Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 16 #3
39%

CAPITULO 16 #3

La misma precisión que William utilizaba con otras personas se volvía insoportable en boca de su padre.

—George continúa enfermo —dijo Cornelius—. Tu madre apenas duerme. La compañía enfrenta un conflicto que podrías resolver. ¿Y ya estás pensando en regresar junto a una inglesa a la que conoces desde hace semanas?

—No utilizará a George para decidir el resto de mi vida.

—No necesito utilizarlo. Tú mismo elegiste regresar.

—Sí. Porque lo amo.

La palabra quedó en la habitación.

Cornelius no reaccionó de inmediato.

William comprendió que jamás había pronunciado algo semejante delante de él con tanta claridad.

—Y precisamente porque lo amo —continuó— puedo estar aquí mientras me necesita sin entregar para siempre cada decisión que tome después.

—La familia no es una obligación temporal.

—Tampoco debería ser una condena.

Cornelius se acercó.

—¿Qué te ofrece esa mujer?

William pensó en la pregunta de Frances.

¿Dónde imagina su vida dentro de cinco años?

—Nada.

Su padre pareció sorprendido.

—¿Nada?

—No me ha prometido casarse conmigo, mudarse a Nueva York ni esperar mientras resuelvo sus problemas. Me ha pedido que descubra qué vida quiero antes de pedirle que forme parte de ella.

—Y eso te parece razonable.

—Sí.

—Entonces no está preparada para ser una Vanderbilt.

La furia apareció de inmediato.

—No necesita estar preparada para llevar nuestro apellido como si fuese una responsabilidad empresarial.

—Una esposa entra en la familia.

—Una esposa entra en la vida de su marido. No en su compañía.

Cornelius soltó una risa sin humor.

—Hablas como un hombre que no comprende cómo se construye un legado.

—Tal vez no quiero construir el suyo.

El silencio se volvió absoluto.

William había desafiado sus órdenes, perdido su dinero y discutido cada decisión posible, pero nunca había pronunciado aquella verdad.

No deseaba heredar únicamente un lugar dentro del imperio de Cornelius.

Quería algo propio.

Su padre lo observó como si viera por primera vez una posibilidad que siempre había considerado imposible.

—Todo lo que tienes procede de mí —dijo.

—Lo sé.

—Tu educación. Tus contactos. El dinero con el que hiciste esas apuestas estúpidas.

—También lo sé.

—¿Y pretendes marcharte para fingir que puedes construir algo sin la ventaja de mi nombre?

—No puedo borrar el apellido ni los privilegios que me dio. Pero puedo decidir qué hacer con ellos.

—Ya decidiste una vez y perjudicaste a la compañía.

—Y reparé cuanto pude.

—Porque yo te obligué.

—No. Usted me envió lejos. La reparación la elegí yo.

Cornelius apretó la mandíbula.

—Necesito que vayas mañana a las oficinas.

William pensó en negarse.

Después recordó la carta que acababa de escribir a Frances.

No permita que su familia continúe tratándolo como al hombre que cometió aquel error. Pero tampoco espere que olviden solo porque usted ha cambiado. Tendrá que demostrarlo.

Era irritante que ella pudiera aconsejarlo antes incluso de que su carta cruzara el océano.

—Iré —respondió.

Su padre pareció satisfecho demasiado rápido.

—Pero no como castigo ni para ocupar el lugar de George. Revisaré la negociación y decidiré si puedo ayudar sin comprometer mis propios planes.

—Tus planes.

—Sí.

—¿Que incluyen regresar a Inglaterra?

—Incluyen dejar de pedirle permiso para hacerlo.

Cornelius recogió los guantes.

—Veremos cuánto dura esa determinación cuando tengas que construir algo en lugar de discutir acerca de ello.

Caminó hacia la puerta.

—Padre.

Se detuvo.

William observó su espalda.

—George despertó esta mañana.

La rigidez de sus hombros cambió apenas.

—Lo sé.

—Preguntó por usted.

Cornelius no respondió.

—Debería entrar mientras está consciente —añadió William—. No espere a la noche.

Su padre permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después salió sin cerrar la puerta.

William apoyó ambas manos sobre el escritorio.

No sabía si había ganado algo.

Con Cornelius, cada conversación parecía una batalla incluso cuando ninguno comprendía con exactitud qué territorio disputaban.

Abandonó el despacho y regresó al piso superior.

Al acercarse al dormitorio de George escuchó voces. La de su hermano era débil. La otra, más grave, pertenecía a su padre.

William se detuvo fuera.

—No tienes que hablar —decía Cornelius.

—Mamá dice… que debo aprovechar… cuando estás aquí.

—Tu madre exagera.

—No.

Hubo una pausa.

—William regresó —murmuró George.

—Lo sé.

—No lo envíes otra vez.

William cerró los ojos.

Dentro de la habitación, Cornelius tardó en responder.

—Descansa.

—Promételo.

—No estás en condiciones de darme órdenes.

George soltó una risa que terminó en tos.

William dio un paso hacia la puerta, pero escuchó la respuesta de su padre.

—No enviaré a William a ninguna parte.

No era una promesa de libertad.

Solo una admisión de que la próxima partida tendría que ser elegida por él.

Quizá, por el momento, fuera suficiente.

William se alejó sin entrar.

Por primera vez desde que regresó a Nueva York, sintió que el camino de vuelta hacia Frances no dependía únicamente de un barco.

Dependía de quién sería cuando subiera a él.