Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 17 #3
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CAPITULO 17 #3

—Reginald se encargará de impedir que compre otro carruaje para enviar a alguien a Viena.

Frances rio.

Philip la miró con una ternura abierta.

El corazón de ella no golpeó como con William.

Pero algo se movió.

No deseo.

Todavía no.

Afecto.

Posibilidad.

La danza terminó. Philip no soltó su mano de inmediato.

—¿Vendrá mañana a Ashcombe Park?

—Sí.

—El duque ha solicitado visitarla.

—¿Cómo lo sabe?

—Montrose me lo dijo.

—¿Hablaron de mí?

—Brevemente.

—¿Qué dijo?

Philip inclinó la cabeza.

—Que parece decidido a presentarse como candidato.

—¿Y usted?

—Le aconsejé que aprendiera cuánto paga por transportar su trigo.

Frances soltó una carcajada que atrajo varias miradas.

Philip sonrió con satisfacción.

—Por fin consigo una reacción que Vanderbilt habría envidiado.

—No arruine el momento mencionándolo.

—Tiene razón.

La acompañó hasta Eleanor.

Antes de alejarse, bajó la voz.

—No lea la lista esta noche si está enfadada.

—¿Cuándo debería hacerlo?

—Cuando esté preparada para aceptar que las palabras de un hombre ausente no tienen más autoridad sobre su vida que las personas que están presentes.

Frances observó cómo se alejaba.

Philip no intentaba apartar a William desacreditándolo.

Intentaba recordarle que él también merecía ser visto.

Y lo estaba consiguiendo.

***

Edward entregó la lista poco después de regresar a la residencia londinense.

No lo hizo con agrado.

Esperó hasta que sus padres y las visitas se retiraron, encontró a Frances en la biblioteca y colocó un pequeño cuaderno de cuero sobre el escritorio.

—Todavía puedes decidir no abrirlo.

Ella miró la cubierta.

—¿Por qué lo conservaste?

—William me lo entregó antes de partir.

—¿Con qué propósito?

—Dijo que, si no podía regresar a tiempo, debía comprobar algunos datos acerca de los hombres que se acercaran.

—Pensé que nuestro acuerdo había terminado.

—También él. Después cambió de opinión unas seis veces.

Frances tomó el cuaderno.

—¿Te pidió que lo ocultaras?

—Me pidió que no te lo entregara.

—Entonces ¿por qué lo haces?

Edward se apoyó contra el escritorio.

—Porque ya no eres la mujer que pidió un consejero para evitar tomar decisiones emocionales. Y porque creo que William escribió algunas cosas antes de comprender cuánto significaban.

Aquello despertó su inquietud.

—¿Qué significa eso?

—Léelo.

Frances abrió la primera página.

Había nombres organizados con la precisión de un libro contable.

Lord Philip Ashcombe.

Edad: veintiocho años.

Ingresos: adecuados e independientes de la herencia principal.

Deudas: ninguna relevante.

Juego: moderado.

Reputación: buena.

Trato hacia subordinados: respetuoso.

Intenciones: matrimonio y establecimiento en Ashcombe Park.

Debajo aparecían observaciones más personales:

Escucha antes de responder. Acepta correcciones sin convertirlas en afrentas. Excesivamente influido por las expectativas familiares, aunque parece capaz de cuestionarlas.

Podría ofrecer a Frances estabilidad.

No estoy seguro de que pueda ofrecerle libertad.

Ella continuó leyendo.

Una línea posterior, escrita con mayor presión, decía:

No estoy seguro de desear que pueda hacerlo.

Frances contuvo el aliento.

Más abajo:

Defecto principal: la mira como si ya hubiese decidido que le pertenece.

Corrección: quizá ese sea mi defecto, no el suyo.

Cerró los ojos.

William había reconocido sus celos incluso dentro de una evaluación que nadie debía leer.

—Continúa —dijo Edward.

Frances pasó la página.

Lord Thomas Harrington.

Vanidoso. Ensaya cumplidos. Trata el matrimonio como una alianza útil para mejorar su posición social. Habla demasiado de chimeneas.

No.

La decisión final estaba subrayada dos veces.

Frances sonrió pese a la emoción.

Otros nombres aparecían con observaciones breves. Algunos caballeros ni siquiera habían sido presentados todavía, lo que demostraba que William había investigado posibilidades antes de marcharse.

Después encontró una página sin nombre.

No debería existir un candidato perfecto.

Si existiera, sería inteligente sin utilizarlo para disminuirla. Paciente, pero no dócil. Capaz de discutir sin castigarla por hacerlo. Le permitiría intervenir en su vida porque comprendería que la opinión de Frances mejora aquello que toca.

No esperaría que ella hiciera su mundo más pequeño para caber dentro del suyo.

Frances sintió que las palabras se volvían borrosas.

Debajo, William había añadido:

También debería hacerla reír.

No de forma cortés.

Como en la escalera.

La memoria regresó: aquella risa breve después del paseo por los jardines y la forma en que William la miró como si hubiese descubierto algo extraordinario.

La última parte estaba escrita con menos firmeza.

Ningún hombre me parecerá suficiente porque he cometido el error de conocerla.

Edward permanecía en silencio.

Frances pasó la página.

Solo había una frase.

El problema no es encontrarle esposo.

El problema es que deseo serlo y todavía no sé qué derecho tengo a pedírselo.

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera impedirlo.

Cerró el cuaderno.

Edward se acercó.

—Lo escribió la noche antes de recibir la carta de su madre.

—Ya lo sabía.

—¿Qué cosa?

—Que deseaba cortejarme.

—Tal vez. Pero todavía no sabía cómo admitirlo.

Frances limpió una lágrima con impaciencia.

—No debiste guardar esto.

—Me pidió que lo hiciera.

—Debiste entregármelo antes.

—También me pidió que no lo hiciera.

—¿Y desde cuándo obedeces a William?

—Desde que comenzó a corregir mis cuentas.

Frances soltó una risa húmeda.

Edward apoyó una mano sobre su hombro.

—Philip tiene razón en algo.

—¿Cuál de todas las cosas sensatas que dice?

—William escribió esto antes de cruzar el océano, antes de volver con su familia y antes de descubrir qué vida puede ofrecerte. No conviertas esas palabras en una promesa mayor que la que realmente hizo.

Frances miró el cuaderno.

—No lo haré.

—Pero tampoco finjas que no importan.

—No podría.

Edward caminó hacia la puerta.

—¿Se lo dirás?

—¿A William?

—Que leíste la lista.

Frances contempló la última página.

—Sí.

—Se enfadará.

—Probablemente.

—Me culpará.

—Definitivamente.

Edward suspiró.

—Entonces quizá debería viajar durante una temporada.

—Eleanor se sentiría decepcionada.

Él volvió la cabeza con demasiada rapidez.

—¿Por qué?

Frances sonrió.

—Buenas noches, Edward.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Sonreír como mamá cuando cree haber descubierto algo.

—No creo haberlo descubierto.

Edward esperó.

—Lo sé —añadió ella.

Su hermano salió murmurando algo acerca de mujeres entrometidas.

Frances quedó sola.

Abrió nuevamente el cuaderno y leyó la última frase.

Deseo serlo.

La emoción que sintió no eliminó las preguntas formuladas en su carta. William todavía tendría que decidir dónde viviría, qué lugar ocuparía dentro de la compañía y si podía construir una relación sin repetir los silencios de su padre.

Pero algo había cambiado.

Frances ya no dudaba de que William la deseaba más allá de los celos o de la competencia.

La había observado.

La había comprendido.

Y antes incluso de besarla, había imaginado la clase de hombre que podría hacerla feliz.

Uno que no esperara que ella redujera su mundo.

Frances cerró el cuaderno contra su pecho.

A la mañana siguiente visitaría Ashcombe Park.

En dos días recibiría al duque de Montrose.

Continuaría viviendo, conociendo y decidiendo.

Pero esa noche, por primera vez desde que William partió, se permitió aceptar una verdad sin analizarla.

Estaba enamorándose de él.

Tal vez ya lo estaba.

Y al otro lado del océano, William todavía no sabía que su mayor rival no era Philip, el duque ni la distancia.

Era la vida que tendría que atreverse a escoger para poder regresar y pedírsela.