CAPITULO 20
F rances recibió la respuesta de William quince días después, durante una tarde en la que el duque de Montrose había decidido demostrar que un hombre podía resultar peligroso sin alzar la voz ni cometer una sola incorrección.
La visita había comenzado de manera convencional.
Montrose llegó a la residencia de los Vane poco después de las tres, acompañado por una tía viuda que se instaló junto a la marquesa y declaró su intención de no escuchar ninguna conversación que no la incluyera.
Eleanor permanecía cerca de la ventana, fingiendo bordar mientras observaba al duque con una curiosidad que no se molestaba en ocultar.
Philip no estaba presente.
Aquello no constituía una casualidad.
Montrose había solicitado una hora concreta y Frances sospechaba que se había informado antes de asegurarse de que su rival inglés no visitaría la casa aquella tarde. William habría considerado la maniobra calculada. Philip, probablemente, la habría llamado inteligente.
Frances todavía no había decidido qué pensaba ella.
El duque estaba sentado frente a ella, con una taza de té intacta en la mano y la expresión serena de un hombre que jamás necesitaba apresurar una conversación para dominarla.
—Lady Pembroke organiza otra velada el jueves —comentó—. Me gustaría acompañarla.
—Mi familia ya ha aceptado la invitación.
—No he preguntado si asistirá. He preguntado si me permitirá acompañarla.
La diferencia era deliberada.
—¿Pretende recogerme aquí?
—Sí.
—Eso despertará rumores.
—Los rumores ya existen.
Eleanor levantó ligeramente la cabeza desde el bordado.
Frances ignoró la atención de su amiga.
—¿Y no le preocupan?
—Me preocuparía más que mi cautela fuese interpretada como falta de intención.
Montrose no se escondía.
Aquello lo distinguía de William, aunque la comparación resultaba injusta. El duque poseía un título, una fortuna independiente y una vida organizada desde hacía años. Podía declarar interés sin preguntarse qué parte de sí mismo perdería al hacerlo.
—Apenas nos conocemos —dijo Frances.
—Por eso deseo acompañarla.
—Algunos hombres considerarían suficiente solicitar una danza.
—Algunos hombres no compiten con un amigo de infancia y un americano que escribe cartas desde el otro lado del océano.
La franqueza la hizo dejar la taza.
—Parece bien informado.
—Soy duque. La mitad de Londres considera un deber informarme de todo aquello que no he preguntado.
—¿Y la otra mitad?
—Espera que ya lo sepa.
Frances sonrió.
Montrose apoyó la taza.
—No me agrada la palabra competir cuando se refiere a una mujer.
—Sin embargo, acaba de utilizarla.
—Porque describe la conducta de los hombres, no su posición. Usted no es el premio. Es quien decidirá cuál de nosotros merece permanecer.
La respuesta coincidía con lo que Philip había dicho durante el baile.
Los hombres comenzaban a aprender.
O quizá Frances empezaba a prestar atención a aquello que antes habría descartado con una clasificación rápida.
—¿Y por qué desea permanecer? —preguntó.
El duque la observó durante varios segundos.
—Porque no intenta agradarme.
—Eso parece una razón insuficiente para cortejar a una mujer.
—No cuando casi todas las personas llevan años diciéndome exactamente lo que creen que deseo escuchar.
Frances recordó a William afirmando que ella era la única mujer ante quien olvidaba tener respuestas.
—También discute conmigo —continuó Montrose—. No se muestra intimidada por mi título y, cuando cree que una de mis opiniones es absurda, su rostro lo revela antes que sus palabras.
—Eso no parece particularmente halagador.
—Lo es para un hombre cansado de vivir rodeado por espejos que siempre le devuelven la misma imagen.
Había soledad debajo de la frase.
Frances no la había percibido durante el baile. Montrose parecía demasiado seguro para necesitar algo, pero aquella seguridad podía constituir otra forma de armadura.
—¿Qué ocurrió con su familia? —preguntó.
El duque no se ofendió por la pregunta directa.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. Heredé el título, las propiedades y cientos de personas dispuestas a enseñarme cómo debía pensar. Mi madre regresó a Francia poco después y mi hermana se casó. Aprendí a tomar decisiones antes de aprender a confiar en quienes las cuestionaban.
—¿Y ahora confía?
—En pocas personas.
—¿Pretende que su esposa se convierta en una?
—Sí.
—Eso podría requerir permitirle verlo equivocado.
Montrose sonrió apenas.
—Ahí comienza el verdadero peligro.
Frances se sintió atraída por la conversación.
No del mismo modo que con William, cuya presencia convertía cada intercambio en una corriente que podía arrastrarla antes de que reconociera el movimiento.
Con Montrose existía interés intelectual, una sensación de acercarse a una puerta cerrada cuyo propietario parecía dispuesto a entregarle la llave.
Otro hombre que podía ofrecerle una vida.
Otro futuro posible.
La idea ya no la entusiasmaba como al principio de su búsqueda.
La agotaba.
—Aceptaré que me acompañe el jueves —dijo.
Montrose no mostró triunfo.
Solo inclinó la cabeza.
—Gracias.
Eleanor clavó la aguja fuera de la tela.
Frances percibió el movimiento y estuvo a punto de sonreír.
—¿Existe alguna condición? —preguntó el duque.
—¿Por qué supone que la hay?
—Porque parece una mujer que no entrega una concesión sin observar qué hace el otro con ella.
William habría respondido exactamente igual.
—No convierta el trayecto en una entrevista matrimonial.
—Entonces procuraré no mencionar mis ingresos, herederos ni preferencias acerca del número de hijos.
Frances sintió que el rostro se calentaba.
Montrose continuó con absoluta serenidad:
—Aunque sospecho que el americano ya incluyó esas preguntas en su lista.
La taza de Eleanor chocó contra el plato.
Frances volvió lentamente la cabeza hacia el duque.
—¿Cómo sabe que existe una lista?
—Lord Harrington ha contado a medio Londres que fue descartado por un americano sin título debido a su conversación sobre chimeneas.
Frances cerró los ojos.
Edward.
Solo su hermano podía haber permitido que semejante información llegara a Harrington.
—El señor Vanderbilt no lo descartó —aclaró—. Yo lo hice.
—Entonces la evaluación fue correcta.
—¿No le molesta que otro hombre analice a quienes se me acercan?
—Me molestaría si usted aceptara sus conclusiones sin formar las propias.
—No lo hago.
—Entonces su lista solo representa la opinión de un rival ausente.
Rival.
La palabra regresaba una y otra vez.
—William ya no es mi consejero —dijo.
Montrose sostuvo su mirada.
—No. Sospecho que eso lo vuelve más peligroso.
Antes de que Frances pudiera responder, el mayordomo apareció en el umbral con una bandeja de plata.
Sobre ella había un sobre grueso.
El sello de Nueva York.
El corazón de Frances reaccionó con tal violencia que olvidó durante un segundo dónde estaba.
Montrose siguió la dirección de su mirada.
—La posibilidad americana —murmuró.
La marquesa observó a su hija desde el otro lado del salón, pero no intervino.
Frances se puso de pie.
—Discúlpeme.
No era correcto abandonar a un visitante para leer correspondencia privada. Tampoco podía permanecer sentada fingiendo indiferencia mientras las palabras de William se encontraban a pocos pasos.
Montrose también se levantó.
—Nuestra conversación puede continuar el jueves.
No había reproche en su voz.
Aquello empeoró la culpa.
—No deseo ser descortés.
—Preferiría su sinceridad a media hora de conversación durante la cual miraría ese sobre cada diez segundos.
Frances tomó la carta.
—Gracias.
El duque se inclinó sobre su mano.
—Hasta el jueves.
Cuando se volvió para despedirse de la marquesa, Eleanor se levantó con tanta rapidez que el bastidor cayó al suelo.
—Acompañaré a Frances.
—No —dijeron Frances y lady Beatrice al mismo tiempo.
Eleanor miró a ambas.
—Solo pretendía protegerla de una correspondencia peligrosa.
—Puedes proteger el bordado —repuso su prima.
Frances salió del salón antes de que su amiga encontrara otra excusa.
Subió la escalera con el sobre apretado entre los dedos y entró en su dormitorio. Alice se encontraba ordenando unos vestidos, pero se retiró sin que Frances tuviera que pedírselo.
La puerta se cerró.
Frances rompió el sello.
La carta era larga.
Comenzaba con una amenaza contra Edward, una acusación de traición hacia Sophia y la noticia de que George ya recorría la casa ofreciendo consejos matrimoniales.
Frances sonrió.
Después llegó a aquella frase.
Nadie me había dicho que estaba orgulloso de mí por enfrentarme a mi padre sin intentar destruir algo en el proceso.
No sabía que necesitaba escucharlo hasta que lo leí.
Gracias.
La sonrisa se volvió más suave.
Continuó leyendo.
William no había encontrado defectos en el comportamiento de Philip. Admitía que lo asustaba que el inglés le importara y reconocía, por primera vez sin convertirlo en una disputa, que tendría que merecer la elección de Frances.
No quiero ganarla.
Quiero que me elija.
Ella apoyó los dedos sobre la línea.
Aquello era lo que necesitaba.
No un hombre dispuesto a vencer a los demás, sino uno capaz de comprender que el resultado no le pertenecía.
Siguió hasta las respuestas.
William deseaba una operación propia, vinculada a la compañía, pero no gobernada por cada decisión de Cornelius. Hablaba de una casa en Nueva York y otra en Inglaterra, de temporadas divididas entre ambos países y de una vida que todavía no estaba terminada.
Espero que, si decide aceptar mi cortejo, me ayude a terminarla.
Frances cerró los ojos.
Philip le había mostrado una vida completa.
Ashcombe Park, la escuela, una familia conocida y un lugar claro para ella dentro de cada estación del año.
Montrose podía ofrecerle poder, independencia dentro de ciertas responsabilidades y una posición desde la que influir en asuntos que pocas mujeres podían alcanzar.
William no le ofrecía una vida terminada.
Le ofrecía construirla juntos.
Aquello resultaba más incierto.
También mucho más parecido a lo que ella había dicho desear.
Una vida que le perteneciera.