CAPITULO 21
E l puerto de Liverpool apareció ante William poco después del amanecer, envuelto en una neblina tan espesa que durante varios minutos Inglaterra no fue más que una sombra gris detrás de la borda.
Habían transcurrido dieciocho días desde que Nueva York desapareciera en el horizonte y, aunque no era la travesía más larga que había soportado ni mucho menos la más difícil, ninguna otra le había parecido tan desesperadamente lenta.
Durante las primeras jornadas se había convencido de que aquello se debía al trabajo; llevaba consigo contratos, informes, propuestas y una cantidad absurda de correspondencia que debía revisar antes de reunirse con los agentes de Liverpool y Londres, pero hacia el sexto día dejó de mentirse.
No era el trabajo lo que hacía que consultara el reloj como si pudiera acelerar el viento. Era Frances.
Frances estaba al otro lado de aquel océano que durante meses había funcionado como una especie de juez imparcial entre ellos, obligándolos a pensar antes de hablar, a esperar antes de responder y, sobre todo, a descubrir cuánto podían echar de menos a una persona cuando no existía posibilidad alguna de verla por casualidad.
William había aprendido a conocerla a través de tinta y papel de una manera que quizá jamás habría conseguido compartiendo el mismo salón.
Había conocido sus dudas, sus contradicciones, el miedo que le producía elegir una vida equivocada, su deseo de no convertirse en una mujer definida únicamente por el hombre con quien se casara y hasta aquella parte de ella capaz de admitir que Philip le importaba mientras continuaba pensando en William.
Y él, que siempre había considerado la vulnerabilidad como una forma particularmente imprudente de entregar ventaja, había terminado enviándole confesiones que jamás habría pronunciado frente a otra persona.
Ahora iba a tenerla delante.
Sin papel.
Sin océano.
Sin varias semanas para decidir cómo responder.
La idea resultaba bastante más aterradora de lo que William Vanderbilt estaba dispuesto a admitir.
—Parece preocupado.
La voz del capitán lo hizo apartar la vista de la costa. El hombre se había acercado sin que William lo notara y permanecía junto a él, observando cómo los remolcadores comenzaban a aproximarse.
—Estoy calculando cuánto tardaremos en desembarcar.
—Eso es exactamente lo que diría un hombre preocupado.
William sonrió.
—Entonces procuraré parecer más indiferente.
—Demasiado tarde. Lleva media hora mirando Inglaterra como si alguien pudiera robársela antes de que toquemos puerto.
—No me interesa Inglaterra entera.
—Ah.
El capitán sonrió de una forma que William consideró ofensivamente comprensiva.
—Una mujer.
—No he dicho eso.
—No necesitaba hacerlo.
William volvió a mirar la costa.
—¿Cuánto falta?
El capitán soltó una carcajada.
—Definitivamente una mujer.
William decidió que aquella conversación había terminado.
No obstante, mientras el barco avanzaba lentamente hacia el puerto, comprendió que el hombre no se equivocaba.
Había regresado por negocios, sí. El proyecto que llevaba meses preparando dependía de su presencia en Inglaterra y las reuniones de las próximas semanas podían determinar si aquella operación transatlántica se convertía en algo verdaderamente suyo o terminaba absorbida por el imperio de su padre, pero habría mentido si afirmaba que ese era el único motivo.
Había regresado porque Frances estaba allí.
Y porque Philip ya no.
Aquella última idea produjo una satisfacción que intentó reprimir por respeto al inglés y que fracasó de manera inmediata.
Philip había sido un buen hombre.
Un hombre honorable.
Un hombre inteligente, paciente, estable y, para completar la colección de cualidades irritantes, aparentemente incapaz de cometer un error importante.
William había pasado semanas intentando encontrar un defecto que justificara despreciarlo y había terminado concluyendo que su principal inconveniente consistía en querer casarse con la misma mujer que él.
Ahora Philip se había retirado.
Eso no significaba que Frances hubiese escogido a William.
La existencia del duque de Montrose se encargaba de recordárselo.
William apoyó ambas manos sobre la borda y observó cómo Inglaterra se hacía cada vez más nítida.
—Un duque —murmuró.
El capitán lo miró.
—¿Perdón?
—Nada.
Pero no era nada.
Era un maldito duque.
***
Tres días después, William descubrió que regresar a Inglaterra y ver a Frances eran dos acontecimientos que, para su enorme irritación, no podían producirse simultáneamente.
Las primeras jornadas fueron devoradas por reuniones.
Liverpool lo retuvo más de lo previsto, después Manchester exigió una visita que no figuraba en sus planes y, cuando finalmente llegó a Londres, encontró una montaña de documentos esperando sobre el escritorio de la residencia que la familia utilizaba durante sus estancias en Inglaterra.
Trabajó hasta pasada la medianoche.
Al día siguiente comenzó antes de las siete.
A las nueve ya había discutido con dos armadores.
A las once había convencido a un inversor que llevaba semanas negándose a comprometer capital.
A la una había recibido una carta de Cornelius donde su padre había escrito, entre otras cosas, que no confundiera entusiasmo con rentabilidad, una recomendación extraordinariamente rica viniendo de un hombre que había construido buena parte de su fortuna apostando cantidades obscenas de dinero cuando todos los demás le aconsejaban prudencia.
A las dos recibió una carta de George.
William la reconoció por la caligrafía inclinada y abandonó inmediatamente los informes.
William:
Mamá dice que debo comenzar preguntando por tu viaje, tu salud y tus negocios.
Considera cumplidas las tres obligaciones.
Ahora podemos hablar de asuntos importantes.
Montrose continúa visitando a Frances.
William dejó de leer.
Después continuó.
Sí, sé que acabas de maldecir.
No sirve de nada.
Edward asegura que el hombre baila bien, conversa mejor y posee la irritante costumbre de escuchar cuando una mujer habla.
Personalmente considero que esas cualidades deberían ser prohibidas en un duque.
Un hombre ya favorecido por título, fortuna y rostro aceptable no debería además desarrollar personalidad.
William apoyó la carta sobre el escritorio.
—Por una vez estamos de acuerdo.
Volvió a leer.
Philip se ha retirado con tanta dignidad que ahora incluso yo lo respeto, lo cual me resulta desagradable.
Frances estuvo triste.
No cometas el error de interpretar eso como arrepentimiento. Según Edward, ella misma terminó el cortejo porque no podía ofrecerle una oportunidad justa mientras esperaba tu regreso.
William leyó aquella frase dos veces.
Mientras esperaba tu regreso.
Algo dentro de su pecho se contrajo.
George continuaba:
Antes de que tu vanidad convierta esas palabras en una propuesta matrimonial, recuerda que Montrose continúa allí.
Haz algo.
Y no me refiero a comprar un título.
Aunque pregunté a papá si era posible y se negó a responder, lo que significa que probablemente ya investigó el precio.
George.
William soltó una carcajada.
La puerta del despacho se abrió en aquel momento y uno de los criados anunció la llegada de lord Londonderry.
William guardó la carta inmediatamente.
—Hágalo pasar.
El padre de Frances entró pocos minutos después con la expresión de un hombre que jamás visitaba a otro sin un propósito concreto. William se puso de pie y estrechó su mano.
—No esperaba verlo hoy.
—Eso explica que no haya intentado escapar.
—Habría sido inútil.
—Al menos ha aprendido algo durante su ausencia.
William indicó el asiento frente al escritorio.
Lord Londonderry lo ocupó, observando de pasada los documentos extendidos sobre la mesa.
—Me dicen que su proyecto avanza.
—¿Quién?
—Hombres que parecen convencidos de que debo conocer todos sus negocios porque mi hija mantiene correspondencia con usted.
William reprimió una sonrisa.
—La mitad de Londres parece demasiado interesada en mis cartas.
—La mitad de Londres está aburrida.
—Eso explicaría muchas cosas.
El conde tomó uno de los informes sin pedir permiso, revisó las primeras cifras y lo dejó nuevamente sobre la mesa.
—No está utilizando capital de nuestra familia.
—No.
—Podría hacerlo.
—Lo sé.
—¿Por qué no?
William comprendió que aquello no era una pregunta casual.
—Porque no quiero que ninguna parte de esta operación pueda confundirse con una dote anticipada.
Lord Londonderry levantó lentamente la vista.
William sostuvo su mirada.
—Ni siquiera sabe si Frances aceptará casarse con usted.
—Ni siquiera ha aceptado que la corteje todavía.
—Pero piensa pedírselo.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
El conde se reclinó en el asiento.
—Cuando lo conocí pensé que sería exactamente el tipo de hombre que mi hija debía evitar.
William arqueó una ceja.
—Agradezco la sinceridad.
—Era arrogante.
—Continúo siéndolo.
—Impulsivo.
—Estoy trabajando en eso.
—Demasiado acostumbrado a creer que el dinero podía solucionar cualquier dificultad.
—Eso es injusto. Algunas dificultades también requieren contactos.
Lord Londonderry intentó contener la sonrisa.
No lo consiguió por completo.
—Y ahí está el problema.
—¿Cuál?
—Es difícil despreciarlo durante demasiado tiempo.
—Frances lo ha intentado con considerable dedicación.
—Mi hija no lo despreciaba.
William guardó silencio.
El conde lo observó unos segundos antes de continuar.
—Le tenía miedo.
Aquello William no lo esperaba.
—Frances no me teme.
—No a usted.
Lord Londonderry hizo una pausa.
—A lo que podía sentir por usted.
William no respondió.
—Mi hija siempre ha sido extraordinariamente segura cuando se trata de aquello que no desea —continuó el conde—. El problema comenzó cuando dejó de saber qué deseaba.
—Por eso me marché.
—Se marchó porque su hermano estaba enfermo.
—También. Pero antes de saberlo ya había decidido dejar de interferir.
—Después de elaborar una lista sobre todos los hombres que intentaban cortejarla.
William cerró los ojos.
—¿También usted conoce la lista?
—Creo que solo falta la reina.
—Voy a matar a Edward.