de su mano.
—Sí.
William quedó inmóvil.
—¿Sí?
Ella sonrió.
—Puede cortejarme, señor Vanderbilt.
La sonrisa que apareció en el rostro de William fue tan amplia y tan poco controlada que Frances comenzó a reír.
—No parece particularmente digno.
—Acaba de concederme permiso para cortejarla. La dignidad puede esperar.
—No significa que vaya a casarme con usted.
—No arruine el momento.
Frances rio.
William también.
Y por unos segundos volvieron a ser exactamente las dos personas que habían comenzado todo aquello discutiendo sobre los candidatos adecuados para ella.
Solo que ahora William también estaba en la lista.
Y por primera vez, Frances sospechó que quizá siempre había ocupado el primer lugar.
Entonces escucharon pasos fuera del invernadero.
William volvió la cabeza.
Frances reconoció la voz del mayordomo antes de que la puerta se abriera.
—Lady Frances.
—¿Sí?
El hombre hizo una inclinación.
—Ha llegado una visita.
Frances frunció el ceño.
—¿A esta hora?
—Sí, milady.
William seguía sosteniendo su mano.
El mayordomo vaciló apenas antes de añadir:
—Su Gracia, el duque de Montrose.
El silencio fue inmediato.
Frances cerró los ojos.
William miró hacia el techo del invernadero.
—Por supuesto.
Ella intentó contener una sonrisa.
—William.
—No he dicho nada.
—Lo está pensando muy fuerte.
—Estoy pensando muchas cosas.
—¿Alguna legal?
William la miró.
—Una o dos.
Frances rio.
Entonces intentó retirar la mano.
William la sostuvo un segundo más.
No para impedirlo.
Solo para mirarla.
La alegría seguía allí.
Pero ahora también la vulnerabilidad.
—Vaya —dijo finalmente.
Frances lo estudió.
—¿Está seguro?
—No.
La sinceridad volvió a hacerla sonreír.
William soltó sus dedos.
—Pero vaya.
Frances dio dos pasos hacia la puerta.
Después se detuvo.
Volvió la cabeza.
William permanecía junto a las rosas blancas observándola.
—¿William?
—¿Sí?
—Mañana.
Él frunció el ceño.
—¿Mañana qué?
Frances sonrió.
—Puede comenzar a cortejarme mañana.
La expresión de William cambió.
—¿A qué hora?
—Eso tendrá que descubrirlo usted.
—Frances.
Ella abrió la puerta.
—Buenas tardes, señor Vanderbilt.
—Esto es crueldad.
Frances rio mientras salía.
William permaneció solo en el invernadero.
Montrose estaba en la casa.
Frances iba a verlo.
Y William acababa de concederle, con sus propias palabras, el derecho de continuar haciéndolo.
—Madurez —murmuró para sí—. Una idea absolutamente terrible.
Pero estaba sonriendo.
Porque mañana podía cortejarla.
De verdad.
Y William Vanderbilt nunca había deseado tanto comenzar algo que no tenía ninguna garantía de ganar.