CAPITULO 21 #3
Esperó al menos treinta segundos.
Alice apareció poco después.
—¿Necesita algo, milady?
Frances miró sus vestidos.
—No.
Pausa.
—Tal vez.
Alice esperó.
—¿Cuál de estos parece menos escogido?
La doncella parpadeó.
—¿Menos escogido?
—Sí.
—No comprendo.
—Quiero verme bien sin parecer que intentaba verme bien.
Alice tardó varios segundos en responder.
—El azul.
Frances señaló el vestido.
—Ese parece bastante escogido.
—Entonces el verde.
—William me dijo una vez que parezco enfadada cuando uso verde.
Alice ocultó una sonrisa.
Frances la miró.
—¿Qué?
—Nada, milady.
—Estás sonriendo.
—No, milady.
—Toda esta casa se ha vuelto insoportable.
Eligió el azul.
***
A las cinco menos diez, Frances estaba en el invernadero.
A las cinco menos cinco había acomodado tres veces la misma maceta.
A las cinco en punto comenzó a sentirse ridícula.
A las cinco y tres decidió que William no vendría.
A las cinco y cuatro se enfadó con él por no acudir a un encuentro que jamás habían acordado.
A las cinco y cinco escuchó abrirse la puerta.
No se volvió.
Su corazón lo hizo por ella.
Unos pasos avanzaron sobre el suelo de piedra.
Lentos.
Seguros.
Conocidos de una forma que no debería haber sido posible después de tantos meses.
Frances mantuvo la vista fija en el pequeño rosal que tenía delante.
No necesitaba mirar.
Sabía quién era.
Y entonces escuchó su voz.
—He cruzado un océano y todavía consigue hacerme esperar.
Frances cerró los ojos.
Todo desapareció.
Las dudas.
Philip.
Montrose.
Las preguntas.
Durante un solo instante no existió nada excepto aquella voz detrás de ella.
Se volvió.
William estaba allí.
Más delgado de lo que recordaba, quizá, con el cabello ligeramente más largo y una expresión que ya no tenía aquella arrogancia despreocupada con la que había llegado por primera vez a Blackwood Hall. Seguía siendo William, absolutamente William, pero había algo nuevo en la forma en que la miraba.
No estaba evaluándola.
No estaba intentando descubrir qué debía decir.
Solo la miraba.
Como un hombre que finalmente había llegado al lugar hacia el que llevaba meses viajando.
Frances abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
William sonrió.
—Tenía un discurso preparado.
Ella consiguió respirar.
—Eso me preocupa.
—A mí también. Era bastante bueno.
Frances sintió que los ojos comenzaban a arder.
—¿Y qué ocurrió?
William dio un paso hacia ella.
—La vi.
Otro.
—Y lo olvidé.
Frances soltó una risa que se quebró a mitad de camino.
William se detuvo.
Aún existían varios pasos entre ellos.
Ella comprendió entonces que estaba esperando.
No iba a acercarse más sin que Frances se lo permitiera.
Después de todo lo ocurrido, aquel pequeño gesto fue lo que terminó de desarmarla.
Frances avanzó un paso.
William respiró.
Ella dio otro.
Él no se movió.
—Hola, William.
Su nombre sonó extraño después de tantos meses escribiéndolo.
Mucho más íntimo cuando podía verlo reaccionar.
—Hola, Frances.
Fue la primera vez que él pronunció su nombre sin título frente a ella.
El corazón volvió a golpearle las costillas.
William sonrió apenas.
—¿Puedo acercarme?
Frances sintió que algo dentro de ella se rompía de la forma más dulce posible.
El hombre que una vez la había besado porque creyó que saber que ella lo deseaba era suficiente ahora preguntaba si podía reducir una distancia de apenas tres pasos.
—Sí.
William se acercó.
No la tocó.
Quedaron frente a frente.
Tan cerca que Frances reconoció el aroma de su colonia y el leve cansancio debajo de sus ojos.
William la observó como si intentara aprender nuevamente cada rasgo.
—Ha cambiado —murmuró ella.
—Espero que para bien.
—Todavía no he decidido.
Él sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La mujer que recordaba.
Frances rio suavemente.
—¿Temía encontrar otra?
La sonrisa de William desapareció.
—Sí.
La sinceridad la sorprendió.
—Yo también.
—¿Y qué ha encontrado?
Frances sostuvo su mirada.
Podría haberlo tranquilizado.
Decirle que seguía sintiendo lo mismo.
Que había terminado con Philip porque no conseguía imaginar un futuro donde William desapareciera completamente.
Pero aquella era precisamente la clase de certeza apresurada que había prometido evitar.
—Todavía estoy averiguándolo.
William asintió.
No discutió.
No intentó convencerla.
—Entonces supongo que tendré que ayudarla.
Frances arqueó una ceja.
—¿Otra vez como mi consejero matrimonial?
La risa de William llenó el invernadero.
—Dios, no.
—Era bastante bueno.
—Terminé enamorándome de mi cliente. Creo que eso demuestra una alarmante falta de profesionalismo.
El mundo se detuvo.
William también.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
Frances dejó de respirar.
Ninguno de los dos había planeado aquello.
La palabra había escapado antes de que él pudiera detenerla.
Enamorándome.
William cerró los ojos durante un instante.
—Bueno.
Frances sintió que el corazón golpeaba tan fuerte que resultaba casi doloroso.
—William...
Él volvió a mirarla.
Ya no había humor.
Solo una vulnerabilidad tan desnuda que Frances jamás se la había visto.
—Supongo que ese era otro discurso que pretendía preparar mejor.
Ella tragó saliva.
—¿Es verdad?
William no apartó los ojos.
—Sí.
Una palabra.
Nada más.
Pero Frances sintió que todos aquellos meses de cartas se concentraban dentro de ella.
William dio un paso atrás.
No porque quisiera alejarse.
Porque estaba devolviéndole espacio.
—No tiene que responder.
—Pero...
—No.
Su voz fue suave.
—No he regresado para conseguir una respuesta antes de que Montrose tenga oportunidad. Tampoco para convertir lo que siento en una obligación para usted.
Frances sintió que las lágrimas amenazaban nuevamente.
—Entonces ¿por qué me lo dice?
William sonrió con tristeza.
—Porque aparentemente he perdido la capacidad de mentirle.
El silencio fue inmenso.
Frances bajó la vista.
Las manos de ambos estaban a pocos centímetros.
William no intentó tocarla.
Aquello volvió a desarmarla.
—Philip me importaba —dijo ella.
—Lo sé.
—Terminar con él dolió.
William asintió.
—También lo sé.
—Y Montrose continúa cortejándome.
Esta vez algo pasó por el rostro de William.
Una sombra de celos.
Humana.
Inevitable.
Pero desapareció antes de convertirse en reproche.
—También lo sé.
Frances levantó la vista.
—¿Y aun así está aquí?
William sonrió.
—Frances, crucé el Atlántico sabiendo que un duque la cortejaba. Creo que eso responde bastante bien.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
William la contempló.
—No quiero que deje de conocerlo porque yo haya regresado.
—¿No?
—Absolutamente sí.
Frances parpadeó.
William suspiró.
—Esta parte del hombre maduro es agotadora.
Ella rio.
—Empiezo a reconocerlo.
—Quiero encerrarlo en alguna propiedad escocesa hasta que usted tenga ochenta años.
—Muy razonable.
—También considero que debería prohibírsele bailar.
—William.
—Pero ninguna de esas cosas constituye una opción legal.
—Me alegra que lo comprenda.
William sonrió.
—Lo que intento decir es que quiero que me elija sabiendo que podía escogerlo a él.
Frances sintió que la emoción regresaba.
—¿Y si lo elijo?
La pregunta quedó entre ellos.
William tardó en responder.
Cuando lo hizo, la voz fue baja.
—Me dolerá.
No fingió indiferencia.
—Probablemente lo odiaré durante algunos años.
Frances casi sonrió.
—Y después intentaré aceptar que usted encontró la vida que deseaba.
—¿Así de sencillo?
—No.
William negó.
—Será horrible.
Ella rio.
—Gracias por la sinceridad.
—Pero sobreviviré.
Sus ojos encontraron los de ella.
—Lo que no quiero volver a hacer es convencerla de que una elección es correcta solo porque me beneficia.
Frances permaneció en silencio.
Ese era William.
Pero también era otro.
El mismo hombre que podía bromear sobre secuestrar a un duque y, sin embargo, estaba dispuesto a aceptar que ella podía escogerlo.
Frances miró nuevamente sus manos.
—Hay algo que quiero hacer.
William dejó de respirar.
—¿Qué?
Ella extendió lentamente la mano.
No para abrazarlo.
No para besarlo.
Solo abrió los dedos entre ambos.
William observó aquella mano como si fuera algo infinitamente más peligroso que cualquier propuesta comercial que hubiese firmado.
—¿Puedo? —preguntó.
Frances sonrió.
—Por eso la extendí.
William tomó su mano.
El contacto fue sencillo.
Casto.
Pero después de meses de distancia resultó devastador.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella con cuidado, casi con reverencia.
Frances sintió el calor de su palma.
Real.
Ya no tinta.
Ya no recuerdo.
William estaba allí.
Ella levantó los ojos.