Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 15 #3
37%

CAPITULO 15 #3

Eleanor volvió la vista hacia Frances.

Esta vez su expresión perdió toda diversión.

—Después hablaremos —repitió.

Frances asintió.

Philip no formuló ninguna pregunta, pero el modo en que dejó la copa sobre la mesa reveló que comprendía exactamente quién dominaría aquella conversación privada.

Horas después, las dos amigas se encerraron en el dormitorio de Frances con una bandeja de té que ninguna tocó.

Eleanor escuchó toda la historia sin interrumpir: el choque en el puerto, el reencuentro, el acuerdo, Philip, la partida y el beso.

Cuando Frances terminó, su amiga permaneció inmóvil.

—Di algo.

—Estoy intentando decidir cuál de las partes resulta más escandalosa.

—No ha ocurrido nada escandaloso.

—Pediste a un hombre atractivo que seleccionara a tu esposo, permitiste que te siguiera por jardines, casi lo besaste varias veces y finalmente lo besaste cuando otro ya te cortejaba.

—Expresado así…

—¿Existe otra forma?

Frances tomó una almohada y la colocó sobre su regazo.

—Necesitaba una opinión objetiva.

—Entonces debiste pedirla a una anciana viuda, no al hombre que te sostuvo por la cintura en un puerto.

—En aquel momento no sabía que él…

—¿Que era un hombre?

—Que estaba interesado.

—Frances, un hombre no recuerda durante tres meses a una mujer que le resulta indiferente.

—Yo también lo recordé y no estaba interesada.

Eleanor la miró.

—¿De verdad vamos a perder tiempo discutiendo esa mentira?

Frances dejó caer la mirada.

—Philip es bueno.

—No he dicho que no lo sea.

—Me escucha. Me hace reír y desea construir una vida estable.

—¿Lo besaste?

—No.

—¿Quieres hacerlo?

Frances pensó en ello.

Philip era atractivo. Disfrutaba de su compañía y había momentos en que la ternura de su mirada despertaba algo cálido en ella.

Pero nunca había sentido aquella espera involuntaria, aquel impulso de acercarse antes de decidir si era prudente.

—No lo sé.

—Con el americano sí lo sabías.

—No de inmediato.

—¿Cuánto tardaste?

Frances recordó el puerto.

La forma en que el cuerpo de William contra el suyo había permanecido en su memoria mucho después del enojo.

—Quizá desde el principio.

Eleanor tomó la taza.

—Entonces el problema no es saber qué hombre deseas.

—Sí lo es.

—No. El problema es saber con cuál puedes construir una vida.

Aquella diferencia era exactamente lo que Frances no había conseguido explicar.

—William pertenece a Nueva York. Su padre controla una compañía enorme y su familia lo necesita. Yo no sé si podría abandonar Inglaterra.

—¿Te lo pidió?

—No.

—Entonces estás rechazando una vida que nadie te ha ofrecido.

—Y Philip sí puede ofrecerme una aquí.

—Eso no significa que debas aceptarla antes de saber qué desea el otro.

Frances miró hacia la ventana.

—William dijo que escribiría.

—¿Lo hizo?

—Solo recibí una nota antes de que zarpara.

—¿Cuánto tarda un barco?

—Semanas.

—Entonces tendrás que aprender paciencia.

—No soy impaciente.

Eleanor rio tan fuerte que casi derramó el té.

—Te conocí en un barco donde reorganizaste una lista de desembarque porque no te gustaba el orden.

—Era ineficiente.

—Naturalmente.

Frances la miró.

—No utilices esa palabra de esa forma.

—¿Qué forma?

Las dos quedaron en silencio.

Después comenzaron a reír.

La risa alivió algo que Frances había llevado apretado dentro del pecho desde la partida.

—Lo extraño —admitió.

Eleanor dejó la taza.

—Lo sé.

—Y me enfada extrañarlo.

—Eso también.

—Philip no merece que lo compare todo el tiempo.

—No.

—Pero no puedo fingir que William no existe.

—Tampoco.

Frances frunció el ceño.

—No estás ayudando.

—Mi función no es decidir por ti. Ya viste cómo terminó la última vez que asignaste ese trabajo.

Frances le arrojó la almohada.

Eleanor la atrapó entre risas.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

Alice entró con un sobre sobre una bandeja.

—Milady, ha llegado correspondencia desde Nueva York.

El mundo se detuvo.

Frances se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

Eleanor también se levantó.

—¿Es de él?

Frances reconoció la letra de William.

El sobre era grueso.

Mucho más que una simple nota.

Lo tomó con dedos temblorosos.

—Sí.

Eleanor caminó hacia la puerta.

—Te dejaré sola.

Frances la miró.

—No tienes que…

—Sí. Algunas cartas deben leerse sin testigos.

Su amiga salió llevándose a Alice y cerró la puerta.

Frances permaneció inmóvil en medio del dormitorio, sosteniendo por fin las palabras que habían cruzado el océano.

Rompió el sello.

Dos cartas cayeron sobre sus manos.

La primera comenzaba:

Frances:

Su primera afirmación es injusta. Debería continuar mucho más que enfadada conmigo.

Una sonrisa apareció entre sus lágrimas.

Se sentó junto a la ventana y comenzó a leer.

Cuando llegó a la frase «Usted ha convertido la partida en algo que ya no parece libertad», tuvo que detenerse.

Apoyó los dedos sobre las palabras.

William había escrito como él.

Sin esconderse.

Sin convertir el sentimiento en una broma.

Continuó hasta el final y después abrió la carta escrita desde Nueva York.

George estaba vivo.

William tenía miedo.

Y quería cortejarla.

Frances leyó aquella parte tres veces.

No he cambiado de opinión.

Quiero cortejarla.

El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía continuar.

La última frase provocó una risa húmeda.

Después permítame demostrarle que continúa siendo la elección equivocada.

Frances apretó las cartas contra su pecho.

William regresaría.

No sabía cuándo.

No sabía qué vida podría ofrecerle.

Pero por primera vez no le pedía que interpretara sus silencios.

Le había dado una respuesta.

Un golpe suave sonó en la puerta.

—¿Frances? —llamó Eleanor—. ¿Está vivo?

—Sí.

—¿El hermano o el americano?

Frances rio.

—Ambos.

Eleanor abrió apenas la puerta y asomó la cabeza.

—¿Y piensa regresar?

Frances miró las cartas.

—Sí.

—¿Está segura?

Ella recordó las palabras de William.

Por primera vez no estoy decidiendo cómo escapar, sino cómo regresar.

—Sí —repitió—. Estoy segura.

Entonces dirigió la vista hacia el escritorio.

Necesitaba responder.

Y esta vez no escribiría como una mujer que temía esperar.

Escribiría como aquella a la que William tendría que conquistar cuando volviera.