CAPITULO 17 #2
Montrose bailaba bien, con una seguridad que no exigía exhibición.
Mantenía la distancia correcta, guiaba sin imponer fuerza y no utilizaba los giros para acercarla más de lo permitido.
Durante los primeros compases conversaron acerca de América, de los cambios en Londres y de una exposición artística que ambos habían visitado en diferentes años.
No era aburrido.
Tampoco intentaba impresionarla mediante una lista de propiedades y conexiones.
—Me han dicho que considera varios candidatos para el matrimonio —comentó durante un giro.
Frances casi perdió el paso.
—Los rumores londinenses parecen haber mejorado en precisión.
—¿Es cierto?
—He regresado dispuesta a considerar el matrimonio.
—Eso suena muy diferente de desearlo.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Existe tanta diferencia?
—Una obligación puede considerarse. Un deseo suele resultar más difícil de controlar.
William.
Otra vez.
Frances volvió la atención a los pasos.
—¿Y usted desea casarse?
—Necesito un heredero.
—Eso tampoco responde.
Montrose sonrió.
—Tiene razón.
—¿Busca esposa o madre para sus hijos?
—Ambas funciones no deberían excluirse.
—Pero una mujer es algo más que cualquiera de ellas.
—Naturalmente.
Frances entrecerró los ojos.
El duque pareció sorprendido.
—¿He dicho algo incorrecto?
—No. Es una palabra que se ha convertido en una especie de amenaza dentro de mi familia.
—Tendré que utilizarla con cautela.
La respuesta la hizo sonreír.
—Busco una mujer capaz de compartir una vida pública exigente —continuó—. Mis propiedades, mi posición y ciertas responsabilidades políticas no desaparecerán después del matrimonio. Sería deshonesto fingir que mi esposa podría ignorarlas.
—¿Y sus propios intereses?
—Tendrían que ser compatibles.
—¿Con los suyos?
—Con nuestra vida.
Era una diferencia pequeña y significativa.
—Eso podría significar que ella deba renunciar a aquello que no encaje.
—Todos renunciamos a ciertas cosas cuando elegimos una vida.
—¿También usted?
La pregunta lo detuvo durante una fracción de segundo.
—Sí.
—¿A qué estaría dispuesto a renunciar?
Montrose la condujo a través del giro final antes de responder.
—Dependería de la mujer.
No era una promesa, pero tampoco una evasión completa.
La música terminó.
El duque la acompañó fuera de la pista.
—La visitaré, si su madre lo permite.
Frances sintió que la situación avanzaba con demasiada rapidez.
—Puede hacerlo.
—¿Y el hombre al que esperaba esta noche?
Ella quedó inmóvil.
Montrose no sonaba celoso. Solo atento.
—Está en América.
—¿Es un compromiso?
—No.
—¿Una promesa?
Frances pensó en las cartas guardadas bajo llave, en el beso y en la certeza de William al decir que regresaría para cortejarla.
—Una posibilidad.
El duque asintió lentamente.
—Las posibilidades lejanas poseen una ventaja injusta sobre los hombres presentes.
—¿Cuál?
—Pueden volverse perfectas en la memoria.
Philip había expresado algo similar.
—Él no es perfecto.
—Eso parece decirlo con afecto.
Frances no respondió.
Montrose besó su mano.
—No le pediré que lo olvide. Solo que me permita convertirme también en una posibilidad.
Se alejó.
Frances permaneció quieta varios segundos.
—Tres —dijo Eleanor al llegar junto a ella.
Frances volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Tres cualidades favorables. Es interesante, baila bien y no se ha acobardado al saber que existe un americano.
—No te pedí una evaluación.
—Me mostraste dos dedos.
—Fue un reflejo.
—Un reflejo matrimonial. Muy peligroso.
Edward se acercó con dos copas de limonada.
—Montrose preguntó por Frances antes de llegar.
Ella aceptó una copa.
—¿Cómo lo sabes?
—Escucho conversaciones útiles.
—Espías.
—William habría hecho lo mismo.
Frances bajó la mirada hacia la limonada.
Edward se arrepintió de inmediato.
—Lo siento.
—No tienes que evitar su nombre.
—Parecía que disfrutabas la danza.
—La disfruté.
La afirmación sorprendió a ambos.
—Excelente —dijo Eleanor—. Entonces el duque se incorpora a la lista.
Frances miró hacia su hermano.
—Quiero la lista de William.
Edward casi derramó la copa.
—¿Qué lista?
—La que enseñaste a Eleanor.
Su amiga se escondió detrás del abanico.
—No sé de qué habla.
—Los dos son terribles mentirosos.
Edward lanzó una mirada de reproche a Eleanor.
—Prometiste no decirlo.
—No prometí. Cambiaste de tema antes de exigirme que lo hiciera.
—Eso cuenta como acuerdo implícito.
—No en ningún tribunal competente.
Frances extendió la mano.
—La lista.
—No la tengo conmigo.
—¿Dónde está?
—En la casa.
—Me la dará cuando regresemos.
Edward bebió limonada.
—No estoy seguro de que William quisiera que la vieras.
—William la escribió acerca de mis pretendientes.
—También incluyó comentarios personales.
—¿Sobre mí?
El silencio de Edward respondió.
Frances sintió que el interés se transformaba en urgencia.
—¿Qué escribió?
—Nada que debas leer sin él.
—Está en otro continente.
—Precisamente.
—Edward.
—Frances.
Se miraron.
Eleanor intervino.
—Tal vez deberíamos concentrarnos en la velada.
—No hasta que me diga qué contiene esa lista.
—Lord Harrington se acerca para su danza —señaló Edward.
Frances volvió la cabeza. El caballero avanzaba hacia ella con una puntualidad admirable.
No podía montar una escena delante de todo el salón.
—Hablaremos al regresar —advirtió.
Edward inclinó la cabeza.
—Naturalmente.
Frances apretó los dientes.
Lord Harrington ofreció el brazo y la condujo hacia la pista.
La danza confirmó la evaluación de William.
Harrington ejecutaba cada paso con perfección, pero observaba constantemente los espejos y a las personas que los rodeaban.
Habló de la importancia de elegir correctamente las reuniones, de los beneficios sociales de ciertas conexiones y de las mejoras que su futura esposa tendría que realizar en su residencia.
—¿Tendría que realizar? —repitió Frances.
—La casa necesita una presencia femenina.
—¿Y si su esposa no disfruta de la decoración?
—Toda dama posee inclinación natural hacia el hogar.
William habría levantado dos dedos.
Vanidad y opiniones absurdas.
Frances estuvo a punto de sonreír.
—No todas.
Harrington la miró como si acabara de negar que el cielo fuese azul.
—Estoy seguro de que usted comprendería sus responsabilidades.
—¿Y cuáles serían las de mi esposo?
—Proporcionar el hogar, naturalmente.
Aquella palabra terminó de condenarlo.
—Entonces espero que encuentre una dama satisfecha con recibir una casa y pasar el resto de su vida decorándola.
Harrington tardó en comprender que no se estaba ofreciendo.
—Lady Frances…
—Lord Harrington.
La danza terminó poco después.
Frances regresó junto a Eleanor con la decisión tomada.
—Tres defectos.
—¿Cuáles?
—Vanidoso, condescendiente y cree que proporcionar una casa completa las responsabilidades de un marido.
Edward apareció.
—William anotó cuatro.
—¿Cuál es el otro?
Su hermano sonrió.
—Habla demasiado de chimeneas.
Frances soltó una risa antes de poder contenerla.
Durante un instante, William estuvo allí. No físicamente, pero sí en la observación compartida, en la ironía y en la certeza de que habría entendido su disgusto antes de que terminara de explicarlo.
La risa se desvaneció.
—Dame la lista esta noche —dijo.
Edward dejó de sonreír.
—Lo haré.
La siguiente hora transcurrió entre presentaciones, conversaciones y una segunda danza con Philip. Él había llegado más tarde debido a una reunión con su tío y encontró a Frances todavía alterada por la revelación acerca de las notas de William.
—¿Ocurrió algo? —preguntó mientras esperaban que comenzara un vals.
—Edward guarda una lista que William escribió acerca de mis pretendientes.
Philip arqueó una ceja.
—¿Aparezco?
—Supongo que sí.
—¿Desea leerla?
—Sí.
—¿Aunque pueda contener opiniones que él no pretendía compartir?
Frances frunció el ceño.
—Está relacionada conmigo.
—Eso no significa que le pertenezca.
—¿Lo está defendiendo?
—No. Intento imaginar cómo se sentiría usted si William leyera una lista privada donde hubiese escrito todo lo que piensa acerca de él.
La comparación la incomodó.
—Yo no he escrito semejante lista.
—Pero ha pensado en sus defectos.
—Constantemente.
Philip sonrió.
—¿Le gustaría que alguien se los mostrara sin darle oportunidad de explicarlos?
Frances guardó silencio.
La música comenzó. Philip colocó una mano en su cintura y la condujo hacia las demás parejas.
—Quizá no deba leerla —admitió.
—No he dicho eso.
—Acaba de argumentar exactamente lo contrario.
—Dije que debe decidir si desea conocer pensamientos que podrían haber cambiado antes de llegar a usted.
—¿Y usted qué haría?
—La leería.
Frances lo miró, sorprendida.
Philip sonrió.
—Nunca afirmé ser más prudente que usted.
Ella rio.
Bailar con Philip resultaba diferente a hacerlo con Montrose.
Con el duque había sentido curiosidad y la atención constante de un hombre que evaluaba su compatibilidad.
Philip, en cambio, conocía su ritmo. Anticipaba los movimientos y podía conversar sin que ella tuviera que concentrarse en cada respuesta.
Era cómodo.
William habría desconfiado de aquella palabra.
—Conoció al duque de Montrose —dijo Philip.
—Sí.
—Parece interesado.
—¿Está celoso?
—Mucho.
La franqueza la hizo tropezar ligeramente.
Philip la sostuvo.
—Eso habría sido más elegante si no hubiese tenido que evitar que cayese.
Frances recuperó el paso.
—No esperaba que lo admitiera.
—Decidí aprender de mi rival. Aparentemente, la sinceridad provoca buenos resultados con usted.
—No siempre.
—Pero más que el silencio.
Las cartas de William parecieron pesar dentro del recuerdo.
—Sí.
Philip la hizo girar.
—Montrose es una opción formidable.
—Habla como si esto fuese una competencia.
—Usted insiste en que no lo es. Los hombres que intentamos cortejarla hemos aceptado que sí.
—No me agrada que hablen de mí como de algo que pueden ganar.
—No pretendemos ganarla. Intentamos ser escogidos.
La diferencia suavizó su enojo.
—¿Y si no lo elijo?
—Sufriré con considerable dignidad delante de usted y me embriagaré de forma indigna cuando nadie pueda verme.
—Muy responsable.