CAPITULO 16
F rances no comenzó a responder de inmediato.
Permaneció junto a la ventana con las cartas extendidas sobre el regazo y la luz de la tarde deslizándose lentamente por el papel, como si el paso de las horas pudiera modificar las palabras de William o hacerlas menos intensas.
Eleanor había abandonado el dormitorio después de comprobar que ninguno de los hermanos Vanderbilt había muerto y, en un gesto de amistad poco habitual en ella, no había intentado arrancarle detalles antes de cerrar la puerta.
El silencio permitió que Frances leyera ambas cartas una tercera vez.
La primera había sido escrita durante la travesía.
Podía imaginar a William sobre la cubierta, con el viento agitando las hojas y la costa inglesa alejándose mientras él intentaba encontrar una forma de expresarse sin convertir cada emoción en una observación irónica.
Algunas frases conservaban su insolencia.
Otras parecían haber sido escritas por un hombre al que Frances apenas comenzaba a conocer.
Usted ha convertido la partida en algo que ya no parece libertad.
Pasó los dedos sobre aquella línea.
William había vivido convencido de que la posibilidad de marcharse era una forma de poder.
No deber explicaciones, no pertenecer a una mujer y evitar cualquier responsabilidad que no hubiese escogido le permitían creer que nadie podía controlarlo.
Frances no deseaba convertirse en otra obligación dentro de esa vida, pero tampoco aceptaría ser únicamente el lugar al que él regresaba cuando las demás batallas terminaban.
Si William quería cortejarla, tendría que hacer algo más difícil que cruzar de nuevo el océano.
Tendría que construir una vida en la que ella no se sintiera como una visitante.
La segunda carta estaba impregnada de Nueva York.
No porque describiera la ciudad, sino por el peso que su familia ejercía sobre cada frase.
George enfermo. Sophia aguardando junto a la cama.
Cornelius trabajando mientras ocultaba el miedo durante las noches.
William rodeado otra vez por personas que conocían cada uno de sus errores y podían devolverlo con una mirada al papel que había intentado abandonar.
Frances comprendió por qué él temía parecerse a su padre.
También comprendió algo más inquietante.
Su manera de protegerse se parecía demasiado a la de Cornelius.
Ambos ocultaban aquello que no podían controlar. Ambos transformaban el miedo en trabajo, órdenes o silencio. La diferencia era que William empezaba a reconocerlo.
Tal vez eso fuera suficiente para no repetirlo.
Frances se levantó y caminó hacia el escritorio. Colocó las cartas una junto a otra, tomó la pluma de plata que Philip le había regalado y la sostuvo durante varios segundos.
La ironía no pasó inadvertida.
Utilizaría el obsequio de un hombre para responder al otro.
Aquello parecía injusto, aunque también reflejaba exactamente la posición en la que se encontraba: Philip formaba parte de su presente y William de una posibilidad que se extendía a través del océano. Fingir que uno desaparecía cuando pensaba en el otro no resolvería nada.
Introdujo la punta de la pluma en el tintero.
William:
He leído sus cartas tres veces.
La primera porque llevaba semanas esperándolas. La segunda porque algunas partes me hicieron enfadar. La tercera porque comprendí que el enojo no siempre significa que uno desea dejar de leer.
Se detuvo.
Sonaba demasiado contenida.
Tachó la última frase y volvió a escribirla.
La tercera porque extrañaba su voz y sus cartas son lo más cercano que tengo a escucharla.
El corazón le golpeó con fuerza al ver las palabras sobre el papel.
No las tachó.
Me alegra que George esté vivo. No escribiré que todo saldrá bien porque ambos sabemos que sería una promesa vacía y usted me ha pedido que no le ofrezca consuelo construido con mentiras.
Solo puedo decirle que espero que despierte, que vuelva a discutir con usted y que tenga la oportunidad de reparar esa última conversación.
No desperdicie esa oportunidad intentando decidir cuál de los dos debe disculparse primero.
Frances imaginó la expresión de William al leerlo y sonrió.
Respecto a su padre, no creo que se parezcan tanto como teme. Usted también oculta aquello que no puede controlar y utiliza la razón para evitar mostrar miedo. Sin embargo, Cornelius lo envió lejos para imponerle una consecuencia. Usted regresó porque su hermano lo necesitaba.
Las acciones no borran los defectos, pero revelan qué hacemos con ellos.
No permita que su familia continúe tratándolo como al hombre que cometió aquel error. Pero tampoco espere que olviden solo porque usted ha cambiado. Tendrá que demostrarlo.
Era un consejo que William probablemente no agradecería.
Por eso resultaba necesario.
Frances apoyó la pluma y contempló el jardín.
Philip regresaría al día siguiente para acompañarla a Londres junto con el resto de la familia.
En dos jornadas visitarían Ashcombe Park y conocería la escuela.
El cortejo avanzaba con una naturalidad que no podía esconder a William, pero tampoco deseaba describirlo únicamente para despertar sus celos.
Debía escribir la verdad.
Philip continúa cortejándome.
Ha demostrado ser mucho más interesante de lo que usted decidió durante su primer interrogatorio. Administra mejor sus tierras desde que revisó las cuentas y ha aceptado que visite la escuela de Ashcombe Park antes del almuerzo para conversar con las maestras y las niñas.
También me contó que una mujer lo abandonó por un violinista y que pagó el viaje de ambos hasta Viena. Sé que esta información no aparece en su lista, pero considero que revela generosidad, orgullo y cierta inclinación a resolver los problemas enviándolos muy lejos.
No está completamente libre de defectos.
Eso debería aliviarlo.
Frances dejó escapar una risa baja.
Después volvió a ponerse seria.
Philip sabe que usted desea regresar y que pretende cortejarme. No se lo dije con la claridad con que se lo escribo ahora, pero no le he ocultado que lo espero.
Él ha decidido continuar.
No lo considere una provocación ni una traición. Usted me pidió que lo conociera y eso es exactamente lo que haré.
William había escrito que deseaba ser escogido frente a una opción real.
Frances pensaba tomarlo en serio.
Me ha pedido que decida conociendo otras posibilidades. Acepto.
Pero existe algo que debe comprender antes de regresar.
No permitiré que convierta esto en una competencia entre usted y Philip. No soy un premio que recibirá el hombre más persistente ni una negociación que pueda ganar identificando las debilidades del otro. No quiero que regrese dispuesto únicamente a demostrar que él es la elección equivocada.
Quiero que me demuestre por qué usted podría ser la correcta.
La última palabra la hizo vacilar. Elección era femenina, pero se refería a una persona? "la elección correcta" yes.
Continuó:
Y para hacer eso tendrá que responder preguntas que hasta ahora ha evitado.
¿Dónde imagina su vida dentro de cinco años?
¿En Nueva York?
¿En Inglaterra?
¿Trabajando para su padre?
¿Construyendo algo propio?
No necesito una mansión ni un apellido más poderoso que el que ya poseo. Necesito saber si existe espacio real para mí en la vida que desea, no solamente en sus emociones cuando estamos separados.
No responda de inmediato si todavía no lo sabe.
Pero no vuelva sin haber comenzado a descubrirlo.
Frances dejó la pluma.
Aquello podía sonar como una condición impuesta antes incluso de iniciar el cortejo.
Sin embargo, no podía entregarse a un hombre que todavía consideraba cada vínculo una amenaza contra su libertad.
Desearla no sería suficiente si William esperaba que ella se adaptara por completo a una vida gobernada por Cornelius Vanderbilt.
Volvió a la carta.
En cuanto a su preocupación de que lo olvide, puede tranquilizarse.
Resulta extraordinariamente difícil olvidar a un hombre que ha conseguido que toda mi familia utilice la palabra «naturalmente» como una amenaza.
Edward habla de usted durante el desayuno.
Mi padre revisa las cuentas como si esperara que aparezca detrás de él para señalar otro error.
Mi madre observa cada carta que recibo y la tía Eleanor considera que todo esto confirma su teoría de que los hombres insoportables son los más difíciles de olvidar.
Hasta Alice ha comenzado a responderme con su tono.
Su influencia resulta alarmante.
Y yo…
La pluma se detuvo.
Frances podía terminar con una frase ligera. Era lo que habría hecho antes. Podía decir que esperaba su regreso para reprenderlo en persona o que todavía debía completar la lista de Philip.
En cambio, había prometido escribir como ella.
Y yo continúo recordando nuestro beso.
No porque fuese una despedida ni porque tema que no vuelva a ocurrir.
Lo recuerdo porque, durante esos instantes, no tuve que preguntarme qué sentía.
Esa certeza me asusta más que su ausencia.
Regrese cuando pueda hacerlo sin abandonar a quienes lo necesitan. Pero regrese porque ha escogido una vida, no porque teme que otro hombre ocupe su lugar.
Cuando lo haga, veremos si su primera advertencia como pretendiente merece ser tomada en serio.
Frances.
Releyó la carta completa.
Había expuesto más de lo que pretendía. William conocería su miedo, sus condiciones y la certeza física que continuaba unida al recuerdo del beso. También sabría que no pensaba aceptar un futuro diseñado únicamente por él.
Frances dobló las hojas y las colocó dentro de un sobre.
Antes de sellarlo, añadió una nota breve:
P. D. Philip sabe cuánto pagó por transportar el trigo el invierno pasado.
Su posición se vuelve peligrosa.
F.
La sonrisa regresó.
Llamó a Alice.
—Esta carta debe partir hacia Nueva York lo antes posible.
La doncella recibió el sobre y leyó el nombre.
—¿Desea que pregunte qué barco sale primero?
—Sí.
Alice caminó hacia la puerta, pero se detuvo.
—¿Le ha dicho que continúa recibiendo a lord Philip?
—Sí.
—¿Y que lo extraña?
Frances sintió calor en el rostro.
—No es asunto tuyo.