CAPITULO 16 #2
—Entonces sí.
—Alice.
La doncella salió antes de que pudiera reprenderla.
Frances recogió las cartas de William y las guardó dentro del cajón inferior del escritorio. No pensaba esconderlas como si constituyeran algo vergonzoso, pero tampoco deseaba que Eleanor regresara y decidiera leer fragmentos en voz alta con fines educativos.
Apenas había cerrado el cajón cuando su amiga entró sin golpear.
—¿Ya respondiste?
—¿Por qué llamamos puertas a esos objetos si nadie en esta casa piensa utilizarlos?
—Para impedir que los criados escuchen conversaciones privadas. La familia y las amigas íntimas estamos exentas.
Eleanor se dejó caer sobre la cama.
—¿Qué dijo?
—No leeré sus cartas en voz alta.
—No esperaba que lo hicieras.
Frances la miró con desconfianza.
—Esperaba que resumieras.
—George está vivo. William teme parecerse a su padre, está celoso de Philip y quiere cortejarme cuando regrese.
Eleanor permaneció inmóvil.
Después se incorporó.
—¿Eso es un resumen?
—Sí.
—Necesito detalles.
—No.
—¿Escribió algo romántico?
Frances pensó en la libertad convertida en partida, en la forma en que William admitía que temía regresar demasiado tarde para reparar su relación con George y en aquella promesa de dejar de buscar cómo escapar.
—A su manera.
—¿Su manera incluye órdenes?
—Varias.
—Entonces definitivamente fue él.
Eleanor la estudió.
—Pareces feliz.
Frances caminó hacia la ventana.
—También estoy asustada.
—Las dos cosas suelen llegar juntas cuando algo importa.
—Le pedí que decidiera qué vida quiere antes de regresar.
—Sensato.
—Podría decidir que su vida está en Nueva York.
—También.
—Y si lo hace, yo tendría que decidir si podría vivir allí.
—Eso no tienes que resolver hoy.
—Philip sí sabe dónde desea vivir.
—Philip se encuentra en una etapa distinta. No confundas claridad con superioridad.
Frances volvió hacia ella.
—¿Te agrada?
—¿Philip?
—Sí.
Eleanor reflexionó.
—Me agrada que no sea un tonto.
—Un elogio conmovedor.
—También que no intente fingir indiferencia hacia William. Sabe que existe un rival y ha decidido enfrentarlo comportándose mejor, no desacreditándolo.
—William estaría decepcionado por esa estrategia.
—William probablemente prepararía un informe sobre las deficiencias de Ashcombe Park.
Frances rio.
—No me ayuda que ambos sean buenos hombres.
Eleanor ladeó la cabeza.
—William perjudicó la reputación de otro hombre para desafiar a su padre y pasó años apostando para demostrar que podía ganar.
—Me lo contó.
—Entonces no es simplemente un buen hombre.
La defensa surgió de inmediato.
—Reparó el daño.
—No estoy diciendo que sea malo. Digo que posee partes oscuras, orgullo y una inclinación a destruir antes de admitir que algo puede herirlo. No idealices sus defectos solo porque te besa mejor de lo que imaginas que lo haría Philip.
Frances sintió que las mejillas se encendían.
—No sabes cómo besa William.
—Tu rostro cada vez que lo menciono constituye un informe bastante completo.
—Eleanor.
Su amiga se puso de pie y tomó sus manos.
—Escúchame. Puedes amar al hombre complicado. Puedes elegirlo incluso cuando el otro parece más seguro. Pero hazlo sabiendo que no podrás corregirlo con suficiente paciencia. William tendrá que cambiar porque él lo desea, no para ganarte durante una temporada.
Las palabras coincidían con aquello que Frances había intentado expresar en la carta.
—Lo sé.
—Y Philip tampoco es perfecto solo porque permanezca aquí.
—También lo sé.
—Entonces deja de buscar cuál es mejor en términos generales. Pregúntate con cuál puedes ser más tú.
Frances pensó en Philip escuchándola, aceptando sus desafíos y permitiéndole conocer sus propias heridas.
Después pensó en William interpretando aquello que ella todavía no lograba formular, provocándola hasta hacerla olvidar la prudencia y obligándola a mirar sus deseos sin esconderlos detrás del deber.
Con ambos podía ser una parte de sí misma.
Pero no la misma.
—Eso es lo que intento descubrir —dijo.
Eleanor sonrió.
—Excelente. Mientras lo haces, necesito que me expliques por qué tu hermano me invitó a montar mañana y luego afirmó que solo lo hacía porque necesitaba una persona capaz de identificar un caballo mediocre.
Frances la contempló.
—Edward no distingue un caballo mediocre de uno que simplemente no lo soporta.
—Eso sospechaba.
—¿Aceptaste?
—Naturalmente.
Las dos quedaron en silencio.
Después Eleanor soltó una carcajada y Frances le arrojó una almohada.
***
Cornelius Vanderbilt entró en el despacho sin golpear.
William no necesitó levantar la vista para saber que era él. Nadie más abría una puerta como si le pertenecieran tanto la habitación como el hombre que la ocupaba.
—Regresaste hace seis horas —dijo su padre— y todavía no has acudido a las oficinas.
William terminó de sellar la copia de una carta comercial antes de responder.
—Mi hermano está enfermo.
—Los médicos no necesitan que los observes respirar.
—Mi madre sí necesita que alguien permanezca con ella.
Cornelius cerró la puerta.
El tiempo no parecía haberlo cambiado durante los meses de ausencia de William.
Continuaba siendo un hombre de presencia sólida, cabello oscuro salpicado de gris y ojos que evaluaban cada objeto según su utilidad.
Vestía con sobriedad, aunque la calidad de la tela y el corte declaraban una fortuna que no requería adornos.
—Tu madre me tiene a mí.
—Durante las noches.
La mirada de Cornelius se endureció.
—Sophia habla demasiado cuando está preocupada.
—No fue ella quien me dijo que pasa las noches junto a George. Lo descubrí.
—Entonces no necesitabas mencionarlo.
—¿Por qué? ¿Teme que alguien crea que quiere a su hijo?
La tensión apareció entre ambos con la facilidad de una costumbre antigua.
Cornelius caminó hasta el escritorio.
—No has cambiado.
—Eso debe de decepcionarlo. Creí que Inglaterra corregiría mi carácter.
—Esperaba que te enseñara disciplina.
—Lo hizo.
—No parece.
William se levantó.
—He cruzado el océano en cuanto supe que George estaba enfermo.
—Después de que enviamos a Harris.
—Después de recibir la carta de mamá. Su orden llegó primero y pensaba ignorarla.
Cornelius entrecerró los ojos.
—La compañía te necesita.
—George me necesitaba.
—Ambas cosas son ciertas.
—No para usted. Siempre existe una prioridad y lleva el nombre de Vanderbilt solamente cuando aparece escrito sobre un contrato.
El golpe fue deliberado.
Su padre lo recibió sin cambiar de expresión.
—La negociación que tu hermano dejó incompleta podría costarnos una ruta importante.
—Entonces termínela usted.
—Te corresponde repararla.
—¿Porque George la inició?
—Porque tú conoces mejor a los inversores.
William rodeó el escritorio.
—No regresé para demostrarle que todavía puedo resultar útil.
—Regresaste porque perteneces aquí.
La frase lo detuvo.
Cornelius la pronunció como una conclusión incuestionable, no como una expresión de afecto.
—¿Aquí, en esta casa? —preguntó William—. ¿En sus oficinas? ¿Bajo sus órdenes?
—En tu familia.
—Usted no distingue entre las tres cosas.
—Porque esta compañía sostiene a nuestra familia.
—Y también la gobierna.
Cornelius dejó los guantes sobre la mesa.
—¿Qué ocurrió en Inglaterra?
William no esperaba el cambio.
—Nada que le concierna.
—Sophia recibió una carta de los Vane.
—Entonces ya conoce la versión de Edward.
—Conozco suficiente para saber que una mujer ha conseguido que regreses hablando de independencia como si acabaras de descubrirla.
—No pronunció su nombre.
—No es necesario.
William se apartó hacia la ventana.
—Lady Frances no tiene relación con la negociación.
—Tiene relación con tu deseo de marcharte otra vez.
—Todavía no he dicho que lo haré.
—No hacía falta.