CAPITULO 17
L a primera semana de la temporada londinense confirmó algo que Frances había comenzado a sospechar desde su regreso de América: buscar esposo resultaba mucho más sencillo cuando ninguna de las opciones conseguía alterar el ritmo del corazón.
Antes de William, podía conversar con un caballero durante media hora, evaluar su educación, su carácter y sus perspectivas sin preguntarse por qué la cercanía de su mano no producía ninguna reacción.
Había considerado aquello una ventaja. La ausencia de emociones desordenadas le permitía escoger con inteligencia y evitar los errores de tantas mujeres que confundían una sonrisa atractiva con una promesa de felicidad.
Ahora conocía la diferencia.
Y habría preferido continuar ignorándola.
—Lord Harrington vuelve a acercarse —murmuró Eleanor a su lado.
Frances sostuvo el abanico frente al pecho y observó discretamente el salón de lady Pembroke.
Cientos de velas iluminaban las paredes doradas, los espejos y las joyas de las damas, mientras una orquesta interpretaba una contradanza desde la galería.
La velada reunía a casi toda la sociedad londinense y constituía la primera aparición importante de Frances desde su regreso.
También la primera sin William.
Habían transcurrido ocho días desde que recibió sus cartas.
Su respuesta ya viajaba hacia Nueva York, aunque tardaría semanas en alcanzarlo.
Durante ese tiempo, William continuaría sin saber qué efecto habían producido sus palabras ni si Frances había aceptado realmente considerarlo un pretendiente.
La distancia convertía cada emoción en una espera.
—Frances —insistió Eleanor—. El hombre aburrido se aproxima.
—No es aburrido.
—Durante la cena explicó durante quince minutos por qué cambió al encargado de limpiar sus chimeneas.
—Tal vez fuese una decisión compleja.
—El anterior cobraba demasiado.
—Eso puede afectar seriamente la economía de una casa.
Eleanor la miró.
—William tenía razón acerca de ti.
Frances volvió la cabeza.
—¿Qué dijo?
—Que intentas encontrar algo bueno incluso en hombres que no lo facilitan.
—William jamás te dijo eso.
—No directamente. Pero Edward me enseñó una de las listas que dejó.
Frances abrió los ojos.
—¿Qué lista?
Eleanor fingió concentrarse en la pista de baile.
—Tal vez no debía mencionarlo.
—¿Qué lista dejó William?
—No recuerdo los detalles.
—Eleanor.
—Había nombres de caballeros.
—¿Con observaciones?
—Quizá.
—¿Dónde está?
—Edward la tiene.
Frances sintió una mezcla de indignación y curiosidad.
—¿Mi hermano ha estado utilizando la lista de William?
—Dice que debe proteger la inversión realizada en tu futuro matrimonial.
—Voy a asesinarlo.
—Tendrás que esperar. Está bailando con lady Julia Crawford.
Frances buscó a su hermano entre las parejas. Edward parecía disfrutar considerablemente de una danza con una joven rubia mientras, al mismo tiempo, dirigía miradas frecuentes hacia Eleanor.
Su amiga también lo observaba.
—Creí que habías venido a Londres para reencontrarte con las jóvenes del barco —comentó Frances.
—Así es.
—Sin embargo, pasas mucho tiempo vigilando a Edward.
—Alguien debe hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque parece convencido de que puede encantar a cualquier mujer dentro de esta sala.
—Normalmente puede.
Eleanor levantó la barbilla.
—No a mí.
Frances siguió la dirección de su mirada. Edward acababa de inclinarse hacia lady Julia para decirle algo que provocó una risa. Los dedos de Eleanor se cerraron sobre el abanico.
—Naturalmente —murmuró Frances.
Su amiga la miró.
—No utilices esa palabra de esa manera.
—¿Qué manera?
Eleanor abrió la boca para responder, pero lord Thomas Harrington llegó antes.
—Lady Frances.
Ella recuperó la sonrisa social.
—Lord Harrington.
El caballero se inclinó. Vestía con sobriedad, llevaba el cabello cuidadosamente peinado y conservaba la misma expresión seria de la cena en Blackwood Hall.
No era poco atractivo ni desagradable. Solo parecía abordar cada conversación como si fuese una reunión de negocios cuya duración debía justificarse mediante resultados concretos.
William lo había descartado después de dos frases.
Vanidad, había indicado.
Frances deseaba saber qué más contenía aquella lista.
—¿Me concedería la próxima danza? —preguntó Harrington.
No existía razón para negarse.
—Será un placer.
Él anotó su nombre en la tarjeta de baile y se retiró después de agradecerle con una corrección impecable.
Eleanor aguardó hasta que estuvo fuera de alcance.
—Pareces emocionada.
—No todos los hombres tienen que provocar un espectáculo.
—No. Algunos solo provocan sueño.
—Dijiste que debía conocer otras opciones.
—Yo no. William.
Frances sintió la familiar punzada producida por su nombre.
—Y pienso hacerlo.
—No necesitas demostrarle que obedeces cada instrucción.
—No estoy obedeciéndolo.
—Entonces rechaza a Harrington.
—No existe motivo para hacerlo.
—Tampoco existe motivo para bailar con él, salvo que deseas poder escribir a William y decirle que consideraste seriamente a otro caballero.
Frances cerró el abanico.
—No convierto cada decisión en un mensaje para William.
Eleanor le dirigió una mirada que decía exactamente lo contrario.
—La próxima vez no te invitaré a Londres —añadió Frances.
—No me invitaste. Tu madre invitó a mi prima y yo me incluí en el equipaje.
—Eso explica los tres baúles.
Lady Beatrice apareció antes de que continuaran discutiendo. La prima de Eleanor era una mujer de treinta y cuatro años, viuda desde hacía casi cinco, con una elegancia tranquila y una capacidad extraordinaria para enterarse de cada rumor sin que nadie recordara haber hablado con ella.
—Frances —dijo—, lady Pembroke desea presentarte al duque de Montrose.
Eleanor dejó escapar un pequeño silbido.
—¿El duque?
Lady Beatrice la miró.
—Procura no hacer eso cuando haya personas cerca.
—¿Es joven?
—Tiene treinta y dos años.
—¿Atractivo?
—Depende de si una considera atractivo a un hombre alto, moreno, rico y completamente consciente de las tres cualidades.
Eleanor sonrió.
—Yo podría hacer el sacrificio.
—El duque ha preguntado por Frances.
La satisfacción de su amiga desapareció.
—Naturalmente.
Frances le entregó el abanico.
—No utilices esa palabra de esa forma.
Siguió a lady Beatrice hacia el otro extremo del salón.
Mientras avanzaba, sintió varias miradas sobre ella.
Su viaje a América había alimentado curiosidad y rumores.
Algunas personas creían que había regresado comprometida con un heredero de Boston; otras habían oído acerca de un americano alojado en Blackwood Hall y suponían que la partida repentina de William escondía un romance frustrado.
Frances se negaba a confirmar cualquiera de las versiones.
Ni siquiera sabía cuál se acercaba más a la verdad.
El duque de Montrose conversaba con lady Pembroke junto a una columna. Era, como Beatrice había descrito, alto y moreno. Sus facciones eran demasiado severas para considerarlas bellas, pero poseía la clase de seguridad que hacía que las personas se apartaran para permitirle avanzar.
—Lady Frances Vane —anunció la anfitriona—. Su excelencia, el duque de Montrose.
Frances hizo una reverencia.
—Es un honor.
El duque inclinó la cabeza.
—He esperado esta presentación desde que escuché acerca de su viaje.
—Espero que no haya depositado demasiadas expectativas en mis relatos.
—Me interesan menos los relatos que la mujer que decidió realizarlos.
La frase fue directa, aunque no insolente.
Frances alzó la vista.
Montrose la observaba con atención verdadera, no como Harrington, que parecía más consciente de quién los rodeaba. No había duda de que el duque sabía perfectamente qué efecto producía su interés, pero al menos lo dirigía hacia ella.
—No viajé sola —respondió—. Mi madre me acompañó.
—Su madre regresaba a un lugar conocido. Usted abandonó uno donde conocía las reglas.
—Tal vez deseaba descubrir si las reglas eran distintas en otra parte.
—¿Lo eran?
—En algunos aspectos.
—¿Mejores?
Frances pensó en Boston, en las mujeres que había conocido y en la sensación de caminar por una ciudad donde nadie reconocía su apellido. Después recordó a William en el puerto, desafiando su dignidad como ningún caballero inglés se habría atrevido.
—Más sinceras —respondió.
La comisura de la boca del duque se elevó.
—Eso no significa mejores.
—No.
—Solo más difíciles de ignorar.
Frances lo estudió.
—Parece hablar por experiencia.
—Viví varios años en el continente. Regresar a Inglaterra me obligó a recordar cuántas conversaciones pueden mantenerse sin que nadie diga aquello que realmente piensa.
William habría disfrutado de aquella observación.
Frances se reprendió.
No compararía cada hombre con él.
—¿Y usted dice siempre lo que piensa? —preguntó.
—No. Pero procuro saber cuándo estoy mintiendo.
La respuesta despertó su interés.
Lady Pembroke sonrió y se alejó con la satisfacción de quien había logrado una presentación prometedora.
—¿Bailaría conmigo? —preguntó el duque.
Frances consultó la tarjeta.
—La siguiente danza está libre.
—Entonces espero haber llegado antes que otro caballero más prudente.
—¿Por qué prudente?
—Porque un hombre prudente habría solicitado la primera.
Frances aceptó su brazo.
Mientras caminaban hacia la pista, buscó involuntariamente a Eleanor. Su amiga la observaba con ojos abiertos, mientras Edward, que ya había terminado su danza, parecía preguntarle algo.
Frances levantó discretamente dos dedos.
Dos cualidades favorables.
Después comprendió lo que acababa de hacer.
Había utilizado con Eleanor el lenguaje que había construido con William.
El vacío se abrió otra vez bajo sus costillas.
—¿Ocurre algo? —preguntó Montrose.
—No.
—Ha mirado hacia la entrada.
Frances no había sido consciente.
—Esperaba a alguien.
La honestidad salió antes de que pudiera detenerla.
—¿Llegará?
—No esta noche.
—Entonces tendré que esforzarme para que su ausencia resulte menos evidente.
El duque la condujo hacia la formación.
La música comenzó.