Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 19 #2
46%

CAPITULO 19 #2

Todavía no tenía una respuesta definitiva. Su proyecto exigía presencia en América durante los primeros años. Su familia, incluso después de la recuperación de George, continuaría formando parte de su vida. No podía fingir que el amor por Frances eliminaría aquellas obligaciones.

Tampoco deseaba pedirle que dejara Inglaterra para entrar en una casa donde Cornelius examinaría cada una de sus decisiones como si evaluara una nueva inversión.

—Podríamos vivir parte del año en ambos lugares —dijo.

George lo observó.

—Eso es una solución comercial.

—Es práctica.

—¿Es la vida que ella desea?

—No lo sé.

—Entonces todavía no has respondido.

William apretó los labios.

—Desde que estuviste al borde de la muerte te has vuelto insoportablemente reflexivo.

—Creí que era una fiebre. Tal vez fue sabiduría.

—Los médicos deberían investigarlo.

George sonrió.

—No puedes llegar a Inglaterra con un itinerario de viajes y creer que eso resuelve todo. Debes preguntarle qué considera un hogar.

La palabra lo detuvo.

Hogar.

Para William siempre había sido un lugar temporal, definido por la presencia de su familia y al mismo tiempo gobernado por la autoridad de su padre.

En Blackwood Hall había descubierto otra forma de pertenencia: una casa donde las discusiones no amenazaban el afecto y las personas podían fallar sin ser reducidas para siempre a su error.

Quizá Frances no necesitaba escoger entre Inglaterra y Nueva York.

Necesitaba confiar en que su hogar con él no estaría controlado por ninguna de las dos familias.

—Necesito una casa propia —dijo.

George ladeó la cabeza.

—¿Aquí?

—Tal vez.

—Papá lo interpretará como una declaración de guerra.

—Papá interpreta el desayuno como una negociación.

—Eso no responde.

William caminó hacia el mapa de Manhattan colgado en la pared. Había propiedades disponibles lejos de la residencia familiar, algunas cercanas al río y otras situadas en zonas que todavía no habían sido absorbidas por completo por el crecimiento de la ciudad.

Podía adquirir una.

También podía mantener una residencia en Londres vinculada a las operaciones de la ruta. No sería una vida estable en el sentido tradicional, pero sí una construida por ellos y no únicamente heredada.

—Aquí, al principio —decidió—. Y una casa en Inglaterra si el proyecto funciona.

—Dos hogares.

—Uno solo, en dos lugares.

George lo miró con una expresión burlona.

—Eso suena peligrosamente romántico.

—Suena costoso.

—Ahí está el Vanderbilt.

William regresó al escritorio.

—No puedo pedirle que se mude aquí sin mostrarle la ciudad y permitirle conocer a nuestra familia.

—Podrías llevarnos a Inglaterra.

—No pienso presentarte ante Frances hasta que aprendas a guardar silencio.

—Entonces jamás ocurrirá.

—Exactamente.

George se puso de pie con esfuerzo.

William avanzó para ayudarlo, pero su hermano apartó la mano.

—Puedo hacerlo.

—No tienes que demostrarlo cada vez.

La frase salió con una firmeza que hizo que ambos quedaran quietos.

Era lo que William llevaba años intentando demostrar a Cornelius.

Que podía hacerlo solo.

Incluso cuando no era necesario.

George apoyó el peso sobre el bastón.

—Tampoco tú —dijo.

William lo miró.

—No tienes que construir un imperio antes de pedirle que forme parte de tu vida. Tal vez quiera ayudarte a construirlo.

Frances había dicho algo semejante sin decirlo de manera explícita. No necesitaba una mansión ni un apellido poderoso. Necesitaba espacio real dentro de sus decisiones.

William recogió la carta.

—Regresa al comedor.

—¿Escribirás?

—Sí.

—¿Mencionarás que te aconsejé?

—No.

—Podrías reconocer mi sabiduría.

—Tampoco.

George avanzó hacia la puerta.

—Dile a la pelirroja que estoy mejor.

—Tiene nombre.

Su hermano volvió la cabeza.

—Entonces ya es grave.

William le arrojó una hoja arrugada.

George rio y salió.

Cuando quedó solo, William extendió una página nueva.

Frances:

Antes de responder al contenido verdaderamente alarmante de su carta, debo aclarar que mi madre ha perdido el derecho a acusarme de indiscreción. También he comenzado a organizar el asesinato de Edward. George se ofrece a colaborar, aunque su estado de salud lo vuelve poco confiable.

La ligereza resultó necesaria antes de acercarse a lo que realmente sentía.

Leyó otra vez la frase en la que Frances decía estar orgullosa.

No supo responderla sin sentir que cada palabra sería insuficiente.

Escribió:

Nadie me había dicho que estaba orgulloso de mí por enfrentarme a mi padre sin intentar destruir algo en el proceso.

No sabía que necesitaba escucharlo hasta que lo leí.

Gracias.

La carta de usted llegó en una mañana particularmente difícil.

Cornelius considera que mi proyecto es una idea costosa, arriesgada y organizada por un hombre con demasiado interés en Inglaterra.

Eso significa que le parece excelente, aunque preferiría hundir uno de sus propios barcos antes que admitirlo.

George mejora. Ya puede caminar por la casa, interferir en mis asuntos y ofrecer consejos matrimoniales que nadie le ha pedido. Si continúa así, pronto volveré a desear que permanezca inconsciente.

No decía que pronto volvería a desear que enfermara.

Ni siquiera como broma.

La experiencia había cambiado los límites de aquello que podía pronunciar sin sentir miedo.

William respiró y llegó a Philip.

He leído la parte acerca de Ashcombe Park.

Después la leí de nuevo esperando descubrir una razón para considerar a Philip un farsante.

Lamento informar que no la encontré.

Su decisión de no besarla mientras pensaba en mí ha sido honorable, considerada y profundamente irritante.

Si vuelve a comportarse de esa manera, me obligará a respetarlo.

Considere advertido.

Una sonrisa apareció mientras escribía.

Después recordó: Philip me importa.

La sonrisa desapareció.

Me alegra que le importe.

Esa es una mentira.

La tachó.

Dejó la frase visible y escribió debajo:

Intentaré otra vez.

Me asusta que le importe.

Sería más sencillo competir con un hombre que solo representara estabilidad. Pero Philip la escucha, la hace reír y está construyendo un lugar para usted dentro de su vida.

Eso significa que, si me escoge, no será porque yo haya expuesto sus defectos.

Tendré que merecerla.

Frances había rechazado ser un premio. William lo entendía.

No quiero ganarla.

Quiero que me elija.

Y sé que no es lo mismo, aunque durante años haya confundido ambas cosas.

Apoyó la pluma.

La siguiente parte requería una respuesta concreta.

Frances había preguntado qué vida imaginaba dentro de cinco años.

William miró los mapas.

Todavía no podía describir cada detalle. Pero ya no necesitaba una solución perfecta antes de compartirla.

Respecto a sus preguntas:

Dentro de cinco años quiero dirigir una operación que una América con Inglaterra sin depender de que mi padre apruebe cada decisión.

No deseo abandonar por completo la compañía.

Forma parte de mi familia, de mi educación y también de mí, aunque durante años haya fingido que solo representa una cadena.

Pero tampoco quiero que toda mi identidad continúe reducida al hijo de Cornelius Vanderbilt.

He propuesto una nueva ruta comercial bajo mi administración. Si funciona, pasaré temporadas en ambos países.

Antes habría considerado eso una forma ideal de evitar escoger un lugar.

Ahora creo que podría ser una manera de construir uno con usted.

No le pediré que abandone Inglaterra para instalarse dentro de la vida que mi padre diseñó. Quiero una casa propia en Nueva York, lejos de la residencia familiar, y otra en Inglaterra cuando las operaciones lo permitan.

No sé si usted desearía vivir de esa manera.

No sé si considera que un hogar puede extenderse a ambos lados de un océano.

Pero esta es la primera respuesta sincera que tengo.

No está terminada.

Espero que, si decide aceptar mi cortejo, me ayude a terminarla.

Leyó aquella parte.

No era una propuesta.

Tampoco una promesa vacía.

Era una invitación.

Continuó:

No construiré una vida para impresionarla.

La construiré porque estoy cansado de que todas mis decisiones sean reacciones contra mi padre.

Pero mentiría si dijera que usted no ha cambiado la dirección.

Antes quería demostrar que podía alejarme.

Ahora quiero demostrar que puedo permanecer sin dejar de ser libre.

William miró la posdata de Frances.

He leído su lista.

La vergüenza apareció mezclada con ternura.

No había pretendido que nadie leyera aquellas palabras. Las había escrito durante una noche de frustración, cuando todavía intentaba transformar el deseo en análisis.

Sin embargo, ahora ella conocía la verdad.

Y no había huido.

Respecto a la lista, Edward ha cometido una traición por la que responderá.

Sin embargo, dado que usted ya conoce la última frase, debo corregir una sola cosa.

Escribí que no sabía qué derecho tenía a pedirle que me escogiera.

Ahora lo sé.

Ninguno.

El derecho no se exige antes de que usted lo conceda.

Por eso, cuando regrese, no le pediré que cumpla aquello que parece desear responder. Primero la cortejaré.

De verdad.

Con flores, visitas, bailes y todas las formas absurdamente lentas que los ingleses utilizan para descubrir aquello que los americanos resolveríamos con una conversación.

Frances podría escuchar su voz en aquella frase.

William sonrió.

Y si al terminar todavía desea darme la respuesta que insinuó, se la pediré.

Hasta entonces, continúe conociendo a Philip.

Reciba al duque.

Baile con quien desee.

Pero no bese a ninguno.

La pluma quedó suspendida.

La orden era exactamente aquello que Frances le había advertido que no toleraría.

William la tachó.

Después añadió:

Eso último no es una condición.

Es una súplica expresada con poca dignidad.

La dignidad nunca ha sido mi mejor cualidad cuando se trata de usted.

William.

P. D. George dice que debo preguntarle qué considera un hogar.

Me resulta insoportable admitirlo, pero es una buena pregunta.

¿Dónde se sentiría usted libre para construir una vida conmigo?

Selló la carta.