Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 21 #2
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CAPITULO 21 #2

—Póngase detrás de Frances.

William soltó una risa resignada.

Lord Londonderry volvió a ponerse serio.

—Philip se retiró.

—Lo sé.

—Ella lo aprecia mucho.

—También lo sé.

—Podría haber sido feliz con él.

William bajó lentamente la mirada.

Aquella afirmación dolía porque era cierta.

—Sí.

El conde pareció sorprendido.

—No va a discutirlo.

—¿Qué ganaría?

—El William que conocí habría enumerado diez razones por las que Philip era una elección inferior.

—El William que conoció estaba intentando convencer a Frances de algo que él mismo todavía no entendía.

—¿Y ahora lo entiende?

William tardó en responder.

—Entiendo que no quiero que me escoja porque Philip se haya retirado o porque Montrose cometa algún error. Quiero que me escoja sabiendo exactamente qué podría tener con cualquiera de ellos.

Lord Londonderry lo estudió largamente.

—Eso suena muy noble.

—No lo es.

William sonrió sin humor.

—Odio cada visita de Montrose. He imaginado al menos cuatro maneras de conseguir que lo envíen al continente y ninguna es legal.

El conde rio.

—Eso resulta más convincente.

William también sonrió, pero la sonrisa desapareció rápidamente.

—La diferencia es que ya no creo que mis celos me concedan derecho a decidir por ella.

El silencio se prolongó.

Lord Londonderry se levantó y caminó hacia la ventana.

—Mi esposa cree que ha cambiado.

—Lady Beatrice es demasiado generosa.

—No lo es cuando se trata de sus hijos.

William conocía suficiente a la marquesa para saber que era cierto.

—¿Y usted?

El conde volvió la cabeza.

—Creo que está cambiando.

No era lo mismo.

Curiosamente, William agradeció la distinción.

—Es más justo.

—No confío en transformaciones perfectas. Generalmente son otra forma de mentira.

—Entonces nos entenderemos bien.

Lord Londonderry regresó hacia el escritorio.

—¿Qué piensa ofrecerle?

William frunció el ceño.

—¿A Frances?

—No me refiero a joyas.

—Lo sé.

La pregunta era mucho más difícil.

William se puso de pie y caminó lentamente alrededor del escritorio.

—No tengo una respuesta terminada.

—Eso tampoco se parece al hombre que conocí.

—Comienza a resultar ofensivo.

—Responda.

William respiró.

—Una vida entre Inglaterra y Nueva York al principio.

Una casa nuestra, no de mi padre. Otra aquí si ella desea conservar una residencia propia en Inglaterra.

Participación real en las decisiones, incluso en aquellas que afecten mis negocios cuando cambien nuestra vida.

No espero que abandone sus intereses ni que se convierta en una extensión de mi apellido.

Lord Londonderry escuchaba sin interrumpir.

—¿Hijos?

William parpadeó.

—Eso dependerá también de Frances.

—Naturalmente.

—¿Está intentando incomodarme?

—Sí.

—Funciona menos de lo que esperaba.

—Entonces continuaré.

William rio.

Lord Londonderry no.

—¿Qué ocurre cuando sus obligaciones familiares entren en conflicto con ella?

La pregunta eliminó la ligereza.

William pensó en Cornelius.

En George.

En Sophia.

—No abandonaré a mi familia.

—Eso no responde.

—Tampoco permitiré que mi padre gobierne mi matrimonio.

—¿Puede impedirlo?

William sostuvo su mirada.

—Tendré que hacerlo.

—Cornelius Vanderbilt no parece un hombre acostumbrado a encontrar límites.

—Por eso será bueno que conozca algunos.

El conde sonrió apenas.

—Frances también sabe establecerlos.

—Lo he notado.

—Y no siempre lo hará con elegancia.

—Mucho mejor. La elegancia me pone nervioso.

—Discutirá con usted.

—Eso espero.

—Lo contradirá.

—Lo hace aunque no se lo pidan.

—Puede decidir que Nueva York no le gusta.

William dejó de sonreír.

—Entonces buscaremos otra solución.

—¿Aunque afecte sus negocios?

—Sí.

Lord Londonderry inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y si la solución exige que usted renuncie a algo?

William comprendió finalmente qué estaba haciendo aquel hombre.

No evaluaba su fortuna.

Ni su apellido.

Ni siquiera sus sentimientos.

Intentaba descubrir qué ocurriría cuando amar a Frances dejara de ser romántico y comenzara a costarle algo.

William pensó en ello antes de responder.

—Entonces tendré que decidir qué puedo perder sin convertirme en un hombre que termine culpándola por haberlo perdido.

El conde permaneció completamente inmóvil.

William continuó:

—No le prometeré que renunciaré a cualquier cosa por ella. Eso sonaría hermoso y probablemente sería mentira. Pero sí puedo prometer que nunca tomaré una decisión que cambie su vida como si únicamente me perteneciera a mí.

Algo en la expresión de lord Londonderry cambió.

No fue aprobación completa.

Pero se acercó.

—Eso —dijo lentamente— es bastante mejor que una promesa de sacrificarlo todo.

William sonrió.

—He aprendido que las promesas dramáticas suelen ser pésimos contratos.

—No compare su matrimonio con un contrato frente a Frances.

—Ya cometí ese error una vez.

—¿En serio?

—No exactamente. Pero lo suficiente para saber que no debo repetirlo.

Lord Londonderry rio.

Después tomó su sombrero.

William lo observó.

—¿Eso era todo?

—Por ahora.

—Ha venido hasta aquí para interrogarme.

—Prefería hacerlo antes de permitirle entrar nuevamente en mi casa con intenciones matrimoniales.

William sintió que su respiración se detenía.

—¿Eso significa que tengo permiso?

El conde lo miró con una ceja levantada.

—Significa que no lo expulsaré.

—Aceptaré la victoria.

—No ha ganado nada.

La palabra hizo que William sonriera.

—Precisamente.

Lord Londonderry caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla.

—Frances suele pasar una hora en el invernadero antes de la cena.

William quedó inmóvil.

El conde no se volvió.

—Hoy probablemente estará allí alrededor de las cinco.

—Lord Londonderry.

—No interprete esto como ayuda.

—Jamás.

—Y Vanderbilt.

—¿Sí?

El hombre finalmente lo miró.

—Si mi hija le dice que no, será no.

William no necesitó pensar.

—Sí.

Lord Londonderry asintió.

—Entonces nos entendemos.

La puerta se cerró.

William miró el reloj.

Las tres y cuarto.

Una hora y cuarenta y cinco minutos.

Podía esperar.

Había esperado meses.

Cruzado un océano.

Sobrevivido a dieciocho días de mar.

Una hora y cuarenta y cinco minutos no deberían representar ninguna dificultad.

A las tres y veintidós ya había revisado dos veces el reloj.

A las tres y cuarenta decidió que podía adelantar una reunión.

A las cuatro y diez había firmado tres documentos sin recordar una sola palabra de las conversaciones que los acompañaron.

A las cuatro y veinte se rindió.

Ordenó preparar el carruaje.

***

Frances no sabía que William estaba en Londres.

Sabía que su barco debía haber llegado a Inglaterra.

Eleanor había conseguido aquella información mediante una cadena de correspondencia que comenzaba en George, pasaba por Edward y terminaba inevitablemente en ella, pero nadie sabía con certeza cuánto tiempo permanecería William en Liverpool ni cuándo viajaría hacia el sur.

Frances había decidido que no preguntaría.

La decisión duró menos de una mañana.

A la hora del almuerzo preguntó casualmente a su padre si había recibido noticias acerca del proyecto comercial de Vanderbilt.

Lord Londonderry respondió que sí.

Ella esperó.

Él continuó comiendo.

—¿Y?

Su padre levantó la mirada.

—¿Y qué?

—¿Avanza?

—Parece que sí.

—Comprendo.

Frances tomó agua.

Esperó.

Nada.

—¿William está en Liverpool?

—No.

La copa se detuvo antes de llegar a sus labios.

—¿No?

—No.

—Entonces...

Lord Londonderry cortó tranquilamente un trozo de carne.

—Está en Londres.

Frances sintió que el corazón golpeaba una sola vez, demasiado fuerte.

—¿Desde cuándo?

—Llegó ayer.

—¿Y usted lo sabía?

—Sí.

—¿Y no pensaba decírmelo?

Su madre ocultó una sonrisa detrás de la servilleta.

—No preguntaste —respondió su padre.

Frances lo miró indignada.

—Acabo de preguntar.

—Y acabo de responder.

Edward soltó una carcajada.

—Esto es extraordinario.

—Nadie te ha pedido opinión.

—Eso nunca ha sido requisito.

Frances volvió hacia su padre.

—¿Lo ha visto?

—Esta mañana.

—¿Esta mañana?

—Sí.

—¿Y?

Lord Londonderry bebió vino.

—Está bien.

—Papá.

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones.

Lady Beatrice finalmente intervino.

—Tu padre está disfrutando demasiado de esto.

—Beatrice.

—Es verdad.

Frances dejó los cubiertos.

William estaba en Londres.

A pocas horas.

Quizá menos.

Después de tantos meses midiendo la distancia en semanas de navegación, aquella cercanía resultaba absurda.

—¿Vendrá? —preguntó antes de poder impedirlo.

Su padre la miró.

—Supongo.

—¿No lo invitaste?

—No fue necesario.

Edward volvió a reír.

Frances decidió que su hermano también merecía morir.

—¿Qué significa eso?

—Significa —respondió lord Londonderry con absoluta serenidad— que le comenté dónde estarías alrededor de las cinco.

Frances se quedó inmóvil.

Su madre dejó de fingir que no sonreía.

Edward murmuró algo que sonaba como "magnífico".

—¿Hiciste qué?

—El invernadero.

—Sé dónde estoy a las cinco.

—Entonces no existe confusión.

—Papá.

—Frances.

—No puedes organizar encuentros sin preguntarme.

Lord Londonderry arqueó una ceja.

—No he organizado nada. Le proporcioné información. Lo que haga Vanderbilt con ella pertenece a su propia imprudencia.

—Eso es organizarlo.

—Entonces heredaste de tu madre la tendencia a discutir definiciones.

Lady Beatrice sonrió.

—Y de ti el gusto por ganar la discusión.

Frances miró alternativamente a sus padres.

—Son imposibles.

—Y tú estás sonriendo —señaló Edward.

Frances dejó de hacerlo inmediatamente.

—No estoy sonriendo.

—Lo estabas.

—Edward.

—Me callo.

No lo hizo.

—Por cierto, Montrose viene mañana.

La alegría desapareció.

William.

Montrose.

Por primera vez ambos se encontraban en el mismo país mientras la cortejaban.

La realidad que durante semanas había podido mantener dividida por un océano acababa de reunirse.

Frances se levantó.

—Voy a cambiarme.

Edward arqueó una ceja.

—¿Para el invernadero?

—Para la cena.

—Faltan cuatro horas.

—Edward.

—Me callo.

Esta vez lady Beatrice le lanzó una mirada que consiguió el milagro.

Frances salió del comedor intentando caminar con normalidad.

No corrió escaleras arriba.

Se negó a hacerlo.

Tampoco entró en su dormitorio y abrió inmediatamente el armario.