CAPITULO 18 #2
Philip también se detuvo y comprendió lo que había dicho.
—No pretendía apresurarla.
—Lo sé.
—Solo…
—Está imaginando una vida.
—Sí.
La sinceridad volvió a aparecer en su rostro.
Frances miró hacia la escuela.
Podía imaginarse allí. Podía trabajar con la señorita Turner, mejorar las oportunidades de las niñas y participar en las decisiones de la finca. Ashcombe Park no sería una jaula. Philip ya había demostrado que estaba dispuesto a incluirla y no solo a permitirle decorar las habitaciones.
Era una vida real.
Visible.
Al alcance de la mano.
—¿Sería feliz aquí? —preguntó él.
Frances sintió el peso de la pregunta.
—Podría serlo.
La esperanza iluminó el rostro de Philip, pero él no se acercó ni intentó convertir la respuesta en una promesa.
—Eso es más de lo que esperaba hoy.
Continuaron caminando.
—¿Y usted? —preguntó Frances—. ¿Sería feliz si su esposa cuestionara decisiones, reorganizara la escuela y solicitara intervenir en la administración?
—Algunos días desearía haber escogido a una mujer más dócil.
Frances arqueó una ceja.
—Qué romántico.
Philip sonrió.
—Después recordaría que una mujer dócil probablemente me aburriría.
—Eso mejora un poco la respuesta.
—No quiero una esposa que esté de acuerdo conmigo por miedo a discutir. Quiero una que sepa cuándo una batalla merece la pena.
—¿Y quién decidiría eso?
—Probablemente discutiríamos al respecto.
Frances rio otra vez.
Al llegar a la casa, encontraron a Eleanor y Edward junto a los establos, enfrascados en una discusión acerca de una yegua gris.
—Tiene una pata trasera débil —decía Eleanor.
—No.
—La descarga cada vez que gira.
—Está cansada.
—Eso explicaría que lo haga una vez, no cuatro.
Edward cruzó los brazos.
—¿Desde cuándo eres experta en caballos?
—Desde que mi padre decidió que una hija debía saber distinguir una buena compra de un hombre que intentaba estafarla.
Philip se acercó a examinar la yegua.
—Lady Eleanor tiene razón.
Edward lo miró como si acabara de traicionarlo.
—No te he preguntado.
—La pata izquierda está inflamada.
Eleanor sonrió con triunfo.
—Gracias, lord Philip.
Edward dirigió una mirada hacia Frances.
—¿También él se ha unido contra mí?
—Las pruebas parecen hacerlo innecesario.
—William jamás habría tomado su partido.
—William habría revisado la pata antes de hablar.
Eleanor rio y Edward murmuró que todos estaban contaminados por el americano.
El almuerzo transcurrió con una calidez que Frances no esperaba.
Lord Ashcombe olvidó dos veces el nombre de Eleanor y la llamó lady Frances, lady Ashcombe relató anécdotas de la infancia de Philip y Edward convirtió la historia del violinista en una versión cada vez más exagerada.
Frances observó a Philip dentro de su propio hogar, atendiendo las necesidades de su tío sin impaciencia y aceptando las interrupciones de su madre con resignación afectuosa.
William había escrito que la relación con la madre era fundamental.
Philip parecía haber aprobado otra prueba.
Después del almuerzo, lord Ashcombe solicitó hablar con Edward acerca de unos caballos y las damas se dirigieron al salón. Frances se quedó atrás al descubrir una galería de retratos que no recordaba. Philip la acompañó.
—Ese es mi padre —dijo, señalando a un hombre de expresión severa vestido con uniforme—. El hermano menor de lord Ashcombe.
—Se parece a Reginald.
—Eso explica por qué nunca pudo verme con claridad. Esperaba otro hijo semejante al primero.
No había amargura abierta, pero sí una herida antigua.
—¿Todavía intenta demostrarle que se equivocó?
Philip observó el retrato.
—A veces.
—¿Y otras?
—Intento recordar que construir una vida solo para contradecir a alguien continúa permitiéndole decidirla.
La respuesta parecía escrita para William.
Frances sintió la necesidad inmediata de contársela.
Después comprendió que no todas las conversaciones con Philip debían convertirse en enseñanzas destinadas a otro hombre.
—Eso es muy sensato —dijo.
—Me ha costado años.
—William continúa en la etapa de contradecir.
—Lo sé.
Frances lo miró.
—¿Cómo?
—Porque convierte cada conversación acerca de su padre en una batalla, incluso cuando Cornelius Vanderbilt no está presente.
—No lo conoce.
—Conozco esa clase de relación.
La semejanza entre ellos regresó.
Dos segundos hijos intentando construir una identidad fuera de la sombra de un hombre más poderoso.
Uno había encontrado una propiedad donde demostrar su capacidad.
El otro todavía decidía si podía trabajar dentro del imperio de su padre sin pertenecerle por completo.
—Tal vez por eso lo detesta —murmuró Frances.
Philip sonrió apenas.
—No creo que me deteste.
—Deseaba encontrarle defectos antes de conocerlo.
—Eso era por usted.
—También.
—¿Qué otra razón habría?
—Quizá vio en usted lo que él aún no había conseguido.
Philip apartó la vista del retrato.
—Una vida propia.
—Sí.
—No es completamente mía. Ashcombe Park pertenece a mi tío y la heredaré gracias a la familia que a veces deseo desafiar.
—Pero ha decidido qué hacer con ella.
—Eso es cierto.
Permanecieron en silencio.
Philip volvió lentamente hacia Frances.
—No quiero que me escoja porque mi vida parece más sencilla.
—No lo haría.
—Ni porque crea que puede participar aquí sin luchar por cada espacio.
—Eso sería una ventaja real.
—Sí. Pero no suficiente.
La observación la sorprendió.
—Está argumentando contra sí mismo.
—Quiero que, si algún día acepta una propuesta mía, no continúe preguntándose qué habría ocurrido si esperaba a William.
El nombre quedó entre ellos sin resentimiento.
—¿Y cómo sabremos eso?
—No lo sé.
Philip dio un paso hacia ella.
—Pero quiero preguntarle algo y necesito una respuesta sincera.
Frances sintió que la cercanía cambiaba el aire.
—Pregunte.
—¿Piensa en él cuando estoy a punto de tocarla?
El corazón le golpeó con fuerza.
Philip no había intentado besarla hasta entonces. Había besado su mano, sostenido su cintura durante los bailes y ayudado a montar, pero siempre mantuvo una distancia que no exigía una respuesta emocional.
Ahora estaba frente a ella.
Demasiado cerca para fingir que la pregunta era teórica.
Frances miró sus ojos. Había deseo en ellos, pero también temor. Philip no intentaba reclamarla. Le pedía permiso para descubrir si existía algo entre ambos más allá del afecto y la conveniencia.
—Algunas veces —admitió.
Él asintió.
La decepción fue visible.
—¿Y ahora?
Frances pensó en William.
No como comparación.
No de manera deliberada.
Pero el recuerdo de su beso apareció con una fuerza inmediata: las manos en su rostro, su cuerpo acercándola y aquella pérdida de control que había eliminado toda duda.
Philip vio la respuesta antes de que ella hablara.
—Comprendo.
Retrocedió.
El alivio y la decepción se mezclaron dentro de Frances.
—Lo siento.
—No.
Philip pasó una mano por su cabello.
—No se disculpe por ser sincera. Se lo pedí.
—Podría cambiar.
—Sí.
—No sé si…
—Frances.
Ella guardó silencio.
—No quiero que me bese para comprobar si puede sentir algo —dijo—. Cuando ocurra, quiero que sea porque desea hacerlo.
La bondad de aquella decisión la hirió.
—¿Y si nunca ocurre?
Philip sonrió con tristeza.
—Entonces tendré que buscar al violinista.
Frances rio, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es demasiado bueno.
—No diga eso. William lo anotará como defecto.
Philip extendió una mano y limpió con el pulgar una lágrima que había escapado.
El contacto fue tierno.
No provocó fuego.
Pero tampoco fue vacío.
Frances cerró los ojos apenas un segundo.
—No pienso retirarme todavía —dijo él.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Aunque sabe que pienso en William?
—Sobre todo porque ahora sé que, cuando me mire sin pensar en él, significará algo verdadero.
Frances sintió un afecto doloroso crecer dentro del pecho.
—No quiero destruirlo.
—No posee ese poder mientras yo conserve la libertad de marcharme.
—¿Y la conserva?
Philip guardó silencio.
Después sonrió.
—Pregúnteme de nuevo cuando sea más prudente responder.
Se alejó hacia el salón.
Frances permaneció frente a los retratos, intentando comprender cómo una jornada destinada a demostrar la idoneidad de Philip había conseguido acercarla a él y, al mismo tiempo, confirmar la diferencia entre el cariño que sentía y aquello que William despertaba.
No había ganado claridad.
Había ganado responsabilidad.
Ya no podía considerar a Philip una posibilidad segura que aceptaría si William no regresaba.
Era un hombre al que podía herir.
Y empezaba a importarle demasiado para hacerlo sin cuidado.
***
El carruaje abandonó Ashcombe Park al caer la tarde.
Eleanor se quedó dormida sobre el hombro de lady Beatrice, Edward cabalgaba detrás con Philip y la marquesa observaba el paisaje desde la ventana. Frances sostenía el cuaderno de William dentro del bolso, aunque no lo había abierto durante el día.
—Ha ido bien —comentó su madre.
—Sí.
—La escuela te agradó.
—Mucho.
—Y Philip.
Frances miró sus manos.
—También.
La marquesa esperó.
—No estoy enamorada de él —añadió Frances.
—No te he preguntado eso.
—Todos lo piensan.
—Yo pienso que comienzas a quererlo.
—Eso no es suficiente.
—Tal vez no.
Frances levantó la vista.
—¿Papá y tú se enamoraron de inmediato?
Su madre sonrió.
—Tu padre asegura que sí. En realidad, durante los primeros meses me pareció demasiado seguro de que acabaría aceptándolo.
—Eso suena familiar.
—William posee algo de Henry cuando era joven, aunque tu padre sabía con exactitud qué vida deseaba.
—¿Y tú?
—Deseaba una diferente.
Frances frunció el ceño.
—Nunca me lo dijiste.
La marquesa dirigió la vista hacia el camino.
—Quería viajar. Tu abuelo hablaba de llevarme a Italia, Francia y América, pero después enfermó y las responsabilidades familiares cambiaron. Cuando conocí a tu padre, él ya estaba destinado a Blackwood Hall y a la vida política. Sabía que casarme significaba permanecer en Inglaterra.
—¿Te arrepentiste?
—Algunas veces.
La respuesta honesta la sorprendió.
—¿Papá lo sabe?
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Me llevó a Escocia durante nuestra luna de miel y prometió que viajaríamos cada año. No siempre pudimos hacerlo, pero jamás fingió que mi renuncia no existía.