Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 20 #3
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CAPITULO 20 #3

—Sí. Espero que regrese. Porque si no lo hace, pasaré el resto de mi vida preguntándome si debí insistir un poco más y usted pasará la suya intentando convencerse de que yo era suficiente.

—Usted es suficiente.

—No para usted.

La verdad fue pronunciada sin crueldad.

Frances asintió.

—Lo siento.

—Yo también.

Philip soltó su mano y caminó hacia la puerta.

Antes de abrirla, se volvió.

—Cuando regrese, dígale que su lista era incompleta.

—¿Qué faltaba?

—La capacidad de perder con dignidad.

Frances sonrió.

—La añadiré.

—Y si se demora demasiado, Montrose continúa siendo una amenaza.

—¿Le preocupa el duque?

—Más de lo que me preocupaba Vanderbilt al principio.

—¿Por qué?

Philip abrió la puerta.

—Porque Montrose ya sabe exactamente quién es. El americano todavía está descubriéndolo.

Salió.

Frances permaneció sola entre las flores amarillas y la tristeza de una despedida que había elegido.

No se sentía aliviada.

Eso demostraba que Philip había importado.

Tampoco se arrepentía.

Eso demostraba que había sido correcto.

Su madre apareció desde la habitación contigua.

No formuló preguntas.

Solo la abrazó.

Frances permitió que las lágrimas cayeran.

—Era un buen hombre —murmuró.

—Sí.

—Podría haber sido feliz.

—Probablemente.

—Entonces ¿por qué duele rechazar algo que no deseaba lo suficiente?

La marquesa acarició su cabello.

—Porque una vida posible también puede perderse.

Frances cerró los ojos.

Había escogido no caminar hacia Ashcombe Park.

Aún no sabía si el camino de William la conduciría a un hogar o a otra despedida.

Pero por primera vez la decisión no nacía de una lista, del miedo ni de la edad.

Nacía de la verdad.

***

William se enteró de que Philip había terminado el cortejo antes de recibir la carta de Frances.

La noticia llegó en una nota de Edward que contenía solo tres líneas:

Philip se ha retirado.

Frances está triste.

No celebres todavía. Montrose sabe bailar y posee un ducado.

William leyó la nota en las oficinas y sintió primero alivio, luego culpa por sentirlo y finalmente irritación por la existencia persistente del duque.

—Buenas noticias —comentó George desde el sofá.

Había insistido en acompañarlo a las oficinas para demostrar que estaba recuperado y llevaba una hora leyendo informes sin que nadie le hubiese pedido hacerlo.

—Depende.

—El honorable se retiró.

William levantó la vista.

—¿También lees mi correspondencia?

—Dejaste la nota abierta.

—Estaba doblada.

—De manera poco eficaz.

William guardó el papel.

—Frances está triste.

—Eso significa que le importaba.

—Lo sé.

—¿Te molesta?

—Sí.

George cerró el informe.

—Pensé que querías que Philip desapareciera.

—Quería que ella me escogiera. No que tuviera que herir a un buen hombre para hacerlo.

—Eso suena casi maduro.

William le dirigió una mirada.

—Montrose continúa cortejándola.

—Un duque.

—Sí.

—Eso es peor.

—Mucho.

George reflexionó.

—¿Podrías comprar un ducado?

—No.

—Papá probablemente intentaría negociar uno.

—No le des ideas.

La puerta se abrió y Cornelius entró con varios documentos.

—¿Qué ideas?

—Ninguna —respondieron ambos hermanos.

Su padre los observó con desconfianza, pero colocó los papeles sobre el escritorio.

—El contrato de Liverpool ha llegado.

William revisó las primeras páginas. El acuerdo preliminar con los agentes ingleses permitiría iniciar la ruta antes de lo previsto. Lord Londonderry había facilitado algunas presentaciones, pero el capital provenía de inversores independientes, tal como William había exigido.

—Podemos comenzar las pruebas dentro de dos meses —dijo.

—Si permaneces aquí para supervisarlas —respondió Cornelius.

William levantó los ojos.

—Ya reservé un camarote hacia Inglaterra.

El silencio fue inmediato.

George fingió concentrarse en el informe.

—¿Cuándo? —preguntó Cornelius.

—Dentro de cuatro días.

—El proyecto necesita dirección.

—La tendrá desde Londres. Los socios principales están allí y puedo supervisar la operación transatlántica desde ambos puertos.

—Todavía no has asegurado todos los barcos.

—Harris puede ocuparse.

—Harris trabaja para la compañía.

—Y la ruta pertenece a la compañía bajo mi administración.

Cornelius apretó los labios.

—Tu hermano apenas se ha recuperado.

George levantó una mano.

—Puedo respirar sin William.

—No te he preguntado.

—Eso nunca lo detiene a él.

William se puso de pie.

—George está fuera de peligro. Mamá ya no necesita que permanezca junto a su cama y el proyecto requiere que viaje a Inglaterra. No estoy abandonando a la familia.

—Estás persiguiendo a una mujer.

—También.

La respuesta franca desconcertó a Cornelius.

—¿Y si te rechaza?

William pensó en Philip, en Montrose y en una mujer que ya había demostrado no escoger únicamente con el corazón.

—Regresaré habiendo cumplido con el proyecto.

—Eso no responde.

—Si me rechaza, tendré que aceptarlo.

George soltó una tos que sonó sospechosamente como una risa.

—No parece tu estilo.

—No lo es.

Cornelius estudió a su hijo.

—Cuatro días.

—Sí.

—Tu madre lo sabe.

—Todavía no.

—Entonces prepárate para una despedida más difícil que cualquier negociación.

William sonrió apenas.

—Lo sé.

—Y William.

Él esperó.

—No regreses casado sin avisar.

George soltó una carcajada.

William miró a su padre, buscando ironía.

No la encontró.

—Primero necesito que acepte mi cortejo.

—Eres un Vanderbilt.

—Sigue sin ser una ventaja.

Cornelius recogió los documentos.

—Entonces convéncela de lo contrario.

Salió del despacho.

George observó la puerta cerrada.

—Eso fue casi un consejo paternal.

—No exageres.

—Tal vez también se recupera.

William volvió hacia la nota de Edward.

Montrose sabía bailar y poseía un ducado.

Cuatro días.

Después el océano.

Luego Londres.

Había esperado durante semanas para regresar con todas las respuestas.

Ahora comprendía que algunas solo podían encontrarse junto a Frances.

Tomó una hoja y comenzó una última carta antes de partir.

Frances:

Edward me ha informado acerca de Philip.

No celebraré.

Al menos no por escrito.

Sé que le importaba y que terminar el cortejo debió dolerle. También sé que no lo habría hecho solo para ofrecerme una ventaja. Usted no toma esa clase de decisiones por obediencia ni por impulso.

Eso significa que ha escogido una verdad, aunque todavía no me haya escogido a mí.

Es suficiente por ahora.

Viajo a Inglaterra dentro de cuatro días.

Esta carta probablemente llegará después que yo.

Considérela la última advertencia de un pretendiente ausente.

La próxima será en persona.

William se detuvo.

No le diría la fecha exacta de llegada.

No por estrategia.

Deseaba verla antes de que tuviera tiempo de preparar una armadura, aunque probablemente aquello también constituyera una estrategia.

Añadió:

P. D. He recibido noticias alarmantes acerca del duque de Montrose.

Agradeceré un informe completo sobre sus defectos.

Si no ha encontrado ninguno, invéntelos.

Esta vez doy permiso.

W.

Selló la carta.

Dentro de pocas semanas dejaría de escribirle a través de un océano.

Podría verla, discutir con ella y descubrir si todas aquellas verdades expresadas sobre papel sobrevivían a la cercanía.

También podría perderla.

La posibilidad ya no le parecía una razón para esperar.

Era una razón para embarcarse.