Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 20 #2
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CAPITULO 20 #2

No una asignada por un padre, un título o una propiedad heredada.

Una escogida.

Cuando llegó al final, Frances soltó una risa.

Pero no bese a ninguno.

La frase estaba tachada.

Debajo, William la convertía en una súplica expresada sin dignidad.

La ternura y la irritación se mezclaron dentro de ella.

Después leyó la pregunta de George.

¿Qué considera un hogar?

Frances dejó la carta sobre el escritorio.

No conocía la respuesta.

Durante toda su vida, hogar había significado Blackwood Hall, sus padres, Edward y las habitaciones donde cada objeto conservaba una historia. También había sido Londres durante la temporada y cualquier lugar al que viajara con su familia.

En Boston había descubierto que podía sentirse libre lejos de todo aquello.

Con William había sentido, durante algunos instantes, una pertenencia que no dependía de una casa.

Pero eso no bastaba.

El amor no debía convertir el desarraigo en una virtud.

Frances necesitaba saber qué partes de Inglaterra no estaba dispuesta a perder y cuáles podía llevar consigo.

Se sentó frente al escritorio.

No escribiría todavía.

Primero debía pensar.

Un golpe suave sonó en la puerta.

—¿Está vivo? —preguntó Eleanor desde el corredor.

—Sí.

—¿Está regresando?

Frances volvió a la carta.

William no había mencionado un barco ni una fecha.

—Todavía no.

La puerta se abrió de todos modos.

Eleanor entró y encontró a Frances frente al escritorio.

—¿Qué dijo?

—Que quiere construir una ruta comercial entre América e Inglaterra, tener una casa propia en Nueva York y otra aquí. Quiere que lo ayude a terminar de decidir la vida que podríamos compartir.

Su amiga se quedó inmóvil.

—Eso es…

—No digas romántico.

—Iba a decir ambicioso.

—También.

Eleanor se sentó frente a ella.

—¿Te agrada?

—Sí.

—¿Lo suficiente para abandonar Inglaterra durante parte del año?

Frances miró hacia la ventana.

—No lo sé.

—¿Podrías vivir cerca de su familia?

—No dentro de la casa de su padre.

—Él tampoco lo desea.

—Pero su compañía, sus hermanos y su madre estarán allí.

—También tu familia está aquí.

—Precisamente.

Eleanor tomó la carta y luego, ante la mirada de Frances, la dejó sin abrir.

—No la leeré.

—Gracias.

—Aunque mi sacrificio debería ser reconocido.

—Profundamente.

—¿Qué considera un hogar? —preguntó Eleanor.

Frances frunció el ceño.

—¿Cómo sabes que preguntó eso?

—Está escrito en la última página y tengo excelente vista.

—Eso cuenta como leer.

—Solo palabras sueltas.

Frances retiró la carta.

—No lo sé.

—Tal vez sea una persona.

—Eso suena demasiado sencillo.

—Las respuestas románticas suelen serlo.

—Una persona puede marcharse, cambiar o morir. No quiero que toda mi identidad dependa de William.

—Entonces hogar no puede ser únicamente él.

—No.

—Pero podría ser el lugar que construyan juntos.

Frances bajó la mirada hacia las palabras.

—¿Y si siempre siento que pertenezco a medias en ambos países?

—Quizá pertenecer a dos lugares no signifique estar incompleta en cada uno.

La observación la sorprendió.

Eleanor se encogió de hombros.

—A veces también digo cosas sensatas.

—Con poca frecuencia.

—Por eso debes apreciarlas más.

Frances sonrió.

—Montrose viene por mí el jueves.

—Lo sé.

—Philip me visitará mañana.

—También.

—Y William quiere que continúe conociéndolos.

—Porque confía mucho en sí mismo o porque disfruta sufrir.

—Probablemente ambas cosas.

Eleanor se inclinó hacia delante.

—¿Qué harás?

—Lo que prometí. Continuaré decidiendo.

—¿Aunque estés enamorada de él?

Frances dejó de respirar.

Hasta entonces solo se había permitido pensarlo a solas.

Escucharlo en voz alta alteró la habitación.

—No lo he dicho.

—No era necesario.

—Podría estar enamorándome.

—Eso es lo que dicen las mujeres que ya llegaron y temen reconocer el lugar.

Frances se levantó.

—Necesito cambiarme para la cena.

—Esa no es una respuesta.

—Es una huida elegante.

—William estaría orgulloso.

Frances le señaló la puerta.

Eleanor rio y salió.

Cuando volvió a quedar sola, Frances tomó otra vez la carta.

William aún no había dicho que la amaba.

Ella tampoco.

Quizá ambos utilizaban el cortejo, la distancia y las decisiones prácticas para posponer una verdad que ya existía.

Pero amar a alguien no respondía automáticamente dónde vivir, cómo compartir las obligaciones familiares ni qué renuncias podían aceptar sin resentimiento.

Frances no quería que el amor reemplazara aquellas preguntas.

Quería que les diera una razón para responderlas juntos.

Guardó la carta junto con las anteriores.

Al día siguiente hablaría con Philip.

Y esta vez no podía continuar permitiendo que él avanzara sin saber cuánto había cambiado la situación.

***

Philip llegó a las once con flores amarillas y una expresión que perdió parte de su serenidad en cuanto vio el sobre de Nueva York todavía sobre el escritorio.

Frances había pedido recibirlo en el salón pequeño. Su madre se encontraba en la habitación contigua y Eleanor había sido amenazada con el exilio si intentaba escuchar detrás de la puerta.

Philip entregó las flores.

—Para usted.

—Son hermosas.

—No son rosas.

—Lo había notado.

—Las rosas parecen una declaración demasiado evidente.

Frances sonrió.

—¿Y las flores amarillas?

—Una estrategia cobarde para llevarle algo sin obligarla a interpretar demasiado.

—William diría que toda estrategia cobarde continúa siendo una estrategia.

Philip soltó un suspiro.

—Ha escrito.

No era una pregunta.

Frances no fingió.

—Sí.

Él miró el sobre.

—¿Buenas noticias?

—George se recupera.

—Me alegra.

—Y William ha comenzado un proyecto propio.

—Entonces también se recupera él.

La precisión la sorprendió.

—Creo que sí.

Philip se sentó frente a ella.

—¿Regresa?

—No ha dado una fecha.

—Pero lo hará.

—Eso dice.

El silencio se instaló entre ambos.

Frances tomó aire.

—Necesito ser honesta con usted.

—Cada vez que una mujer comienza una frase así, un hombre debería prepararse para recibir malas noticias.

—No quiero terminar el cortejo todavía.

Philip la miró.

—Eso no suena completamente malo.

—Pero tampoco quiero continuar de la misma manera.

—¿Qué significa?

—William me ha dicho qué vida desea comenzar a construir. No posee todas las respuestas, pero ya no es solo una posibilidad basada en un beso y unas cartas.

Philip permaneció inmóvil.

—Le ha ofrecido algo concreto.

—Me ha pedido que lo ayude a construirlo.

El inglés bajó la vista hacia sus manos.

—Eso es inteligente.

—No creo que fuese una estrategia.

—Por eso resulta más eficaz.

La tristeza debajo de su serenidad hizo que Frances sintiera culpa.

—No quiero herirlo.

—Frances, comenzamos este cortejo sabiendo que existía otro hombre.

—Entonces solo era un hombre ausente que no sabía qué quería.

—Y ahora lo sabe.

—Comienza a saberlo.

Philip levantó los ojos.

—¿Y usted?

La pregunta merecía una respuesta completa.

—Estoy enamorándome de él.

Pronunciarlo resultó menos aterrador de lo esperado.

Quizá porque ya era verdad desde hacía tiempo.

Philip cerró los ojos brevemente.

Frances sintió el impulso de retirar las palabras, suavizarlas o añadir que también podía llegar a quererlo a él.

No lo hizo.

Él le había pedido sinceridad.

—Comprendo —dijo finalmente.

—No significa que ya haya decidido qué vida puedo compartir con William.

—Pero sí significa que cualquier vida conmigo comenzaría con una parte de usted mirando hacia otra.

Frances no respondió.

Philip se levantó y caminó hacia la ventana.

—Sabía que esto podía ocurrir.

—Lo siento.

—No se disculpe todavía. Podría empeorar mi orgullo.

Ella esperó.

—¿Quiere que me retire? —preguntó él.

Frances pensó en Ashcombe Park, la escuela y la ternura con que Philip la miraba. Una parte egoísta deseaba conservar su presencia hasta estar segura de William. Tener una opción estable en caso de que el americano no pudiera regresar o la vida propuesta resultara imposible.

Esa misma idea le reveló la respuesta.

—Sí —dijo con dificultad—. Creo que debo pedírselo.

Philip no se movió.

—¿Porque ya lo eligió?

—Porque no quiero utilizarlo como protección contra la incertidumbre.

Él volvió lentamente la cabeza.

—Eso ha sido dolorosamente noble.

—No me siento noble.

—Nadie se siente así cuando hace lo correcto en perjuicio propio.

—También lo perjudica a usted.

—Yo escogí el riesgo.

Philip regresó hacia ella.

—¿Está segura?

Frances miró las flores amarillas.

—No estoy segura de que William y yo podamos construir una vida juntos.

—Eso no responde.

—Estoy segura de que no puedo prometerle una oportunidad justa mientras deseo que él regrese.

Philip asintió.

La aceptación visible en su rostro le partió el corazón de una manera distinta.

No como la partida de William.

Era la tristeza de perder una vida buena porque no era la suya.

—Entonces termina aquí —dijo.

—Sí.

Philip extendió una mano.

Frances la tomó.

Él la hizo ponerse de pie y permanecieron frente a frente.

—Quería besarla al menos una vez —admitió.

Ella sintió que los ojos se llenaban de lágrimas.

—Lo sé.

—Durante varios días pensé que, si lograba hacerlo, podría descubrir algo que Vanderbilt no hubiese despertado.

—Podría haberlo hecho.

—Pero nunca habría sabido si me respondió a mí o al miedo de esperarlo.

Frances apretó sus dedos.

—Ha sido más honorable de lo que merezco.

—No diga eso. Convertirá el rechazo en una humillación completa.

Una risa húmeda escapó de ella.

Philip sonrió.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La risa que él escribió en la lista.

Frances se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe eso?

Philip arqueó una ceja.

—Edward habla demasiado.

—Voy a asesinarlo antes de que William tenga oportunidad.

—Deberán organizar un turno.

Philip llevó la mano de Frances hacia sus labios y besó sus nudillos por última vez.

—Espero que regrese.

—¿De verdad?

—No. Espero que su barco se pierda durante el tiempo suficiente para que usted cambie de opinión y después aparezca sano cuando ya se haya casado conmigo.

Frances rio entre lágrimas.

—Eso no es muy honorable.

—He decidido corregir el exceso.

La sonrisa de Philip se volvió triste.