CAPITULO 18
A shcombe Park se alzaba sobre una colina suave, rodeada por campos verdes, bosques todavía húmedos y una avenida de olmos que conducía hasta la entrada principal.
La casa no poseía la grandiosidad de Blackwood Hall ni la severidad imponente de algunas propiedades aristocráticas.
Era una construcción de piedra clara, amplia y armónica, con hiedra alrededor de las ventanas y un jardín que parecía diseñado para ser disfrutado en lugar de admirado desde lejos.
Frances la observó desde el carruaje mientras Philip cabalgaba junto a la portezuela.
Habían salido de Londres poco después del amanecer acompañados por la marquesa, Eleanor, Edward y lady Beatrice.
Lord Londonderry había alegado obligaciones políticas, aunque Frances sospechaba que su padre prefería no visitar la propiedad de un hombre que podía convertirse en su yerno hasta que la posibilidad fuese inevitable.
—Es bonita —comentó Eleanor, inclinándose para mirar por la ventana—. Acogedora.
—Es una finca de más de cuatro mil acres —dijo lady Beatrice—. No creo que acogedora sea la palabra que lord Philip utilizaría en los documentos de propiedad.
—Precisamente por eso necesita una mujer que la utilice.
La marquesa sonrió.
—La tía de Philip realizó varias reformas antes de enfermar. El interior era mucho más oscuro cuando Frances y Edward eran niños.
Frances intentó recordar la última vez que había estado allí.
Debía de tener catorce o quince años. Ashcombe Park se había mezclado en su memoria con decenas de visitas, meriendas y juegos entre familias vecinas.
Entonces Philip todavía era el segundo hijo silencioso que seguía a Reginald sin encontrar un lugar propio.
Ahora cabalgaba por sus tierras como un hombre que conocía cada camino y asumía que algún día recaerían sobre él todas las decisiones.
La seguridad le sentaba bien.
Philip volvió la cabeza y encontró la mirada de Frances a través del cristal. Sonrió.
Ella respondió.
No necesitó obligarse.
—Eso ha sido interesante —murmuró Eleanor.
Frances continuó mirando por la ventana.
—¿Qué?
—La sonrisa.
—Las personas suelen sonreír cuando alguien las saluda.
—La tuya no fue social.
—¿Existe una clasificación oficial?
—Desde que comenzaste a seleccionar marido, sí.
Frances le dirigió una mirada.
—No pienso analizar cada gesto durante todo el día.
—Excelente. Entonces yo lo haré.
Edward, que cabalgaba al otro lado del carruaje, se inclinó hacia la ventana abierta.
—¿Qué analizarás?
—La forma en que Frances mira a Philip.
—¿Y cómo lo mira?
—Con afecto.
Edward frunció el ceño.
—Eso es preocupante.
—¿Por qué? —preguntó Frances.
—Porque William me pidió que evitara que aceptaras a Philip antes de su regreso.
—William no tiene derecho a utilizarte como guardián de mis decisiones.
—Eso le dije.
—¿Y qué respondió?
—Que mi falta de eficacia ya estaba incluida en sus cálculos.
Eleanor rio.
—Al menos conoce tus limitaciones.
Edward la miró.
—Podrías defenderme alguna vez.
—Podría. Pero perdería credibilidad.
La tensión entre ambos continuaba creciendo desde la llegada a Londres.
Discutían durante las comidas, buscaban excusas para caminar juntos y luego fingían irritación cuando alguien lo señalaba.
Frances no había decidido si debía intervenir o permitir que ambos descubrieran por sí mismos que sus disputas se parecían demasiado a otras que ella conocía.
El carruaje se detuvo frente a la entrada.
Philip desmontó y llegó a la portezuela antes que los criados. Ayudó primero a la marquesa, después a lady Beatrice y a Eleanor. Cuando Frances extendió la mano, él sostuvo sus dedos con firmeza.
—Bienvenida a Ashcombe Park.
—Gracias.
—Espero que la casa supere la evaluación.
—No sabía que hoy debía evaluar la casa.
—Vanderbilt incluyó los planes de residencia en su lista.
Frances sintió calor en el rostro al recordar la otra lista, aquella que William no había pretendido que leyera.
—También escribió que una propiedad debe examinarse durante una tormenta.
—Entonces tendré que invitarla otra vez. El cielo parece decidido a comportarse.
Philip no soltó su mano hasta que ambos estuvieron en el suelo.
Su tío, lord Ashcombe, los recibió en el vestíbulo.
Era un hombre de casi setenta años, delgado y ligeramente encorvado, con ojos claros y una expresión de permanente distracción.
Lady Ashcombe se encontraba junto a él y dirigió la bienvenida con mayor eficacia, organizando a los invitados antes de que su cuñado olvidara quién había llegado.
—Frances, querida —dijo al abrazarla—. Philip no ha hablado de otra cosa durante días.
—Madre.
—¿Qué? Es verdad.
Philip pareció avergonzado.
Aquello agradó a Frances más de lo que esperaba. William habría respondido con una observación ingeniosa o convertido la situación en una provocación. Philip, en cambio, no sabía ocultar por completo la seriedad de sus sentimientos.
No era menos valioso.
Solo diferente.
Después de una breve recepción, Philip cumplió su promesa y acompañó a Frances hasta la escuela situada en el extremo oriental de la propiedad.
La marquesa y lady Ashcombe se dirigieron a los jardines; Edward ofreció mostrar los establos a Eleanor y lady Beatrice decidió descansar junto a lord Ashcombe, de modo que Frances caminó con Philip bajo la vigilancia distante de Alice.
La escuela ocupaba una construcción de ladrillos rojos, sencilla pero bien conservada. Frente a ella, varias niñas jugaban con cintas y piedras mientras los niños corrían alrededor de un árbol. Al ver acercarse a Philip, algunos se detuvieron para saludarlo.
Él conocía sus nombres.
No solo los de los hijos de los arrendatarios más importantes. También llamó por su nombre a una niña pequeña que llevaba un vestido remendado y se inclinó para preguntarle por una rodilla raspada.
Frances lo observó en silencio.
William había insistido en que el trato hacia criados y subordinados revelaba más que cualquier cortesía ofrecida durante una cena.
Philip no sabía que estaba siendo evaluado.
Aquello volvía más valioso lo que ella veía.
—¿Cuántos niños asisten? —preguntó mientras entraban.
—Unos cuarenta durante el invierno. Menos en épocas de cosecha.
—¿Y las niñas?
—Quince, aunque no todas vienen con regularidad.
La maestra, la señorita Turner, los recibió junto a la puerta. Era una mujer de unos cuarenta años, vestida con sobriedad y con varios cabellos escapando de su moño.
Philip presentó a Frances y después se apartó.
—Lady Frances deseaba conversar con usted acerca de la educación de las niñas.
La maestra pareció sorprendida.
—Por supuesto, milady.
—No es necesario que se quede —dijo Frances a Philip—. Quizá prefiera revisar los terrenos.
Él entendió que deseaba libertad para conversar sin convertir la visita en una exhibición.
—La esperaré afuera.
No mostró ofensa ni curiosidad.
Frances sintió otra pequeña marca favorable instalarse en aquella lista mental que juraba haber abandonado.
Durante la siguiente media hora habló con la señorita Turner acerca de las clases, los materiales y las dificultades para convencer a algunas familias de que enviaran a sus hijas.
La escuela enseñaba lectura, escritura y aritmética básica, aunque los niños mayores recibían nociones de agricultura y administración de tierras, mientras a las niñas se les asignaban más horas de costura.
—¿Alguna ha demostrado interés por las cuentas? —preguntó Frances.
La maestra señaló discretamente a una joven de doce años que copiaba cifras en una pizarra.
—Mary Collins. Resuelve problemas con mayor rapidez que todos los niños de su grupo, pero su padre insiste en que pronto deberá trabajar como doncella.
Frances observó a la muchacha.
—¿Le permitiría continuar si recibiera una pequeña ayuda?
—Tal vez. La familia necesita sus ingresos.
—Quiero hablar con él.
La señorita Turner pareció alarmada.
—Milady, no quisiera causarle una dificultad.
—No la causará. Quizá podamos encontrar una ocupación que le permita continuar estudiando. La administración de Ashcombe Park debe de necesitar personas capaces de llevar registros.
La maestra sonrió.
—Lord Philip tendría que aprobarlo.
Frances miró hacia la ventana.
Él se encontraba afuera, conversando con un grupo de niños. Uno de ellos sostenía su sombrero mientras los demás reían.
—Entonces se lo preguntaremos.
Philip escuchó la propuesta sin interrumpir. Después miró a Mary a través de la puerta.
—¿Es tan buena?
—La mejor —afirmó la maestra.
—Podría trabajar algunas horas con el ayudante del administrador cuando sea mayor. Mientras tanto, la propiedad puede ofrecer a su familia una compensación por permitir que continúe asistiendo.
Frances lo observó.
—¿Así de sencillo?
—No completamente. Tendré que hablar con su padre y asegurar que no parezca caridad. Algunos hombres rechazan la ayuda si creen que disminuye su autoridad.
—¿Y si se niega?
Philip pensó.
—Le ofreceré un puesto mejor pagado a Mary cuando cumpla la edad suficiente, condicionado a que termine sus estudios.
—Eso podría funcionar.
—Usted parece sorprendida.
—Esperaba tener que convencerlo.
—También yo puedo reconocer una buena inversión.
—William estaría…
Frances se detuvo.
Philip arqueó una ceja.
—¿Orgulloso?
—No iba a decir eso.
—Naturalmente.
Ella abrió los ojos.
Philip sonrió.
—Comienza a ser contagioso.
Frances rio.
La señorita Turner los observó con una expresión discreta pero satisfecha.
De regreso hacia la casa, caminaron con mayor lentitud. Alice seguía a varios pasos y el sol atravesaba las ramas, creando manchas luminosas sobre el sendero.
—Gracias —dijo Frances.
—¿Por qué?
—Por no presentar la escuela como una prueba de que sería un buen esposo.
Philip la miró de soslayo.
—¿Lo habría notado?
—De inmediato.
—Entonces habría sido una estrategia mediocre.
—William diría que las estrategias mediocres revelan hombres mediocres.
Philip dejó escapar un suspiro.
—Quizá deberíamos invitarlo a vivir con nosotros para que evalúe cada conversación.
Las palabras detuvieron a Frances.
Con nosotros.