Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 19
46%

CAPITULO 19

W illiam recibió la carta de Frances una mañana en que ya había discutido con su padre dos veces, rechazado tres contratos mal redactados y dormido menos de cuatro horas.

La reconoció sobre la bandeja antes de que el mayordomo terminara de anunciar la correspondencia.

El sello de los Vane destacaba entre sobres comerciales, informes médicos y documentos enviados desde las oficinas.

William abandonó el café, tomó la carta y salió del comedor sin ofrecer explicación alguna.

Su madre lo observó marcharse con una sonrisa discreta; George, instalado por primera vez fuera de su dormitorio y todavía demasiado débil para mantenerse sentado sin almohadas, siguió el sobre con una curiosidad descarada.

—La pelirroja —murmuró.

William se detuvo junto a la puerta.

—Dedícate a respirar.

—Llevo días haciéndolo. Empieza a aburrirme.

—Entonces intenta hacerlo sin convertirlo en un espectáculo.

George sonrió, pálido pero considerablemente más vivo que una semana atrás.

—Léela aquí.

—No.

—Podría morir antes de que regreses.

—Los médicos aseguran que ya no corres ese riesgo.

—Los médicos también dijeron que no despertaría durante dos días y desperté para insultarte.

Sophia escondió una sonrisa detrás de la taza.

—William, tu hermano necesita distracciones.

—Puede leer el periódico.

—La política empeorará mi salud —dijo George—. La vida romántica de mi hermano podría salvarme.

William salió antes de que su madre decidiera apoyar aquella teoría.

Atravesó el corredor hasta el antiguo despacho que había recuperado desde su regreso.

Durante los últimos días, la habitación se había llenado de mapas, cuentas y propuestas relacionadas con la nueva ruta comercial que deseaba desarrollar al margen de las operaciones ordinarias de la compañía.

No sería completamente independiente de Cornelius; eso era imposible mientras utilizara barcos, contactos y capital vinculados al apellido Vanderbilt.

Sin embargo, William había exigido participación propia, autoridad real sobre las decisiones y una estructura que le permitiera demostrar que podía construir algo sin limitarse a obedecer.

Su padre había calificado el proyecto como innecesariamente arriesgado.

Después pasó tres horas revisándolo.

En el lenguaje de Cornelius, aquello equivalía a entusiasmo.

William cerró la puerta, se sentó frente al escritorio y rompió el sello de Frances.

La primera línea hizo que toda tensión desapareciera de su rostro.

Su madre me ha escrito.

—Traición —murmuró.

Continuó leyendo.

La indignación inicial duró poco. Sophia había hablado del proyecto y de George, pero también había conseguido algo que William no sabía que necesitaba: permitirle ver su regreso a Nueva York desde los ojos de Frances.

Estoy orgullosa de usted.

Se detuvo.

Había recibido aprobación durante toda su vida. Elogios de socios cuando detectaba una oportunidad, reconocimiento de empleados cuando resolvía una dificultad y una satisfacción ocasional de su padre, expresada generalmente mediante nuevas responsabilidades en lugar de palabras.

Nada se parecía a aquella frase.

Frances no estaba orgullosa de su habilidad para ganar.

Estaba orgullosa de que hubiese dejado de destruir para demostrar independencia.

William apoyó los dedos sobre la línea, como si pudiera sentirla al otro lado del papel.

Después llegó a la parte de Philip.

William leyó con creciente irritación acerca de la belleza de Ashcombe Park, la escuela, los arrendatarios y la niña con talento para las cuentas.

Philip era paciente con su tío, respetuoso con los niños y capaz de aceptar ideas sin apropiarse de ellas.

Además, para completar la ofensa, conocía el costo del transporte del trigo.

William apretó la mandíbula.

—Presumido.

Siguió leyendo.

También intentó besarme.

La silla rechinó contra el suelo cuando William se puso de pie.

No lo hizo.

Volvió a sentarse.

Philip había visto que Frances pensaba en él y se había apartado.

William leyó aquella parte dos veces, buscando algún motivo legítimo para despreciarlo. No lo encontró. El inglés había actuado exactamente como un hombre honorable: reconoció que Frances no lo deseaba en aquel momento y se negó a convertir el beso en una prueba.

Era una conducta admirable.

William la detestó.

Philip me importa.

El golpe siguiente fue más profundo.

Frances no intentaba provocarlo. Precisamente por eso sus palabras poseían tanto peso. Philip ya no era solo el candidato adecuado que reunía cualidades favorables sobre el papel. Había comenzado a ocupar un lugar afectivo en ella.

No de la misma manera que usted.

William exhaló lentamente.

Continuó hasta llegar a la posdata.

He leído su lista.

Se levantó otra vez.

—Edward.

La amenaza resonó dentro del despacho.

Regresó a la carta.

Edward continuaba vivo porque Frances deseaba conceder a William el privilegio de matarlo. En cuanto a la última frase del cuaderno, ella no le prometía una respuesta, pero tampoco fingiría desconocer cuál deseaba darle.

William leyó aquellas palabras una tercera vez.

La furia hacia Edward no desapareció, aunque quedó desplazada por una emoción mucho más peligrosa.

Esperanza.

Frances sabía que él había escrito que deseaba convertirse en su esposo.

No se había asustado.

No había rechazado la posibilidad.

Deseaba darle la respuesta que él quería.

William apoyó la carta sobre el escritorio y se cubrió el rostro con ambas manos.

Durante semanas había imaginado todas las variaciones posibles: Philip conquistándola, Montrose apareciendo como una opción más poderosa, Frances decidiendo que la vida en Inglaterra era demasiado valiosa para arriesgarse por un americano incapaz de ofrecer certezas.

Ahora ella le decía que continuaba recordando su beso.

Que estaba orgullosa de él.

Que podía pedir el derecho cuando regresara.

Y él seguía en Nueva York.

Un golpe sonó en la puerta.

—No —dijo William.

La puerta se abrió.

George entró apoyado en un bastón, seguido por un criado que parecía aterrorizado de que el enfermo se desplomara bajo su vigilancia.

—El señor George insistió —explicó el hombre.

—El señor George es un idiota. Devuélvalo al comedor.

—Puedo caminar solo —protestó su hermano.

—Hace una semana no podías levantar la cabeza.

—He mejorado.

—Eso no significa que debas recorrer la casa buscando correspondencia ajena.

George indicó al criado que se retirara y avanzó hasta el sillón más cercano. Se dejó caer con menos elegancia de la que habría deseado.

—¿Qué dijo?

William dobló la carta.

—Nada que te concierna.

—Entonces esa expresión es causada por las cuentas.

—¿Qué expresión?

—La que tenías a los dieciséis años cuando besaste a la hija del socio de papá y creíste que tendrías que casarte con ella.

—No creí semejante cosa.

—Desapareciste durante dos días.

—Fui a revisar un almacén.

—En Albany.

—Necesitaba distancia.

George rio y después se llevó una mano al pecho al comenzar a toser.

William se acercó de inmediato.

—Te dije que regresaras al comedor.

—No conviertas una tos en un funeral.

—Casi tuviste uno.

La ligereza desapareció.

Los hermanos se miraron.

George bajó la vista hacia el bastón.

—Lo sé.

Era la primera vez que hablaban directamente acerca de lo ocurrido. Desde que la fiebre cedió, George había utilizado bromas para evitar cualquier conversación seria y William había permitido aquella evasión porque temía preguntar cuánto recordaba.

—¿Qué dijeron los médicos esta mañana? —preguntó.

—Que todavía tengo que descansar varias semanas.

—Hazles caso.

—Tú jamás haces caso a nadie.

—Precisamente por eso puedo reconocer una mala idea.

George observó la carta doblada.

—¿Regresarás a Inglaterra?

William se apoyó contra el escritorio.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando esté seguro de que no volverás a enfermar.

—Eso podría tardar meses.

—Entonces tardará meses.

—La pelirroja podría casarse con el honorable.

—No lo hará.

La seguridad de la respuesta sorprendió a ambos.

George arqueó una ceja.

—¿Te lo prometió?

—No.

—Entonces podría hacerlo.

—Gracias por la observación.

—Intento ayudarte.

—Podrías ayudarme descansando.

George ignoró la sugerencia.

—Mamá dice que la joven te pidió que decidieras qué vida deseas.

William frunció el ceño.

—¿Mi familia organiza reuniones para analizar mi correspondencia?

—No. Pero mamá habla mientras cree que duermo.

—Estabas enfermo.

—No sordo.

George acomodó el bastón entre las rodillas.

—¿Ya lo decidiste?

William miró los mapas extendidos sobre el escritorio.

La nueva ruta enlazaría puertos de la costa este con Liverpool y Glasgow.

Si el proyecto funcionaba, tendría que pasar temporadas en ambos continentes, supervisar operaciones y negociar con inversores ingleses.

No había sido diseñado únicamente para acercarlo a Frances; la oportunidad comercial existía y podía convertirse en algo importante.

Pero no habría pensado en ella de la misma forma antes de Blackwood Hall.

—Estoy construyendo una operación transatlántica —respondió.

—Eso suena como una forma elegante de no escoger continente.

—Es una forma de trabajar en ambos.

—¿Y tu esposa viajaría cada pocos meses detrás de ti?

William se tensó.

—No he dicho que Frances vaya a ser mi esposa.

—No. Solo escribiste una lista explicando por qué ningún hombre es digno de ella y terminaste admitiendo que deseas ocupar el puesto.

William volvió lentamente la cabeza.

—¿Edward también te envió una copia?

George sonrió.

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—Mamá recibió otra carta de la marquesa.

—¿Toda Inglaterra comenta mis asuntos?

—Al parecer resultan más interesantes que los nuestros.

William decidió que antes de regresar tendría que establecer un sistema internacional para impedir que las familias intercambiaran información.

—La pregunta sigue siendo válida —continuó George—. ¿Qué vida le ofrecerías?

—Una donde pueda participar.

—Eso no significa nada.

—Significa que no tendría que abandonar sus intereses.

—¿Y su país?

William guardó silencio.

Frances se lo había preguntado.

¿Nueva York o Inglaterra?