CAPITULO 19 #3
El mayordomo regresó poco después para informar que un barco partiría hacia Liverpool al amanecer. William entregó el sobre con instrucciones precisas, aunque ya sabía que pasarían semanas antes de obtener respuesta.
El océano continuaba imponiendo su ritmo.
Esta vez, sin embargo, William no se sentía inmóvil.
Había comenzado a construir algo.
No solo la ruta.
Un futuro capaz de incluirla.
***
Aquella tarde, Cornelius lo esperaba en las oficinas.
La sede de la compañía ocupaba un edificio amplio cerca del puerto, saturado por el olor del agua, la madera y el humo de las embarcaciones.
William había pasado gran parte de su juventud entre aquellos corredores, aprendiendo a leer manifiestos de carga antes de que otros muchachos de su edad supieran administrar una cuenta personal.
Entró en el despacho de su padre con el proyecto bajo el brazo.
Cornelius no lo invitó a sentarse.
—He revisado tu propuesta.
—Lo supuse por las notas que ocupan casi todos los márgenes.
—Los márgenes existen para corregir errores.
—También existen páginas adicionales.
Su padre ignoró la observación.
—La ruta puede ser rentable.
En boca de Cornelius, aquello equivalía a una ovación.
—Lo será.
—Si consigues inversores ingleses y reduces el tiempo de permanencia en Liverpool.
—Ya tengo contactos potenciales.
—Los Vane.
—Lord Londonderry podría presentar el proyecto, pero no pienso depender de su dinero.
Cornelius levantó la mirada.
—La familia de la joven.
—Sí.
—Entonces mezclas negocios con asuntos personales.
—Todos los hombres de esta ciudad construyen alianzas mediante familias.
—Y la mayoría termina pagando por ello.
William dejó los documentos sobre el escritorio.
—No utilizaré mi relación con Frances para conseguir capital.
—¿Relación?
La precisión de su padre volvió peligrosa la palabra.
—Pienso cortejarla.
Cornelius apoyó la pluma.
—Una aristócrata inglesa.
—Lady Frances Vane.
—Sé quién es.
—No por mí.
—Tu madre ha recibido demasiadas cartas.
—En eso coincidimos.
Cornelius se reclinó en el asiento.
—¿Piensas casarte con ella?
—Si acepta.
—¿Y vivir en Inglaterra?
—Parte del tiempo.
—La compañía necesita presencia aquí.
—Mi proyecto necesita presencia en ambos continentes.
—Tu proyecto todavía no existe.
—Existirá.
—Hablas como si una mujer a la que conociste durante algunas semanas debiera determinar la estructura de nuestras operaciones.
William respiró antes de responder.
—No estoy construyendo la ruta por Frances.
—Pero la diseñas para poder regresar junto a ella.
—La diseño porque es una oportunidad rentable y porque deseo una vida que no me obligue a escoger entre la compañía y la mujer que amo.
La última palabra salió sin preparación.
Amo.
Cornelius quedó inmóvil.
William también.
No la había pronunciado ante Frances. Ni siquiera en las cartas. Había hablado de deseo, celos y elección, pero no había permitido que aquella palabra organizara todo lo demás.
Ahora, dentro del despacho de su padre, la verdad resultaba imposible de retirar.
Amaba a Frances.
Quizá desde antes del beso.
Tal vez desde el momento en que ella se rio en la escalera y él sintió que había recibido algo que deseaba proteger.
Cornelius lo observó con una expresión indescifrable.
—El amor es una base inestable para una operación comercial.
—Por eso los cálculos están en el proyecto y no en esta conversación.
—¿Ella te ama?
William pensó en la lista, en la respuesta que Frances deseaba darle y en la forma en que todavía continuaba conociendo a Philip.
—No lo ha dicho.
—Entonces estás reorganizando tu vida por una posibilidad.
—Estoy reorganizando mi vida porque la anterior no me pertenecía.
Cornelius se puso de pie.
—Te pertenecía todo aquello que estabas dispuesto a ganarte.
—Siempre que quisiera exactamente lo mismo que usted.
—Quería que fueras capaz de continuar lo que construí.
—Y yo quiero construir algo que pueda compartir, no solo heredar.
Los dos hombres permanecieron frente a frente.
—¿Qué esperas de mí? —preguntó Cornelius.
William no había anticipado la pregunta.
Podía exigir capital, barcos o autoridad formal.
Pero aquello no era lo primero que necesitaba.
—Que deje de tratar cada decisión distinta a la suya como otra versión de mi antiguo error.
Su padre endureció el rostro.
—La confianza perdida no se recupera con discursos.
—Lo sé. Por eso estoy aquí trabajando.
—¿Y cuando esa dama te pida que abandones Nueva York?
—No lo ha hecho.
—Lo hará.
—No la conoce.
—Conozco lo que ocurre cuando dos vidas están construidas en lugares distintos. Una termina cediendo.
—Entonces cederemos ambos.
Cornelius soltó una risa baja.
—Eso dicen los hombres antes de casarse.
—¿Mamá cedió todo?
La pregunta lo golpeó.
—No hablamos de tu madre.
—Hablo de la única experiencia matrimonial que conozco de cerca. Ella dejó Inglaterra, su familia y muchas de las cosas que deseaba. ¿Qué cedió usted?
Cornelius guardó silencio.
William comprendió la respuesta.
—Nada.
—Le ofrecí una vida que ninguna otra persona podía darle.
—Pero era su vida.
—Ella la escogió.
—Eso no significa que no haya lamentado lo que perdió.
Su padre apartó la vista.
Por primera vez William percibió una duda real.
—Frances no entrará en una vida ya terminada —continuó—. Si acepta estar conmigo, la construiremos juntos.
—Y si eso te obliga a perder esta compañía.
—Entonces decidiré qué parte de ella necesito conservar y cuál nunca fue mía.
Cornelius volvió hacia el proyecto.
—Tienes seis meses.
William frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Demuestra que la ruta puede sostenerse, consigue los inversores y establece contratos sin utilizar el dinero de los Vane.
—¿Y después?
—La operación será tuya dentro de la compañía, con participación propia.
William no esperaba aquella concesión.
—¿Por qué?
—Porque si vas a cometer un error, prefiero que sea uno cuyo costo podamos calcular.
La respuesta sonaba exactamente a Cornelius.
Sin embargo, debajo de ella existía algo diferente.
Una oportunidad.
—Acepto.
Su padre tomó la pluma.
—Y William.
Él esperó.
—No necesito que abandones la compañía para demostrar que no eres yo.
La frase fue pronunciada sin mirarlo.
Pero William la escuchó.
Durante años había deseado una admisión semejante.
Ahora comprendía que no borraba todo lo ocurrido, aunque podía convertirse en un comienzo.
—Tampoco necesito destruirla para demostrarlo —respondió.
Cornelius asintió una vez.
La negociación terminó.
William recogió los documentos y se dirigió hacia la puerta.
—¿La traerás a Nueva York? —preguntó su padre.
Él volvió el rostro.
—Primero tiene que escogerme.
—Eres un Vanderbilt.
—Ese argumento probablemente favorecerá a Philip.
Cornelius frunció el ceño.
—¿Quién es Philip?
William abrió la puerta.
—El hombre que sabe cuánto paga por transportar su trigo.
Salió antes de que su padre pudiera preguntar por qué aquello representaba una amenaza.
Al bajar hacia el puerto, William sintió por primera vez que Nueva York ya no era únicamente el lugar al que había sido obligado a regresar.
Podía ser parte de la vida que escogiera.
No toda.
Solo una parte.
La otra estaba al otro lado del océano, recibiendo flores, bailando con duques y descubriendo si un hombre honorable podía hacerla olvidar a uno que todavía tenía demasiado que demostrar.
William miró los barcos alineados junto al muelle.
Seis meses era demasiado tiempo.
George mejoraba.
El proyecto había sido aceptado.
Y Frances acababa de recordarle que Philip no desperdiciaba su ausencia.
William tomó una decisión.
No esperaría a concluir cada detalle antes de regresar.
Enviaría a un representante para comenzar las negociaciones inglesas.
Él mismo supervisaría la siguiente etapa desde Londres.
Entró en la oficina del administrador del puerto.
—Necesito saber cuál es el próximo barco rápido hacia Liverpool.
El hombre revisó un registro.
—El Northern Star parte dentro de doce días.
Doce días.
Después semanas de travesía.
William calculó fechas, compromisos y el tiempo necesario para asegurar que George continuara recuperándose.
—Reserve un camarote.
—¿A nombre de quién?
William sonrió.
—William Henry Vanderbilt.
El hombre comenzó a escribir.
—¿Viaje de negocios?
William pensó en Frances leyendo sus cartas, en Philip acercándose a besarla y en la respuesta que ella todavía no le había prometido.
—Entre otras cosas.